Rehenes en la carretera Capítulo 16. Alice
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Capítulo 16. Alice

Jenny y Simon estaban sentados a la mesa, hablando en susurros; Alice ocupaba el asiento del conductor.

Al oír movimientos, miró por el espejo retrovisor.

Jenny le estaba mostrando a Simon lo que había comprado, aunque sin sacar los objetos del todo de la bolsa, por lo que ella no alcanzaba a verlos.

Aun así, sabía lo que Simon había pedido y tenía un mal presentimiento: estaba segura de que planeaba un robo.

Esa sospecha no hizo más que afianzarse cuando Simon se ubicó en el asiento del copiloto y pasó el día obligando a Alice a conducirlos por el pueblo de Golden y sus alrededores, ordenándole que redujera la velocidad frente a tiendas de barrio, mercados, gasolineras, una licorería.

Cada vez que Alice pensaba que iba a decirle que se detuviera, él le indicaba con un gesto que siguiera adelante.

—¿Qué está pasando? —preguntó Tom, antes de sucumbir a un doloroso ataque de tos; el esfuerzo por alzar la voz debía de haberle oprimido las costillas. Alice se estremeció de pena por él.

—Cálmate, viejo. O te estrellaré un pie contra la cara.

Tom no volvió a hablar, pero Alice sabía que debía de estar furioso. Enseñaba a chicos solo unos años menores que Simon y lo respetaban mucho. Simon no respetaba a nadie, eso quedaba claro.

Cuando encontraron una pequeña gasolinera Chevron de dos surtidores a un lado de la carretera principal, detrás de la cual había un bosquecillo, Simon se inclinó hacia delante.

—Rodea el edificio. Hay una calle detrás.

Pasaron por un barrio tranquilo, lleno de casas antiguas, en su mayoría con jardines frondosos y cercas que daban privacidad a los vecinos, pero a la vez les impedían ver hacia la calle.

—Es aquí —le dijo a Jenny por encima del hombro. Se volvió hacia Alice—. Regresa a la gasolinera. Llenaremos el depósito.

Alice obedeció; se le había secado la boca y el pulso le latía con fuerza. Debía de haber una razón por la que había elegido ese sitio. Mientras el empleado, un muchacho de cabello largo que casi le tapaba los ojos, llenaba el depósito, Simon estudió el edificio.

Alice ya no tenía dudas. Pensaba asaltar el lugar.

Después de pagar, Simon le ordenó que aparcara detrás, en una calle lateral, bajo la protección de unos árboles. Desde allí, Alice solo podía ver una esquina de la tienda.

—Apaga el motor.

Obedeció. Le temblaban tanto las rodillas que las llaves tintineaban contra la columna de dirección. Simon la miró con fastidio. Ella detuvo el tintineo con la mano. El empleado era un chico. ¿Le tocaría trabajar ese turno? ¿Y si terminaba herido?

—Fíjate a qué hora cierran —le dijo Simon a Jenny—. Pero con naturalidad, ¿me entiendes?

—Sí.

Tras unos minutos, volvió, sonrojada y nerviosa; cerró la puerta con estrépito.

—Cierran a las once —dijo—. El muchacho que nos atendió es el único empleado.

—Perfecto —dijo Simon.

Condujeron hacia el norte hasta que encontraron una zona de descanso con algunas mesas de picnic.

Simon, que estudiaba el mapa, anunció que estaban en la confluencia de dos ríos, el Columbia de un lado y el Kicking Horse del otro.

Como si importara. Como si no estuviera a horas de hacer algo terrible.

Obligó a Alice a salir con él mientras cambiaba la matrícula del vehículo por la que había robado en el campamento. Tiró la suya al río. Alice la vio hundirse. Otra parte de ellos que desaparecía para siempre.

No habían almorzado y ya era casi la hora de la cena, pero no quedaba mucho en la nevera para preparar una comida sustanciosa, así que Alice cocinó un par de cajas de macarrones con queso.

Mientras revolvía, no dejaba de pensar. ¿Asaltaría la tienda solo o con Jenny?

Tal vez los atraparan. Tal vez entrara alguien en el local.

Se imaginó a un camionero corpulento derribando a Simon.

Jenny podría llegar a huir, pero no tenía el arma. Alice se negaría a conducir.

Cuando la cena estuvo lista, comieron en silencio. Simon y Jenny, sentados tan cerca uno del otro que sus brazos se rozaban, parecían pensativos. Alice estaba demasiado tensa como para terminar su plato. Cuando Simon lo vio, le indicó con un gesto que se lo pasara y empezó a comer de allí.

—Quiero darle de comer a Tom —dijo ella.

Simon asintió con la boca llena.

Tom tampoco comió mucho. A Alice le preocupaban el sudor en su frente y su respiración agitada. Casi no les quedaba paracetamol. Él la miró y movió los labios en silencio: —¿Robo?

Ella asintió y murmuró: —Tal vez sea bueno. Lo atraparán.

—¿Qué estáis diciendo vosotros dos?

Alice se volvió. Simon los observaba desde la mesa, con el tenedor en la mano.

—Nada. Dice que la pasta está buena. —Se levantó a lavar los platos.

Cuando guardaba el último, Simon dijo: —Siéntate con nosotros, Alice.

Ella se volvió, se secó las manos con el paño y se sentó frente a ellos.

Simon sacó la bolsa de la tienda de segunda mano de debajo de la mesa y colocó dos objetos encima.

Armas. Pistolas. Alice dio un respingo antes de darse cuenta de que eran de juguete.

Simon hizo girar una con el dedo. Se fue frenando hasta quedar apuntando hacia ella y la cocina.

—Esta noche vas a venir conmigo —le informó Simon.

—¿Adónde?

—Vamos a asaltar la gasolinera. Tú y yo.

Tom soltó un sonido que era una mezcla entre un gruñido y una exclamación de sorpresa.

—¡Bromeas!

Alice no podía verlo desde la mesa, pero oyó cómo se movía en la cama, luchando contra las ataduras.

—Hablo muy en serio.

—¡Yo no voy a robar nada! —exclamó Alice—. Llévate a Jenny.

—Está embarazada. Es peligroso.

Alice lo fulminó con la mirada. ¿De verdad no captaba la ironía? Estaba prófugo con su novia embarazada y era imposible saber cuántos delitos ya habían cometido.

—Necesito que alguien se lleve el dinero mientras yo vigilo.

—¿Esperas que te ayude?

—¡Alice no lo va a hacer! —gritó Tom.

—Sí, lo va a hacer —respondió Simon, con total serenidad. Sin ninguna duda. Alice apretó los puños bajo la mesa y trató de pensar, pero no encontraba salida. Si seguía negándose, Simon lastimaría a Tom. Lo torturaría, quizá le rompería más huesos. Lo que fuera necesario. No tenía opción.

Simon quería esperar hasta la hora de cierre, pero para que la autocaravana no llamara la atención buscaron hasta encontrar un camino de tierra junto a las vías del tren, donde aparcaron a la sombra. Les permitió usar el baño.

Después de que Simon volviera a atar a Tom, Alice se recostó en la cama a su lado.

Se giró con cuidado y alargó el brazo hasta entrelazar sus dedos con los de él.

Observó su rostro, la barba oscura en la mandíbula.

Hacía tres días que no se afeitaba. Intentó dormir para no pensar en lo que venía, pero le fue imposible.

El sol se hundió en el horizonte y con él, las esperanzas de que Simon cambiara de idea antes de salir rumbo al pueblo.

Simon quiso comer algo, así que Alice preparó galletas con mantequilla de cacahuete y ayudó a Tom a comer un par y beber un poco de agua.

Les permitieron usar el baño una vez más.

La expresión de fastidio de Simon mientras desataba y volvía a atar a Tom inquietaba a Alice.

Comenzaba a cansarse de esa tarea adicional.

Volvieron a la gasolinera y aparcaron detrás, en una calle lateral.

—Alguien podría ver que la autocaravana se marcha inmediatamente después —dijo Alice—. Hay casas cerca. —Tenía que ver los riesgos. ¿Era demasiado confiado o directamente no le importaba nada?

Simon rio.

—Nadie va a pensar que los ladrones viajan en una autocaravana.

Por eso el plan es perfecto, y en estos pueblos pequeños con suerte hay dos agentes de policía.

—Envió a Jenny a la tienda a comprar un paquete de chicles y ver quién estaba atendiendo.

Cuando regresó, informó que el muchacho se había marchado.

—Hay una mujer, ahora.

—¿De qué edad?

—No lo sé. —Jenny miró a Alice—. Tal vez algo mayor que Alice.

Una mujer sola. Se quedaría aterrada cuando irrumpieran en el local.

Simon empezó a sacar prendas de la bolsa; levantó un pantalón de peto vaquero desteñido y una camisa a cuadros.

—Ven aquí, Alice.

Ella se abotonó la camisa sobre la que ya llevaba puesta. El peto era tan grande que pudo ponérselo sin quitarse los pantalones cortos. Simon le pasó una de las pistolas de juguete.

—¿Y si la cajera tiene un arma?

—No va a dispararles a dos personas.

—No puedes saber eso.

—Tú irás delante de mí —respondió él, sonriendo—. Eso sí lo sé. —Le dio una gorra y le indicó que se recogiera el cabello; luego le entregó un par de guantes de tejido grueso y unas gafas grandes con lentes amarillas que coloreaban todo de un modo extraño.

Alice tenía retortijones en el estómago. Dolores punzantes bajo las costillas y en el vientre. Respiró hondo varias veces, flexionó los dedos dentro de los guantes y se humedeció los labios resecos.

Simon se puso el sombrero de vaquero que Jenny le había llevado.

A ojos de Alice, nada en él daba el perfil de vaquero, pero el sombrero parecía infundirle una confianza nueva.

Enderezó la espalda y fingió desenfundar el arma como si fuera un vaquero de verdad.

Alice se apartó de su línea de fuego. Jenny se mordía las uñas; al reparar en la mirada de Alice, dejó caer las manos.

—Ten cuidado —dijo Jenny, con voz tensa, dirigiéndose a Simon.

—Como siempre, amor. No tienes de qué preocuparte. —Buscó entre la ropa de cama guardada en un armario y sacó dos fundas de almohada. Le entregó una a Alice.

Ella jamás había hecho algo malo. Jamás. No excedía el límite de velocidad. No robaba. De adolescente nunca había llegado más tarde del horario impuesto por sus padres ni había probado alcohol. Y ahora iba a asaltar una tienda.

Salió de la autocaravana detrás de Simon, tras darle un beso a Tom y susurrarle que estaría bien, a pesar de que sus miradas transmitían que ninguno de los dos se lo creía del todo.