Capítulo 15. Jenny
El rostro de Simon cambiaba a la luz tenue de la linterna.
A ratos volvía a ser el chico dulce, de sonrisa amable, que vivía en el puerto deportivo vecino a su casa, y en un parpadeo se transformaba en el muchacho de ojos negros y mandíbula firme con el que ella se había fugado.
Habían encendido una pequeña fogata. Simon no quería llamar la atención, así que no podían comprar los paquetes de leña que vendían en la oficina.
Habían juntado ramas secas y ramitas en el bosque, con las que Jenny ahora alimentaba el fuego, dejando que las llamas le rozaran los dedos.
Acercaba la mano cada vez más, hasta que el calor se volvía insoportable, y luego la retiraba de golpe.
Le gustaba el crujido de la leña, las explosiones repentinas de brasas anaranjadas y las chispas que salían disparadas.
Las aplastaban con los pies, se las quitaban de la ropa sacudiéndose como en un baile descoordinado.
Más tarde, su cabello olería a humo y ella se acercaría los mechones a la nariz para respirar ese aroma.
Nunca había ido de camping. Ni cuando vivía su padre.
Ni con amigas ni en una excursión escolar. ¡Cuántas cosas se había perdido!
—No tenemos suficiente dinero —dijo Simon—. Con suerte, nos alcanzará para una semana. O dos, como mucho.
—¿Qué vamos a hacer?
—Voy a tener que asaltar una tienda. O quizá robar en una gasolinera.
—¡No, es demasiado peligroso! Podemos buscar trabajo. Llevará más tiempo, pero…
—No puedes conseguir trabajo estando embarazada y en todos lados piden documentos de identidad.
Tenía razón. Aunque ella no podía decirlo en voz alta. No podía tomar una decisión así. Simon se acercó, le pasó un brazo por los hombros y le dio un suave apretón.
—¿Y si te arrestan? ¿Qué va a pasar? —Imaginó a la policía llevándose esposado a Simon mientras ella miraba desde la autocaravana sin poder hacer nada.
—Se darán cuenta de quién soy y supongo que me mandarán a la cárcel de Kingston.
—¿Dónde queda eso?
—En Ontario. Uno de los marineros de mi padre era un exconvicto. Estuvo ahí.
—¿Y la cárcel de mujeres?
—No lo sé. Tal vez también esté en Ontario. Pero no nos van a atrapar, ¿sabes? —le aseguró él—. No vas a tener al bebé en una cárcel. —Se inclinó desde su silla y apoyó la mano sobre su vientre. Jenny puso la suya encima—. Ni lo pienses —añadió.
Jenny llevaba días intentando convencerse de que no los iban a descubrir, pero desde que habían salido de White Cliff no podía dejar de imaginar cómo sería la cárcel: cemento gris, barrotes de acero, enfermeras crueles que se llevarían a su bebé.
Le había molestado cuando Alice habló del asunto fuera del banco.
Fue la primera vez que sintió enfado hacia ella.
—Alguien podría salir lastimado. —Alice también había predicho eso. ¿Y si tenía razón?
—Nadie va a salir lastimado —dijo Simon, y apartó la mano.
Tomó un trago de la botella de vino que había encontrado en la autocaravana.
Su padre era un alcohólico violento, así que él casi no bebía.
Quizás unas cervezas en la playa. Ella nunca lo había visto tomar vino.
No sabía qué significaba que lo estuviera haciendo.
—Dijiste lo mismo cuando le robaste al motorista.
—Él decidió perseguirnos.
Jenny agachó la cabeza y movió los pies en el suelo.
Le dolían las piernas. Desde que se había quedado embarazada, los músculos de las pantorrillas se le acalambraban a todas horas.
Hacía semanas que no bailaba. Sus pies tendían de manera natural a colocarse en posición abierta.
Los enderezó. Flexionó un dedo del pie, se masajeó el tobillo.
Simon le levantó el pie, lo acomodó sobre su regazo y le masajeó el arco.
—Haré que Alice participe en el robo conmigo —dijo—. El periódico nos describió a nosotros dos, así que nos viene bien que Alice sea mayor. Ella cogerá el dinero mientras yo monto guardia.
Jenny sintió algo de alivio al no ser parte del plan. No se sentía capaz de poder participar de un robo con Simon; el miedo la paralizaría.
—¿Y si Alice se niega?
—La amenazaré.
—No me gustó cuando dijiste que ibas a matar a Tom.
—No lo decía en serio. Lo habría dejado en algún lugar.
Ella sabía que Alice solo quería asustarla cuando dijo que Simon disfrutaba haciéndoles daño a otros.
Él no era malvado. Solo hacía lo que consideraba necesario.
Como cuando atropelló al motorista con la autocaravana.
Pero ¿y si Tom y Alice intentaban escapar?
Tom podría atacar a Simon, como cuando pelearon por el arma.
¿Pensaría Simon que era “necesario” matar a Tom?
Apartó los pensamientos negativos. Nada de eso iba a suceder. Simon era demasiado cuidadoso.
—Si nos atrapan, dile a la policía que todo fue idea mía. Diles que me tienes miedo.
—Alice y Tom saben que eso no es cierto.
—No te preocupes. No va a suceder. Mañana iremos a una tienda de segunda mano para buscar ropa diferente. Luego estudiaremos algunos locales. Algo apartado.
—¿Ya lo has hecho antes?
—¿Crees que en White Cliff me dedicaba a robar casas? —Frunció el ceño, herido.
—Perdona. —Jenny rozó su brazo con los dedos—. Es que suenas muy seguro.
—El marinero del que te hablé, el exconvicto… Se jactaba de todos los robos que había cometido y me contó sus trucos. Atacaba las tiendas de noche o muy temprano, cuando no había clientes y solo quedaba una persona trabajando.
—Pero lo atraparon.
—Porque se le estropeó el coche. Nosotros escaparemos sin problema. Dejaremos la autocaravana cerca para poder correr hasta allí. Nadie va a pensar que los ladrones andan en una autocaravana.
—¿Seguro?
—Segurísimo. —Se inclinó hacia delante y la besó. Olía a humo de leña, su piel estaba tibia y sus labios eran suaves, pero sabía a vino. Ella se apartó y echó más ramas al fuego.
Se quedaron allí hasta agotar la leña y hasta que el camping quedó en silencio. Ya no había niños en bicicleta ni ladraban perros, ni se oían risas lejanas ni música. Solo se oía el rumor del río.
—Lo haré rápido —susurró Simon, antes de perderse entre las sombras. Le había dicho que esperara dentro de la autocaravana, pero ella se negó. Necesitaba verlo regresar.
Aguantó la respiración, estudiando cada silueta en la oscuridad, a la espera de oír sus pasos.
Simon era tan sigiloso que Jenny casi gritó cuando apareció de pronto por el frente de la autocaravana.
Se llevó un dedo a los labios, pero sonrió cuando le mostró la placa de matrícula que escondía bajo la camiseta.
—La pondré mañana, cuando nos hayamos marchado de aquí.
—Le tendió la mano y la ayudó a ponerse de pie.
Ella se preguntó cómo se sentiría cuando estuviera redonda y pesada.
Su madre le recordaba a cada instante lo mucho que había detestado el embarazo y cómo le había arruinado el cuerpo.
Jenny, en cambio, disfrutaba de la idea de transformarse.
Nunca se había sentido del todo dueña de su cuerpo.
Mucho después de que Simon comenzara a roncar a su lado, como un eco de los ronquidos de Tom en el fondo, Jenny seguía despierta.
Pensaba en su padre. En cómo ella se dormía oyendo sus ronquidos a través de las delgadas paredes del apartamento, y en lo insoportable que había sido el silencio después de su muerte.
En cuestión de semanas, su madre había regalado o vendido todas sus pertenencias.
Lo único que le quedaba a Jenny eran unas fotos y una caja de piedras que habían recogido juntos.
Tenía solo once años cuando él murió y lo había echado de menos con desesperación.
Cuando no podía dormirse, cogía una de las piedras y la guardaba en la mano, recordando cómo se le arrugaban los ojos verdes cuando sonreía, su fresco aroma a jabón.
Él le había enseñado sobre rocas y minerales, mostrándole fotos en los libros.
Tom le recordaba a su padre. Tenían esa misma forma entusiasta de hablar sobre lo que los apasionaba.
Tal vez habrían sido amigos. Su madre no le habría caído bien a Alice.
Las imaginó conociéndose. Tal vez en una librería, tras una de las lecturas de Robert.
Había escuchado tantas conversaciones de su madre que bien podría escribir un guion.
Su madre empezaría con un cumplido, tal vez algo sobre el cabello rizado de Alice y lo valiente que era por llevarlo natural.
Luego hablaría de Robert y del éxito de su último libro.
¡Doce semanas en la lista de libros más vendidos de The Globe y el Mail !
¡Y finalista del Premio del Gobernador General!
Todo un honor. Su nuevo libro iba a ser increíble, incluso mejor que el anterior.
Ya casi lo había terminado. Cualquier día de estos.
También encontraría la manera de mencionar que se habían mudado de Vancouver para que Robert pudiera inspirarse en la paz de un pueblo pequeño y que habían comprado una casa preciosa sobre los acantilados para que él pudiera contemplar el océano todas las mañanas.
No le contaría que White Cliff le resultaba aburrido y soso ni que solo había accedido a mudarse porque Robert le iba a comprar un estudio de danza. Ni admitiría que ya habían pasado cuatro años y que Robert siempre estaba encerrado en su despacho arrancando páginas de su libro.
Después venía la parte que Jenny más detestaba.
Su madre se inclinaría hacia ella, bajaría la voz y le diría que su primer marido había muerto en un accidente terrible, ¡terrible!
, en la planta donde trabajaba. Al pobre lo había aplastado una máquina.
Ella le había suplicado que no se quedara trabajando hasta tarde.
A veces, Jenny pensaba que su madre se creía sus propias mentiras, por lo convincente que era contándolas, pero ella no olvidaba cómo le encontraba faltas a su padre. “¿Por qué no pides un aumento? ¿Cómo vamos a vivir así? Tienes que trabajar más horas”.