Rehenes en la carretera Capítulo 15. Jenny #2
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Capítulo 15. Jenny #2

Después de contarle a alguien el accidente, su madre solía suspirar y quejarse de lo difícil que había sido criar sola a su hija.

Hablaba como si se hubiera quedado con una mano atrás y otra delante, pero a Jenny le constaba que habían cobrado dinero de un seguro.

Lo suficiente como para que su madre comprara ropa y maquillaje y se mudaran a un apartamento mejor.

Lo suficiente como para que pudiera salir a buscarse otro marido, dejando a Jenny sola, a veces toda la noche, a veces durante días.

Y en una ocasión, cuando se enfermó de gripe, su madre la dejó en el asiento trasero del coche, con una almohada y una manta, mientras ella cenaba en un restaurante.

La historia por lo general terminaba cuando su madre se tocaba el corazón y decía, con una sonrisa soñadora, que había pensado que jamás volvería a encontrar el amor, hasta que se enamoró perdidamente de Robert.

Pero Alice nunca tendría una conversación con su madre.

Robert y ella no estaban en su casa del acantilado, bebiendo cócteles y escuchando discos de Sinatra.

Debían de estar en la morgue. ¿Habría un servicio fúnebre?

¿Quién asistiría? El pueblo entero hablaría de Simon y de Jenny.

“Sabíamos que eran de mala calaña. Desde que ella se metió con ese muchacho…”.

El corazón le latía con demasiada fuerza, los recuerdos la engullían.

Se dio la vuelta. El bebé se movió. Pequeños aleteos.

Se pasó la mano por el vientre, preguntándose si podría sentirla.

Simon estaba convencido de que era un niño, pero ella sentía que era una niña.

Su hija. ¿Qué nombre le pondría? ¿Nicole?

¿Amy? ¿Heather? Pensó en nombres de bebé hasta que comenzaron a pesarle los párpados.

Por la mañana, Simon y ella se turnaron en el baño; luego, Jenny se puso un vestido lila de verano, con mangas abullonadas y una tela ligera que caía suelta sobre su vientre.

Casi toda su ropa ya necesitaba un lavado.

Habían huido con tanta prisa que casi no tuvo tiempo de coger algunas prendas.

Necesitaba ducharse. Seguro que Alice también.

—Tenemos que dejar que Alice y Tom se duchen —le dijo a Simon.

—Si nos duchamos todos en la autocaravana, se llenarán los depósitos.

—Tú y yo podemos usar el baño público. —Simon abrió la boca como para objetar, así que ella se apresuró a añadir—: Podemos ir por separado.

Él se frotó la frente y miró hacia las ventanas delanteras.

—De acuerdo.

Jenny se sentó a la mesa del pequeño comedor y alisó con los dedos las arrugas de su vestido, mientras Simon desataba a Alice, que juntó su ropa y fue hacia la ducha de la autocaravana.

—No tardes —dijo Simon.

Alice no lo miró, tampoco a Jenny; simplemente cerró la puerta con fuerza, como enfadada.

Cuando salió, se veía mejor: con las mejillas rosadas, una blusa sin mangas con girasoles y unos pantalones cortos verdes.

Aun así, sus ojos seguían opacos y el cabello húmedo empezaba a secarse en rizos que salían en todas las direcciones.

—Puedo trenzarte el cabello —propuso Jenny, y sintió que se ruborizaba cuando Alice le clavó la mirada.

Sabía lo que estaba pensando. No eran hermanas ni amigas.

Aun así, quería caerle bien, que entendiera que ella no era una mala persona.

Extrañaba los buenos momentos del principio, cuando Alice la había ayudado con las tiritas, les había llevado agua y mantas y había sonreído cuando Jenny devoraba las tortitas. Como si de verdad la alegrara.

Simon fue hacia el fondo y ayudó a Tom a bajar de la cama.

—Tengo que ayudarlo a desvestirse —dijo Alice—. Podría caerse.

—Deja la puerta abierta.

Mientras el matrimonio estaba en el baño, Simon revisó los armarios y la nevera.

Jenny se sentía incómoda escuchando a Alice y Tom.

Susurros. Ropa que caía. Pasos y golpes repentinos cuando alguno chocaba con una pared o el lavabo.

Fijó la mirada en la ventana, como si eso les diera algo de privacidad.

La autocaravana se llenó de vapor con olor a jabón.

La ducha se apagó. Más movimientos, un gemido de dolor, una disculpa.

Alice salió con Tom, que seguía usando la camiseta sin mangas como cabestrillo, pero ahora vestía unos pantalones cortos rojos de nailon.

Los moratones en sus piernas se habían vuelto azulados y violáceos.

Debían de ser muy dolorosos. Con la mano alrededor de su cintura, Alice lo guio hasta la cama y lo ayudó a recostarse.

Tenía el rostro tenso y pálido. Jenny hizo una mueca.

No podía imaginar lo que debía doler una clavícula rota.

Desde el cuello hasta el hombro, la piel estaba tan inflamada y tan oscura que parecía pintada.

Alice sacó dos pastillas del frasco de paracetamol que estaba sobre la encimera, ayudó a Tom a beber un poco de agua y cambió la bolsa de verduras congeladas por otra.

—Alice, ven a preparar el desayuno.

—Un momento.

Alice sonaba tajante, como si estuviera reprimiendo todo lo que quería decir. A Jenny no le gustaba que Simon le diera órdenes de ese modo. Ni tampoco su tono antipático. Él se sentó frente a ella, del otro lado de la mesa, y vio su mirada preocupada.

—¿Qué?

—¿Es necesario ser grosero? —susurró.

Él se inclinó sobre la mesa.

—Quiero que nos tengan miedo, ¿recuerdas?

Ella lo recordaba, pero aun así la incomodaba. También había sido cortante con ella un par de veces. Se dijo que solo era por el estrés.

—Voy a preparar el desayuno. —Se puso de pie. Simon parecía querer decir algo más, pero esta vez guardó silencio. Se preguntó qué sería fácil de hacer. ¿Huevos fritos?

—Puedo encargarme yo —dijo Alice, que se había puesto a su lado.

—No. Quiero hacerlo. —Jenny puso una sartén en el fogón y sacó la caja de huevos de la nevera.

Rompió uno en la sartén. Cayeron trocitos de cáscara sobre la yema.

Los sacó. Probó con otro. También se le rompió.

Cogió un tercer huevo, pero se quedó inmóvil.

¿Qué comerían si los echaba a perder a todos?

No había encendido el fogón. ¿Tenía que hacerlo antes, para calentar la sartén?

No podía recordarlo. Estudió los botones.

Poco después de que su madre y Robert se casaran, había tratado de llevarles el desayuno a la cama. Robert se había vuelto más distante desde que vivían juntos y ella temía que estuviera arrepintiéndose. Tal vez no quería a una niña rondando por la casa.

Había encontrado un libro de cocina y elegido una receta de tortilla, pero la preparación se le había desarmado; el aceite salpicó toda la cocina y el paño de cocina se prendió fuego.

Jenny sucumbió al pánico y lo arrojó al suelo, donde siguió ardiendo y llenando la cocina de humo.

La alarma chirriante despertó a Robert y a su madre, quienes corrieron enseguida.

Robert aplastó el trapo con el pie mientras su madre cogía la sartén y tiraba tortilla quemada a la basura.

Esa noche su madre preparó dos tortillas perfectas: de color amarillo claro, espolvoreadas con rodajas finísimas de cebollino y una ensalada como guarnición.

Uno para ella y otro para Robert. A Jenny solo le permitieron comer ensalada.

Como castigo por el desastre. Por el olor a humo. Por arruinarles la mañana.

Jenny estaba paralizada. Alice estaba a su lado; le quitó el huevo de la mano, apartó la sartén y encendió el fogón. Las llamas azules se alzaron con un soplo.

—Se hace así. —Alice cascó el huevo contra el borde de la sartén y le mostró cómo separar las dos mitades.

Jenny intentó concentrarse, pero quería llorar.

No sabía hacer nada. ¿Cómo iba a cuidar a un bebé?

Tenía que aprender. Aprendería todo lo posible.

Compraría libros. Se convertiría en una gran cocinera.

En la mejor madre. Inspiró hondo y enderezó la espalda.

—¿Puedes enseñarme a freírlos? A mi padre le gustaban con la yema líquida.

Alice miró el desastre en la sartén y luego volvió la vista hacia Jenny.

—Mejor empecemos con unos huevos revueltos.

—Ah…, sí. De acuerdo.

Jenny fue la primera en ir al baño; mantuvo la vista baja y evitó hacer contacto visual con otra gente. Era temprano, pero el aire ya olía a fogatas, café y beicon. Los campistas se movían por sus parcelas, preparando el desayuno o desarmando las tiendas.

Cuando Jenny terminó de darse una ducha casi fría, ya que no quiso esperar a que el agua se calentara, se vistió deprisa y volvió enseguida.

Cuando le tocó el turno a Simon, se acurrucó en una de las sillas de jardín fuera de la autocaravana, con una toalla enrollada en la cabeza a modo de turbante.

Aunque Alice y Tom seguían atados, a Jenny le inquietaba la sensación de que la detestaban y en silencio estaban imaginando formas de escapar.

Ya hacía calor cuando se marcharon del camping; el sol los encandilaba a través del parabrisas.

Alice bajó la visera e intentó coger sus gafas de sol del salpicadero, pero justo en ese momento dobló una curva y las gafas resbalaron y estuvieron a punto de caer por la ventanilla abierta. Simon las atrapó y se las alcanzó.

Desde el asiento del comedor, Jenny veía de perfil a Alice, que dudó un momento antes de coger las gafas y ponérselas.