Capítulo 14. Alice
El largo trayecto transcurrió en silencio, lo cual le venía bien a Alice, que aferraba el volante con ambas manos; tenía la mandíbula apretada y el cuello rígido.
Una soldado cumpliendo órdenes. La autocaravana avanzaba por la carretera angosta y serpenteante que cruzaba el Parque Nacional Glacier y el Paso Rogers.
Si Alice se permitía pensar demasiado en las laderas empinadas y en cómo podrían desbarrancarse y caer a las grietas del terreno escarpado, sentía un sudor frío en la espalda.
Se obligó a fijar la vista en el pavimento gris que se extendía frente a ella y en las afiladas montañas a lo lejos, tan altas que las cimas, cubiertas de nieve virgen, se perdían entre las nubes.
Llegaron a Golden justo cuando el sol comenzaba a ponerse, bañando la tierra con una luz ámbar y tiñendo el cielo de violetas intensos y destellos anaranjados.
Encontraron el camping junto al río Kicking Horse y aparcaron cerca de la cabaña alpina donde estaba la oficina.
Alice esperó las órdenes de Simon y echó un vistazo alrededor.
Deseó que les tocara una parcela junto a los demás, con vistas al río de turbias aguas turquesas.
No había demasiados árboles y los espacios eran tan abiertos que se veía con claridad a los vecinos sentados en sus sillas plegables o comiendo en mesas de picnic.
Solo hacía falta una persona curiosa, con buena memoria y que hubiese leído ese artículo y no se dejara engañar por los peinados nuevos de Simon y Jenny.
Simon también miraba alrededor, con una expresión pensativa que a Alice no le gustaba. Él se giró en el asiento y miró a Jenny, que estaba detrás.
—Deberíamos viajar toda la noche. Alejarnos más.
Ir más lejos era mala idea. Cruzarían Alberta camino a Banff.
¿Habrían llegado hasta allí noticias sobre los asesinatos?
La mayoría de los medios se concentraban únicamente en los Juegos Olímpicos.
A Alice le parecía que, cuanto más se alejaran de la escena del crimen, menores serían las posibilidades de que alguien reconociera y denunciara a Jenny y Simon. Tenía que frenar esa idea.
—Es peligroso conducir de noche —objetó—, y estoy agotada.
—El tramo siguiente cruza el cañón del Kicking Horse —intervino Tom con voz ronca desde el fondo del vehículo—. El camino es empinado, con precipicios a los lados. Los frenos se van a recalentar.
Simon desplegó el mapa y lo estudió con el ceño fruncido.
—No habrá dónde repostar gasolina —añadió Alice—. Ya hemos consumido bastante.
—Quiero quedarme aquí —dijo Jenny—. Yo también estoy cansada.
—Podrás dormir mientras viajamos.
—Me mareo.
Simon se frotó el mentón, un sonido áspero contra la barba incipiente.
—De acuerdo. Necesito robar una matrícula, de todos modos.
Le ordenó a Alice que aparcara fuera de la vista de la oficina, le entregó unos billetes advirtiéndole que no hiciera ninguna tontería y la envió hacia allí con Jenny.
La oficina funcionaba también como una pequeña tienda, con una nevera llena de refrescos y estantes abarrotados de cajas de cereal, condimentos, latas de comida, artículos de higiene personal y otras necesidades básicas.
Al pasar junto a un exhibidor giratorio de animales de peluche, Jenny se detuvo y sonrió ante los osos negros con sombreros de la Policía Montada de Canadá y chaquetas rojas, y los alces con suéteres de hoja de arce.
Tomó uno, lo apretó con suavidad y miró el precio.
Alice no entendía qué estaba haciendo: no eran turistas buscando recuerdos.
Entonces comprendió que Jenny quizá pensaba en un regalo para su bebé.
Alice se adelantó con paso rápido, obligándola a seguirla.
La empleada era una adolescente amable, con el cabello castaño peinado con raya medio. Parecía una guardabosques con su camisa y pantalones cortos color caqui; se disculpó una y otra vez mientras les explicaba cómo funcionaban las instalaciones.
—Lo siento, pero las máquinas de lavandería funcionan con monedas y la ducha tarda unos minutos en calentar. Y no se permite música después de las once, disculpen.
Mientras Alice firmaba los registros y pagaba, pensó en escribir una nota.
“¡Socorro, somos rehenes de unos asesinos!”.
Su mano quedó suspendida sobre la hoja. Esperó que Jenny mirara hacia otro lado, que se apartara, que hiciera cualquier cosa, pero no se movió.
Y la empleada retiró el formulario, sonriendo a Jenny desde el otro lado del mostrador.
—Esta noche hay una parrillada en el pabellón. Deberías ir. Va a haber muchos chicos.
Jenny se sonrojó y miró a Alice, luego a la chica.
—Tengo novio.
La chica se encogió de hombros.
—Que vaya él también.
Jenny murmuró un agradecimiento y salieron de la tienda. Con cada paso que daban para alejarse de la oficina, el pesar de Alice aumentaba. Debería haber distraído a Jenny de alguna manera. Podría haberle pedido que buscara bebidas en la nevera o comida en algún estante. ¿Cómo no se le ocurrió?
Ya casi podían ver la autocaravana cuando Jenny dijo: —No tengo amigas.
Alice se detuvo en seco y la miró. Jenny casi no había hablado desde su intento fallido de ponerla en contra de Simon. Tal vez había estado pensando en lo que le había dicho. Tal vez estaba dispuesta a confiarle algo. Reanudó la marcha, pero más despacio.
—¿No?
—Tenía una mejor amiga cuando empecé el bachillerato en White Cliff, a los catorce años. Ella me hizo esto… —Alzó el bolso de ganchillo para mostrárselo a Alice—. Y un día dejó de hablarme. También abandonó ballet. Creo que mi madre tuvo algo que ver.
—¿Por qué?
Jenny se encogió de hombros.
—Mi madre hacía toda clase de cosas crueles.
La madre de Hannah era bonita y la mía detestaba a las mujeres bonitas.
Tampoco le gustaba que algo me distrajera del ballet.
Pensaba que Hannah me estaba frenando. —Suspiró—.
Intenté ser amiga de otra chica, pero también dejó de hablarme.
Después de eso, ya no lo intenté más. —Miró a Alice—. ¿Tú tienes muchas amigas?
—Algunas. Cuando te casas, las cosas cambian.
Jenny se detuvo.
—¿Para los hombres también?
A Alice le costaba pensar en cualquier cosa fuera de la pesadilla en la que estaba atrapada, pero se obligó a responder.
¿Era distinto para Tom? Él seguía jugando golf y yendo al bar a ver fútbol americano con sus amigos.
Ella iba a reuniones de Tupperware y a tardes de fondue , pero durante el último año se había ido alejando cada vez más de sus amigas.
Le dolía escucharlas hablar de sus hijos y de las etapas en las que estaban, mientras que el suyo jamás las alcanzaría.
—No tanto.
La puerta se abrió con estrépito.
—¿Qué pasa? —preguntó Simon.
—La chica de recepción nos invitó a una parrillada —dijo Jenny.
—No podemos ir —respondió Simon, irritado, como si no pudiera creer que ella lo hubiese considerado siquiera—. ¿Por qué hablaste con ella? Esa era tarea de Alice.
—¡Lo sé! Solo estaba siendo amable —respondió Jenny, y entró con la cabeza gacha, como si no quisiera mirarlo. ¿Estaría avergonzada o enfadada? Para Alice era imposible adivinarlo.
Simon decidió que quería hamburguesas para la cena, y Jenny asintió con voz casi inaudible.
Alice trató de concentrarse en una tarea tan habitual, algo que había hecho incontables veces, pero era muy consciente de que la observaban.
Jenny parecía prestar una atención especial a cada movimiento que hacía, como si intentara memorizar los pasos y los ingredientes mientras mezclaba la carne para las hamburguesas.
—¿Qué era ese polvo? —preguntó Jenny.
Alice no deseaba ser amable con ella, pero si lograban establecer algún tipo de conexión —cosa que Jenny claramente deseaba—, tal vez podría hacerla entrar en razón.
—Sopa de cebolla en polvo. Puedes usar pan rallado comprado, pero yo hago el mío. Le agregas un par de huevos y así todo se mantiene unido. ¿Quieres darles forma?
Los ojos de Jenny se iluminaron y se puso de pie, pero Simon, sentado a la pequeña mesa de comedor, observaba a Alice como si pudiera leerle las intenciones. Ella mantuvo el rostro inexpresivo.
Jenny hizo un desastre al principio, pero después de unos minutos entendió el procedimiento y Alice le enseñó a cocinar la carne en la parrilla y a reconocer el momento exacto para darles la vuelta a las hamburguesas.
Simon había bajado el toldo y acomodado la parrilla y las sillas de modo que dieran la espalda al camino.
La autocaravana vecina estaba aparcada igual, así que quienes estuvieran allí no podrían verlos, y probablemente, tampoco oírlos.
Cada vez que alguien pasaba, Simon bajaba el mentón y encogía los hombros.
Alice veía el bulto que formaba la culata del arma bajo su camisa.
Cuando las hamburguesas estuvieron listas, Simon envió a Jenny y a Alice adentro, donde él mismo cortó los panes, las cebollas y los pepinillos con el cuchillo de caza. Era inquietante verlo manejar la hoja con tanta destreza y tanta velocidad; Alice tuvo que apartar la mirada.
—Nos queda un solo tomate —anunció. En cuanto las palabras salieron de su boca, Alice deseó poder abofetearse. Había hablado por costumbre, ya que siempre se encargaba de las comidas. Pero ellos no eran invitados cenando en su casa, no estaban reunidos tomando algo.
—A Jenny no le gustan —respondió Simon.
Alice miró a la chica, que asintió con timidez.
—No los tolero.
Cuando todo estuvo listo, Simon y Jenny se sentaron a la mesa, mientras que Alice se ubicó junto a Tom sobre el colchón y lo alimentó delicadamente con bocados de hamburguesa.
En situaciones normales, Tom se habría comido dos sin dificultad, pero casi no logró llegar a tres cuartos de la primera antes de negar con la cabeza cuando ella le ofreció otro bocado.
—No puedo más.
—Tienes que mantenerte fuerte.
—Una hamburguesa no va a arreglar un hueso roto.
Tom no acostumbraba a hablarle con sarcasmo; parpadeó, sorprendida, pero él no lo notó. Miraba el techo con una mueca de dolor.
—Necesitas más agua.