Rehenes en la carretera Capítulo 13. Alice
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Capítulo 13. Alice

Cuando regresaron a la autocaravana, Jenny pasó junto a Alice, que seguía en el suelo, y se sentó a la mesa; juntó las rodillas, apoyó las manos sobre el regazo y entrelazó los dedos. Uno de sus pulgares se movía inquieto contra el otro. ¿Estaría nerviosa? ¿Habrían tomado alguna decisión?

Alice volvió a la realidad cuando Simon tiró de sus brazos para desatar el cinturón.

Dio un paso atrás y ella se incorporó con lentitud. Se le habían entumecido las piernas. Se tambaleó hacia atrás y se dejó caer en el asiento.

Simon abrió la cartera, sacó el dinero y los cheques de viaje y entregó a Jenny lo que parecía ser la mitad.

—Por si llegamos a separarnos.

Jenny asintió y dirigió a Alice una mirada cargada de culpa. Ella le devolvió una expresión dura, impenetrable. Jenny bajó la vista hacia los cheques y frunció el ceño.

—Aquí dice… —Levantó el cheque para mostrárselo a Simon—: “La firma de validación debe hacerse en presencia de la persona que cobre este cheque”. ¿Qué significa?

Simon se volvió hacia Alice y Tom.

—Ya la habéis oído.

—Las firmas tienen que coincidir —explicó Tom—. Yo ya firmé una de las esquinas.

—¿Entonces no sirven? —Antes de terminar de hablar, Simon ya se había abalanzado sobre Tom. Le dio un puñetazo en las costillas: un impacto sordo y pesado. Tom soltó un gemido y giró el cuerpo, tratando de esquivar el siguiente golpe.

—¡Basta! —Alice se arrojó entre ambos para proteger a Tom—. ¡Podemos intentarlo!

—¡Me has jodido! —Simon respiraba agitado, su pecho subía y bajaba; tenía los puños apretados. Jenny se había levantado y tiraba de él hacia la cocina.

—Podemos ir al banco. —Alice trataba de pensar qué decir—. Soy su mujer. Tal vez si los firmara dos veces, podríamos cobrarlos igual. Las firmas coinciden… diré que está enfermo.

Simon se masajeó la cabeza con una mano.

—Esto no me gusta nada… —murmuró.

—Alice tiene razón. Podemos intentarlo. —Jenny todavía le sujetaba la otra mano entre las suyas, como si fuera un ancla que le impedía caer por un precipicio.

El silencio cargado de tensión se estiró mientras Simon lo pensaba; todos aguardaban su decisión.

—Pasamos frente a un banco en el centro —dijo por fin—. Iremos allí.

El centro del pueblo no era más que un par de calles con edificios de ladrillo pintado apretados unos contra otros.

Algunos eran bajos y anchos; otros, estrechos y altos, y cada toldo era de un color diferente; era como ver una fila de mujeres en un baile de antaño levantando sus parasoles para llamar la atención.

Pero la verdadera protagonista era la montaña.

Se elevaba al fondo, vigilando el pueblo, tan cerca que Alice podía distinguir cada árbol en la base.

Simon le ordenó que aparcara en un sitio con sombra al final de la calle, fuera de la vista del banco de ladrillos marrones, pero lo bastante cerca como para poder salir rápido.

Alice se aplicó un poco de pintalabios y se cepilló el cabello.

Cuando terminó, le dio un beso suave a Tom, con la esperanza de transmitirle algo de consuelo (aunque ella misma no sentía ninguno), y cogió su bolso.

Simon esperaba apoyado contra la encimera, con los brazos cruzados; con su camiseta sin mangas y sus pantalones cortos vaqueros, tenía el aire despreocupado de un muchacho que disfruta de las vacaciones de verano. Salvo por el arma que tenía en la mano, apuntando a Tom.

—Si oigo una sola sirena…

—Entiendo. —Alice tragó con fuerza y se humedeció los labios resecos con la lengua—. No voy a hacer nada.

—Por si se te ocurre alguna idea, Jenny tiene el cuchillo.

Alice miró a Jenny, que estaba junto a la puerta, con el bolso tejido colgado del hombro. Se preguntó si el cuchillo estaría bajo la blusa o dentro del bolso. ¿De verdad la apuñalaría? No lograba descifrar su expresión. La chica ni siquiera la miraba a los ojos.

Jenny y Alice salieron de la autocaravana en silencio y caminaron juntas hasta la entrada del banco, una gran puerta de madera flanqueada por columnas.

Alice inspiró hondo y la empujó para abrirla.

El interior del banco estaba fresco; el aire acondicionado llegaba desde arriba.

A Alice se le puso la piel de gallina ante el repentino cambio de temperatura.

El guardia de seguridad la saludó con una sonrisa amable y ella procuró no mirar demasiado la pistola en su funda. No había otros clientes.

Se acercaron a la única cajera que estaba disponible en ese momento. Jenny se mantenía muy cerca de Alice. Sus sandalias chasqueaban contra el suelo de mármol y las puntas de su cabello se movían rítmicamente con cada paso.

La cajera, una mujer de mediana edad, de cabello oscuro y blusa lila con lazo al cuello, las recibió con cortesía.

Alice explicó que quería cobrar sus cheques de viaje y los deslizó por el mostrador.

Cuando la mujer los inspeccionó, sus labios se tensaron.

Miró a Alice por encima del borde de las gafas.

—¿Thomas Bell?

—Sí, es mi esposo. Está con una gripe terrible…

Imagínese, en este calor, con fiebre. El pobre no puede levantarse de la cama.

Pensamos que no habría problema si él ya los había firmado, ya que usted puede verificar mi identidad.

—Sonrió mientras le entregaba su carnet de conducir—.

Venimos de Seattle. Hemos estado disfrutando muchísimo en su hermoso país. Hasta que mi esposo se enfermó, claro.

El codo de Jenny rozó su costado y Alice dejó de hablar. La cajera tenía la mirada clavada en ella. ¿Habría notado algo?

—Un momento, por favor. Necesito consultarlo.

—Por supuesto…, no hay problema.

En cuanto la cajera se alejó, Jenny se volvió hacia ella.

—¿Crees que nos lo cambiarán?

—No lo sé, pero no parecía muy conforme —murmuró Alice, mordiéndose la uña del pulgar.

La cajera regresó acompañada de un hombre mayor, calvo, con un traje azul claro y una corbata ancha. Miró a Alice y sonrió con una expresión que solo podía describir como compasiva. Ella se puso tensa.

—Señora Bell —dijo—, muchas gracias por venir a nuestro banco. Me dicen que han viajado desde Seattle.

Alice asintió, esperando que fuera al grano.

—Lamentablemente, no podemos cambiarle estos cheques. Con los Juegos Olímpicos y la temporada turística, los casos de fraude aumentan. Tenemos un reglamento estricto. No hay excepciones.

—Pero puede ver por mi carnet que tenemos el mismo apellido —respondió ella, señalando el permiso de conducir que estaba en el mostrador entre ambos. El hombre bajó la mirada un instante y luego volvió a fijarla en ella.

—Con todo respeto, señora, no tenemos manera de verificar que estén casados. Necesitamos presenciar la firma personalmente.

—Ya le expliqué a la cajera que mi esposo está enfermo.

—Ojalá se recupere pronto. —Ya parecía ansioso por quitársela de encima. Alice sintió deseos de alargar los brazos por encima del mostrador y estrangularlo con la corbata. ¿Qué iba a hacer ahora? Y más importante aún, ¿qué haría Simon si ella no conseguía el dinero?

Alice revolvió el contenido de su bolso y sacó su chequera.

—¿Y un cheque personal? Seguramente me podrán cambiar uno.

Cogió el bolígrafo sujeto a un lado del mostrador; la larga cadena plateada se le enroscó en la mano. Levantó la mirada hacia el hombre.

—Los cheques de bancos extranjeros se retienen durante quince días y para cobrarlos debe ser clienta del banco. ¿Le gustaría abrir una cuenta hoy?

—No. —Dejó caer el bolígrafo sobre el soporte; la cadena se desenroscó de su mano.

El gerente inclinó la cabeza.

—Si podemos ayudarla en algo más…

—Gracias. Que tenga un buen día.

Cogió su carnet del mostrador y se dio media vuelta, evitando mirar a Jenny. Caminó con paso firme hacia la puerta.

Fuera del banco, Alice se tomó un momento para recomponerse; se apartó el cabello de la frente y se secó las manos sudorosas en los pantalones cortos.

—¿Estás bien? —preguntó Jenny.

Alice se volvió hacia ella y la fulminó con la mirada.

—Tú y tu novio nos estáis robando —susurró, furiosa—. ¿Qué te parece?

Boquiabierta, Jenny lanzó una mirada hacia el banco por encima de su hombro, tal vez temiendo que el gerente las oyera. Luego miró a Jenny.

—Tenemos que irnos.

—Por supuesto. No quiero que mi esposo muera.

Jenny parpadeó, sorprendida, y se ruborizó. Alice se dio cuenta de que era la primera vez que estaban a solas, quizá su única oportunidad de hacerla entrar en razón. Miró calle arriba, rogando que Simon no pudiera verlas allí, en la sombra de un edificio.

—Sé que crees estar enamorada de Simon, pero te aseguro que os van a atrapar… y él va a culparte de todo.

—¡Jamás haría algo así!

—Te manipula. ¿No lo ves? Te da órdenes, todo el tiempo te dice qué hacer o adónde ir.

—¡No sabes nada de nosotros!

—Sé que estás cometiendo un error terrible y que vas a terminar mal.

—Simon me ama —dijo Jenny—. No va a dejar que me pase nada malo.

—¿Y el bebé? ¿Qué crees que va a pasar cuando os arresten? —Jenny se estremeció. La estaba escuchando—. Podríais conseguir un mejor trato si os entregarais ahora.

—No nos van a atrapar. Simon es inteligente.

—Es imprudente. Disfruta haciendo daño. Tú no viste cómo miraba el cadáver del motorista, pero yo sí. Y si no lo frenas, va a morir más gente.

—Tenemos que volver ahora mismo a la autocaravana.

Se miraron durante unos instantes. Jenny cruzó los brazos y alzó la barbilla, como desafiándola a seguir hablando. Pero no valía la pena. No iba a escucharla.

Alice retomó el camino calle abajo. Jenny la siguió.

Cuando llegaron a la autocaravana, Simon abrió la puerta de inmediato y se hizo a un lado para que entraran.

—¿Por qué tardasteis tanto?

Alice miró primero a Tom, que parecía dormido, y luego se acomodó en el asiento junto a la mesa antes de que las piernas se le aflojaran, tras haberse disipado la adrenalina.

—Tuvimos un problema —dijo.

—¿Qué clase de problema? —preguntó Simon, y dio un paso hacia ella. Alice se puso tensa.

—No nos quisieron cambiar los cheques —dijo Alice en voz baja.

—¿Les dijiste que Tom estaba enfermo?

—Alice intentó de todo —respondió Jenny—. Hasta vino el gerente, pero dijo que no.

Simon asió a Alice del brazo y la arrastró del asiento.

Luego la giró con violencia, encajando su brazo bajo la barbilla de ella, de frente a la cama.

Le apoyó el cañón de la pistola en la sien.

Todo ocurrió tan rápido que ella solo había registrado el dolor en el brazo cuando su mente y el resto de su cuerpo asimilaron el hecho de que podría morir en los segundos siguientes.

—Despierta, imbécil.

Tom se sobresaltó, y sus brazos y sus piernas tensaron las ataduras; abrió bien los ojos al ver la escena frente a él.

—¿Qué...?

—¿Tenéis más dinero en la autocaravana?

—No. —Tom negó con la cabeza. Simon presionó con más fuerza.

El metal de la pistola se hundió contra el cráneo de Alice, provocándole un dolor agudo.

El brazo de él le apretaba el cuello. No podía moverse; sentía miedo hasta de respirar.

¿Y si se le contraía el dedo? ¿Y si apretaba el gatillo?

Se preguntó si la bala dejaría solamente un orificio o si esparciría su cerebro por toda la autocaravana.

Trató de controlar la oleada de histeria que le subía por el pecho.

—¿Estás mintiendo de nuevo?

—¡No! ¡Suéltala!

El brazo de Simon presionó todavía más contra su garganta.

Tom se había puesto pálido. Alice nunca había tenido tanto miedo en su vida.

Sentía un impulso salvaje de arañarlo y luchar por su vida.

El pánico se apoderó por completo de ella y cuando estaba a punto de clavarle las uñas a Simon, él la soltó y le dio un empujón que la hizo chocar con la encimera, cuyo borde afilado se clavó contra el hueso de su cadera.

—Vete para la parte delantera.

Alice no quería moverse, pues temía que Simon le hiciera daño a Tom, pero cuando él alzó la pistola para apuntarle se dio la vuelta y caminó hacia el frente, pasando junto a Jenny, que seguía muda, sentada a la mesa.

Miraba a Simon y luego a Alice, con las cejas fruncidas y el rostro pálido.

Como un ratón que observa cómo un halcón se come un conejo. ¿Le dispararía Simon por la espalda?

Alice se volvió abruptamente, con las manos abiertas. Simon tenía el arma apoyada contra el muslo. Miró a Jenny, que había bajado la vista a la mesa, ocultando el rostro detrás del cabello.

Alice se dejó caer en el asiento del conductor; el corazón le latía a toda velocidad.

Se llevó una mano al pecho y se sorprendió al no sentir los latidos contra la piel.

Un momento después, Simon se sentó en el asiento del pasajero.

Se frotó la cara, maldijo por lo bajo y luego le dirigió una mirada fulminante.

—Iremos a Golden.