Capítulo 12. Jenny
El aire olía a pan caliente y patatas fritas.
Jenny cerró los ojos e inhaló el aroma hasta que el sonido de neumáticos sobre el pavimento la sobresaltó.
Se giró y vio que un coche rojo pasaba a gran velocidad y entraba en el restaurante A caminaron hasta la sombra de un árbol cerca del río. La hizo girar para que quedara frente a él y le rodeó la cintura con los brazos, tomándola con fuerza y acariciándola con el pulgar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Ella levantó la barbilla para mirarlo, todavía desconcertada ante lo distinto que se veía con su nuevo color y el corte de cabello.
—No quiero robarles todo el dinero.
—¿Por qué?
Ella lo miró, temiendo que estuviera enfadado, pero solo parecía sorprendido.
—¿Cómo van a volver a su casa cuando terminemos?
Necesitarán dinero. —No sabía lo que significaba “terminemos”.
¿Cuándo sería el fin de todo esto? No podían dejar a Tom y Alice y llevarse la autocaravana.
Jenny solo había conducido ocasionalmente el coche de su madre por el pueblo.
Se ponía nerviosa cuando los semáforos estaban en amarillo, cuando llegaba a un cruce y cuando conducía marcha atrás. Nunca había conducido de noche.
Hacía meses que no tocaba un volante. Su madre le había quitado las llaves porque había raspado los neumáticos contra el borde de la acera demasiadas veces.
El padre de Simon tampoco le prestaba su camioneta, ni siquiera para que pudiera sacarse el carnet.
A veces, algún amigo le dejaba usar el coche para que practicara, pero después de pagar el alquiler del apartamento sobre el puerto deportivo y comprar comida para los dos, no les quedaba dinero para el examen.
Jenny sabía que a él le pesaba que su único medio de transporte fuera el bote, pero a ella le encantaba esa pequeña embarcación de metal con motor y le había pesado tener que abandonarlo después de remontar el río Fraser.
Extrañaba ver a Simon abrirse paso por el agua y reír con él cuando rebotaban sobre las olas. Habían descubierto playas y calas secretas donde recolectaban piedras y trozos de cristal desgastado por el agua que ella usaba para hacer sus joyas. Los ojos se le humedecieron al recordar aquellos días.
—¿Por qué estás tan preocupada por ellos? —dijo Simon—. Seguro que son ricos y tienen familiares que pueden enviarles dinero. Somos nosotros quienes deberemos empezar desde cero, Jenny.
Tenía razón, pero ella sabía que no estaba bien.
—¿Y si se lo devolviéramos?
—¿Cómo?
—Algún día. Cuando nos hayamos establecido.
—¿Quieres mandarles una tarjeta de agradecimiento? —Sonrió para suavizar la ironía—. Ya veremos cómo arreglamos todo, ¿vale?
Era una promesa vaga, sin nada concreto a lo que aferrarse, pero tenía que bastar. Necesitaba creer que no estaban arruinando las vidas de Alice y Tom para siempre.
—Cuando nos marchamos de White Cliff, sabías que tendríamos que robar —dijo Simon—. Si aquella noche hasta robamos mochilas y sacos de dormir de una de las lanchas.
Era cierto que no habían tenido casi nada, solo unos pocos dólares, pero en el pánico y la desesperación por huir, el concepto de robar había sido algo borroso que involucraba a gente sin rostro.
—Siento que todo se está descontrolando —murmuró ella.
—Lo sé, cariño. Por eso no podemos discutir delante de ellos. Alice es lista. Se fija en todo. Así que tú haz todo lo que yo diga.
Antes a él le gustaba escuchar las opiniones de ella sobre cualquier asunto. Esperaba a que aportara su punto de vista. Pensó en su madre, en cómo a veces se había ido cuando ella estaba hablando, pero esto no era lo mismo. Simon estaba haciendo todo esto para protegerla .
Una camioneta ranchera beis, con paneles imitación madera, entró al área de descanso y se detuvo no muy lejos de la autocaravana. La puerta se abrió y dos niños salieron corriendo hacia el baño.
Simon se acomodó para quedar de espaldas al vehículo y bloquearles la vista de Jenny: —Iremos directos a la autocaravana. Háblame y sonríe —susurró.
Se giraron, pero estaban obligados a pasar cerca de la camioneta. Todas las puertas estaban abiertas. En el asiento delantero, una madre con expresión exhausta le daba el biberón a un bebé. Parecía acalorada y sudorosa y les sonrió con desgana.
Un hombre bajó del asiento del conductor, se apoyó contra el lateral de la camioneta y los miró con atención. Llevaba una camisa naranja a cuadros desabotonada, que dejaba al descubierto su pecho y su vientre cubiertos de vello.
—¡Eh! —gritó, pero Simon siguió caminando. El hombre gritó otra vez—: ¡Eh, vosotros dos, escuchad!
Simon se detuvo y, con una mueca de fastidio, se volvió hacia la pareja.
—¿Sí, amigo?
—¿Habéis visto unos autostopistas?
Simon negó con la cabeza.
—Unos asesinos andan sueltos.
Jenny sintió que la mano de Simon se cerraba alrededor de la suya. Tenían que hacer algún comentario para no levantar sospechas, pero estaba bloqueada. ¿Debía fingir miedo? La realidad era que estaba aterrada.
Simon respondió: —Oímos algo, sí. Estamos siendo precavidos.
—Parece que son una pareja de desquiciados. La chica descuartizó a su madre.
Jenny ahogó un jadeo, pero el hombre lo interpretó como horror genuino y asintió con aire solemne.
—Cuidaos mucho.
—Gracias por avisar —dijo Simon. Ya estaban junto a la autocaravana.
El hombre se apartó de la camioneta y dio un par de pasos hacia ellos, como si aún quisiera hablar. Si se acercaba a la puerta, ¿vería a Alice atada bajo la mesa?
Los niños regresaron corriendo del baño. La madre sonrió, acarició la mejilla de uno y señaló la zona de juegos. Volvieron a salir disparados, gritando para que su padre los acompañara. Él lanzó a Simon y Jenny una última mirada antes de ir tras ellos.
La mujer bajó de la camioneta meciendo al bebé y haciéndole carantoñas tiernas.
El pequeño soltó una risita. Jenny se quedó mirando, fascinada.
Ella podría ser así: una madre cariñosa que despertara a su bebé con besos en la barriga, que sonriera cuando el niño le estirara la mano o le tirara del cabello.
Nunca le molestaría que tuviera las manos pegajosas o que le regurgitara encima.
Simon se detuvo al pie de los escalones de la autocaravana. Tiró suavemente de su mano hasta que ella lo miró y murmuró: —¿Ya estás bien? ¿Ahora entiendes por qué?
Jenny asintió. El bebé. Haría cualquier cosa por su bebé.