Capítulo 11. Alice
Alice se protegió los ojos del sol mientras cruzaban. No podía ver mucho por la ventanilla de la autocaravana, pero captó un destello de movimiento. Se acercaron más. No distinguía la silueta de Jenny. Pensó en Tom, solo, tendido en la cama.
El mecánico avanzaba con paso firme hacia el frente del vehículo, hablándole a Simon por encima del hombro sobre las estadísticas de cuántos animales morían en las carreteras cada año.
Ya estaban frente a la autocaravana. Simon se ubicó a la derecha del hombre para impedirle el paso hacia la puerta del conductor, donde el motorista había dejado abolladuras con la barra metálica.
—Mmm… —murmuró el mecánico mientras examinaba la parte frontal con las manos en la cintura—. La tapa del faro está rota.
—Ya hemos encargado el repuesto. Vamos a recogerlo en el próximo concesionario —se apresuró a decir Alice. Enseguida se arrepintió de haber hablado. No sabía dónde estaba el “próximo concesionario”. Debió guardar silencio, pero la tensión en el ambiente le nublaba la razón.
El hombre estaba inspeccionando el parachoques. Frunció el ceño, se puso en cuclillas y pasó un dedo por el cromo.
—Un venado, ¿eh? —preguntó, mirando a Simon. Detrás de él, Alice vio cómo la mano de Simon descendía hacia la pistola que llevaba bajo la camisa. Pensó rápidamente en las opciones que tenía. ¿Empujar al mecánico? ¿Embestir a Simon? ¿Y si al hacerlo la mataba a ella?
—Un macho. Seis puntas o algo así —respondió Simon.
Alice no podía apartar la vista de la mano de él. ¿Cómo de rápido sería para sacar el arma? ¿Tendría tiempo de salvar al hombre?
—No me digas. —El mecánico volvió a estudiar el parachoques. Pasó la mano por una de las abolladuras, hundiendo el pulgar en ella. La espalda de Simon se tensó.
Alice se movió hacia el lado izquierdo del hombre, preparándose. Para qué, no tenía idea.
—Quizás era un alce —dijo el mecánico al fin—. Golpean fuerte.
—Era grande —acotó Alice, aliviada—. Puede haber sido un alce, sí.
El hombre se puso de pie.
—Me alegro de que no haya sido un alce negro. Esos atraviesan el parabrisas. ¿Necesitan echarle agua? Tenemos una manguera atrás.
—Tenemos agua —respondió Simon, tajante. Tenía que cambiar el tono porque, si algo iba a alertar al mecánico, era la actitud hosca de Simon. Esta vez el hombre pareció notarla, porque se quedó mirándolo durante varios segundos.
—No le preste atención a mi hermano —dijo Alice—. Estamos acalorados y exhaustos. Ha sido un día difícil.
Simon sacó un puñado de monedas del bolsillo y se las tendió al hombre.
—¿Alcanza para pagar?
—Debería alcanzar, sí —respondió el mecánico, echándolas en el bolsillo delantero del mono.
No dejaba de mirar a Simon y luego a Alice.
Sabía que algo no cuadraba y Alice se dio cuenta de que todo se desmadraría si no encontraba la forma de distraerlo.
Miró hacia el taller, deseando ver a otro cliente esperando.
La entrada estaba vacía, pero sobre el garaje parecía haber habitaciones; las ventanas estaban abiertas y se veían unas cortinas de cuadritos amarillos.
—¿Vive encima del taller? —preguntó Alice.
El mecánico la miró, desconcertado.
Ella señaló el edificio.
—Vi las cortinas. Son bonitas.
—Sí, señora. Mi esposa y yo llevamos aquí treinta años.
Simon entornó los ojos al mirar hacia las ventanas y Alice deseó que estuviera pensando lo mismo que ella: la mujer del mecánico podía estar allí arriba en ese mismo momento. Sin duda oiría un disparo o una pelea; incluso podría haber visto la llegada de la autocaravana.
El hombre tenía la piel del cuello enrojecida y el rostro brillante de sudor. Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente. Alice le tocó suavemente el brazo.
—Señor, no es necesario que esté aquí fuera con este calor terrible. Su esposa se preocupará si se desmaya en el pavimento.
El hombre se irguió, con expresión de fastidio, y Alice temió haber metido la pata, pero luego él aflojó los hombros. Soltó un suspiro largo y le sonrió.
—Ella siempre me regaña porque tengo la tensión alta —admitió.
Alice intentó que no se notara que ella también soltaba el aire. Le dolía el pecho como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que habían entrado en el taller.
—No queremos que se preocupe. Nos las arreglaremos.
El hombre asintió y estrechó la mano de Simon.
—Buen viaje.
Alice lo observó regresar al taller y Simon abrió el envase de líquido sellador para verterlo en el radiador. El hombre miró hacia atrás; Alice lo saludó con entusiasmo.
“Sigue caminando. Por favor, por favor”.
Tras vaciar el envase, Simon cerró la tapa del radiador y cerró la rejilla delantera. Miró hacia el taller.
—Nos salvamos por poco. Hiciste un buen trabajo para quitártelo de encima.
Alice frunció el ceño. ¿De verdad creía que estaba de su lado?
—No quería que le pasara nada.
Simon la miró con ojos fríos e inexpresivos.
—Podría haber hecho lo que quisiera y no habrías podido impedírmelo. —Volvió a colocarse las gafas de sol, pero igualmente Alice continuó sintiendo su mirada gélida cuando subió detrás de ella a la autocaravana.
Simon le indicó que no pasara por delante del taller porque se verían las abolladuras del costado.
Ella argumentó que sería peor si quedaban atascados dando la vuelta.
Tan pronto como lo dijo, comprendió que no debía sugerir nada que evitara que los atraparan.
Pero, por lo visto, Simon había decidido que tenía razón, y que, como pasarían a buena velocidad delante de la ventana, no era probable que el mecánico viera los daños.
Alice tenía esperanzas de que sucediera lo contrario. Tal vez el anciano ya estaba llamando a la policía. Se aferró a la imagen de coches policiales acercándose por detrás, con las luces y las sirenas encendidas.
Guiándose con el mapa, Simon le indicó cómo volver hacia la carretera Transcanadiense. Cuando a Alice le gruñó el estómago, Simon la miró y luego giró la vista hacia Jenny.
—¿Has comido algo?
—Solo el muffin .
—Tienes que comer.
— Lo sé. Es que no nos hemos detenido en ninguna parte.
Alice echó un vistazo por el espejo retrovisor. Jenny miraba por la ventana con los labios fruncidos. Alice supuso que no le había gustado que él la regañara.
Simon esperó un instante, pero al ver que Jenny no lo miraba, volvió a estudiar el mapa.
—Regresemos al pueblo. Tal vez haya una zona de descanso.
Encontraron un parque junto a un río: el Columbia, dijo Simon a Jenny, y Alice tuvo que esforzarse por contener las lágrimas.
Debería ser Tom quien le contara a ella esas cosas durante sus vacaciones: él habría anunciado el nombre de cada río y de cada cerro, y tendría alguna anécdota ingeniosa o información histórica sobre cada pueblo.
El parque tenía mesas de picnic dispersas sobre el césped, un área de juegos y una vista despejada del puente colgante que cruzaba el ancho río. Del otro lado de la carretera, un edificio de techo plano de la cadena de restaurantes A él la rodeó con el brazo mientras estudiaban el mapa.
Hablaban del camino, imaginando las Montañas Rocosas y cuánto tardarían en llegar a Alberta.
Alice preparó sándwiches de atún. Todavía tenía el abrelatas, pero al no contar con cuchillos, tuvo que utilizar una cuchara pequeña para esparcir los condimentos.
Logró darle a Tom un sándwich y ayudarlo a beber dos vasos de agua. Después, les permitieron usar el baño. Alice se inquietó cuando llegó el turno de Tom. A pesar del calor, estaba muy pálido. Tenía la camiseta empapada de sudor y despedía un olor agrio.
Lo ayudó a volver a la cama, donde se desplomó y pareció quedarse dormido en segundos.
Alice le tomó el pulso y se tranquilizó al sentirlo firme, pero tenía la piel muy caliente.
Reemplazó el envase de zumo derretido por el paquete de guisantes, ya congelados de nuevo, y con delicadeza lo acomodó sobre su camiseta.
Se alegraba de que él no pudiera ver su expresión preocupada. Resultaba evidente que cualquier plan de huir se vería obstaculizado por las lesiones de Tom. Tendría que encontrar otra forma de conseguir ayuda.
Alice estaba lavando los platos, molesta porque Jenny quería ayudarla a secarlos como si todo siguiera como antes, como si fueran compañeros de viaje, cuando Simon preguntó: —¿Cuánta comida nos queda?
Alice le dirigió una mirada por encima del hombro.
—¿Te refieres a lo que quedó del almuerzo? —La había visto lavar todo. ¿Pensaba obligarla a prepararle otra cosa?
—No, a las provisiones.
Alice pensó en la nevera casi vacía.
—No mucho.
Simon estaba hojeando los cheques de viaje con el ceño fruncido.
—Aquí solo hay cien dólares. Dijiste que ibais a viajar durante dos semanas.
Alice se giró hacia él; Jenny hizo lo mismo, como si fueran dos trompos.
—Sí, así es —respondió.
—Esta autocaravana consume muchísima gasolina. A eso hay que sumarle la comida, la tarifa de los campings, lo que gastaseis en los Juegos Olímpicos. Seguro pensabais comprar recuerdos.
—Calculamos todo con cuidado.
—¿Crees que soy estúpido? —Simon se puso de pie y avanzó hasta que Alice quedó aprisionada contra la encimera. Junto a ella, Jenny ahogó una exclamación.
—No —respondió Alice—. De ninguna manera.
—¿Dónde está el resto del dinero? —Alargó el brazo por encima de la cabeza de ella y abrió las puertas de los armarios para revolver entre la comida.
—¡Basta! —gritó Tom desde la cama—. ¡Deja en paz a mi mujer! Hay efectivo en mi estuche de afeitar y otro cheque de viaje en el bolsillo de mi chaqueta.
Simon dio unas zancadas hasta el baño. Alice oyó que abría armarios, movía objetos; luego, una risotada.
—Vaya, esta vez no mentías, amigo. —Salió con el dinero en la mano: cuatro billetes de diez dólares. Luego abrió el pequeño guardarropa y revisó la chaqueta de Tom. Asintió con satisfacción cuando vio el cheque de viaje escondido en el bolsillo interno.
—Cincuenta dólares. Qué bien. Pero no hiciste bien en ocultárnoslo. —Se abalanzó hacia Tom, lo tomó del cuello y se inclinó hacia delante para hacerle sentir su peso—. ¿Tienes más?
Alice se cubrió la boca con las manos. Quería gritar y apartar a Simon de un tirón, pero el miedo a lo que pudiera hacerle a Tom la paralizaba.
—¡Ya tienes todo! —jadeó Tom, sin aliento.
Simon lo soltó.
—Más vale que no mientas.
—Simon, ¿podemos hablar fuera? —dijo Jenny con voz penetrante, chillona.
—No, amor. Esta es una zona de descanso pública.
—Por favor. Necesito hablar contigo —insistió ella.
—De acuerdo. —Simon enrolló el cheque de viaje con el efectivo, los guardó en el bolsillo y luego movió la cabeza en dirección a la puerta.
Iban a dejar a Alice en la autocaravana. Por un instante, pensó con entusiasmo que quizá se olvidarían las llaves mientras discutían. Podría encerrarse y huir. Pero la esperanza se desvaneció enseguida: Simon la sujetó del brazo y la apartó del fregadero.
—Al suelo.
Sin saber qué pretendía, ella se dejó caer lentamente y cruzó los brazos alrededor de las rodillas.
—Pon las manos detrás de la espalda.
Alice obedeció, pero no lo bastante rápido. Él le retorció los brazos hacia atrás y usó su cinturón para atárselos a la pata de la mesa. Jenny estaba pálida, pero no dijo una palabra mientras Simon ajustaba el cinturón.
Tras dirigirle una rápida mirada a Alice, lo siguió afuera. Simon cerró la puerta con firmeza. Pasos que se alejaban, murmullos.
Alice apoyó la cabeza contra la pata metálica de la mesa. Miró a Tom.
—¿Estás bien? —susurró.
—Sí. Pero se va a volver loco cuando descubra que no puede cobrar esos cheques.
Recordó cómo Tom, sentado a la mesa, había seguido los consejos del banco y había firmado cada uno de los cheques en el rincón superior para que no pudieran robárselos.
—¿Qué vamos a hacer?
—Nos queda esperar que alguien sospeche y llame a la policía. Le pedirán identificación. —Se movió en la cama y soltó un gemido—. Tal vez se asuste y nos deje en paz.
Alice asintió, tratando de mantener una actitud positiva por el bien de Tom, pero tenía el presentimiento sombrío de que ya nada lo detendría. Estaba metido hasta el cuello y arrastraría a todos hasta el fondo con él.