Rehenes en la carretera Capítulo 10. Alice
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Capítulo 10. Alice

Regresaron a la carretera; Simon miraba el mapa y le daba indicaciones.

La mañana se convirtió en el mediodía; las montañas se difuminaban en el calor.

Atravesaron más zonas de cultivo y pequeños pueblos con nombres como Malawka, Craigellachie y Taft.

Algunos solo contaban con una tiendita al costado del camino y, con suerte, un restaurante o una gasolinera.

La carretera se volvió más oscura al internarse en un bosque, hasta que salió de nuevo a terreno abierto y rodeó un lago enorme, con solo una orilla angosta entre el agua y el asfalto.

La montaña del otro lado parecía elevarse directamente desde la superficie del lago.

Del lado de Simon, una pared de roca pura se alzaba casi en forma vertical; en la estrecha cuneta se veían rocas y carteles que advertían sobre posibles desprendimientos.

Alice aferraba el volante con fuerza y evitaba mirar todo lo que no fuera la carretera frente a ella.

Por fin, llegaron al extremo más lejano del lago, donde había un motel y un restaurante.

Cuando vio el letrero que decía “Three Valley Gap, Pueblo Fronterizo de Montaña”, recordó que Tom había querido detenerse allí.

Le hacía mucha ilusión visitar un pueblo fantasma y ver edificios auténticos de la época de los pioneros.

Parpadeó con fuerza e inspiró hondo varias veces para contener las lágrimas.

Habían cruzado otro largo puente colgante y atravesaban una localidad llamada Revelstoke cuando Alice notó que el indicador de temperatura de la autocaravana había subido hasta la línea roja.

No sabía si el vehículo se estaba recalentando o si fallaba el indicador, pero lo averiguó cuando vio un velo delgado de vapor elevándose en el frente.

—¿Qué pasa? —preguntó Simon de malos modos, como si la culpa fuera de ella.

Alice señaló el indicador.

—El motor se está recalentando.

—Entra en ese aparcamiento.

Alice condujo hacia lo que parecía ser un pequeño centro comercial y aparcó en el extremo más alejado, bajo unos árboles que ofrecían algo de sombra.

Miró su reloj. Había pasado solo una hora desde que habían dejado Sicamous, pero sentía como si hubiera estado conduciendo todo el día.

Se preguntó si alguien habría pasado por el sitio donde habían arrojado el cuerpo del motorista.

¿Notarían algo? Tal vez, gotas de sangre o esquirlas de cristal que Simon no había podido eliminar.

Con ese calor, el cadáver pronto comenzaría a descomponerse.

¿Cuánto tiempo pasaría hasta que lo encontraran?

—Vamos. —Simon se inclinó hacia ella y sacó las llaves del contacto. Luego giró su asiento y se puso de pie. Alice salió del suyo y pasó por encima de la cubierta del motor.

—¿Es grave? —preguntó Jenny.

—No te preocupes, amor. Yo puedo arreglar cualquier cosa —respondió Simon, y le dio un beso rápido. Las palabras sonaban tiernas, pero cuando se volvió hacia la puerta, Alice vio que fruncía el ceño con fastidio.

Lo siguió afuera. El radiador había dejado un charco oscuro en el pavimento. Un leve silbido escapaba de la parrilla.

Simon quitó el seguro del panel central, lo abrió y se inclinó para mirar dentro.

Tironeó de las mangueras, revisó tapas, manipuló conexiones.

Alice observaba los automóviles, la gente que entraba y salía de las tiendas.

Nadie parecía reparar en ellos. Reprimió el deseo de huir, de salir corriendo y pedir ayuda a gritos.

No podía hacer nada mientras Tom siguiera atado.

Simon levantó la cabeza y dio un paso atrás para volver a cerrar la parrilla.

—Vámonos. —Hizo un movimiento con la cabeza hacia la autocaravana. Alice subió primero; Simon le pisaba los talones.

Con ojos temerosos, Jenny miró primero a Alice y luego a Simon.

—El radiador está rajado —le informó él—. Necesitamos un taller.

¿Una grieta? Alice no sabía cómo de grave era.

¿Y si no tenía arreglo? Simon tendría que buscar otro vehículo.

El momentáneo destello de alivio se extinguió enseguida cuando comprendió que él no los dejaría ir.

Eran testigos que podían hablar. Mientras los necesitara, estaban a salvo.

Se le aflojaron las piernas y se sentó pesadamente en el asiento del conductor.

Simon seguía junto a Jenny, en la mesa del comedor. Sacó unos billetes del bolsillo y se los tendió.

—¿Puedes comprar tinte para el cabello, amor? Allí hay una farmacia.

Mientras esperaban, Simon le permitió a Alice abrir un par de ventanas para generar una corriente de aire. Aun así, le preocupaba que Tom tuviera demasiado calor, por lo que, después de volver a pedir permiso, lo refrescó con paños húmedos y cubos de hielo del congelador.

Jenny regresó con una caja de L’Oréal y otra de Rubio Californiano de Max Factor.

Cuando terminaron de teñirse el cabello en el fregadero, el olor dentro de la autocaravana era insoportable.

Jenny había quedado con un castaño caramelo y Simon, con un tono rubio oscuro.

Él tomó unas tijeras y un peine que Jenny también había comprado y se volvió hacia Alice, que estaba sentada a la mesa, como él le había ordenado.

—¿Sabes cortar el cabello?

—Se lo cortaba a mis hermanos, pero fue hace mucho.

—Lo harás bien. —Se volvió hacia Jenny—. ¿Cómo lo quieres?

Ella se encogió de hombros.

—Tal vez una melena corta, con flequillo.

—Siéntate de espaldas —le indicó Simon.

Jenny se acomodó con las rodillas frente a la ventana; apoyó un brazo en la mesa y el otro en el respaldo del asiento, de espaldas a Alice. Simon le entregó las tijeras.

—Necesito una toalla para el suelo.

Simon arrojó una de las toallas húmedas. Alice desenredó el cabello de Jenny, moviéndose a su alrededor, levantándolo en secciones, sin saber por dónde empezar. No quería equivocarse. Simon se apoyó contra la encimera, con los brazos cruzados.

—¿Qué esperas?

—¡Basta, no me pongas nerviosa! —exclamó Alice, y empezó a cortar.

Los mechones caían al suelo. A juzgar por el largo, Jenny parecía haberse dejado crecer el cabello desde niña, pero no parecía preocupada; su rostro conservaba la misma expresión vacía que tenía desde el incidente con el motorista.

Alice siguió la forma de la mandíbula mientras cortaba, moldeando una melena que se curvaba hacia dentro y le caía a media altura del cuello.

Luego le pidió que se girara y remató el corte con un flequillo abierto que le rozaba los pómulos.

Dio un paso atrás para verla mejor. Jenny parecía mayor con ese corte, menos adolescente y más mujer.

Si el objetivo de ellos había sido no llamar la atención, Alice no creía haberlo logrado.

Nada podía disimular la belleza delicada de Jenny.

La muchacha se miró en su pequeño espejo de maquillaje y movió la cabeza para ver cómo se acomodaba el peinado.

Se pasó la mano por el cabello y miró a Simon.

—¿Está bien?

—Más que bien. ¡Te ves espectacular!

Jenny esbozó una sonrisa fugaz, que desapareció cuando volvió a tocarse las puntas.

—Me pregunto qué diría mi madre. —Simon se arrodilló delante de Jenny y la abrazó. Le dijo algo al oído, mientras Jenny escondía el rostro en el hueco de su cuello.

Alice se hizo a un lado y miró por la ventana hacia los árboles, concentrándose en los sonidos habituales de un aparcamiento.

Puertas que se cerraban con estrépito. El traqueteo de carritos de supermercado.

Voces hablando de cosas triviales. “¿Puedes creer este calor? Los filetes están en oferta. ¿Necesitamos kétchup?”.

Al cabo de un momento, Simon se incorporó. Jenny sacudió la cabeza, como ahuyentando las últimas sombras de tristeza.

—Ahora le toca a Simon —anunció.

Él se pasó las manos por el cabello.

—Lo quiero corto. Como sea.

Alice empezó a recortarlo con cuidado, manteniéndose a distancia para que no hubiera contacto físico. Él tenía los hombros tensos, el cuello rígido. No se miraban.

Mientras trabajaba, Alice se preguntó sobre la relación de Simon con Jenny.

Se mostraba atento y protector con ella, pero Alice también lo había visto gritarle órdenes.

¿Cómo sería cuando estaban solos? Jenny, hasta ahora, se mostraba de acuerdo en todo.

¿Qué pasaría si empezaba a resistirse, a discutirle o a cuestionar sus decisiones? Todo podría volverse más peligroso.

Alice rebajó los lados y dejó la parte superior más larga; peinó el flequillo hacia atrás. Sin una rasuradora eléctrica, no podía raparlo; las patillas, la barba y el bigote incipiente le habían crecido un poco, pero él también los había aclarado con el tinte.

—Te pareces a David Bowie —comentó Jenny.

—¿En serio? —Tomó el espejo de tocador de Jenny y se miró desde todas las direcciones—. Genial.

En un gesto instintivo, Alice apartó unos cabellos sueltos de los hombros de Simon. Él se apartó bruscamente, y ella se quedó con las manos suspendidas en el aire. Para disimular la incomodidad del momento, se dirigió hacia uno de los armarios.

—Tenemos una aspiradora portátil. ¿Puedo limpiar?

Simon asintió.

—Sí. Después buscaremos un taller.

Anduvieron un buen rato —despacio, para que el motor no se recalentara más— hasta que vieron un taller en el otro extremo del pueblo.

El cartel decía: TALLER DE REPARACIONES DE STANLEY.

El edificio, cuadrado y de dos plantas, parecía llevar décadas en pie: el estuco blanco estaba gastado y la pintura azul marino de las puertas había empezado a descascarillarse.

En el patio había una grúa oxidada y varios vehículos abandonados; a uno le faltaban todas las cubiertas y el otro tenía el capó levantado.

Simon quería que Alice dejara la autocaravana fuera de la vista, pero había pocos espacios frente al local y no tenía muchas alternativas. Aparcó al otro lado de la calle.

Simon sacó su bolso de debajo del asiento y se lo entregó.

—Vamos.

—Quiero quedarme aquí con Tom. Puedes atarme.

—No. Eres mi póliza de seguro. —Miró a Jenny—. Vuelvo en un minuto.

No había nadie en el mostrador cuando entraron en el taller, aunque desde el fondo llegaban sonidos metálicos.

Simon hizo sonar la campanilla. Apareció un hombre mayor, con cabello blanco esponjoso que formaba una corona alrededor de su cabeza; vestía un mono azul manchado de grasa con la palabra “Stanley” bordada en el bolsillo del pecho y se limpiaba las manos con una toalla mugrienta.

—¿Qué puedo hacer por ti, hijo?

—Se nos rajó el radiador. ¿Tiene sellador de grietas?

—Sí, claro. —El hombre rodeó el mostrador y tomó un frasco de un estante cerca de la ventana. Simon y Alice lo siguieron.

—Esto habría evitado que el Titanic se hundiera —bromeó, mientras les entregaba el envase. Luego miró por la ventana hacia la autocaravana—. ¿Es la suya?

Alice asintió.

El hombre entornó los ojos.

—¿Y qué le pasó al frontal?

—Atropellamos un venado —se apresuró a responder Alice. El hombre la miró.

—Qué lástima. ¿Se lo quedaron?

—¿Cómo dice?

—Al venado. Si no está muy destrozado, se puede aprovechar la carne.

A Alice se le revolvió el estómago al pensar en el cuerpo del motorista que había ayudado a empujar por el barranco.

—No, lo siento.

—Una pena. —Miró a Simon—. ¿Seguro que es solo una pérdida, hijo? Si chocaron con un venado, podría ser algo más. ¿Qué tal si le echo un vistazo? No les cobraré nada.

Alice pensó en los golpes y las abolladuras de la autocaravana.

¿Se creería que un venado había hecho todo eso?

El hombre parecía demasiado listo, demasiado observador.

Haría preguntas. Quizá incluso llamaría a la policía.

Sintió una oleada de esperanza. Lamentablemente, Simon debió de llegar a la misma conclusión, porque intervino enseguida.

—Estoy seguro de que es una pérdida, pero gracias de todos modos.

—Solo me tomará un minuto, hijo.

El mecánico se movía con sorprendente agilidad para su edad y llegó a la puerta antes de que Simon pudiera decir algo más.

La empujó para abrirla. Simon le hizo una seña brusca a Alice.

Ella tardó medio segundo en entender; luego, corrió tras el hombre.

Simon iba detrás, pisándoles los talones.

Podía oírlo maldecir entre dientes y sentía su tensión como un peso en la espalda.

La esperanza de que la situación pudiera llevar a un rescate se estaba convirtiendo rápidamente en pánico.

El anciano se detuvo en la acera y miró hacia ambos lados antes de cruzar. Una brisa suave le agitaba los mechones ralos de la parte posterior de la cabeza, suaves como plumón de ave.

Bajó a la calle.