Rehenes en la carretera Capítulo 9. Alice
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Capítulo 9. Alice

Alice no quería moverse. No quería ver qué había allí fuera. Simon levantó el brazo y le apuntó con el arma.

—¡Levántate!

Los sollozos de Jenny se volvieron más fuertes; se cubrió la cara con las manos, pero no detuvo a Simon, no le dijo: “¡Guarda el arma, esto ya fue demasiado!”.

Alice se incorporó, ayudándose con la mesa. Simon salió primero y la esperó al pie de los peldaños. Le indicó con un gesto que tomara la delantera.

Caminaron por el borde del sendero. Detrás de ella, las zapatillas deportivas de Simon hacían un sonido seco sobre la tierra.

Alice se miró las sandalias, la capa fina de polvo que le cubría los dedos.

No quería levantar la cabeza. La carrocería de la autocaravana irradiaba calor; el motor apagado emitía unos chasquidos. El aire olía a caucho quemado.

Se detuvo. La moto yacía a la vera del camino, hacia donde la habían empujado, a la sombra de la autocaravana.

Pudo ver las piernas del motorista más allá de la rueda trasera; el resto del cuerpo quedaba oculto debajo del vehículo.

No se agachó, no quería mirar. Le habían pasado por encima dos veces.

Las piernas estaban retorcidas, destrozadas.

Las botas, cubiertas de polvo, con hebillas plateadas, una de las cuales estaba desabrochada.

No sabía por qué le importaba, por qué deseaba abrocharla.

—Cógelo de una pierna —dijo Simon; su voz sonaba chillona, temblorosa, como si estuviera haciendo un esfuerzo por no desmoronarse—. Tenemos que arrastrarlo.

Alice no podía dejar de mirar esas piernas maltrechas. ¿Cómo iba a tocarlo?

—No puedo.

Simon sudaba a chorros; tenía la cara enrojecida, el pelo le caía sobre los ojos. Avanzó hacia ella. Alice intentó retroceder, pero él fue más rápido y le rodeó el cuello con la mano. No apretó con fuerza, pero la presión fue una clara advertencia.

—Si no te das prisa, pasará un coche y entonces tendré que matar también a quien venga y la culpa será tuya, ¿lo entiendes?

Ella asintió y él la soltó. No sabía si desde la carretera principal podía verse la parte trasera de la autocaravana, aunque el camino parecía olvidado, más bien una vía de paso entre campos.

Pero no quería arriesgarse. Se frotó el cuello, donde todavía sentía la impronta de la mano caliente de Simon.

Él la observaba con una expresión extraña, como si lo sorprendiera lo que acababa de hacer, pero no sintiera ninguna culpa. Con los puños cerrados, esperó a que ella obedeciera.

Alice se inclinó y sujetó uno de los tobillos del motorista.

Simon cogió el otro. El cuerpo pesaba; respirando con dificultad, lo sacaron a rastras de debajo del vehículo.

Cuando el torso y la cabeza quedaron a la vista, Alice se paralizó, presa de mareos; creyó que se desvanecería en cualquier momento.

El pecho del hombre estaba aplastado, casi hundido; la camiseta rasgada dejaba ver un vientre velludo marcado con las huellas negras de los neumáticos.

Le habían sangrado la nariz, la boca y los oídos.

Tenía los ojos cerrados, el tabique nasal hundido.

Partes del rostro que habían raspado contra el suelo estaban en carne viva.

Los brazos extendidos también estaban destrozados; un hueso blanco sobresalía de un antebrazo ensangrentado.

Alice empezó a tener arcadas y trató de componerse, pero sentía el olor a sangre. Metálico, como de una moneda sucia. Y algo más: orina. Las arcadas volvieron a sacudirla; los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Vamos, rápido! —Simon le pateó la pierna, sacándola de su bloqueo.

Alice apartó la vista del cuerpo y volvió a arrastrarlo hasta el borde del camino, donde el terreno caía en un barranco entre matorrales y arbustos. Lo depositaron allí y Simon lo empujó. El cadáver quedó enganchado en una rama.

Simon se apretó las sienes con las manos.

—Mierda. —Miró hacia ambos lados del camino y luego se volvió hacia Alice—. Baja. —Al ver que vacilaba, volvió a levantar el arma y esta vez la hundió contra el abdomen de ella, debajo de las costillas. Alice soltó una exclamación ante la punzada de dolor.

—¡Muévete!

Ayudándose con raíces y ramas, Alice descendió por la pendiente.

Al llegar junto al hombre muerto, cerró los ojos y lo empujó con fuerza.

Al principio no se movió; tuvo que abrir los ojos y desengancharle el brazo de la rama.

Nunca olvidaría la sensación de esa piel aún tibia ni su olor: cuero, colillas, cerveza rancia y humo de fogón.

Había estado con amigos la noche anterior. Podría tener familia, mujer, hijos.

El cadáver rodó unos cuantos metros más y se frenó contra el tronco de un árbol.

Alice alzó la vista hacia la pendiente y buscó a Simon entre la maleza; casi no lo veía.

Miró el barranco a su alrededor: solo bosque.

¿Hasta dónde podría llegar corriendo? ¿Podría hacer que Simon se perdiera en el bosque?

De todas maneras, tendría que dar la vuelta para regresar a la autocaravana y seguramente él correría más rápido que ella.

—¡Arrójale ramas encima! —gritó Simon desde arriba.

Alice juntó ramas caídas, trozos de leña seca y hojas, y los amontonó sobre el hombre como si lo cubriera con una manta. Murmuró una breve oración: —Lo siento mucho. Ojalá alguien te encuentre.

Trepó de nuevo por el barranco, arañándose las manos con las piedras y las raíces. El aire seco le raspaba los pulmones. Hacía horas que no tomaba nada; sentía que iba a descomponerse. Se desplomó de rodillas sobre la grava y mantuvo la cabeza gacha, tratando de contener el vértigo.

Simon estaba levantando la moto del suelo.

El manillar se había doblado y una de las ruedas se movía hacia todos lados mientras la empujaba hacia el borde.

Las alforjas seguían en su sitio. Simon las revisó, sacó una cartera y se la metió en el bolsillo.

Luego dio un empujón a la moto, que se estrelló entre los matorrales.

Arrancó una rama de un árbol y la usó como escoba para borrar las marcas en la tierra, las manchas de sangre y las huellas que había dejado el cadáver cuando lo arrastraron.

Después revisó la zona, recogió fragmentos de cristales, pedazos de metal y la barra que había usado el motorista y los arrojó también entre la vegetación.

Alice se puso de pie despacio y se acercó a la puerta de la autocaravana, recordando la mañana en que se habían marchado del primer camping, cuando los motoristas habían aparcado junto al baño, en la sombra.

Simon había terminado y caminaba hacia ella.

—Le robaste algo —dijo Alice—. Por eso nos seguía.

Él se limitó a mirarla en silencio y se pasó el brazo por la frente, dejando manchas de tierra y sangre. Alice se quedó mirando la línea rojiza. Ojalá él la viera la próxima vez que se mirara en un espejo.

Simon abrió la puerta y ella lo siguió al interior.

Jenny estaba de pie junto a la mesa, mordiéndose una uña. Sus ojos se agrandaron cuando vio a Simon con sangre en la cara.

—Está muerto, ¿verdad?

—Era un hombre malo que iba a hacernos daño. —Simon le apartó con suavidad la mano de la cara—. Ya está todo bien, amor. No tienes por qué preocuparte.

Alice, atrapada detrás de él, no sabía adónde ir, pero no quería presenciar esa escena. Se escabulló para ver cómo estaba Tom.

El fondo de la autocaravana era un horno. Tom tenía la camisa húmeda y parecía afiebrado. La bolsa de maíz se había descongelado por completo. Desde que se habían detenido, no había habido aire acondicionado ni ninguna otra forma de refrescarlo.

—¡Dios mío! —murmuró, y corrió hacia la pequeña cocina. ¿Quedaría algo de hielo?

—¿Qué cojones haces? —dijo Simon.

—¡Está muy acalorado!

Volvió a meter el maíz en el congelador. La bolsa de guisantes aún no estaba lista, así que cogió una lata de zumo, la envolvió en un paño y la apoyó en la frente de Tom, y luego en el cuello y en el hombro. Le dio un vaso de agua y lo ayudó a incorporarse para que pudiera beber.

—Quiero quedarme con él. Necesita ayuda.

—Jenny puede sentarse allí. Tú, al volante.

Alice tragó con fuerza, miró a Tom y le apretó la mano. Él le devolvió el apretón.

—Estoy mejor. El agua me hizo bien. ¿Cómo estás tú?

Ella negó con la cabeza, tratando de no llorar mientras veía cómo Simon sacaba una de las cervezas de Tom de la nevera y se la zampaba de un trago.

Un rato después, Jenny apareció frente a ella.

—Espero que no te hayas lastimado al caer al suelo.

Alice la miró, atónita. ¿Qué le pasaba a esta chica? Acababan de matar a un hombre y de arrojar su cadáver al barranco. ¿Sería una broma macabra? Jenny no sonreía, parecía ausente, con la mirada vacía. Tal vez estuviera en estado de shock. Alice miró a Simon.

—Vamos —dijo él.

—No puedo conducir después de todo lo que pasó.

Él sacó la pistola del bolsillo de sus pantalones cortos.

—Ponte al volante, Alice.

—¿Por qué no conduces tú? —En cuanto lo dijo, se preguntó si no sería aún peor. Tal vez no sabía conducir una autocaravana. Podrían chocar.

—No estoy de humor para idioteces. ¿De verdad te vas a hacer la difícil?

No. Menos aún después de lo que acababa de ver.

Alice se acomodó en el asiento. Le preocupaba que la moto hubiera dañado el chasis, pero el motor arrancó sin problemas.

No podía decir lo mismo de sí misma: todo le resultaba extraño, como si los brazos y las piernas no le pertenecieran.

Funcionaban, pero sin que ella supiera cómo.

Había visto a un hombre muerto. Le había tocado la piel.

Se miró la ropa. ¿Estaría manchada con su sangre?

No se había fijado. Junto a ella, Simon tamborileaba con los dedos sobre una rodilla; sobre la otra tenía la pistola, con el dedo en el gatillo.

—Respeta el límite de velocidad. —Se dejó caer contra la ventanilla. Alice percibió el olor a cerveza, a sudor. La mancha de sangre en su frente había desaparecido.

Varios kilómetros más adelante, Simon sacó el dinero de la cartera del motorista, miró el carnet de conducir un instante, lo puso en su sitio y arrojó todo por la ventanilla, hacia el bosque.