Rehenes en la carretera Capítulo 8. Alice
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Capítulo 8. Alice

Con el correr de los kilómetros, el shock y el horror iniciales se fueron transformando en un miedo paralizante que la hacía estremecerse.

A pesar del calor, Alice sentía un frío helado que le entumecía el cuerpo.

A los costados del camino, se extendían prados donde pastaban vacas y de tanto en tanto aparecía algún puesto que ofrecía huevos o productos frescos; luego, la carretera se curvaba de nuevo para bordear el gigantesco lago Shuswap, que parecía no tener fin.

Sus profundas aguas azules centelleaban a través de la hilera de árboles que formaba una delgada barrera entre la carretera y la orilla.

Alice había perdido la noción del tiempo, pero calculaba que llevaban media hora de viaje cuando llegaron a un puente largo, de barandillas bajas.

El lago estaba salpicado de casas flotantes a su izquierda, y a la derecha se extendía una playa repleta de gente con trajes de baño coloridos.

Sombrillas y toallas cubrían cada centímetro de arena.

Al salir del puente, había un cartel de bienvenida a Sicamous, seguido de varios anuncios de alquileres de casas flotantes. Cuando cruzaban el pequeño pueblo, Simon señaló una gasolinera Esso junto a la carretera. Alice giró y se detuvo junto a uno de los surtidores azules.

—Pídele que llene el depósito —le ordenó Simon—. Y asegúrate de sonreír.

—Necesito dinero.

Simon se inclinó hacia delante, sacó la cartera del bolsillo trasero y le entregó dos billetes de diez dólares. Seguramente eran los mismos que le había robado del bolso.

El empleado era un muchacho joven y delgado como una vara, con cabello muy corto y un mono rojo. Se acercó trotando y le dedicó una sonrisa rápida y amable.

—¿Qué va a ser?

—Llénalo, por favor.

El muchacho se alejó. Alice lo observó por el espejo lateral mientras manejaba la manguera.

Conversaba y reía con un cliente en otro surtidor.

Parecía simpático. Tal vez, curioso con la gente.

Las gasolineras vendían periódicos: podría haber visto el artículo.

Quizá reconociera a Simon si lo miraba mejor la próxima vez que se acercara a la ventanilla.

Alice se echó hacia atrás en el asiento y extendió los brazos para que Simon pensara que solo trataba de relajar los músculos.

—¿Puedo comprar algo para comer? —preguntó Jenny con tono esperanzado.

—Es más seguro que te quedes en la autocaravana.

—Tendré cuidado. Me pondré el sombrero de Alice. ¿Sí? —Alice había olvidado el sombrero de paja que colgaba del gancho junto a la puerta. Lo había comprado pensando en los picnics que disfrutaría con Tom.

—Está bien —dijo Simon, todavía con cierta reticencia—. Pero no tardes.

Sacó un par de billetes más y se los pasó a Jenny por encima del hombro.

Alice no podía entender cómo la muchacha era capaz de pensar en comida en medio de todo aquello.

Luego recordó que estaba embarazada y contuvo el aliento ante la punzada de amargura que sintió debajo de las costillas.

Recordó las largas semanas de náuseas durante su propio embarazo y, cuando por fin pasaron, la emoción de cada nuevo antojo.

Esperaron en silencio mientras el empleado llenaba el depósito. Alice miró por el espejo retrovisor. Jenny había dejado el cuchillo de caza sobre la mesa.

Por la ventanilla del copiloto, Simon observaba a Jenny dentro de la tienda. El empleado volvió hacia el lado de Alice y esta vez los miró con curiosidad.

—Así que son de Washington, ¿eh? ¿De qué parte?

Era observador. Alice sintió un leve destello de esperanza. No sabía cuántos visitantes tendría la gasolinera en un día, pero tal vez ellos fueran lo bastante distintos como para que los recordara.

—De Seattle.

—Ah, ¿sí? ¿Y hacia dónde van?

Alice pensó rápido. Si mencionaba los Juegos Olímpicos, quizás él siguiera haciendo preguntas, lo que podía ser bueno o malo. Tampoco sabía cómo reaccionaría Simon.

—A Banff.

—Uh, un viaje largo.

—En una autocaravana no se pasa tan mal.

—Muy cierto. —Palmeó la carrocería del vehículo—. Bueno, que les vaya bien.

El muchacho se alejó y Alice miró a Simon, que fruncía el ceño, concentrado en algo al otro lado de la gasolinera.

Alice siguió su mirada: cuatro motos negras en fila, con manillares cromados.

¿Serían las mismas del camping? Dos hombres salieron de la zona de los baños y encendieron cigarrillos. No vio al pelirrojo.

Jenny abrió la puerta y subió deprisa.

—¡Perdón! Ya estoy lista. —Se lanzó sobre el asiento y dejó caer una bolsa de plástico sobre la mesa.

Alice puso el vehículo en marcha y rodeó la gasolinera para volver a entrar en la carretera. Simon seguía mirando por su ventanilla.

—¡Mierda! —murmuró.

—¿Qué pasa? —preguntó Jenny.

—Los motoristas.

—¿Están aquí? —Jenny sonaba sorprendida… y asustada. Alice no entendía por qué. Parecía ser una gasolinera concurrida y los motoristas, por lo visto, viajaban en la misma dirección.

—Sigue —ordenó Simon, y se hundió en el asiento.

Alice retomó el carril principal y aceleró hasta alcanzar el límite de ochenta kilómetros por hora.

—¡Más rápido! —dijo Simon.

Alice pisó el acelerador; no le gustaba la vibración de las cubiertas ni el modo en que el viento golpeaba la autocaravana de costado, haciéndola bambolearse.

Cualquier movimiento en falso podía hacerla salirse de la carretera.

Miró por el retrovisor: un motorista la seguía, zigzagueando entre los automóviles.

Reconoció su larga melena rojiza, aunque esta vez llevaba una camiseta negra bajo el chaleco.

—Nos está siguiendo uno de los motoristas —dijo.

Simon se incorporó y se colocó detrás de ella para mirar por encima de su hombro hacia el espejo lateral.

—¿Te vio en la tienda, Jenny?

—No lo creo, pero… puede que sí.

Tal vez la había reconocido por las noticias. Tal vez había llamado a la policía desde la tienda y los seguía para vigilarlos. Tal vez la pesadilla estaba llegando a su fin.

—¡Acelera! —ordenó Simon.

Alice pisó con fuerza el acelerador y la aguja subió.

—Adelanta a ese coche.

—No sé si…

—¡Hazlo!

Tras comprobar que no viniera nadie de frente, pisó el acelerador a fondo y cruzó la línea blanca discontinua.

Apretó el volante con fuerza, con los antebrazos y los hombros tensos, la espalda rígida como una barra de acero.

Pasó dos automóviles y volvió al carril derecho.

Uno de ellos hizo sonar el claxon y Alice dio un respingo. Debió de pasar demasiado cerca.

—Vamos bien —dijo Simon, pero su voz lo contradecía. Se le notaba el miedo. Tomó el mapa que estaba sobre el salpicadero y lo desplegó sobre sus piernas con tanta prisa que lo rasgó.

Alice se pasó un semáforo en amarillo, miró hacia atrás y vio al motorista.

—Sigue detrás de nosotros.

Simon levantó la vista. La carretera se curvaba y desde su asiento él podía ver más allá del giro, pero la visión de Alice estaba bloqueada por el enorme camión que tenía adelante, cuyas puertas traseras dominaban todo el parabrisas.

—Adelanta al camión —dijo Simon.

—¡Es demasiado largo! —El sudor le caía por la frente y le quemaba los ojos. ¿Cómo podía empaparse tan rápido? Tenía la camisa completamente pegada al cuerpo.

—Más adelante sale un camino. —Golpeó el mapa con los dedos—. Podremos girar antes de que el motorista se dé cuenta de que nos desviamos. Solo tienes que acelerar.

Lo decía como si fuera fácil. Como si no estuvieran en una autocaravana que podía derrapar o volcar debido a una ráfaga de viento. Alice aceleró hasta que casi rozó el parachoques del camión con la parte delantera de la autocaravana; luego, inspiró hondo y cruzó la línea central.

Todo era un estruendo: el motor exigido al máximo, los neumáticos del camión al que estaban adelantando con escasos centímetros de margen.

Rezó para tener suficiente espacio y se reincorporó al carril.

Miró por el espejo lateral: la parrilla cromada del camión ocupaba casi toda la vista.

El conductor, con expresión enfurecida, hizo sonar el claxon tres veces con un estrépito tan fuerte que Alice lo sintió en el pecho.

Ojalá el hombre avisara a la policía por radio.

—Cuando te lo diga, gira a la derecha.

—¡Dios mío…! —Iban demasiado rápido. No sabía conducir así. Ni siquiera soportaba ver carreras por televisión; la ponían nerviosa.

—¡Ahora! —La voz de Simon cortó sus pensamientos. Alice puso el intermitente, pisó ligeramente el freno y giró con éxito, lo que la dejó impactada.

—Mantén la velocidad. —Simon había bajado la ventanilla para vigilar por el espejo; el viento le echaba el pelo hacia atrás—. No puedo ver si él también giró.

Alice aceleraba en los tramos rectos y reducía la velocidad en las curvas. Estaba empezando a aflojar la fuerza con la que sujetaba el volante cuando oyó que Simon soltaba un insulto.

—Está detrás de nosotros. ¡Gira allí! —Señaló otra curva.

Alice tomó la curva y, al sentir cómo derrapaba la autocaravana, el estómago le dio un vuelco; giró el volante con desesperación y el vehículo se estabilizó en el último segundo.

Estaban en un camino estrecho, de un solo carril, cuyo pavimento agrietado y áspero parecía extenderse hasta el infinito. No había casas a la vista.

Entonces oyó un rugido; la moto se puso a la par y se oyó un golpe seco: metal contra metal. Alice miró por el espejo y gritó. El motorista estaba golpeando la autocaravana con una barra de metal.

Simon volvió a ubicarse detrás de ella para mirar por su ventanilla, luego pasó a la del comedor y regresó.

Jenny dijo algo, pero toda la atención de Alice estaba puesta en mantener la autocaravana en el camino.

Sonó otro estruendo cuando la barra volvió a estrellarse contra el vehículo.

El hombre gritaba y las palabras se tornaron más claras cuando se acercó a la ventanilla, con el pelo rojizo ondeando en el viento.

—¡Frena, perra!

Alice mantuvo la vista al frente, como si ignorarlo pudiera hacer que desapareciera. Pero el motorista se acercó aún más a su puerta y la barra golpeó el metal junto a ella.

Alice gritó y giró el volante para alejarse de él.

Los neumáticos resbalaron sobre la grava del arcén.

Tuvo que reducir la velocidad para no perder el control.

El motorista se adelantó y se cruzó frente a ellos, obligándola a frenar en seco.

Su cuerpo se fue hacia delante y sintió un tirón doloroso en el cuello.

Oyó el ruido de caídas detrás de ella —Jenny, Simon o ambos— y el gemido ahogado de Tom.

Debía de estar sufriendo lo indecible, pero ella no podía levantarse para ir a verlo.

El hombre pelirrojo se había apeado de la moto y, con la barra de metal en la mano, se acercaba directamente a ella.

La autocaravana tenía un frente plano, carecía de la protección de un capó.

Si era lo bastante alto, podría golpear directamente el parabrisas, romperlo y darle en la cara.

Alice se desabrochó el cinturón, saltó sobre la cubierta del motor y se lanzó al suelo justo cuando el hombre descargaba la barra contra la parrilla cromada. El golpe resonó con estruendo.

Simon pasó por encima de Alice en un intento de llegar al asiento del conductor. Alice reptó hacia atrás por el centro de la autocaravana.

—¡Dame mis cosas! —gritaba el motorista, mientras la emprendía contra el frente de la autocaravana. ¿Rompería la puerta?—. ¡Sal y pelea, cobarde!

Alice llegó a la parte trasera del vehículo. Se incorporó para ver cómo estaba Tom, pero en ese momento, el motor rugió: Simon había pisado el acelerador. La autocaravana salió despedida hacia delante; Alice se aferró a la pared.

El grito de un hombre, un golpe sordo, luego la sensación espantosa de los neumáticos al pasar sobre algo. Un chirrido metálico: estaban arrastrando algo.

—¡Detente, detente! —dijo Jenny. Alice se volvió para mirar.

El vehículo se detuvo en seco y Alice salió despedida hacia la zona del comedor. Golpeó la alfombra con la barbilla y sintió el impacto en los dientes. Quedó tendida, inmóvil.

Habían arrollado al motorista. Jamás había oído un grito como ese.

—¿Alice? —La voz de Tom, fuerte, urgente.

—Estoy bien —respondió. Se incorporó de rodillas, demasiado aturdida para levantarse. Jenny lloraba, encogida en la esquina del asiento del comedor, entre la pared y el respaldo, como si hubiera tratado de protegerse.

Simon se pasaba las manos por el cabello con la vista fija en el parabrisas; luego las bajó, sacó las llaves del contacto y se puso de pie. Miró a Jenny.

—Ven aquí, amor.

Jenny se deslizó fuera del asiento, llorando y secándose las lágrimas con los dedos. Cuando llegó hasta él, Simon le puso el cuchillo en la palma de la mano.

—Vigílalos.

Jenny se volvió hacia Alice con lágrimas en el rostro; el cuchillo colgaba junto a su pierna. Parecía una muñeca salida de una película de terror.

Simon entreabrió la puerta y se detuvo a escuchar antes de abrirla del todo. Permaneció fuera unos minutos. Alice no oyó nada.

Ni voces airadas ni gritos. Solo un silencio aterrador.

Simon entró en la autocaravana; estaba pálido, con el cabello húmedo pegado a la frente sudorosa. El sudor también le manchaba las axilas y el cuello de la camiseta. Se aferró al marco de la puerta con una mano; con la otra sostenía el arma junto a su pierna.

Sus ojos se posaron sobre Jenny, que seguía llorando, y luego sobre Alice.

—Necesito que salgas conmigo.