Rehenes en la carretera Capítulo 7. Alice #2
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Capítulo 7. Alice #2

Quería sacarlos del camping, alejarlos de la gente. En cuanto tomaran la carretera, podría pasar cualquier cosa. Alice pensó en los caminos secundarios desiertos, praderas silvestres donde se podía ocultar cualquier cosa entre la hierba alta. Bosques. Ríos.

Simon la miraba con los dientes apretados, como desafiándola a que se negara. Tenía ojeras oscuras y el cabello desordenado. Alice se preguntó si habría dormido algo.

—Puedo conducir yo —dijo Tom. Trataba de hablar con firmeza, con autoridad, pero le era imposible disimular la debilidad de su voz, lo que le costaba respirar.

Simon miró por encima de su hombro hacia Jenny.

—Amor, ¿puedes venir un segundo?

Jenny se levantó de la mesa. Cuando se acercó, Simon sacó el cuchillo de la funda que llevaba en la cadera, lo giró para sujetarlo por la hoja y se lo tendió.

Ella vaciló, con la mano en el aire, como si no quisiera tocarlo. Alice pensó que tal vez se arrepentiría, que tal vez era diferente. Pero tomó el cuchillo.

—Necesito que vigiles a Alice mientras termino con Tom. —Jenny asintió, y Simon se volvió hacia Alice—. Siéntate a la mesa frente a mí.

Alice tuvo que pasar junto a Simon. No lo miró ni lo rozó. Obedeció y se sentó al otro lado de la mesa. Desde allí veía cómo Simon ataba los tobillos de Tom con varias vueltas de la cuerda amarilla. Luego pasó a sus muñecas.

Temía que le hiciera daño en el hombro, pero Simon ordenó a Tom que colocara ambos brazos sobre el pecho, con los antebrazos paralelos, y así se los amarró.

—Una almohada —murmuró Tom con voz tensa—. ¿Puedes ponerme una almohada debajo del codo?

—¡Esto no es un hotel, joder! —respondió Simon, pero Alice sintió alivio cuando lo vio empujar una almohada contra el cuerpo de Tom y encajársela bajo el brazo. Se volvió hacia ella—: Toma el volante.

Se apresuró a obedecer, agradecida de poder alejarse de la mesa; Jenny le devolvió el cuchillo de caza a Simon y él se inclinó para besarla con intensidad, hundiendo la mano en su cabello.

Alice pasó por encima del compartimento alfombrado que cubría el motor y se sentó en el asiento del conductor. Ajustó la altura y los espejos. Se humedeció los labios resecos, deseando beber agua.

Oyó a Simon detrás de ella y miró por el espejo. Estaba guardando el cuchillo en la funda. Se sentó en el asiento del copiloto y estiró las piernas.

—Listo. Vamos.

Con movimientos torpes, Alice metió las llaves en el contacto y pisó el acelerador. Demasiado. El motor rugió, haciendo vibrar todo el salpicadero, justo cuando alguien pasaba frente a su parcela. Por desgracia, solo les echó una mirada antes de seguir su camino.

Simon la miró, furioso.

—¿Qué mierda haces?

Alice frunció el ceño.

—Estoy nerviosa.

Simon sacó la pistola del cinturón.

—Si intentas chocar o hacerle señas a alguien…

—Ya lo entendí. ¡Deja de mostrarme el arma, joder! —Se sorprendió ante la dureza de su voz. Ella nunca decía palabrotas. Qué mal momento para empezar.

—No la cagues —dijo Simon, desplegando el gastado mapa de viaje. La noche anterior, Tom le había mostrado dónde acamparían cada noche. Ahora Simon tenía en sus manos el plano de todo su recorrido. Alice mantuvo el motor encendido mientras él lo estudiaba.

—¿Qué estás esperando? —dijo Simon.

Alice respiró hondo, se secó las palmas sudorosas en los pantalones cortos, elevó una breve plegaria mental y puso la autocaravana en movimiento.

Salió despacio de la parcela, mirando por los espejos laterales para calcular la distancia de los árboles.

Logró pasar sin problemas. Recordó la primera noche de viaje, cuando se había sentido tan mal por los rayones en la pintura del vehículo.

Si lograban salir con vida de esto, no quería volver a ver esa autocaravana nunca más. La vendería en cuanto pudiera.

Tomaron el camino de salida. El vehículo se sacudía cada vez que ella pisaba el freno con demasiada fuerza, haciéndolos inclinarse hacia delante. Simon la miró de reojo.

—¡Cálmate! La gente se va a dar cuenta.

Pasaron frente a la oficina. Fuera había una autocaravana aparcada; un hombre y una mujer esperaban sentados en el porche. Sonrieron y saludaron con la mano. Simon agachó la cabeza.

En la señal de stop, él apuntó hacia la izquierda.

—Por allí llegaremos a la carretera Transcanadiense.

Alice giró, lamentando haber pagado la estancia la noche anterior.

Podría haber tenido la oportunidad de pasarle una nota a escondidas al empleado.

Tras unos kilómetros, llegaron a la carretera y, con la vista fija en el salpicadero, aumentó la velocidad.

El indicador de gasolina marcaba solo un cuarto del depósito.

Ya estaban usando la reserva. ¿Debería decírselo a Simon?

Observó el paisaje a través del parabrisas, unas vistas que un día antes la habrían maravillado: cerros bajos, azules y grises en la distancia.

Aterciopeladas praderas verdes, salpicadas de caballos, ovejas y vacas.

Campos dorados y largos tramos de carretera sin casas ni gasolineras.

Si se quedaban sin combustible, Simon y Jenny no podrían robar la autocaravana. Pero… ¿qué sucedería si tenían una avería?

Al final, no tuvo que tomar la decisión: Simon la sorprendió mirando el indicador y se inclinó para verlo.

—Pararemos a repostar.

Desde la mesa detrás de ellos, Jenny preguntó: —¿Qué pasa?

—Tenemos que echar gasolina —respondió Simon—, y Alice va a hacer exactamente lo que yo diga para que nadie salga lastimado. —Alice sintió la mirada de él clavada en su perfil—. ¿No es cierto?

—Sí.

—Bien. —Se volvió hacia Jenny—. ¿Qué tenemos para comer?

Detrás de ellos, Jenny abrió armarios. La nevera.

Le alcanzó un muffin de arándanos y un plátano a Simon.

Luego le ofreció otro muffin a Alice. Ella quería rechazarlo, pero tenía el estómago vacío.

Lo tomó y empezó a comer con una mano. No había muchos vehículos en la carretera, lo que le produjo cierto alivio.

No sabía qué haría si llegara a tener que conducir por tramos estrechos o con curvas.

—Tenemos familia —dijo Alice—. Estarán esperando que llamemos.

No era cierto. Los padres de Tom habían muerto hacía algunos años.

La madre de Alice estaba ocupada con sus nietos y sus partidas de bridge.

Andaba por la casa en su bata de pana verde, con un turbante en la cabeza y el flequillo pegado con cinta a la frente, fumando uno de sus cigarrillos mentolados largos.

Todas las mañanas, el padre de Alice se sentaba en su silla reclinable con el periódico y le leía en voz alta los chismes de las celebridades.

Ella chasqueaba la lengua ante las noticias sobre “Elizabeth y Richard”, que se habían vuelto a casar, pero, al parecer, se encaminaban hacia otro divorcio.

Estaban también los hermanos de Alice, todos con sus propias familias.

Nadie esperaría más de ellos que una postal y algún recuerdo de los Juegos Olímpicos.

Simon señaló la carpeta de viaje sobre el salpicadero.

—En los campings hay teléfonos.

—¿Piensas seguir adelante con el plan que teníamos?

—Puede ser. —Se encogió de hombros—. ¿Cuál era vuestra siguiente parada?

Alice trató de recordarlo. Habían hablado mucho del viaje, pero el miedo le nublaba la mente.

—Golden, creo.

—Me gusta. Nos traerá suerte. —Asintió mientras plegaba el mapa; lo dejó caer sobre el salpicadero y se retrepó en el asiento—. Veremos cómo se presenta el día.

Alice sentía el ardor de lágrimas en los ojos. Pensó en todas las veces en que deseó haber muerto con su bebé y ahora, ante esa posibilidad, comprendió cuánto deseaba vivir.

Simon se volvió hacia ella.

—A nosotros nos traerá suerte, digo. A vosotros no tanto.

Y soltó una carcajada.