Capítulo 7. Alice
Simon y Jenny estuvieron un buen rato fuera y luego Alice oyó el ruido metálico del compartimento de almacenamiento ubicado debajo de la autocaravana.
Supuso que Simon estaba guardando su equipo.
Sentía el cambio de peso cuando se movían dentro y fuera del vehículo.
Se abrió uno de los cajones de la cocina; siguieron unos golpeteos metálicos, como si chocaran objetos. ¿Utensilios?
No, eran los cuchillos. Por supuesto.
Se le cortó la respiración. La policía los buscaba por apuñalar a dos personas y ahora tenían los cuchillos. No todos, sin embargo. Sintió un mínimo consuelo al recordar que había escondido uno bajo el colchón. Aunque de poco serviría si no podían llegar a él.
La caravana se movió otra vez; alguien salía.
Imaginó que era Simon. Oyó que se abría y se cerraba el compartimento inferior.
Esperaba que solo estuviera guardando los cuchillos.
Después, comenzaron los ruidos de dentro: estaban transformando el comedor en cama.
Bajaron la mesa, movieron los cojines, abrieron los sacos de dormir y los desplegaron.
Simon y Jenny se desearon buenas noches en susurros, como si la situación fuera normal, pero más tarde Alice oyó los movimientos inquietos de alguno que cambiaba de posición, el roce de mantas, el golpe de una almohada acomodada con fastidio; alguno de los dos no lograba conciliar el sueño.
La noche era interminable. Incapaz de mover siquiera un músculo, Alice sentía calambres por todo el cuerpo; con las ventanas cerradas, el calor era sofocante. La ropa se le pegaba a la piel empapada de sudor.
A su lado, Tom se dormía y volvía a despertar, murmurando palabras sin sentido y gimiendo de dolor.
La mente de Alice corría, desbocada, inventando finales horribles a manos de sus captores.
Cada vez que lograba dormirse unos segundos, la imagen de Simon golpeando a Tom en el suelo la hacía despertarse sobresaltada, con el corazón al galope.
El cielo empezó a clarear fuera de las ventanas y el bosque cobró vida con los primeros cantos de las aves.
Pronto los campistas comenzarían a desfilar hacia los baños para utilizarlos antes que los demás, pero Alice no se atrevía a gritar para pedir ayuda.
No mientras Simon tuviera una pistola cargada.
La pareja también parecía estar despertando. Se oyó el roce de mantas con la tela sedosa de los sacos de dormir. Simon susurró algo. Luego, Jenny. Su voz sonaba tensa, alterada.
Jenny entró en el baño con su mochila. Desde su posición, Alice casi no podía ver, pero oyó que Simon se movía de un lado a otro mientras se vestía; luego volvió a poner los cojines en su sitio y armó la mesa.
A esos sonidos les siguió el susurro del nailon de los sacos de dormir cuando los enrolló.
Apareció junto a la cama con una camiseta blanca sin mangas con ribete rojo y pantalones cortos vaqueros. Señaló a Alice.
—Tu turno para usar el baño. Yo me quedo con Tom —dijo—, y con esto . —Se levantó la camiseta para mostrar la pistola.
Tom no hablaba, pero Alice sentía la ira que irradiaba su cuerpo tenso.
Se mantuvo inmóvil mientras Simon los desataba.
Tom soltó un gemido cuando Simon tiró de sus brazos; cerró los ojos con fuerza y su respiración se aceleró.
Las heridas de la pelea se habían vuelto más evidentes.
Simon casi no presentaba marcas, salvo los nudillos raspados; Tom, en cambio, tenía la nariz hinchada, las fosas nasales cubiertas de sangre seca, las mejillas amoratadas, el mentón raspado y el labio inferior inflamado.
—Necesita paracetamol —dijo Alice—. Y otra bolsa del congelador.
—Pídelo de buena manera.
La invadió la furia al verlo mirarlos desde arriba con la ceja alzada y una mueca de burla en los labios.
—Por favor. Déjame darle el analgésico a mi esposo —dijo, soltando las palabras con los dientes apretados.
Jenny salió del baño y se unió a Simon. Se había cambiado: llevaba una blusa amarilla suelta y sin mangas, vaqueros descoloridos cortados y el cabello trenzado.
Simon miró a Alice.
—Tu turno. No hagas ninguna tontería y le daré las pastillas a tu esposo. Si la cagas, haré que ya no sienta ningún dolor. ¿Entendiste?
Ella asintió. En el baño, inspiró hondo un par de veces, agradecida por esos pocos minutos a solas. Las paredes eran delgadas, pero al menos daban la apariencia de una cierta privacidad.
—¡No tardes! —gritó Simon—. O derribaré la puerta.
Cuando Alice terminó, se lavó las manos, se cepilló los dientes y se ató el pelo desordenado en una coleta. Casi no se miró al espejo.
Abrió la puerta. Simon estaba en la zona de la cocina, cortando un rollo de cuerda amarilla en segmentos largos.
Utilizaba un cuchillo grande, con mango trabajado.
¿Sería esa el arma homicida? ¿Lo habría llevado oculto todo el tiempo bajo la ropa?
Alice contuvo el aliento al encontrarse con su mirada.
—Qué buena idea que trajerais esta cuerda —dijo él—. Nos resultará muy útil.
Alice se quedó cerca de la mesa, sin saber qué hacer.
Simon terminó de cortar la cuerda y guardó el cuchillo en una funda de cuero que llevaba en la cadera.
Luego desató a Tom. Alice se estremeció al verlo incorporarse con dificultad, deteniéndose varias veces para tomar aliento.
Se sostenía el brazo herido contra el pecho, con la otra mano apoyada en el codo.
Finalmente consiguió ponerse de pie, con Simon a su lado.
—Dame tu cartera.
Tom no respondió. Lo miró y cerró la mano sana en un puño.
Alice lo miraba, aterrada. “¡No hagas ninguna tontería, Tom! ¡Solo dásela!”.
—Sé que la tienes en el bolsillo de atrás, Tom.
—Tendrás que sacarla tú —respondió Tom, y se giró para darle la espalda.
Simon sacó la cartera de cuero marrón. Alice se la había regalado la Navidad anterior. Dentro había una pequeña foto de su boda.
Mientras Simon revisaba el contenido, Tom avanzó tambaleándose hacia el baño.
Se movía con sumo cuidado para no golpearse el brazo, pero Alice veía en su rostro el dolor que le causaba cada paso.
Las costillas, el hombro y quién sabía dónde más estaría herido.
Alargó el brazo para ayudarlo, pero Simon se lo apartó.
—Siéntate a la mesa.
Alice obedeció y se sentó frente a Jenny, que tuvo el descaro de sonreír. Cuando Alice la fulminó con la mirada, la sonrisa se le borró al instante y giró la cabeza en otra dirección.
Tom salió del baño, pálido, y fue hasta la cama, donde se desplomó sobre el colchón. La autocaravana se sacudió.
Simon sacó el dinero de la billetera y lo contó.
—Cuarenta dólares. ¿Nada más? Pensé que erais estadounidenses ricachones.
—Revisó la cartera de nuevo y encontró los cheques de viaje—.
Ahora sí que me gusta. —Alice sabía que había cinco cheques, cada uno por valor de veinte dólares.
Había visto a Tom meterlos con cuidado para que no se arrugaran.
Simon los guardó en su propia cartera y lanzó la de Tom hacia la cama; cayó sobre su pecho con un golpe seco.
Simon echó un vistazo alrededor del vehículo; con los ojos entornados, fue al armario. Allí encontró el estuche del arma, aún sin cerrar, y sacó una caja azul: las balas de repuesto. Dejó el estuche de madera en su sitio, pero guardó la caja de municiones en su mochila.
Se volvió hacia Tom.
—¿Tienes más armas?
—Solo esa —respondió él.
Simon no parecía creerle. Siguió revisando el armario, la zona junto a la cama, los compartimentos superiores. Alice lo observaba desde su sitio, apretando las manos debajo de la mesa. Casi dejó escapar un sollozo cuando lo vio levantar el borde del colchón y sacar el cuchillo.
—Te lo digo en serio, ya estoy empezando a perder la paciencia contigo.
—¡Él no sabía nada! —se apresuró a decir Alice—. ¡Fui yo! Yo lo escondí.
Sin decir una palabra, Simon abrió la puerta de la autocaravana y arrojó el cuchillo afuera. ¿Estaría pasando alguien justo por allí para verlo? Simon cerró con fuerza.
—¿Dónde está tu bolso?
Alice hizo un gesto hacia el frente de la autocaravana. Simon recuperó el bolso de donde ella lo había dejado, debajo del asiento del pasajero; lo revisó y sacó dos billetes de diez, que se metió en el bolsillo. Tenía el dinero, el arma y la autocaravana. Ahora sí que estaban a su merced.
Alice necesitaba un momento para respirar, para pensar.
—¿Puedo cambiarme?
Simon volvió hasta la mesa y se detuvo junto a Jenny.
—Deja la cortina abierta.
—No voy a cambiarme delante de ti.
—Entonces no vas a cambiarte.
—¿Puedo correrla a medias?
Él se quedó mirándola, luego dijo: —De acuerdo, pero que pueda ver a Tom.
—Necesita paracetamol y algo frío.
Simon resopló con fastidio, pero tomó una bolsa de maíz congelado y sacó dos pastillas del frasco de paracetamol.
Tom tuvo que tragarlas sin agua e hizo una mueca de dolor cuando Simon dejó caer la bolsa congelada sobre su hombro.
Al menos tuvo la decencia de devolver la bolsa de guisantes al congelador.
Alice sacó ropa del armario, se acercó a la cama y corrió la cortina divisoria solo lo suficiente para cubrirse el cuerpo. Mientras se ponía unos pantalones cortos limpios y una blusa de manga corta, intentó comunicarse con Tom con la mirada.
“¿Estás bien? Por favor, dime que estás bien. De alguna manera, vamos a salir de esto”.
Él le devolvió una leve sonrisa antes de cerrar los ojos. Alice se asustó, convencida por un instante de que había dejado de respirar. Se inclinó hacia él y le tocó la cara.
—¿Tom? ¿Tom?
Él abrió los ojos.
—Solo estoy descansando. Estoy bien.
No estaba bien. Estaba sufriendo, pero seguía con ella, y Alice estuvo a punto de arrodillarse junto a la cama por el alivio. Necesitaba a Tom. Era su roca, su apoyo.
—¡Silencio! —Simon corrió la cortina—. Vas a conducir.
—¡Tom no está en condiciones de conducir!
—Por eso lo harás tú.
—¿Yo? —Alice sabía conducir la autocaravana, pero ¿a punta de pistola?
—Prepárate. Nos iremos en unos minutos.