Capítulo 6. Alice
Tom sacó la pistola y la apuntó a Jenny y Simon.
—Alejaos de mi mujer.
—¡Tom! —exclamó Alice—. ¿Qué haces?
Tom no respondió, ni siquiera la miró. Su atención estaba fija en la pareja. Simon seguía apuntando la linterna al suelo. Los cuatro estaban en el círculo de luz tenue, rodeados por la oscuridad del bosque.
—Simon y Jenny, ¿no es así? Esos son vuestros verdaderos nombres.
—No entiendes… —empezó a decir Jenny, pero Simon levantó una mano. Alice no alcanzaba a asimilar lo rápido que todo había cambiado. Su esposo estaba apuntando con un arma a dos personas. Miró alrededor. El sitio se hallaba en silencio.
—Sentaos en la mesa de picnic donde pueda veros —ordenó Tom.
—Déjanos ir —dijo Simon— y no volverás a vernos nunca más.
—¡Dije que os sentéis, hostia!
Simon tomó la mano de Jenny y la guio hacia la mesa.
Ella sollozaba con espasmos ruidosos. Alice se sentía mareada, respiraba con dificultad.
Trató de acercarse a Tom, pero la punta de su sandalia tropezó con una silla plegable y cayó contra él, haciéndole perder el equilibrio.
El arma se movió con el cuerpo de Tom y quedó apuntando hacia el bosque.
Simon se lanzó hacia ellos: una sombra veloz en la oscuridad, pasos pesados y luego una exclamación de Tom cuando Simon lo embistió.
La linterna cayó al suelo; los hombres rodaron fuera del haz de luz, pero Alice oyó los puñetazos, los gruñidos, los insultos.
Forcejearon hasta volver a entrar en el círculo de luz.
El arma ya no estaba en la mano de Tom, pero tampoco en la de Simon.
Alice se abalanzó sobre la linterna e iluminó alrededor.
¿Dónde estaba la pistola? Tom estaba sentado sobre Simon, inmovilizándole los brazos.
Simon se retorcía con violencia. En el caos, Alice había perdido de vista a Jenny; la volvió a ver solo cuando entró en el círculo de luz.
Tenía algo en la mano… un trozo de madera.
Golpeó la espalda de Tom con él y lo alzó para volver a golpearlo.
Alice se abalanzó sobre ella, le pasó un brazo alrededor del pecho y tiró hacia atrás. Simon se había liberado y se arrastraba hacia los peldaños de la autocaravana. El arma yacía cerca.
Tom fue tras él. Simon rodó de lado y pateó los pies de Tom, haciéndolo caer con un ruido sordo. Volvieron a luchar en el suelo.
Simon le retorció el brazo a Tom en la espalda. Se oyó un ruido seco, un chasquido, y Tom gritó. Alice quiso correr hacia él, pero aún sujetaba a Jenny.
Simon tenía el arma. Ahora estaba de pie y pateaba a Tom en la nariz, en la boca, en la cabeza.
Tom rodó, intentando alejarse. Simon le dio una patada tan fuerte en las costillas que lo levantó parcialmente y lo hizo caer de lado.
Luego le pateó la ingle. Tom se encogió, con arcadas, hecho un ovillo.
Simon siguió pateándole las piernas con fuerza.
Alice soltó a Jenny y se lanzó sobre Simon, saltando sobre su espalda. Él se sacudió y Alice cayó al suelo, sin aliento.
—¡Simon! —chilló Jenny con voz aguda—. ¡Basta!
Simon por fin se detuvo. Respiraba con dificultad mientras miraba a Alice y luego a Tom; el arma se movía con cada inspiración. Alice estaba inmóvil, jadeando.
—Eso fue una estupidez —dijo Simon—. Nos habríamos ido y os habríamos dejado en paz. Ahora ya no podemos.
Alice sintió una puñalada de hielo en el pecho que le congeló el aire de los pulmones. El terror le bajó por la espalda. Iban a matarlos. Los llevarían a algún lugar remoto.
Simon se volvió hacia Jenny.
—Pásame la linterna.
Jenny se agachó y la levantó. Cuando se la entregó, la luz iluminó a Tom, hecho un ovillo, con el rostro brillando de sangre.
—El hombro… —Su voz sonaba tensa, como si estuviera apretando los dientes para no gritar. Parecía a punto de desmayarse. Alice no iba a poder levantarlo.
—¡Tengo que ayudarlo!
—Si haces alguna tontería, lo vuelvo a moler a patadas.
Alice se arrastró hasta Tom e intentó ayudarlo a incorporarse.
Él gemía con cada movimiento, respiraba con grandes bocanadas y soltó un grito de dolor cuando ella le tocó las costillas.
Por fin logró ponerse de rodillas. Alice puso su hombro debajo del brazo sano de él para sostenerlo mientras se incorporaba.
Simon movía el arma, apuntando primero a uno y luego al otro.
—Apúntala al suelo —gruñó Tom.
—Tú ya no das las órdenes —le respondió Simon—. Meteos en la autocaravana.
Tom subió los peldaños con el brazo colgando. Alice lo ayudó a llegar hasta la cama y a recostarse en el colchón. Estaba pálido, con la piel pegajosa. ¿Estaría entrando en shock? No sabía qué hacer. Simon y Jenny se quedaron en la puerta, observando.
Alice levantó la camiseta de Tom y vio marcas rojas e inflamadas en el torso y las costillas.
Algunas eran manchas redondeadas, como islas mal dibujadas en un mapa.
En el brazo distinguió marcas de pisadas, huellas de las patadas de Simon.
¿Le habría pisado el brazo adrede para intentar quebrárselo?
No podía ver si tenía alguna costilla rota, pero Tom respiraba con tanta dificultad que temió que tuviera alguna hemorragia interna.
Apartó el cuello de la camiseta de Tom y se echó a llorar al ver la protuberancia del hueso.
Casi le asomaba por la piel y se estaba hinchando cada vez más.
Trató de contener el llanto, pues no quería asustarlo.
—¿La clavícula? —preguntó Tom entre jadeos.
Ella asintió y miró a Simon.
—Por favor. Necesito paracetamol. Está en el baño. Y hielo.
Simon vaciló, con los labios apretados.
—¡Te lo suplico ! —insistió Alice.
—¿Por qué habríamos de hacer algo por vosotros?
—Por favor, está sufriendo mucho.
—¿Y de quién es la culpa, eh? —Se quedó mirando a Alice, desafiándola a que respondiera, pero ella no tenía palabras. Tras unos segundos, se dirigió a Jenny—: Amor, ¿puedes traer paracetamol?
Ella no respondió, pero Alice oyó que abría armarios y el grifo. Poco después, Jenny apareció con una bolsa de guisantes congelados, un vaso y dos comprimidos en la mano.
Alice ayudó a Tom a levantar la cabeza para que pudiera tragar un poco de agua y las pastillas. Luego lo ayudó a recostarse y le cruzó el brazo sobre el cuerpo. Apoyó con delicadeza los guisantes congelados sobre la camiseta, a la altura de la clavícula, pero él siguió quejándose.
—Necesita ir al hospital —dijo Alice—. Dejadnos aquí. Llevaos la autocaravana.
—Llamaréis a la policía —respondió Simon, tajante.
—Por favor, dejadnos aquí y ya —gimió Tom, hablando con dificultad.
—Podríais atarnos; para cuando nos encuentren, ya estaréis lejos —sugirió Alice. Pero ¿y si los ataban con demasiada fuerza? ¿Y si Tom realmente tenía una hemorragia interna?
—¿Cómo os enterasteis de quiénes éramos?
Alice vaciló antes de responder: —Vuestras fotos salieron en el periódico.
—¿Qué periódico? —preguntó Simon, entre asustado y furioso.
Ella se inclinó, lo sacó de debajo del colchón y se lo tendió. Ya no tenía sentido ocultarlo.
Simon desplegó el artículo. Jenny se acercó para leer con él y sus ojos se agrandaron a medida que recorrían la página.
—¡Todo el mundo nos está buscando! —exclamó.
—Basta. No digas nada más. —Simon volvió a doblar el artículo, lo guardó en su bolsillo y señaló a Alice—. Tú te quedas aquí con Tom.
Revisó los cajones de la cocina y, cuando no encontró lo que buscaba, abrió el pequeño armario junto a la cama. Alice se sintió confundida y avergonzada cuando lo vio sacar dos de sus sostenes y un par de medias. ¿Para qué los necesitaba?
—Recuéstate en la cama junto a Tom.
—Por favor, no nos hagas daño —suplicó Alice.
—Voy a ataros para que vosotros no nos hagáis nada a nosotros —respondió Simon, y a través del pánico que sentía, Alice oyó la indignación en la voz del muchacho, como si de algún modo lo hubieran traicionado.
Alice se acomodó junto a Tom, tratando de no golpearlo. Tenía la frente perlada de sudor y parecía más pálido que antes. Necesitaba atención médica.
—¿Qué vais a hacernos?
—Nada, si hacéis lo que os digo.
Simon le ató los tobillos con los sostenes; luego enlazó los de Tom, tensando los tirantes y anudándolos con precisión. Lo hacía rápido y con destreza; Alice recordó cuánto sabía de barcos y de pesca.
Con dedos hábiles, le ató las muñecas al brazo herido de Tom con las medias, ajustando un nudo complicado. Si Alice se movía un centímetro, lastimaría a Tom.
Jenny seguía allí, casi tan pálida como Tom; sus ojos azules pasaban de uno a otro. Cuando su mirada se cruzó con la de Alice, ella vio una súplica en sus ojos. ¿Acaso esperaba que le dijera que todo estaba bien, que no le importaba lo que estaban haciendo?
—Quedaos con nuestro dinero, si queréis —dijo Alice—. No diremos nada.
Uno de los dedos de Tom se cerró con fuerza alrededor de su meñique.
—Mentira. Llamaréis a la policía.
—¡No, de verdad!
—Basta de hablar. —Simon se aseguró de que todas las cortinas estuvieran cerradas. Luego corrió la cortina divisoria y los dejó aislados en la oscuridad. Él y Jenny pasaron a la parte delantera del vehículo. Alice alcanzó a oír unos murmullos. Planeaban algo.
Giró la cabeza lentamente hacia un lado hasta encontrarse con los ojos de Tom. Aún le caía sangre por la nariz y ella ni siquiera podía limpiarle el rostro. Tenía el labio inferior partido y los nudillos hinchados.
—Perdóname —dijo él con voz débil, casi sin aliento—. Tendría que haberte hecho caso. Dudaste desde un principio. —Ella solo lo había oído llorar una vez, cuando sostenía el cuerpo sin vida de su hijo. No soportaría que volviera a desmoronarse ahora.
—Vamos a estar bien. Solo tenemos que mantener la calma —susurró. Pensó en contarle que había ocultado un cuchillo debajo del colchón, pero temía que Simon la oyera.
—Quería protegerte, pero lo arruiné todo.
—Tu hombro sanará. Todo sanará.
Se miraron y ella vio que él se esforzaba por mostrarse sereno, pero en sus ojos había dolor y rabia. Y miedo. Sabía que su propia expresión reflejaba lo mismo.
—Trata de descansar —susurró Alice—. No sabemos qué traerá la mañana.