Capítulo 5. Alice
Alice desplegó el sofá de la parte posterior de la autocaravana para convertirlo en cama y, con movimientos bruscos, extendió las sábanas y mantas sobre los cojines.
Luego empezó a caminar de un lado a otro.
La oficina del camping ya estaba cerrada.
¿Habría un teléfono público? Podría tratar de correr hasta allí, pero los demás regresarían en cualquier momento y, si descubrían que había desaparecido, sospecharían.
No quería dejar a Tom solo con dos asesinos.
Se giró. Un arma. Necesitaba esconder un arma.
Abrió el cajón de la cocina, sacó un cuchillo y lo metió bajo el colchón, cerca del borde.
Se secó la frente. El sudor le hacía arder los ojos.
Hacía mucho calor allí. Las ventanas estaban abiertas, pero el aire era pesado.
No había brisa. Nada que le diera alivio.
Salió de la autocaravana cuando Jenny regresaba.
La muchacha le sonrió. Tenía el cabello húmedo pegado a la frente y las mejillas frescas, recién lavadas. Había terminado rápido. Tal vez ella y Simon habían acordado no dejarlos solos por mucho tiempo. Cuando Jenny se acercó, Alice percibió el aroma a jabón y pasta dental mentolada.
—Buenas noches —dijo Alice, cruzando los brazos para que no viera que le temblaban las manos.
—Buenas noches. —Pero Jenny no se alejó enseguida hacia la tienda. Se quedó allí, como si esperara que Alice dijera algo más. Los segundos se estiraban. El corazón de Alice latía con fuerza. Le dolían los músculos. Por un instante, pensó que estaba teniendo un infarto.
Jenny cambiaba el peso de un pie al otro, mordiéndose el labio inferior. Miró hacia la tienda y luego volvió la vista hacia Alice.
—¿Podríamos pedirte otra vez los cojines?
Claro. La noche anterior los había tratado como a invitados.
—Por supuesto. —Los buscó, se los entregó y volvió deprisa a la autocaravana; por encima de su hombro, dijo con tono ligero: —¡Bueno, que durmáis bien!
Dentro de la autocaravana, caminó de un lado a otro. ¿Por qué Tom tardaba tanto? Por fin, oyó su voz cuando regresó con Simon.
Espió por la ventana. Estaban apagando el fogón. Sus siluetas se convirtieron en sombras. Una sombra se alejó hacia la tienda y la otra avanzó hacia el vehículo.
Tom abrió la puerta y la autocaravana se llenó de aroma a leña. Tenía el pelo peinado y la toalla alrededor del cuello. En la mano traía los elementos para afeitarse.
—¡Cierra con llave! —susurró Alice con desesperación, y al ver que no reaccionaba, se inclinó hacia la puerta y la cerró ella misma.
—¿Qué pasa? —preguntó Tom, mirando con desconcierto cómo ella cerraba las cortinas con tanta fuerza que casi las arrancaba.
—¡Los buscan por homicidio ! —Sacó el artículo del periódico de su bolso, lo desdobló y se lo puso en las manos—. ¡Mira!
Cuando vio las fotos, el cuello de Tom se tiñó de rojo y el calor le subió a la cara.
—¡Santo Dios…! —murmuró. Respirando entrecortadamente, se dejó caer sobre el asiento del comedor con tanta fuerza que la autocaravana se estremeció.
—Deberíamos irnos —susurró Alice, sentándose frente a él—. Arrancamos el motor y nos vamos ahora mismo.
Tom tenía la vista fija en el artículo y sus ojos se movían de un lado al otro. Negó con la cabeza.
—Tendríamos que desenganchar la autocaravana… y está desplegado el toldo. Nos oirían.
—Entonces uno de los dos tiene que ir a ver si cerca de la oficina hay un teléfono público.
—Iremos juntos. No quiero que te quedes sola con ellos. —Se puso de pie, abrió el armario junto a la cama y sacó una caja de madera de nogal oscura.
La pistola. Alice sintió una oleada de alivio… que se convirtió en terror. Tom sabía disparar, pero Simon también podía tener un arma. Podría dispararles desde la tienda antes de que Tom tuviera tiempo de reaccionar.
Tom sacó la llave de su llavero, abrió la caja y cogió el arma. Alice lo había visto limpiarla y cargarla en otras ocasiones, pero esta vez le resultó siniestro verlo echar hacia atrás la corredera, insertar el cargador, volver a tirar y soltarla con suavidad.
Sentía necesidad de decir algo, pero… ¿qué? Todo sucedía tan rápido: el peligro, el miedo; ya no tenía control sobre nada.
—No hagas nada imprudente. Si te pasa algo… —La voz se le quebró y no terminó la frase.
—No me pasará nada. —Tom metió el arma en la cintura del pantalón, se sentó a su lado y la rodeó con un brazo, atrayéndola hacia él. Alice se dejó envolver por su calor.
—Esperaremos hasta que estén dormidos, ¿de acuerdo? —dijo él.
Apagaron todas las luces interiores, salvo la que colgaba sobre la cocina, que arrojaba un resplandor tenue. Tom desplegó el mapa sobre la mesa y ambos se inclinaron mientras él seguía las carreteras con el dedo. Localizaron White Cliff, al norte de Vancouver. Simon no había mentido al respecto.
—Debieron de remontar el río en un bote —murmuró Tom, señalando un punto en el mapa—. ¿Recuerdas cuando Simon dijo que habían dormido en la playa? Seguramente viajaban de noche.
Alice recordó el momento en que los había visto por primera vez a la vera del camino; se veían muy cansados. Y luego, cuando Jenny estaba en el baño. Le había dado pena .
Apagaron la luz de la cocina para que Simon y Jenny no vieran sus siluetas moviéndose dentro de la autocaravana y se quedaron sentados juntos, con los dedos entrelazados.
—Todo va a salir bien —susurró Tom.
Alice quería creerle, pero él había dicho exactamente lo mismo cuando el parto se le adelantó y tuvo que llevarla de urgencia al hospital.
Las piernas le temblaban. Se levantó varias veces para apartar un extremo de la cortina y mirar hacia la oscuridad, hacia el campamento en silencio y el triángulo apenas visible de la tienda, para luego volver a sentarse y tomar la mano de Tom otra vez.
Hablaron sobre la pareja: cada recuerdo y cada conversación les parecían sospechosos; cada gesto ahora les resultaba cuestionable.
Una opresiva sensación de angustia se instaló en el pecho de Alice.
Nunca había sentido la presencia del mal, pero ahora lo tenía a pocos metros.
Cuando pasaron treinta minutos, se calzaron los zapatos y Tom abrió con cuidado la puerta de la autocaravana. Alice se estremeció ante el crujido metálico de los escalones. Todo sonaba demasiado fuerte en la oscuridad. Sintió el roce torpe de la mano de Tom buscando la suya.
Apoyó los pies en los peldaños, aferrándose a la mano de Tom, y contuvo la respiración hasta que oyó el suave chasquido de la puerta al cerrarse tras ella.
Miró en dirección a la tienda. Tom tiró de su mano.
Avanzaron hacia el camino, pasando junto a la mesa de picnic, el fogón apagado, el aire aún impregnado del olor a carbón.
Estaban cerca de la entrada del campamento cuando el inconfundible sonido de la cremallera de la tienda quebró el silencio. Tom se detuvo tan abruptamente que Alice chocó con su espalda.
—¿Quién anda ahí afuera? —La voz de Simon sonó firme, desafiante.
Tom le apretó la mano y giró el cuerpo. Alice se movió con él, manteniéndose oculta detrás de su espalda ancha.
—Somos nosotros —dijo Tom—. Oímos un ruido.
—¿Ah, sí? Esperad. —Se oyeron crujidos y luego se encendió una linterna, apuntando al suelo.
Vieron a Simon de pie fuera de la tienda, vestido solo con pantalones cortos vaqueros.
Se estaba poniendo las zapatillas deportivas a toda prisa, como disponiéndose a ayudar a buscar el origen del ruido.
Detrás de él apareció Jenny, frotándose los brazos; llevaba una camiseta larga y tenía las piernas desnudas.
—Perdón por despertaros —dijo Alice. ¿Sonaba natural? No tenía forma de saberlo. El corazón le latía con fuerza y tenía la boca seca. Su mente se aferró al nombre de la chica: Jenny. ¿Sería real? ¿Así la llamaría su madre cuando vivían en esa gran casa blanca?
—No pasa nada —respondió Jenny.
—¿De dónde venía el ruido? —preguntó Simon, apuntando la linterna hacia los árboles junto a la tienda.
—Por allá. Algo se movía —respondió Tom, y señaló los arbustos detrás de la autocaravana. No sé qué habrá sido, pero ya se fue.
—¿Sonaba como algo grande o pequeño?
—Difícil de decir. Seguramente ha sido un pájaro.
Ya sabes cómo somos los de la ciudad. Nos asustamos de cualquier ruido.
—Tom soltó una risotada y Alice apretó los dientes.
Sonaba como un presentador de concursos televisivos haciendo chistes malos.
Deseó poder verle la cara a Simon. ¿Se lo estaría creyendo?
—Podría haber sido un mapache —dijo Simon.
—Puede ser, sí. Muy posible. —Tom asintió—.
Bueno, entonces hasta mañana. —Tiró de la mano de Alice y se encaminó hacia la autocaravana, lo que lo obligó a acercarse a la pareja.
Le apretaba la mano con tanta fuerza que Alice no podía mover los dedos.
Llegaron a la puerta, que se abrió con un chasquido cuando Tom movió la manija.
—¿Revisasteis que no quedara basura fuera? —preguntó Simon—. Hay osos por aquí. —Giró la linterna y el haz de luz los iluminó de lleno. Alice oyó una exclamación ahogada.
—¿Tienes una pistola? —preguntó Simon.
Alice se paralizó. ¿Cómo la había visto? A Tom debió de levantársele el borde de la camisa cuando estiró el brazo para abrir la puerta, que había quedado entreabierta. Habían estado tan cerca de lograrlo.
—No sabíamos con qué podíamos encontrarnos por aquí —respondió Tom—. Como dijiste, puede haber osos.
—A los osos se los espanta haciendo ruido —replicó Simon. El asombro había dado paso a la desconfianza—. Vosotros andabais con mucho sigilo.
—Estamos haciendo bastante ruido ahora.
La luz de la linterna apuntó directamente a los ojos de Alice. Ella entornó los párpados, pero no logró distinguir la silueta de Simon ni la de Jenny. ¿Se estaban acercando?
—Pareces asustada, Alice —dijo Simon—. ¿Quieres que revise los arbustos?
Ella soltó una risita nerviosa.
—Estoy bien. Me asusté por una tontería.
—¿Segura? Tom y yo podríamos dar una vuelta. —Había bajado un poco la linterna, pero su tono seguía siendo desafiante. Alice no podía decir si había descubierto algo o simplemente los consideraba unos tontos.
—No, no. Mejor volved a dormir a la tienda. Jenny necesita descansar.
La mano de Tom se cerró con fuerza sobre la suya, al punto de casi hacerle daño. Contuvo el aliento. Había dicho “Jenny”. Tal vez Simon no lo notó. Tal vez no la oyó. Se hizo un profundo silencio.
—¿ Cómo la llamaste? —dijo Simon.