Capítulo 4. Alice #2
Se atrevió a mirar hacia la parte trasera de la autocaravana.
Jenny dormía con la cabeza sobre el hombro de Simon, que apoyaba la sien contra la ventana.
Él también tenía los ojos cerrados, pero su rostro no parecía relajado del todo; era difícil saber si dormía o solo descansaba.
Pensó si sería prudente susurrarle a Tom o deslizarle una nota, pero la mochila de Simon estaba en el asiento junto a él y la de Jenny, bajo la mesa.
Si llevaban un arma, la tenían al alcance.
A Alice le vino a la mente la pistola de Tom.
No sabía cómo abrir el estuche ni cómo cargarla.
Lo había obligado a esconderla en las entrañas del vehículo, fuera de la vista.
Si los atacaban, no podrían alcanzarla a tiempo.
Cuanto más se acercaban a Salmon Arm, peor era el presentimiento de Alice.
Un pueblo significaba gente. La gente traía complicaciones.
Pero también significaba distracción… y la posibilidad de que los rescataran.
Cuando Tom se registrara en el camping, entraría en la oficina con él.
Llamarían a la policía desde allí. ¿Qué sucedería cuando llegaran? ¿Se resistirían Simon y Jenny?
Encontraron el camping a orillas del lago Shuswap.
Tom aparcó delante de la oficina, pero antes de que pudieran bajar, un hombre con una carpeta se acercó trotando hasta su ventanilla.
Alice permaneció inmóvil mientras se registraban.
No escuchó nada de lo que el encargado les explicó, ni sobre las duchas ni sobre las instalaciones.
Tom siguió las indicaciones hasta su parcela y maniobró con la autocaravana con cuidado.
Esta vez, no rozó ningún árbol. Alice intentó sonreír cuando él lo celebró.
Después de instalarse, él y Simon se dirigieron al lago para pescar al atardecer.
Ella los vio alejarse, rezando para que Simon no tuviera ningún motivo para hacerle daño a su esposo.
Preparó la cena junto con Jenny; una parte de su mente estaba concentrada en la tarea; la otra, atrapada en una especie de capullo de incredulidad.
“Esto no está pasando. Estás teniendo una crisis. Has perdido la cabeza”.
No podía dejar que Jenny notara lo alterada que estaba.
Tenía que distraerla y distraerse a sí misma.
Le habló de su hogar, una casa amarilla de una sola planta, con una galería cubierta en la parte trasera desde donde contemplaban la lluvia mientras tomaban café; le habló de la huerta donde cultivaba verduras frescas.
Le contó cómo Tom la había invitado a salir por primera vez, pasándole una nota durante una reunión de trabajo.
Le habló de su gata, a la que le había puesto de nombre Pata, porque le gustaba decir “Pata, la gata”.
Hasta le describió a su vecina, la amable anciana que estaba cuidando a Pata durante su ausencia.
Alice quería caerle bien a Jenny, que pensara en ellos como buenas personas. Inofensivas. ¿Serviría de algo?
La ensalada y las guarniciones estaban listas cuando los hombres regresaron con tres truchas arcoíris de buen tamaño.
Tom le dio una palmada en la espalda a Simon, como si fueran los mejores amigos.
Simon les enseñó a preparar una mezcla con cerveza para rebozar el pescado y a freír los filetes en una sartén de hierro sin que se quemaran.
Alice fingía interés, como si estuviera fascinada, pero en realidad trataba de reconciliar la imagen de la pareja ante ella con lo que había leído sobre sus crímenes.
Ese chico dedicado, que se aseguraba de que el calor para la cocción estuviera a la temperatura indicada, que esperaba a que todos probaran un bocado con expresión ansiosa y que solo se relajó cuando Tom declaró que estaba perfecto.
—Río es buen cocinero —dijo Jenny.
—¿Vivís juntos? —preguntó Tom.
—Justo estamos buscando dónde mudarnos —respondió Simon.
—¿Y qué haréis cuando nazca el bebé? —Tom frunció el ceño y apoyó una mano sobre su rodilla. Alice conocía esa pose y ese tono de voz de maestro de escuela. Estaba por darles un sermón.
—Tenemos planes —dijo Simon con voz tensa; con movimientos rígidos, quitó todas las espinas del trozo de pescado de Jenny. La mirada de ella iba de las manos de Simon al rostro de Tom. Se acariciaba el vientre con pequeños círculos nerviosos.
Tom tenía que dejar de hacer preguntas. Alice temía que dijera algo inadecuado, que Simon decidiera que sabían demasiado sobre ellos.
—Este pescado está delicioso, Río —dijo Alice—. ¿Tienes alguna otra receta?
Simon se volvió hacia ella y entornó los ojos.
Alice no sabía si estaba pensando en recetas o si se había dado cuenta de que intentaba distraerlo.
Mantuvo la expresión relajada, tratando de parecer curiosa y no tensa.
Tras unos segundos, Simon dijo: —Si no tienes sartén, puedes envolver cualquier pescado en papel de aluminio y cocinarlo directamente sobre las brasas.
—Cuando Alice vio que pasaba a contar que algunas personas comían brotes de helecho y ortigas, soltó un suspiro casi imperceptible.
Alice no supo cómo logró sobrevivir a las siguientes horas.
Todo se convirtió en una sucesión borrosa de lavar platos, cortar sandía y contener el miedo que la atenazaba.
Lo único que la sostenía era la certeza de que Tom encontraría una salida.
Él siempre sabía qué hacer. Se quedaron junto al fuego hasta el atardecer; el cielo lanzaba destellos rosas y dorados por entre los árboles.
Cuando el bosque que los rodeaba se cubrió de sombras oscuras, Tom y Simon finalmente agotaron sus historias de pesca y Jenny empezó a bostezar; la joven pareja decidió ir a los baños y prepararse para dormir.
Alice sintió una oleada de alivio… hasta que Tom se levantó también.
—Creo que voy a darme una ducha —dijo.
¡No! Tenía que hablar con él ahora. Alice se incorporó de golpe, tomó el plato de fruta vacío y siguió a Tom a la autocaravana.
Él buscó su neceser y se echó la toalla al hombro.
Se movía demasiado rápido. Alice trató de detenerlo, alargando el brazo hacia la manga de él, pero entonces oyó un roce en la puerta abierta.
Se volvió. Simon estaba allí, con un pie en el primer escalón, observándolos.
Alice retiró la mano.
—Voy a preparar la cama —dijo.