Capítulo 3. Alice
Alice oía a Río y Azul jugar al Uno en la mesa detrás de ella, aunque no parecía que Azul lo estuviera disfrutando.
Hablaba tan bajo que casi no se la oía. Debería ofrecerle algo para el dolor de cabeza, sugerirle que tomara más agua.
Tal vez los estaba haciendo sentir incómodos.
Cuando la pareja dejó de hablar por completo, Alice miró por encima del hombro.
Azul tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el brazo de Río.
Su mono azul, sin tirantes, dejaba al descubierto sus delicadas clavículas, los hombros y el pecho plano.
Si Alice no la hubiera visto repetir tortitas, estaría seriamente preocupada por su salud.
Debía de ser una de esas personas delgadas por naturaleza.
Volvió a mirar al frente. Tom conducía con el brazo apoyado en el borde de la ventanilla abierta, con una sonrisa tranquila.
No se había dado cuenta de que ella estaba molesta.
Estaba todo bien. De verdad. A Tom le encantaba ayudar a la gente y siempre era espontáneo.
Ni siquiera le había mostrado la autocaravana antes de comprarla; solo había atado una cinta a las llaves y se las había entregado mientras sonreía.
Tendrían compañía durante un rato más y luego volverían a estar solos.
Alice se acomodó en el asiento y se concentró en el paisaje imponente, cosa que resultaba muy fácil de hacer.
Las montañas se extendían en todas las direcciones, elevándose desde el llano y abriendo el cañón.
Algunas estaban cubiertas de bosques de un azul verdoso difuso en la distancia con nieve en las cumbres.
Otras eran de roca desnuda, con escarpadas paredes de piedra que caían hasta el río y luego volvían a elevarse al otro lado.
Unas pocas plantas y árboles obstinados se aferraban a la piedra gris, entre cascadas que se abrían paso por las grietas.
La carretera serpenteaba en las alturas, con un murete bajo de cemento como única protección del precipicio.
—¿Practicas algún deporte, Río? —El sonido repentino de la voz de Tom la sobresaltó. Echó una mirada por encima del hombro al muchacho, esperando su respuesta.
—Nunca tuve tiempo —dijo él—. Trabajaba.
—¿Nada? —insistió Tom—. ¿Ni hockey sobre hielo?
Alice sonrió ante el tono de sorpresa en su voz. Su marido creía que todo niño debía formar parte de un equipo, como él durante su infancia.
El muchacho se encogió de hombros.
—A veces, en invierno, cuando se congela el lago.
—¿Y tú, Azul? —quiso saber Tom.
—Mi madre sostenía que las niñas no debían practicar deportes.
—¿Temía que te lesionaras? —preguntó Alice.
—Algo así —respondió Azul, bajando la vista hacia la mesa. Un leve rubor le tiñó las mejillas y Alice lamentó haber hecho la pregunta. Era evidente que se trataba de un tema delicado. Se volvió hacia el frente.
—Bueno, los tiempos están cambiando —dijo Tom—. El primer equipo femenino de remo va a competir en los Juegos Olímpicos. Y los de balonmano y baloncesto, también.
Alice se quedó pensando en ello. Era cierto: el mundo estaba cambiando.
Las mujeres luchaban por sus convicciones.
Querían igualdad, pero ¿qué significaba eso para ella?
Nunca se había sentido en desventaja. Había pasado la vida creyendo que sería madre y que formaría un hogar.
A Tom le encantaba llegar a casa y encontrar la cena caliente, la casa limpia, su ropa lavada e impecable para el día siguiente.
Por eso ella aceptaba trabajos temporales, suplencias aquí y allá.
¿Qué sentido habría en tener una carrera?
—¿Cómo dijiste que se llamaba esta zona? —preguntó Río desde atrás, y Alice tuvo la clara impresión de que intentaba cambiar de tema.
—Todo esto formó parte de la fiebre del oro del cañón del río Fraser —explicó Tom, señalando hacia la izquierda, donde el río corría muy por debajo de ellos—.
Dicen que Hell’s Gate, donde el río se estrecha abruptamente, es espectacular.
Las paredes del cañón se alzan más de novecientos metros sobre los rápidos.
Tuvieron que cavar en la roca para construir la carretera.
“Este hombre sería un gran padre”, había pensado Alice la primera vez que lo vio entrenar al equipo de fútbol de la escuela; los jugadores lo miraban como a un héroe.
Era quien más animaba al equipo desde fuera del campo.
A ella le había encantado que usara calcetines desparejos y corbatas coloridas, y le habían causado una gran impresión sus profundos conocimientos de historia y su entusiasmo por los juegos de mesa.
La madre de Alice había dado a luz a cuatro niños sanos, y las hermanas de Alice, ambas menores que ella, ya tenían hijos propios.
A ella, en cambio, le habían tocado en suerte tres abortos espontáneos, un bebé nacido muerto —su dulce niño— y, finalmente, la advertencia severa del médico sobre su edad y el riesgo de morir si intentaba quedar embarazada otra vez.
Tom había insistido en que dejaran de intentarlo.
A veces Alice se preguntaba si él la abandonaría por otra.
Una mujer más joven, más alegre, que pudiera darle la familia que siempre había deseado.
Nunca habló del tema con él, paralizada por el temor de que, si le confesaba sus temores, Tom le prometería que jamás la dejaría y el desgarro sería doblemente doloroso si algún día llegaba a hacerlo.
La carretera en efecto había sido excavada en la montaña, por lo que tuvieron que atravesar una serie de túneles.
Tom anunciaba cada nombre a medida que se acercaban: Saddle Rock, Sailor Bar, Alexandra, Hell’s Gate, Ferrabee y China Bar.
A Alice no le gustaba esa oscuridad repentina, las luces parpadeantes, el eco de los neumáticos contra las paredes de hormigón, la sensación de que el techo del vehículo podría quedar cercenado de un momento a otro.
Suspiraba aliviada cada vez que la autocaravana volvía a salir a la luz.
Cuando llegaron a Lytton, el pueblo resultó ser mucho más pequeño de lo que imaginaban, así que hablaron de seguir hasta encontrar un sitio más poblado donde dejar a Azul y Río.
Uno que tuviera un buen camping y, con suerte, alguien confiable con quien pudieran viajar.
Condujeron una hora más, pasando por un pueblo tras otro, hasta que Tom señaló un cartel que indicaba un desvío hacia un lago.
—Hay una zona de descanso. ¿Qué tal si paramos un rato y pescamos un poco? —propuso, mirando a la pareja por el espejo retrovisor—. Puedes enseñarme algunos trucos, Río.
—¿Tenemos tiempo? —preguntó Río.
—Eso es lo maravilloso de viajar por carretera: podemos parar cuando queramos —respondió Tom, girando el volante.
Alice miró el mapa que tenía sobre el regazo, inquieta por una punzada de temor que sintió en el estómago.
¿Por qué la ponía nerviosa alejarse de la carretera?
¿Tan aguafiestas se había vuelto? El lago no quedaba lejos y podían usar los baños.
El pavimento se convirtió en grava e instantes más tarde encontraron otro cartel del lago.
Tom se detuvo en el aparcamiento —vacío, salvo por una camioneta y un Pontiac Trans-Am azul— y colocó la autocaravana paralela al agua para poder extender el toldo.
Alice bajó y se protegió los ojos del sol con la mano.
El agua, de un azul profundo y sereno, reflejaba el cielo sin nubes.
Los árboles cubrían toda la orilla, salvo la parte que formaba la pequeña playa de la zona de descanso.
A lo lejos, divisó las siluetas de dos hombres con cañas de pescar en una canoa roja.
Las únicas otras personas eran un hombre y una mujer que nadaban en el extremo opuesto de la playa; Alice supuso que el Pontiac les pertenecía.
Desde donde estaba, alcanzaba a ver el capó y la puerta del conductor con la ventanilla baja; del espejo retrovisor colgaba una carita sonriente.
Río y Tom bajaron a la orilla con la caja de aparejos y las cañas. Azul los siguió, cargando su mochila y unos refrescos. Alice prefirió quedarse a la sombra de la autocaravana. Cuando Azul se ofreció a hacerle compañía, ella la animó a ir a disfrutar del agua.
—Puedes ponerte el traje de baño en la autocaravana.
—Tal vez; primero veré cómo está de fría —respondió la chica.
Alice se acomodó en su silla plegable. Abrió el libro que estaba leyendo. Su vecina le había dicho que era entretenidísimo, pero se encontró repasando la misma frase una y otra vez, por lo que terminó usándolo para abanicarse la cara.
Azul caminaba por la orilla del lago, con el agua por los tobillos. De vez en cuando se agachaba para recoger algo. Piedras, seguramente. Las inspeccionaba en la palma de su mano, dejaba caer algunas en el bolsillo de su mono y arrojaba otras al lago.
Al cabo de un rato, salió del agua, sacó una toalla de la mochila y la extendió sobre la arena. Se recostó de espaldas; la pequeña curva de su vientre quedó apuntando hacia arriba. Alice desvió la mirada hacia Río y Tom, que lanzaban las líneas con movimientos ágiles de la muñeca.
El calor comenzaba a adormecerla. Tras cerrar los ojos, se dejó vencer por el sopor.
No supo cuánto tiempo había pasado hasta que oyó voces y el golpe de una puerta al cerrarse.
La pareja del Pontiac había vuelto. El hombre encendió el motor, pero permanecieron en el coche un rato, hablando y escuchando música.
Alice reconoció enseguida el olor penetrante de la marihuana y arrugó la nariz.
Se abanicó la cara con más fuerza y se inclinó hacia el otro lado, intentando alejarse del humo.
El conductor cambiaba de emisoras: estática, unos segundos de guitarra y luego la voz de un locutor.
“Simon Gray tiene veintiún años y lo han descrito como un hombre alto, delgado, con cabello castaño y ojos marrones. Jenny Perron, de dieciocho años, es rubia, de cabello largo y ojos azules. Podrían estar haciendo autostop por las carreteras”.