Rehenes en la carretera Capítulo 1. Alice #3
4%

Capítulo 1. Alice #3

—Gracias por la cena —dijo Azul, limpiándose los dedos llenos de mantequilla con una servilleta, antes de secarse los labios—. Estuvo deliciosa.

—Me alegro de que la hayáis disfrutado. —Alice se puso de pie y empezó a recoger los platos—. ¿Alguien quiere postre? Tenemos melón.

—Gracias, pero deberíamos irnos —dijo Río—. Debemos encontrar un sitio donde dormir.

—Podríais quedaros aquí. Tenemos una carpa y con esos motoristas acampando cerca del río, tal vez no sea un sitio muy seguro para… —La mirada de Tom se posó en Azul.

Alice se concentró en los platos sucios que estaba recogiendo y no miró a Tom.

—Quizá tengan razón, amor —dijo Azul con voz nerviosa. Al ver que Río no respondía, Alice levantó la vista. Lo vio mirándolos a Tom y a ella alternativamente. Se preguntó por qué dudaba. ¿Se habría dado cuenta de que estaba molesta?

—Estaréis más cómodos —insistió Tom.

—De acuerdo. Si no os molesta…

—Entonces, todo decidido. —Alice llevó los platos a la autocaravana.

Tom y Alice yacían juntos en la cama. Habían jugado varias partidas de Uno con la pareja de jóvenes a la luz de la linterna.

Azul nunca había jugado, pero aprendió rápido, aunque no parecía capaz de gritar “¡Uno!” como los demás; lo decía en voz baja, casi como disculpándose.

Río, en cambio, no tenía ningún problema en apoyar las cartas sobre la mesa con ímpetu.

Durante la velada, Azul había revelado que tenía diecinueve años y Río, veintidós, pero a Alice le parecía que ella era más joven.

Más inocente. Alice había preparado palomitas de maíz en el fuego y Azul casi saltó de su asiento cuando los granos empezaron a reventar.

Luego se quedó mirando, fascinada, mientras el papel de aluminio se inflaba hasta formar una cúpula plateada.

—¿Te creíste la historia de que solo están viajando? —preguntó Alice.

—Sí, claro —respondió Tom, acomodando la almohada—. ¿Tú no?

—No parecen preparados. Podrían haberse escapado de sus casas.

En la oscuridad, un leve encogimiento de hombros, el roce de las sábanas.

—No parecen menores de edad.

—Es evidente que esos nombres son inventados.

—No es un delito. Solo están pasándolo bien.

—Alice notó la admiración en su voz y sintió una punzada de culpa.

Tal vez por eso él quería pasar tiempo con ellos.

Hacían que volviera a sentirse joven. Para ella había sido todo lo contrario: treinta y seis años de golpe se habían sentido como cuarenta y seis.

—Casi no hablaron de sí mismos.

—No parecían haberlo tenido fácil en sus casas. No creo que haya motivos para preocuparse. —Tom le acarició el brazo—. Trata de descansar.

Su respiración se tornó más profunda a medida que empezó a relajarse. Alice quería girarse hacia él, apoyar la mejilla en su brazo, pero sentía cansancio en los huesos y pesadez en el corazón.

Antes encontraba consuelo en la solidez de Tom.

No era un hombre alto, pero sí robusto, de hombros anchos y piernas fuertes.

Tenía el cabello negro, grueso, peinado hacia atrás, y las patillas bien recortadas.

Le gustaban la comida y la cerveza, y divertirse con amigos.

Disfrutaba recibiendo visitas y todos los años organizaba fiestas para la Super Bowl.

Más de una vez, alguien lo había descrito como un “gigante amable”.

Ella estaba de acuerdo, aunque le envidiaba la facilidad que tenía para desentenderse de los problemas, la rapidez con que tomaba decisiones sin atormentarse por cada detalle.

Dieciséis años. Era mucho tiempo, y aun así, la parte física de su matrimonio nunca había sido un problema.

Hasta el año pasado. Se abrió una grieta que se fue ensanchando poco a poco hasta convertirse en un gran hueco de silencio entre ellos.

Al principio, él hacía pequeños intentos: le cogía la mano, rodaba hacia ella en la cama, le ponía una mano sobre la cadera, le besaba el cuello.

Pero ella no podía evitar que su cuerpo se tensara; por más que se esforzara, no sentía nada, por lo que, con el tiempo, él dejó de intentarlo.

Desde fuera, filtrándose por las paredes de la autocaravana, llegaba el ruido de música amortiguada, risas fuertes, gritos.

El grupo junto al río. Cuando Tom había dicho que quería traer la vieja pistola de su padre, ella se inquietó, pero ahora la tranquilizaba contar con esa protección.

Él roncaba suavemente a su lado. Pensó en la pareja en la tienda.

¿Estarían dormidos? Mañana se mostraría más alegre.

Les prepararía el desayuno. Sin darse cuenta, se pasó las manos por el vientre, ahora plano, e inmediatamente las apartó, como si se hubiera quemado.

Esa noche soñó que le colocaban en brazos un pequeño cuerpo sin vida, envuelto con esmero en su mantita azul de lana, tan ajustada que no alcanzaba a verle el rostro.

Luego, el ataúd de cedro descendía hacia el sepulcro.

Caía tierra sobre él. Ella escarbaba y escarbaba con las manos, pero no podía traerlo de vuelta.