Rehenes en la carretera Capítulo 1. Alice #2
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Capítulo 1. Alice #2

Azul se volvió y frunció el ceño, aunque no tenía de qué preocuparse. Río ignoró a la muchacha y se adelantó para ponerse al otro lado de ella y pasarle un brazo bronceado sobre los hombros. Alice apartó la vista cuando lo vio inclinarse a susurrarle algo al oído.

Al llegar al camping, encontraron a Tom sentado junto al fuego. Se puso de pie al verlos, con el ceño fruncido y una sonrisa curiosa asomándole en las comisuras de los labios. Cruzó una mirada con Alice.

—Encontré a unos amigos que necesitan un botiquín. —Se volvió hacia la pareja—. Él es mi marido, Tom. Os buscaré las tiritas.

Cuando salió de la autocaravana, estaban sentados a la mesa de picnic, bebiendo refrescos.

Azul curaba sus pies mientras Tom trataba de entablar conversación con Río, aunque las respuestas del muchacho eran breves.

Era oriundo de un pequeño pueblo del norte de la Columbia Británica; trabajaba en una ferretería, estaban de vacaciones y querían conocer un poco más del país antes de sentar cabeza.

—¿Viajáis haciendo autostop? —preguntó Tom.

—Sí.

—Espero que os mantengáis en contacto con vuestras familias —dijo Tom.

Río miró a Azul, que parecía angustiada. Parpadeó varias veces, al borde de las lágrimas. Le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí.

—Mi padre es un borracho, mi madre se largó de casa y los padres de Azul han muerto.

Tom bajó la botella y se quedó mirándolos horrorizado.

—Lo lamento.

—No pasa nada. Nos tenemos el uno al otro —respondió Río, irguiendo el mentón. Azul lo miró con ternura. Él le besó la frente—. Pronto seremos tres.

Al principio, Alice no comprendió. Luego Azul bajó la mano hacia su abdomen, revelando una suave redondez que había quedado oculta bajo la blusa suelta.

—¿Que estás embarazada? —preguntó Alice, sorprendida. ¡Parecía tan joven!

Azul se sonrojó y Río miró a Alice con el ceño fruncido.

Tom buscó la mano de Alice debajo de la mesa y se la apretó.

—¡Felicidades! Los bebés son una bendición. No hemos tenido esa suerte.

La pareja miró a Alice, que de pronto sintió deseos de llorar, pero se aferró a la mano de Tom y se esforzó para distender las comisuras de los labios en lo que esperaba que pareciera una sonrisa.

—¿De cuántos meses estás? —preguntó.

—Tal vez esté de cinco meses —respondió Azul, encogiéndose de hombros.

Alice quería preguntarle si había ido al médico. ¿Cómo podía tomárselo con tanta ligereza? ¿Por qué hacía autostop cuando llevaba una vida frágil dentro de su cuerpo? Pero nada de eso era asunto suyo. Se quedó inmóvil, clavada en su silla.

—Nos casaremos este año —dijo Río, y Azul le sonrió.

—Qué bien —comentó Tom—. Nosotros llevamos dieciséis años de casados. Soy entrenador de fútbol americano en la escuela secundaria de nuestra zona y Alice era la secretaria. Así nos conocimos.

—¿Fútbol? —preguntó Río, confundido—. ¿De dónde sois?

—De Seattle. Hacía años que queríamos conocer este hermoso país.

—Genial —dijo Río, y dio un sorbo a su refresco.

—¿Dónde estáis acampados? —preguntó Tom.

—No tenemos tienda, así que dormimos en la playa —respondió él.

—¿No tuvisteis frío?

Río negó con la cabeza.

—Encendimos una fogata.

Tom estaba a punto de decir algo más cuando el aire se llenó de estruendo: un grupo de motoristas pasó rugiendo junto a ellos.

Las motos eran bajas, con manillares altos.

El último de los hombres les lanzó una mirada desafiante al pasar.

Tenía el pelo rojizo y grasiento, una barba descuidada que se agitaba con el viento y el pecho desnudo bajo el chaleco de cuero.

Su mirada se posó un instante sobre Alice y Azul.

Los motoristas tomaron el camino que llevaba a los sitios de acampada junto al río y el rugir de los motores fue apagándose poco a poco.

Tom se volvió hacia la joven pareja.

—Esta noche va a haber ruido junto al río.

Azul miró a su novio con preocupación. Él quiso sonreír para tranquilizarla, pero Alice notó que se le habían tensado los hombros y los brazos.

—¿Por qué no cenáis con nosotros? —propuso Tom.

Esta vez fue Alice quien se puso tensa. No quería sentarse frente a una mujer embarazada. Una adolescente embarazada, que seguramente había concebido en el asiento trasero de un coche. Se reprendió por pensar así; sintió el sabor de la amargura en la boca.

Río se irguió en la silla.

—Tenemos comida.

—Ahorraros el trabajo —dijo Tom, mientras se dirigía a la parrilla—. Nada se compara con un buen filete a las brasas.

Río y Azul intercambiaron una mirada.

—De acuerdo. Gracias —respondió él.

—¡Perfecto! —exclamó Alice, poniéndose de pie con una sonrisa forzada—: Prepararé una ensalada.

Caminó con paso rápido hacia la autocaravana, donde se enjuagó la cara, se arregló el cabello y respiró hondo un par de veces. Después se puso a picar verduras y desgranar maíz con energía, hasta que logró controlar sus emociones.

Cenaron bajo los últimos rayos del sol, conversando sobre los Juegos Olímpicos.

Alice contó que había hecho cola durante horas para conseguir el programa de eventos y el formulario para pedir las entradas, y que luego, para planear el viaje, habían tenido que esperar semanas para saber qué competencias les habían asignado.

—La reina Isabel estará en la ceremonia inaugural —dijo Tom—. Va a ser todo un espectáculo.

—¿Vais directo a Montreal? —preguntó Río.

—No, queremos pasar algo de tiempo en el Parque Nacional Banff, y luego visitaremos Calgary, Saskatchewan y Manitoba. Cuando lleguemos a Ontario, alquilaremos una canoa para explorar los lagos. Alice quiere escuchar el canto de los somormujos. —Tom miró a su mujer con una sonrisa.

—Y no olvides los abedules ni la visita a una auténtica granja de producción de jarabe de arce —agregó ella.

Tom volvió la vista hacia Río y Azul.

—¿Tenéis alguna recomendación?

—Nunca hemos ido más allá de Vancouver —respondió Río, encogiéndose de hombros.