Rehenes en la carretera
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Capítulo 1. Alice
La primera vez que Alice los vio, iban juntos por el estrecho camino de grava que conducía al parque de caravanas y la zona de acampada.
Un muchacho y una chica, caminando lado a lado con paso lento y perezoso; él, con el brazo sobre los hombros de ella, y ella, con la mano metida en el bolsillo de los pantalones acampanados de él.
La mochila de estilo militar que llevaba él parecía pesada: las costuras estaban a punto de reventar y atado a la parte inferior colgaba un saco de dormir naranja.
La mochila de la chica era más pequeña, pero iba igual de llena; un saco de dormir verde colgaba sobre sus caderas.
Debajo asomaban unos pantalones cortos color granate.
Tom redujo la velocidad de la autocaravana Winnebago para dejarles espacio. El muchacho se volvió: llevaba gafas de sol cuadradas, el pelo castaño hasta los hombros y una camiseta azul sin mangas, con la inscripción “A seguir rodando”.
Él atrajo a la chica hacia sí para protegerla de la ráfaga de aire caliente y del polvo que levantaba el vehículo.
Alice alcanzó a ver la cabeza inclinada de la joven, su cabello rubio pálido revuelto por el viento.
La observó por el espejo retrovisor hasta que doblaron la curva y desaparecieron, pero la chica no levantó la vista en ningún momento.
La oficina del camping era una pintoresca cabaña de troncos, rodeada de piedras de río y coronada por una bandera canadiense en la que la hoja de arce roja se destacaba sobre el fondo blanco.
Alice bajó de la autocaravana, bostezando, y subió los escalones de la oficina detrás de Tom.
Él se encargó de completar el registro mientras ella hacía girar sin mucho entusiasmo un exhibidor de postales.
Parpadeó para despabilarse; lamentaba haberse acostado tarde, pero ese Cuatro de Julio había sido importante y, por lo visto, todo Seattle había pensado lo mismo.
La costa estaba repleta de gente disfrutando de los fuegos artificiales del Bicentenario.
Mientras Tom conversaba con el encargado del camping, Alice se puso a examinar un expositor de folletos y leyó uno con advertencias sobre osos y consejos para guardar los alimentos de manera segura.
—Estamos en ruta desde el amanecer; cruzamos la frontera por Blaine, en el estado de Washington.
¿Has estado allí alguna vez? —Alice no oyó la respuesta del hombre; se acercó a los estantes con artículos para camping.
Contenedores amarillos de plástico para huevos.
Varillas metálicas para asar malvaviscos y salchichas.
Repelente de insectos. Velas de citronela.
Le llegaban fragmentos de la conversación entre los hombres. La voz grave de Tom.
—Paramos en Vancouver para almorzar y pasamos por el Stanley Park. Caminamos un tramo junto al malecón. ¡Qué vistas preciosas de la ciudad!
—¿Es la primera vez que vienen a Hope?
—Así es.
Tras conversar unos minutos sobre el pequeño pueblo, el encargado desplegó un mapa del camping y señaló con el dedo la parcela asignada. Los baños con duchas. La pila de leña. El ancho río, cuya corriente, advirtió, era demasiado fuerte para nadar. Una lástima en un día de tanto calor.
Tom se lo agradeció y se volvió hacia Alice: —¿Lista?
Ella asintió.
Avanzaron despacio por el camping, que estaba dividido en dos zonas: una cerca del río y otra entre los árboles. Dondequiera que miraba había tiendas, caravanas, furgonetas con las puertas laterales abiertas, música, toallas colgadas para secar. Un perro ladró cuando pasaron cerca.
La parcela que les habían asignado estaba rodeada de abetos altos. Tom frunció levemente el ceño mientras maniobraba la autocaravana para aparcar. Alice intentó guiarlo, pero ambos hicieron una mueca de preocupación cuando una rama rozó el costado del vehículo.
—Perdona —dijo ella—. No la vi.
—No pasa nada. Es normal que termine con un par de rayones. —Tom sonrió, aunque ella percibió la decepción en su voz, una ligera nota de fastidio.
—No pasa nada si te enfadas. No voy a desmoronarme.
Él la miró a los ojos y enseguida apartó la vista. Alice sintió calor en el rostro. Ambos tenían plena conciencia de lo cerca que había estado de desmoronarse en el último año. Guardó silencio mientras Tom terminaba de aparcar.
Sacaron las sillas plegables de aluminio y Alice extendió el mantel de plástico sobre la mesa de picnic, alisando los dobleces. El estampado de amapolas amarillas y rojas se veía alegre junto a los platos verdes de camping que había comprado por catálogo en la tienda Montgomery Ward.
Tom sirvió vino para ambos.
—¿Brindamos por nuestra primera noche?
—Mejor por todas las aventuras que nos esperan.
Chocaron los vasos de plástico y Alice dio un sorbo pequeño. Hacía meses que no bebía; un poco más y se pondría sentimental.
Tom colocó ramas secas y hojas de periódico en una pila ordenada en el centro del fogón y se inclinó para soplar las brasas.
Todavía no había oscurecido; los días de verano eran largos, pero resultaba agradable mirar el parpadeo de las llamas.
Se sentó junto a Alice y la tomó de la mano.
Entrelazaron los dedos y tomaron sorbos de vino; se oían las voces de otros campistas, el crujido ocasional de pasos sobre la grava; los pájaros trinaban suavemente mientras se acomodaban para pasar la noche.
—¿Qué vamos a hacer esta noche? —preguntó Alice.
Tom se volvió hacia ella y levantó una ceja.
—¿Ya te aburriste de mí?
—En absoluto. —Intentó tranquilizarlo con una sonrisa.
Ese viaje era importante. Una especie de tregua.
Tom había comprado la gran autocaravana Winnebago Chieftain con una franja deportiva en tonos naranja y marrón a ambos lados.
A Alice le encantaba el pequeño comedor con los asientos tapizados en flores verdes y la mesa que se convertía en una cama adicional; la alfombra peluda y mullida, los paneles de madera, la nevera y la estufa diminutos, e incluso el retrete que se vaciaba al presionar un pedal.
El sofá del extremo se convertía en una cama matrimonial y arriba tenía compartimentos para guardar toda la ropa.
Hasta contaba con una cortina para mayor privacidad.
Tom le aseguró que podían pagar las cuotas y le recordó que el médico había dicho que ella necesitaba relajarse.
Alice hizo girar el vino en la copa, decidida a ser diferente en este viaje. Volvería a ser divertida. Solo necesitaba unos minutos para recomponerse. El vino había sido un error.
—Podemos jugar al Uno —propuso Tom.
—¿Después de cenar? Quiero darme una ducha. Estoy toda pegajosa.
—¿Quieres que te acompañe hasta allí?
—No hace falta. —Le dio una palmadita en el hombro. “¿Ves? Estoy muy bien”.
El baño olía a moho, el suelo de cemento estaba áspero por la arena, y las duchas, llenas de envases vacíos de champú y restos de jabón.
Alice apartó con el pie la cortina de plástico que se le pegaba a las piernas y deseó poder ducharse en la autocaravana, pero Tom prefería que usaran las instalaciones del camping para no tener que vaciar los tanques todos los días.
Se colocó el gorro de baño y se lavó rápidamente bajo el chorro tibio.
Ya se había secado y vestido con ropa limpia, y se disponía a recoger sus pertenencias cuando oyó el plap-plap de unas sandalias. Salió de la zona de las duchas y se sorprendió al ver junto al lavabo a la chica rubia; la muchacha dio un respingo y se volvió de golpe.
—Perdona —dijo Alice—. No quise asustarte.
—Está bien. —La chica dobló un trozo de toalla de papel y se inclinó para envolver con él la correa delantera de su sandalia. Hizo una mueca de dolor—: Ampollas. Olvidé coger tiritas.
—Tenemos un botiquín en la autocaravana. Si quieres, puedes pasar por allí.
La chica se irguió y se mordió el labio, evaluando la invitación. De grandes ojos azules y facciones delicadas, casi de muñeca, parecía demasiado delgada para la blusa blanca estilo baby doll que vestía, que se inflaba en torno a su cintura.
—Eres muy amable, pero debería preguntarle a mi novio.
Alice esperó mientras la muchacha se cepillaba el cabello y se aplicaba brillo labial. Luego guardó todo en un colorido bolso multicolor hecho de cuadrados de ganchillo, lo metió en su mochila, que estaba apoyada contra la pared, y se la colgó de los hombros.
Cuando salieron, el muchacho aguardaba fuera, con los brazos cruzados sobre el pecho, las gafas de sol subidas a la cabeza y la mochila a sus pies. Un cinturón de macramé le sostenía los vaqueros sobre las caderas estrechas.
Entornó los ojos oscuros al ver a Alice y a la chica.
—¿Todo bien, amor?
—Ajá. —Ella lo tomó del brazo—. Esta señora tiene tiritas.
Alice le tendió la mano.
—Soy Alice Bell.
La chica fue la primera en estrechársela.
—Me llamo Azul. Y él es Río.
Alice disimuló una sonrisa. “Hippies”, pensó.
Quizás iban camino a trabajar en alguna granja durante el verano o a un festival de música.
Le tendió la mano al chico: cálida y áspera por los callos.
Tenía los nudillos marcados y duros. Él retiró la mano y la metió en el bolsillo delantero del pantalón.
—¿Queréis que vayamos a buscar las tiritas? —preguntó Alice—. No estamos lejos.
Azul miró al chico, que asintió con un leve movimiento.
Caminó junto a Alice, y su novio las siguió.
Intercambiaron comentarios triviales sobre el clima y el hermoso entorno del campamento, los senderos cubiertos de musgo.
Azul hablaba con voz algo ronca; su acento canadiense alargaba las vocales y levantaba el final de las frases, lo que a Alice le pareció encantador.
Una joven con camiseta con tirantes y pantalones cortos caminaba hacia ellas. Se detuvo a recoger unas flores silvestres y añadió unas hojas de helecho para armar un ramillete. Cuando vio a Río detrás de ellas, le dedicó una sonrisa coqueta y saludó con voz dulce: —¡Hola!