Capítulo 28 – La cena
La tarde siguiente, Edoardo estaba en la cocina. No porque tuviera que cocinar, sino porque no podía quedarse quieto. Lucía lo miraba mientras él movía una silla, después la volvía a poner en su lugar, después la volvía a mover.
—Edoardo. La silla está bien.
—Ya sé.
—¿Entonces por qué la mueves?
Se detuvo. —No sé.
Se acercó, agarró la silla, la puso exactamente donde estaba antes. —Así. Ahora basta.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—No. Pero no sé qué va a decir.
—¿Él?
—Él.
Le agarró la mano. —Diga lo que diga, yo estoy acá.
El corazón le latió más fuerte.
El padre de Edoardo llegó justo a las ocho.
El mismo abrigo oscuro, los mismos zapatos lustrosos.
Pero cuando entró a la trattoria, se detuvo en el umbral.
Miró las mesas, las sillas, el mostrador de madera gastado.
La luz era cálida —las velas en las mesas, las lámparas de aceite— y el aroma de la comida llenaba el cuarto.
Parecía que el restaurante lo estuviera esperando.
—Es acá.
—Es acá.
—Es más chico de como lo recordaba.
—Ya sé.
—Pero es lindo.
El abrigo oscuro parecía fuera de lugar en ese cuarto de madera y luz cálida. —Sí. Es lindo.
El padre de Lucía salió de la cocina. Alto, ancho, el pelo gris, un delantal manchado de tomate —se lo había olvidado puesto—. Al ver al padre de Edoardo, se detuvo. La mirada fue del abrigo a los zapatos, después a la cara.
—Señor Venturi.
—Señor Bianchi.
Se estrecharon la mano. El apretón del padre de Lucía firme, sólido, como midiendo al otro. El del padre de Edoardo más breve, más medido. Por un momento, ninguno de los dos habló. Después el padre de Lucía sonrió, una sonrisa ni cálida ni fría, pero atenta.
—Siéntese.
El padre de Edoardo dio un paso adelante, pero tropezó levemente con la alfombra, vieja, gastada, que no se había dado cuenta que tenía bajo los pies.
—Ah.
—Es la alfombra. Es vieja.
—Ya veo.
—Pero aguanta.
Asintió. —Ya veo.
La madre de Lucía salió de la cocina. Chica, el pelo gris recogido en un rodete, una sonrisa que parecía no irse nunca. Al ver al padre de Edoardo, le estiró la mano.
—Bienvenido. Soy la madre de Lucía.
—Mucho gusto.
—El gusto es mío. —Lo miró—. Se parece a su hijo.
—¿Me parezco?
—Sí. —Sonrió—. Los mismos ojos. La misma expresión.
No contestó. Pero sus ojos se quedaron fijos en ella, como si no esperara que alguien dijera algo así.
Lucía salió de la cocina con un plato. Lo dejó en la mesa —pasta con tomate, el aroma a albahaca llenando el cuarto—. Después se detuvo, miró a su padre, que todavía llevaba puesto el delantal.
—Papá. El delantal.
Se lo miró. Manchado de tomate, una mancha de harina en el bolsillo. Soltó una carcajada, una risa que le sacudió los hombros.
—Me olvidé. —Se lo sacó, lo dobló, lo dejó en una silla.
—Coman —dijo Lucía—. Antes de que se enfríe.
Se sentaron. El padre de Edoardo miró el plato: la pasta, el tomate, la albahaca. Después a Lucía.
—¿Usted cocinó?
—Sí.
—Entonces… —Agarró el tenedor—. Probemos.
Comió en silencio. El padre de Lucía lo miraba, no con hostilidad, pero con atención. La madre de Lucía sonreía. Edoardo miraba a su padre, las manos apretando el tenedor, la cara sin cambiar de expresión.
Al final, dejó el tenedor. —Buena.
Lucía lo miró. —¿Buena?
—Buena. Muy buena.
Asintió. —Gracias.
Miró al padre de Lucía. —Señor Bianchi.
—Dígame.
—Tiene un buen restaurante.
—Ya sé.
—Y… —Hizo una pausa—. Pensé que tal vez…
—¿Tal vez?
Miró la mesa, las velas, el vino. —Tal vez querría venderlo.
Silencio. Todos se quedaron quietos. La madre de Lucía dejó de sonreír. Lucía miró a su padre. Él dejó la copa.
—¿Venderlo?
—Sí. —Se enderezó—. Haría una oferta. Una buena oferta.
El padre de Lucía lo miró largo rato. Después se recostó contra el respaldo.
—No está en venta.
—Ya sé. Pero…
—¿Pero? —Lo miró—. ¿Pero qué?
Abrió la boca. Después la cerró. Miró el plato. —No entiendo.
—¿No entiende qué?
—Por qué… —Se detuvo—. Por qué alguien rechazaría una buena oferta.
Una sonrisa más lenta, más cansada. —Este restaurante es de mi padre. Y de su padre. Y de su abuelo. —Hizo una pausa—. No está en venta.
—Pero…
—Pero nada. —Lo interrumpió—. No podría hacer nada. Porque no está en venta.
Silencio. Miró el plato: la pasta casi terminada, pero no la tocó más.
—Entiendo.
—¿Entiende?
—Entiendo. —Asintió—. Disculpe.
—No hay nada que disculpar. Pero…
—¿Pero?
—Está bien que haya preguntado.
—¿Por qué?
Sonrió. —Porque significa que mi hijo eligió bien.
Miró a Edoardo, después a Lucía, después de nuevo al padre de ella. —¿Su hijo?
—Edoardo. —Asintió—. Mi hijo.
Una sonrisa más chica, más cansada. —Entiendo.
—¿Entiende?
—Entiendo. Usted tiene razón.
La cena siguió. El vino corría, las risas empezaban a sentirse.
El padre de Edoardo se relajó, apenas, pero lo suficiente.
Habló del trabajo, de los viajes, de Florencia.
El padre de Lucía habló del restaurante, de los olivos, del mar.
La madre contó una historia de Lucía de chica, que se había perdido en el mercado y se había comido todas las aceitunas.
Lucía se puso colorada. —Mamá.
—Es verdad —dijo la madre.
—¿Aceitunas? —preguntó Edoardo.
—Aceitunas.
—¿Todas?
—Todas.
Soltó una carcajada, una risa que le sacudió los hombros. —Entonces es tu culpa.
—¿Mi culpa?
—Sí. Si no te hubieras comido las aceitunas, no habrías aprendido a cocinar.
Sacudió la cabeza. —Eres un idiota.
—Ya sé.
—Un idiota que…
—¿Qué cosa?
Sonrió. —Que me hace reír.
El padre de Edoardo los miraba: a él, después a Lucía, después al padre de ella. Por un momento, sus ojos se quedaron fijos en ellos, como si viera algo nuevo.
—Edoardo. ¿Eres feliz?
Miró a Lucía, después de nuevo a su padre. —Sí. Lo soy.
Asintió. Después se levantó. —Entonces tengo que irme.
—¿Ya?
—Ya. —Asintió—. Mañana salgo temprano.
Se levantó también. Su padre ya estaba cerca de la puerta.
—Papá. Gracias por venir.
Una sonrisa que Edoardo nunca le había visto: más grande, más abierta. —Gracias por invitarme.
Estiró el brazo. Su padre dudó, después lo abrazó: un abrazo más largo que el del día anterior.
Cuando se separaron, lo miró. —Edoardo. Llama a tu madre.
—Voy a llamar.
—Y…
—¿Y?
Lo miró. Después sacudió la cabeza. —Nada. Vete.
Salió.
Se quedó mirando la puerta que se cerraba.
—Edoardo —dijo Lucía.
Se dio vuelta.
—¿Cómo estás?
La miró a ella, después la puerta, después de nuevo a ella. —Bien. Estoy bien.
Asintió. —Entonces estás bien.
Soltó una carcajada, una risa que le salió sin control. —¿Estoy bien?
—Sí.
Asintió. —Estás bien —repitió.