Capítulo 29 – La franja blanca
Edoardo se despertó con el sol ya alto. La luz entraba por las persianas y hacía franjas sobre el piso: franjas que atravesaban el polvo, el termo, la mecedora.
Por un momento, se quedó inmóvil. El techo era el mismo. Las vigas de madera oscura. La grieta en el rincón. Pero no la contó.
Se levantó. Los pies descalzos tocaron el piso, frío, pero no como al principio. Fue a la ventana, abrió las persianas. La luz le pegó de lleno en la cara, y cerró los ojos un momento. Cuando los volvió a abrir, la plaza estaba desierta. La fuente hacía su ruido.
—Hoy —murmuró—. Hoy es un día nuevo.
Se dio vuelta. Hércules estaba en el almohadón, dormido, enroscado sobre sí mismo. Abrió un ojo cuando lo sintió moverse.
—Quédate. Vuelvo.
Volvió a cerrar el ojo.
Se vistió. Pantalón, remera, zapatillas. El teléfono estaba en la mesa de luz, cargado, prendido. Lo agarró, lo miró. Ninguna notificación. Ningún mensaje. Lo volvió a dejar.
Salió. La plaza todavía desierta, pero el sol ya estaba caliente. La fuente hacía su ruido. El gato de siempre, en el banco, lo miró pasar.
No se detuvo.
Fue a la trattoria. Las persianas abiertas, la luz entraba. Lucía estaba en la cocina. Levantó la vista, pero no dijo nada. Se limitó a mirarlo, como esperando.
Se detuvo en el umbral. —Buen día.
Asintió. —Buen día.
Silencio. El aroma a café llenaba el cuarto.
—Lucía. Dormí.
Lo miró. —Bien.
—Bien. —Hizo una pausa—. Por primera vez, dormí.
Asintió. Se acercó al mostrador, agarró una tacita, la dejó frente a él. El café estaba caliente, el vapor subía.
—Toma.
La agarró. Estaba caliente, casi demasiado. Tomó un sorbo. Amargo, fuerte.
—Lucía. Hoy…
—¿Hoy?
Dejó la tacita. —Hoy no quiero trabajar.
—¿Entonces qué quieres hacer?
Abrió la boca. Después la cerró. Después la volvió a abrir. —No sé. Pero quiero estar.
Asintió. No dijo nada.
El sol entraba por la ventana, la luz hacía franjas sobre el piso.
—Lucía. ¿Vienes conmigo?
Se sacó el delantal, despacio, sin apuro, y lo dejó sobre el mostrador.
—Sí.
Salió. Ella lo siguió.
La plaza estaba llena de luz. La fuente hacía su ruido. El gato de siempre estaba en el banco.
—Hoy —dijo Edoardo.
—¿Hoy?
—Hoy es el primer día.
No contestó. Pero le apretó la mano un poco más fuerte.
El viento le movía el pelo. Lo miraba con esos ojos oscuros que nunca habían sonreído, pero ahora había algo en ellos. No era calidez. Era presencia. Era el hecho de que estaba ahí.
—Lucía. Gracias.
—¿Por qué?
—Por estar acá.
Asintió.
Caminaron. La calle era angosta, el sol alto. Las casas blancas, los geranios rojos. Los gatos tirados al sol. De vez en cuando alguien los saludaba, una voz, una mano levantada, y ellos contestaban, sin detenerse.
Pasaron frente a la casa de Edoardo. En el umbral, Hércules estaba sentado, mirándolos.
Se detuvo. —Hércules.
No se movió.
—¿Vienes?
Lo miró. Después se levantó, se estiró, un estiramiento lento y largo que le arqueó la espalda, y los siguió.
—¿Él también? —preguntó Lucía.
—Él también.
Caminaron los tres. La calle era larga, y el mar ya se sentía: el ruido de las olas, el aroma de la sal.
Miró a Lucía, después al gato que los seguía, después la calle frente a ellos.
—Lucía. No sé adónde vamos.
Lo miró. —Ya sé.
Asintió. —Pero vamos juntos.
Le apretó la mano un poco más fuerte. —Ya sé —repitió.
Las casas se hacían más escasas, el cielo más ancho. El mar estaba cerca: el ruido de las olas, el aire que empezaba a saber a sal.
—Lucía. Gracias.
—¿Por qué?
—Por esperarme.
Sacudió la cabeza. —No te esperé.
—¿Qué?
Se detuvo. Se dio vuelta hacia él. —No te esperé. Te vi llegar.
El viento le movía el pelo, los ojos oscuros, y estaba ahí, exactamente donde tenía que estar.
—Lucía. Yo también.
Sonrió, una sonrisa que nunca le había visto, más grande, más abierta. —Ya sé.
Se dio vuelta y siguieron caminando.
El mar apareció de repente. Azul, inmenso, las olas rompiendo en la orilla. La arena blanca, el sol haciéndola brillar.
Se detuvo. —¿Y ahora?
Lo miró a él, después el mar, después de nuevo a él. —Ahora se empieza de nuevo.
Miró el mar, después el gato, que se había sentado en la arena, mirando fijo el agua con una expresión que parecía decir: no sé qué es esto, pero me gusta.
Se rió, una risa que le salió sin control, que le sacudió los hombros.
—Hércules. No sabes qué hacer.
No contestó.
—¿Y tú? —preguntó Lucía—. ¿Tú sabes qué hacer?
La miró a ella, después el mar, después de nuevo a ella.
—No. Pero quiero descubrirlo.
Asintió. —Entonces descúbrelo.
Miró el mar. El sol estaba alto, las olas hacían su ruido.
—Lucía. Hoy es el primer día.
No contestó. Pero le apretó la mano.
Y se quedaron ahí, mirando el mar. El gato estaba a su lado, sentado en la arena.