Capítulo 26 – El robot
Edoardo volvió a la casa con el sol ya alto. La puerta seguía abierta, la había dejado abierta, como siempre. Hércules estaba en el almohadón, dormido, enroscado sobre sí mismo como una pelota anaranjada.
—Hércules. Volví.
Abrió un ojo, lo volvió a cerrar.
Miró la casa. La luz entraba por la ventana sucia y hacía franjas sobre el piso, franjas que mostraban cada grano de polvo. Estaba en todas partes. En el piso. En la mecedora. En la mesa. En ese viejo termo que Lucía había olvidado y que él nunca había movido.
Se agachó, pasó un dedo por el piso. El dedo salió gris.
—Polvo —murmuró—. Siempre polvo.
Fue a la cocina. Abrió el mueble bajo la pileta. Una escoba —la vieja, de ramas— y una pala. Una botella de detergente. Un trapo, gris, gastado, con un agujero en el medio.
Lo agarró. La tela se deshizo entre sus dedos como papel de seda.
—No sirve.
Hércules maulló desde el cuarto.
Lo ignoró. Agarró la escoba, fue al living, y empezó a barrer. El polvo se levantó en una nube: la misma que se había levantado el primer día, cuando Lucía lo miraba con esos ojos que decían “eres un desastre”.
—Ahora soy distinto —murmuró.
El polvo no estaba de acuerdo. Se levantó, se posó sobre él, sobre la silla, sobre la mesa. El piso estaba más sucio que antes. Un grano se le metió en la nariz, y estornudó: un golpe fuerte, que le sacudió los hombros.
—Mierda.
Se limpió la nariz con el dorso de la mano. El polvo se le pegó a la cara.
—Entonces —dijo—, aspiradora.
Agarró el teléfono. Buscó “robot aspiradora”. Cientos de imágenes. Chicos, redondos, blancos. Otros negros, con luces azules. Uno parecía un platillo volador.
Miró los precios. El más barato: cien euros. El más caro: ochocientos.
—Ochocientos —murmuró—. Por una aspiradora.
Hércules entró a la cocina. Se restregó contra su pierna.
—Ahora no. No tengo plata.
Maulló. Se restregó de nuevo.
—Ya sé. Tú también tienes hambre.
Salió. La plaza estaba desierta. Un gato estaba sentado en el banco.
—¿Otra vez tú?
No contestó.
Fue a la trattoria. Lucía estaba en la cocina. Levantó la vista.
—Edoardo.
—Lucía.
—¿Qué pasa?
Se detuvo en el umbral. Las manos todavía sucias de polvo. —Tengo que comprar una aspiradora.
Miró sus manos. —¿Una aspiradora?
—Un robot aspiradora.
—¿Un robot?
—Un robot. —Hizo una pausa—. Para el polvo.
Soltó una carcajada, una risa que le sacudió los hombros. —No tienes plata.
—No tengo plata.
—¿Y quieres comprar un robot?
—Quiero comprar un robot.
Sacudió la cabeza. Se secó las manos en el delantal. —¿Con qué trataste de limpiar?
—Con el trapo.
—¿Y?
—Y se rompió.
Se rió de nuevo. —El trapo se rompió.
—Sí.
—Y pensaste que un robot era la solución.
—Sí.
Asintió. —Entonces el primer sueldo llega en una semana.
—¿En una semana?
—En una semana. —Se secó las manos—. Y entonces vas a poder comprar tu robot.
Miró sus propias manos, todavía sucias de polvo. —Lucía. Nunca esperé nada.
—Entonces espera.
Se sentó a la mesa. La silla crujió: el mismo crujido del primer día.
—Lucía. Gracias.
—¿Por qué?
—Por esperarme.
Asintió. —De nada.
Salió. La plaza estaba desierta, el sol alto. El gato seguía en el banco.
—En una semana —dijo.
No contestó.
Volvió a la casa. La puerta seguía abierta. Hércules estaba en medio del piso, sentado, justo donde el polvo era más denso. Lo miraba con esos ojos que parecían decir: bueno, ahora limpia.
—No tengo aspiradora.
No se movió.
—No tengo trapo.
No se movió.
—Solo te tengo a ti.
Se levantó. Se acercó a su pierna. Se restregó contra él: una vez, despacio, como diciendo que estaba bien así.
Se agachó. Lo agarró entre las manos. Estaba caliente, liviano, el cuerpo vibrando con un ronroneo leve.
—Hércules. En una semana compro un robot.
No contestó.
Miró el polvo. La luz entraba por la ventana, hacía franjas sobre el piso.
Se sentó en el piso, al lado del gato. El polvo se le pegó a los pantalones.
—En una semana —repitió.
Se apoyó contra la pared. Estaba caliente.
Hércules se acostó a su lado, enroscándose sobre sí mismo.
Cerró los ojos.
Sentía el calor de la pared, el peso del gato a su lado, el silencio de la casa.
—En una semana —murmuró.
Y no se movió. El gato se acomodó más cómodo sobre sus rodillas. Edoardo cerró los ojos.