Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2) Capítulo 24 – La llamada
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Capítulo 24 – La llamada

Edoardo se quedó sentado en la mesa de la trattoria. La tacita estaba vacía, pero él la sostenía todavía entre las manos, como si el calor pudiera darle el coraje que le faltaba.

—¿No lo llamas? —preguntó Lucía.

Levantó la vista. —Lo llamo.

—¿Entonces?

—Entonces no sé qué decir.

Se sentó frente a él, los ojos oscuros como siempre. —Dile la verdad.

—¿Cuál verdad?

—La que descubriste. —Hizo una pausa—. La que tienes en el bolsillo.

Tocó la fotografía. Seguía ahí, contra el pecho.

—Lucía. Tengo miedo.

—¿De qué?

—De llamarlo. —Hizo una pausa—. De lo que va a decir. De lo que… —Se detuvo—. De lo que no va a decir.

Asintió. —Entonces llámalo igual.

Agarró el teléfono. La batería estaba muerta. Se había olvidado. No lo cargaba hacía días.

—Está descargado.

Se levantó, fue a la cocina, volvió con un cargador. —Toma. Enchúfalo.

—¿Por qué lo tienes?

—Porque… —Sonrió—. Sabía que lo ibas a necesitar.

Lo enchufó. La pantalla se iluminó. El símbolo de la batería estaba rojo, pero empezaba a cargarse.

—Espero.

—Espera.

Pasaron cinco minutos. Después diez. Después quince.

El teléfono se prendió. Las notificaciones llegaron: una ola de mensajes, llamadas perdidas, correos. La mayoría de amigos de Florencia. Algunos de su madre. Uno de su padre, de semanas atrás: “¿Cómo estás? Llama cuando puedas.”

Miró el mensaje, después a Lucía. —Lo llamo.

—Llámalo.

Apretó el botón. El teléfono sonó. Una vez. Dos veces. Tres veces.

—¿Hola? —La voz de su padre. Cansada.

—Papá, soy yo.

Silencio.

—Edoardo.

—Sí.

—¿Estás vivo?

Soltó una carcajada. —Sí. Estoy vivo.

—¿Y entonces por qué no llamaste?

Sintió en la voz de su padre una sombra de preocupación bajo el cansancio. —No sé. Pero necesito hablarte.

Silencio. —¿De qué?

Tocó la fotografía en el bolsillo. —De Oria. De ti. De… —Se detuvo.

—¿De qué?

—De ella.

Silencio. Más largo que antes.

—¿Ella? ¿Quién?

—La señora Erario.

Silencio tan largo que pensó que se había cortado la línea.

—¿Papá?

—Acá estoy. —La voz más baja—. ¿Y qué pasa con la señora Erario?

El corazón le latía fuerte. —Vi la fotografía. La que sale cuando eras joven. Con ella.

Silencio.

—Era feliz. En la foto.

—Era feliz.

—¿Entonces por qué te fuiste?

Silencio. Después: —Porque no era mi lugar.

—Pero eras feliz.

—Era feliz. Pero no era mi lugar.

Apretó el teléfono. Los dedos blancos.

—Papá. No entiendo.

—¿Qué?

—¿Cómo se hace para dejar un lugar donde uno es feliz?

Silencio tan largo que pensó que su padre había colgado.

—¿Papá?

—Acá estoy. —La voz más ronca—. No sé. Pero lo hice.

—¿Por qué?

—Porque tenía miedo.

—¿Miedo?

—Miedo. —Una pausa—. De que no durara.

El corazón le latía más fuerte. —¿Y ahora? ¿Ahora tienes miedo?

Silencio. Después: —Ahora no.

—¿Por qué?

Suspiró, un sonido largo, cansado. —Porque vi que tú no tienes miedo.

Cerró los ojos.

—Papá. ¿Puedo quedarme?

Silencio.

—¿Quedarte?

—Quedarme. En Oria.

Silencio. Después: —Si quieres.

—¿Si quiero?

—Si quieres. —Una pausa—. Es tu decisión.

El teléfono le calentaba la oreja. —Entonces me quedo.

—Está bien.

—¿Está bien?

—Está bien. —Una pausa—. Y si necesitas algo…

—¿Si necesito algo?

—…llama.

Un nudo en la garganta. —Voy a llamar.

—Y cuídate.

—Me voy a cuidar.

Silencio. Después, antes de que su padre colgara: —Papá.

—Dime.

—Gracias.

Silencio. —¿Por qué?

—Por mandarme acá. —Hizo una pausa—. Por salvarme.

Silencio. Después una voz más baja, más ronca.

—No te salvé. Te dejé ir.

El teléfono le quemaba la mano. —Ya sé. Pero es lo mismo.

Silencio. Después, inesperadamente, una risa: una risa que su padre nunca le había dado. Corta, amarga, pero verdadera.

—Eres como yo.

El corazón le latió más fuerte. —Ya sé.

—Pero eres mejor.

No contestó. No podía.

—Llama a tu madre —dijo su padre—. Te extraña.

—Voy a llamar.

—Y…

—¿Y?

—Y sé feliz.

Cerró los ojos. —Lo voy a ser.

La línea se cortó.

Se quedó ahí, con el teléfono muerto en la mano. La tacita seguía en la mesa. La fotografía todavía en el bolsillo.

—Edoardo —dijo Lucía—. ¿Cómo estás?

La miró, después la ventana. El sol entraba, hacía luz.

—No sé. Pero por primera vez, no tengo miedo.

Asintió. —Entonces estás bien.

Sonrió, una sonrisa cansada, pero verdadera. —Estás bien —repitió.