Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2) Capítulo 23 – La chica del horno
80%

Capítulo 23 – La chica del horno

Edoardo no durmió. Pero no era un insomnio como los de los primeros días, cuando el silencio de Oria lo volvía loco y su cuerpo se negaba a detenerse. Ahora era distinto. Era un insomnio pleno, como si adentro suyo hubiera demasiado espacio y demasiado poco tiempo para llenarlo.

Cuando el sol empezó a entrar por la ventana, se levantó. Hércules seguía en el almohadón, enroscado sobre sí mismo; cuando lo vio moverse, abrió un ojo, lo volvió a cerrar.

—Quédate. Yo voy.

No contestó.

La fotografía estaba sobre la mesa. La agarró, la miró. Su padre sonreía. La joven señora Erario se reía.

—Hoy llamo a papá.

Pero antes, tenía que pasar por la veterinaria. Hércules tenía hambre —siempre tenía hambre— y la heladera estaba vacía. No podía seguir dándole solo leche. Tenía que comprar comida de verdad.

El local quedaba en una calle lateral, justo saliendo de la plaza. Una vidriera chica, alguna correa colgada, una jaula vacía en el rincón. Sobre la puerta, un cartel descolorido: Guau & Miau.

Entró. Adentro chico y repleto: cajas de croquetas, bolsas de arena para gatos, comederos de plástico apilados hasta el techo. Un olor mezcla de heno, alimento y polvo le llenó las narices.

—¡Buen día! —dijo el dueño, un hombre pelado, bigotes grises, un delantal azul manchado—. ¿Qué busca?

—Comida para gatos.

—¿Cría?

—Cría.

Asintió y se dio vuelta hacia la repisa. —Entonces, estos son los mejores. —Agarró tres latas, las dejó en el mostrador—. Pruebe estas. Una de pollo, una de pescado, una de carne. Va a ver cuál prefiere.

Eran de colores, con dibujos de gatitos sonriendo.

—¿Cuánto es?

—Treinta euros.

Estiró la mano hacia el bolsillo. Después se detuvo. No tenía plata.

—Eh.

—¿Eh?

—No tengo plata.

El hombre soltó una carcajada. —¿Eres el chico de Florencia?

—Sí.

—Entonces… —Puso las latas en una bolsa—. Llévatelas. Pagas cuando tengas plata.

—¿Usted también?

—Yo también. —Sonrió—. Ya todo Oria sabe que tú… —Hizo una pausa—. Que no tienes plata.

Soltó una carcajada. —Entonces es fama.

—Es fama. —Le entregó la bolsa—. Pero al menos el gato come.

La agarró. Pesaba. —Gracias.

—De nada. Y si el gato no come el pescado, vuelve. Te lo cambio.

Salió del local. La bolsa pesada le tironeaba el brazo. Cruzó la plaza —los banderines todavía quietos, el sol ya alto— y vio el bar abierto. Las persianas levantadas, el aroma a café mezclado con el del pan.

Se detuvo. La garganta seca, y la noche sin dormir empezaba a hacerse sentir.

—Un café. Y después llamo a papá.

Entró. El bar chico, como todo en Oria. Tres mesas, un mostrador de madera gastado, la máquina de café silbando vapor. El hombre de los bigotes grises —el que había conocido el primer día— estaba atrás del mostrador.

—¡Edoardo! El chico de Florencia.

—Buen día.

—¿Café?

—Café.

Preparó un espresso. El ruido de la máquina —el silbido, el gorgoteo— llenó el silencio del bar. Dejó la tacita en el mostrador.

—Aquí tiene.

La agarró. Estaba caliente. Tomó un sorbo. El café estaba amargo, fuerte, y le entró a la garganta como una descarga.

—Gracias.

—De nada. —Señaló la bolsa—. ¿Y eso?

—Comida para gatos. Para Hércules.

Asintió. Después miró hacia la puerta.

Se dio vuelta.

Chiara estaba en el umbral.

Un vestido liviano, el pelo suelto, no el delantal de siempre. Al verlo, se detuvo.

—Edoardo.

—Chiara.

Dudó un momento. Después entró.

—Buen día —le dijo al mozo.

—Buen día, Chiara.

—Un café, por favor.

Otro espresso, el vapor silbando, el café cayendo en la tacita. Lo dejó en el mostrador.

Lo agarró, pero no tomó. Lo sostuvo entre las manos, como para calentarse.

—¿Cómo estás?

Levantó la vista. —Estoy bien. ¿Y tú?

Dudó. —No sé. Pero tal vez… —Se detuvo.

—¿Tal vez?

—Tal vez estoy aprendiendo.

Sus ojos eran celestes, como siempre, pero había algo distinto: un cansancio que antes no estaba.

—Me enteré de la señora Erario.

—Sí.

—¿Cómo está?

—Está bien. Está estable.

Asintió. Tomó un sorbo de café. —Fuiste tú.

—¿Qué?

—Llevarla al hospital.

—No. —Hizo una pausa—. La ambulancia. Pero yo estaba ahí.

Asintió, despacio. —Eres distinto.

—¿Distinto?

—Sí. —Se pasó una mano por el pelo—. Eres más… serio.

Bajó la mirada a la tacita. El café ya casi terminado. —Tal vez.

Por un momento, silencio. —Entonces es ella.

Levantó la vista. —¿Qué?

—Lucía. —La voz plana, pero no triste—. Es ella.

El corazón le latió más fuerte. Pero no dijo nada.

Asintió, apenas, como si hubiera entendido algo que ya sabía. —Cuando me dijiste que no querías el pan, entendí. Pero no quería creerlo.

—Chiara…

—Nada. —Lo interrumpió—. No tienes que decir nada. —Tomó otro sorbo—. Ya sé.

Las manos quietas sobre la tacita. —Fuiste buena conmigo.

—Sí.

—No quería…

—Puedes decirlo. —Lo interrumpió de nuevo—. No querías lastimarme. Pero lo hiciste igual.

Un nudo en la garganta. La tacita caliente entre los dedos. —Lo siento.

Sonrió, una sonrisa más chica, más cansada. —No hace falta. —Tomó un último sorbo—. Lucía es buena persona. Se merece a alguien que… —Se detuvo—. Se merece a alguien que la mire como tú la miras.

—Chiara…

—Vete. —Se levantó—. Ella te espera.

Se levantó también. La bolsa de comida para gatos pesaba en su mano.

—Chiara. Gracias.

Se detuvo. No se dio vuelta. Asintió, apenas, y salió.

Se quedó mirando la puerta que se cerraba. El mozo lo miró.

—Es una buena chica.

—Ya sé.

—Pero no es la tuya.

Asintió. —Ya sé.

Salió. El sol estaba más alto, el aire caliente. Caminó hacia la trattoria con la bolsa pesada en la mano.

Lucía estaba en la cocina. El aroma a café llenaba el cuarto.

—Buen día.

Se dio vuelta. —Buen día.

Dejó la bolsa sobre el mostrador.

—¿Qué es?

—Comida para gatos.

—¿Para Hércules?

—Para Hércules.

Miró la bolsa, después a él. —Compraste comida para gatos.

—Compré comida para gatos.

—¿Con qué plata?

Soltó una carcajada. —No sé. Pero la tengo.

Sonrió. —Eres un idiota.

—Ya sé.

—Un idiota que tiene un gato.

—Un idiota que tiene un gato.

—¿Y la fotografía?

La sacó del bolsillo. La dejó sobre el mostrador.

—Aquí está.

La miró. Después a él. —Tu padre.

—Sí.

—Joven.

—Joven.

Lo miró un buen rato. —Eres como él.

—Eso dicen.

Levantó la vista, los ojos oscuros. —¿Y tú? ¿Tú qué dices?

Abrió la boca. Después la cerró. —No sé. Pero tal vez…

—¿Tal vez?

—Tal vez quiero descubrirlo.

Asintió. —Entonces descúbrelo.

Agarró la fotografía, la miró, se la volvió a guardar en el bolsillo.

—Lucía. Hoy llamo a mi papá.

—Llámalo.

Asintió. Se sentó.

Y el sol entraba por la ventana, y hacía franjas sobre el piso.