Capítulo 22 – La fotografía
Edoardo apagó el motor. El silencio cayó de repente, roto solo por el tictac del motor enfriándose.
—Llegaste —dijo Lucía.
—Llegué.
—¿Puedo…? —Se detuvo.
—¿Qué?
Sacudió la cabeza. —Nada. —Abrió la puerta—. Anda a dormir.
—Lucía. Gracias.
Asintió. —De nada.
Lo dejó ahí, la mano todavía en el volante.
Se bajó del auto. El frío de la noche le pegó en la cara como una cachetada, y por un momento se quedó inmóvil, las manos todavía apretando un volante que ya no estaba. Después las aflojó, una por una. Los dedos le dolían de tanta tensión.
Entró a la casa. La puerta crujió, y el ruido pareció demasiado fuerte en el silencio.
Hércules estaba en el almohadón, enroscado sobre sí mismo. Cuando lo sintió entrar, levantó la cabeza, abrió un ojo, después lo volvió a cerrar. Parecía decir: volviste, bien.
Se agachó a su lado. Lo acarició, una vez, suave. El pelaje estaba caliente.
—Hércules. Estoy acá.
No contestó. Pero el cuerpo vibró apenas, un ronroneo, leve como un suspiro.
Se levantó y fue a la cocina. Abrió la heladera. Vacía. La cerró. Abrió el placard. Un paquete de pasta, una lata de tomates. Cerró.
No tenía hambre. Pero sabía que tenía que comer algo. Agarró el pan —el que Lucía le había dado, todavía ahí— y partió un pedazo. Lo masticó sin gusto, sintiendo solo la textura seca en la boca.
Después se detuvo.
La fotografía.
La señora Erario había dicho: agárrala. En el cajón.
Miró el reloj. Las tres de la mañana. La casa de la señora Erario estaba a dos calles de distancia.
—Ahora no —murmuró.
Pero mientras lo decía, ya sentía los pies moviéndose solos.
La calle estaba desierta, los faroles apagados. Las zapatillas hacían ruido sobre la piedra, cada paso un eco contra las paredes. El aire estaba frío, el aliento se condensaba en nubecitas frente a la boca.
Llegó a la casa. La cortina de encaje seguía en la ventana, inmóvil. La puerta cerrada. Se detuvo. El picaporte de bronce, gastado por los años. Lo tocó. Estaba frío, más frío que el aire.
—Señora Erario —murmuró.
Nadie contestó.
Presionó el picaporte. La puerta se abrió con un gemido, un sonido largo, chillón, que pareció durar una eternidad.
La casa estaba sumida en la oscuridad. El olor a lavanda y cera más fuerte de lo habitual, como si el silencio hubiera amplificado los aromas. Se quedó parado en el umbral, esperando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.
El reloj de péndulo hacía tic-tac, tic-tac. Demasiado fuerte, como si quisiera marcar el tiempo para toda la casa.
Avanzó. Los pasos crujían sobre el piso de madera. Estiró una mano para no caerse —tocó la pared, el papel de la pared áspero bajo los dedos. El corazón le latía en la garganta.
El cajón del aparador. Estaba ahí. Lo abrió. El riel de madera crujió cuando se movió.
La fotografía estaba ahí. En un marco de madera, amarillenta por el tiempo. La agarró. Los dedos tocaron el vidrio: frío, liso.
La llevó hacia la ventana. La luz de la luna entraba apenas, pero alcanzaba para ver.
Su padre. Joven, mucho más joven, tal vez veinte años. Parado frente a la fuente, una remera blanca, una sonrisa que Edoardo nunca le había visto. A su lado, una chica con un vestido liviano y el pelo suelto: la señora Erario, joven, los ojos riéndose.
El pulgar tocó el borde del marco.
—Papá —murmuró.
La voz le salió chica, perdida en la oscuridad.
La sonrisa de su padre era amplia, despreocupada. La chica a su lado se reía, la mano apoyada en su brazo.
La miró un buen rato. Sentía el peso del marco entre las manos, no pesado, pero sólido. Real.
Después lo apretó un poco más y salió.
La calle seguía desierta, el cielo empezaba a aclarar: un hilo de luz en el horizonte. Caminó hacia la casa con la fotografía apretada contra el pecho, bajo la campera. El vidrio estaba frío contra la piel.
Entró. La casa en silencio, el almohadón vacío.
—¿Hércules? —llamó.
Un maullido. Fino. Desde la cocina.
Fue a ver. Hércules estaba al lado de la heladera, los ojos abiertos, con esa expresión que decía: tengo hambre, de nuevo.
Soltó una carcajada, una risa que le salió sin control, que le sacudió los hombros.
—Otra vez hambre.
Abrió la heladera. Vacía. La cerró. —No hay leche. No hay nada.
El gato maulló.
—Ya sé. Ya sé.
Se agachó, lo agarró entre las manos: liviano, cálido. Se restregó contra su pecho. Después, sin avisar, estiró una pata y lo arañó, apenas, en la mano.
—¡Ay! —Retiró la mano. El arañazo era fino, pero ardía.
—¿Qué haces?
Lo miró. Después maulló de nuevo: el mismo sonido, el mismo tono.
—Eres un idiota. Pero eres mi idiota.
No contestó.
Volvió al living. Se sentó en el piso, la espalda apoyada contra el sillón. La fotografía estaba sobre la mesa. La miró.
—Papá. ¿Eres feliz?
La sonrisa de la fotografía no contestaba.
Miró la luz que empezaba a entrar por la ventana: amarilla, cálida, en franjas sobre el piso.
—Lo eras —murmuró.
Acomodó a Hércules sobre las rodillas. Se enroscó, se acomodó, empezó a ronronear.
Cerró los ojos. Sentía el calor del gato en las rodillas, el peso de la fotografía sobre la mesa, el silencio de la casa.
No durmió.