Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2) Capítulo 21 – La carrera
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Capítulo 21 – La carrera

Edoardo no se acordaba de haber empezado a correr. Se acordaba solo del sonido —ese golpe seco, como metal doblándose— y después el vacío. Después los pies golpeando la piedra, los brazos moviéndose sin su permiso, el aliento quemándole en la garganta.

La plaza había desaparecido. Las mesas, los banderines, la música: todo se convirtió en una mancha confusa a los costados.

Solo sentía el corazón golpeándole contra las costillas, y el pensamiento de que la señora Erario estaba ahí, tirada en el suelo, y que él tenía que llegar antes de que fuera demasiado tarde.

Cuando llegó, se arrodilló a su lado. El vestido liviano estaba manchado de polvo. Un corte en la frente —chico, pero profundo— dejaba correr un hilo de sangre por la mejilla. Los ojos cerrados.

—¡Señora Erario! —La voz le salió más fuerte de lo que quería.

No contestó.

Las manos le temblaban mientras le tocaba el pulso. La piel estaba fría, y por un momento no sintió nada. Después, un latido. Débil. Irregular.

—Está viva —murmuró—. Está viva.

—¡Edoardo! —Lucía estaba a su lado, sin aliento, los ojos bien abiertos, una mano en la boca.

—¡Llama una ambulancia! ¡Ve! ¡Ya!

Asintió y salió corriendo, las zapatillas golpeando la piedra, el ruido alejándose.

La sangre seguía corriendo por la mejilla de la mujer, formando un charquito sobre la piedra.

—Señora Erario —dijo, más despacio—. Estoy acá. No se mueva.

Abrió los ojos, despacio, como si le costara un esfuerzo enorme. Estaban vidriosos, pero cuando lo vieron, algo se encendió.

—Edoardo —susurró. La voz un hilo, como si las palabras le costaran esfuerzo.

—Estoy acá.

—Viniste… —Tosió, un golpe seco que le sacudió el cuerpo—. Viniste.

—Vine. —Le agarró la mano. Estaba fría, los dedos finos como ramitas secas—. No hable. Espere la ambulancia.

Sonrió, una sonrisa débil, como si ese esfuerzo le costara todo. La sangre se había detenido, pero la mancha seguía roja.

—Eres como él —murmuró.

—¿Como quién?

—Tu padre. —La voz casi inaudible—. Eres como tu padre.

El corazón le latió más fuerte. Pero no dijo nada. Solo le apretó la mano.

—Señora Erario. Quédese conmigo. ¿Me escucha? Quédese conmigo.

Asintió, apenas, casi imperceptible. Los párpados se le bajaron.

—¡No! —El pánico le subió a la garganta—. ¡Señora Erario! ¡No cierre los ojos! ¿Me escucha? ¡No cierre los ojos!

Los volvió a abrir, despacio, con esfuerzo.

Alrededor de ellos, la plaza se había detenido. La música había cesado, y la gente se había juntado en círculo. Alguien lloraba: un chico, sollozando en los brazos de su madre. Un hombre hablaba por teléfono, con voz agitada. Otros estaban parados, mirando, las manos en la cara.

—¡Ya llega! —gritó alguien—. ¡Llega la ambulancia!

Escuchó la sirena, lejana, pero cada vez más cerca.

—¿Escuchó? —le dijo a la señora Erario—. Ya llega. Ya llega.

Los ojos estaban más débiles. —La fotografía… —susurró.

—¿La fotografía?

—…está en el cajón. Agárrala. —Hizo una pausa, como si le faltara el aire—. Agárrala.

—La voy a agarrar. Pero primero se cura.

Sonrió, una sonrisa más grande, que le iluminó la cara a pesar del cansancio.

—Eres como él —repitió.

Después cerró los ojos.

—¡Señora Erario! ¡Señora Erario, ¿me escucha?!

No contestó.

Sentía sus propias manos temblar. La mano de la señora Erario estaba cada vez más fría.

Después la sirena se hizo más fuerte. La ambulancia llegó con un ruido de frenos, y dos paramédicos bajaron corriendo, con una camilla.

—¡Córranse! —gritó uno de ellos—. ¡Tienen que correrse!

Sintió manos que lo apartaban, suavemente, pero con firmeza. Dio un paso atrás. Después otro. La señora Erario quedó rodeada de manos con guantes blancos, de voces que hablaban rápido, de aparatos que hacían bip.

—Presión noventa sobre sesenta.

—¿Estable?

—Por ahora.

—Cargamos.

Vio cómo la levantaban a la camilla. El cuerpo chico, liviano, como si no pesara nada.

—¡Señora Erario! —gritó.

Nadie lo miró. Los paramédicos ya empujaban la camilla hacia la ambulancia.

Después una mano en su hombro. Cálida.

—Edoardo. —Lucía—. Ven.

La miró a ella, después la ambulancia. Las puertas se estaban cerrando.

—Ven —repitió.

La siguió. Se alejaron de la gente, de la plaza, del ruido de la sirena que se alejaba.

Cuando se detuvieron, las piernas le temblaban. Se apoyó contra la pared de una casa. La piedra estaba caliente bajo la mano.

—Lucía. —La voz le salió ronca.

—Dime.

—Tengo que ir.

—¿Ir adónde?

—Al hospital. —La garganta seca—. Tengo que ir al hospital.

—Entonces ve. —Lo miró—. Agarra el auto.

Asintió. Dio un paso. Después se dio vuelta. —¿Tú?

—¿Yo? —Asintió—. Voy contigo.

El viaje en auto fue una pesadilla. El Panda era chico, el aire caliente, y las manos en el volante no dejaban de temblar. El GPS decía cuarenta minutos, pero a él le parecieron horas.

De vez en cuando, Lucía le apoyaba la mano en el brazo. No hablaba. Pero la mano estaba ahí, cálida, y él sentía su peso.

—Lucía. No puedo manejar.

—Puedes.

—Me tiemblan las manos.

—Entonces para. —La voz firme—. Para y respira.

La calle estaba desierta. El sol se había puesto, el aire se ponía más fresco.

Paró. Apagó el motor.

El silencio fue repentino y ensordecedor.

—Respiro.

—Respira.

Cerró los ojos. Sentía el volante bajo las manos, el asiento contra la espalda, la mano de Lucía en el brazo.

—Bien —dijo ella—. Ahora ve.

El resto del viaje pasó en silencio.

Llegaron al hospital. El edificio blanco y grande, la luz de neón en la entrada demasiado fuerte. Escuchaba el zumbido de los tubos, y el olor a desinfectante que parecía metérsele en las narices.

En la entrada, preguntó.

—La señora Erario —dijo—. Llegó en ambulancia.

La enfermera miró la computadora. Asintió. —Está en el quirófano. Espere en el pasillo.

Se sentó en una silla de plástico. Dura, un ruido chillón con cada movimiento. El pasillo blanco y silencioso, demasiado silencioso. El zumbido de las luces de neón parecía la cosa más fuerte del universo.

—Lucía. No puedo quedarme quieto.

—Entonces camina.

Se levantó y empezó a caminar de un lado a otro. Los pasos hacían un ruido sordo sobre el linóleo.

—¿Y si…? —empezó.

—No pienses.

—Pero si…

—No pienses. —La voz de Lucía era firme—. Espera.

Esperó. Cinco minutos. Diez. Veinticinco. Una hora.

Después salió el doctor. Guardapolvo verde, cara cansada.

—¿Señor Venturi?

Se levantó de golpe. —Sí. ¿Cómo está?

Una sonrisa cansada, pero sincera. —Está bien. Está estable. Tuvo suerte: una fractura en el brazo, algunas costillas fisuradas. Pero la cabeza está a salvo.

Las piernas se le doblaron. Se apoyó contra el respaldo de la silla.

—Gracias —murmuró.

—De nada. —Lo miró—. Pero usted…

—¿Yo?

—Tiene un corte. —Señaló su mano—. Se lastimó.

Miró la mano. No se había dado cuenta de que se había cortado. La sangre ya estaba seca, una línea oscura en la palma.

—No importa.

—Importa. —El doctor asintió—. Venga.

Lo curó. El agua oxigenada silbó y le quemó la piel. No la sintió. Sentía solo el pensamiento de que la señora Erario estaba viva.

Cuando el doctor terminó, dijo: —Puede verla. Pero solo un momento.

Entró al cuarto. La señora Erario estaba acostada en la cama, una curita en la frente, un brazo enyesado. Los ojos abiertos.

—Edoardo —susurró. La voz débil, pero ahí.

—Señora Erario.

—Viniste.

—Vine.

Sonrió, una sonrisa cansada, pero presente. La cara más pálida de lo habitual, las arrugas más profundas.

—La fotografía.

—¿La fotografía?

—Agárrala. —Hizo una pausa, como si le faltara el aire—. Agárrala.

—La voy a agarrar. —Se sentó a su lado—. Pero ahora no.

Lo miró. Después cerró los ojos. El pecho subía y bajaba, despacio, pero regular.

Se quedó ahí, mirándola. La luz de neón del cuarto era débil, y su cara parecía un retrato viejo.

—Señora Erario —murmuró.

No contestó. Dormía.

Salió del cuarto. Lucía estaba parada en el pasillo.

—¿Está bien?

—Está bien. —La voz cansada—. Duerme.

Asintió. —Entonces vamos a casa.

—¿Casa?

—Casa. —Le agarró la mano—. Oria. Hércules te espera.

El corazón le latió más fuerte. Pero esta vez no era miedo.

—Hércules —murmuró.

—Hércules. —Lo miró—. Tiene hambre.

Soltó una carcajada, una risa que le salió sin control, que le sacudió los hombros.

—Tiene hambre —repitió—. Tiene hambre.

Sonrió, una sonrisa cansada, pero verdadera. —Vamos.

Asintió. Su mano estaba en la suya.

Salieron del hospital. Edoardo sentía el peso de la noche sobre los hombros, pero por primera vez no lo aplastaba.