Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2) Capítulo 19 – Los preparativos
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Capítulo 19 – Los preparativos

Oria se estaba preparando para Ferragosto.

Edoardo lo entendió desde el momento en que salió de la casa esa mañana, no porque alguien se lo hubiera dicho, sino porque la plaza estaba irreconocible.

Banderines rojos, amarillos y azules colgados entre los faroles.

Mesas largas alineadas frente a la iglesia. Sillas apiladas como torres de madera.

Marcello ya estaba en su banco, pero no sentado —estaba parado, un martillo en la mano, mirando fijo un clavo con una expresión de profunda concentración.

—Marcello.

—Un momento. —Levantó el martillo, golpeó. El clavo se dobló—. Mierda.

Edoardo soltó una carcajada. —¿Qué es todo esto?

Marcello miró los banderines, después a él. —Ferragosto —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿Ferragosto?

—El quince de agosto. Se festeja. —Se secó la frente.

—¿Y qué se hace?

—Se come. —Sonrió—. Se toma. Se baila. —Hizo una pausa—. Y después se espera hasta el año que viene.

—¿Y quién organiza todo?

—Todos. Cada uno hace algo. Antonio trae el pan. Lucía cocina. Yo… —Señaló el martillo—. Yo pondría los clavos, si no se doblaran.

Se rió de nuevo. —¿Puedo ayudar?

Marcello le entregó el martillo. —Prueba tú.

Lo agarró. Era más pesado de lo que parecía. El clavo estaba doblado a la mitad. Lo enderezó con los dedos —con esfuerzo, el metal era duro— y lo volvió a poner.

—¿Así?

—Así.

Golpeó. El clavo entró derecho. Un solo golpe.

Marcello asintió, despacio, con respeto. —Bien. Eres útil.

—¿Soy útil?

—Eres útil. —Retomó el martillo—. Ahora ve. Lucía te espera.

La trattoria era un caos organizado. Lucía en el mostrador, pero sin lugar para apoyar nada: papeles, listas, lapiceras, un cuchillo, un pedazo de queso. El pelo se le había escapado de la cola, y tenía una mancha de harina en la mejilla.

—Buen día.

Levantó la vista. —Llegas tarde.

—No llego tarde. Es temprano.

—Llegas tarde.

Miró el reloj. Las ocho y diez. —Mínimo —dijo—. Solo mínimo.

Le entregó un papel. —Lista.

Había diez cosas escritas, con una letra chica y ordenada.

—¿Diez?

—Diez. —Se dio vuelta—. Y tú haces cinco.

Leyó. —Pan. Aceitunas. Mesas. Sillas. Luces.

—Exacto.

—¿Y tú?

—Yo hago el resto.

La mancha de harina seguía en su mejilla. —Lucía. Tienes harina.

Se tocó la mejilla, miró la mano. —Ah. No importa.

Salió. La plaza estaba todavía más caótica que antes. Un grupo de chicos trataba de armar un escenario, pero alguien había puesto una viga al revés, y ahora discutían animadamente.

—¡Edoardo!

Se dio vuelta. Chiara, sentada frente al horno, un delantal blanco, las manos enharinadas. Sonrió.

—Estás acá.

—Estoy acá.

—¿Viniste por el pan?

—Sí.

Se levantó, agarró dos panes, los envolvió en papel, con movimientos lentos, casi teatrales.

—¿Para Lucía?

—Para Lucía.

Se los entregó. Estaban calientes, casi demasiado.

—Entonces llévalos.

Los agarró. Sentía el calor a través del papel. —Gracias.

—De nada. —Lo miró—. Y… —se detuvo. Sonrió—. Nada. Vete. Todavía tienes cosas por hacer.

Se dio vuelta hacia la plaza. Llena de gente, ya.

Marcello por fin había arreglado el clavo y estaba colgando el último banderín.

Los chicos del escenario habían resuelto el problema de la viga —alguien la había dado vuelta, y ahora el escenario se sostenía de pie.

Un hombre con manos grandes y un delantal manchado lo saludó.

—¿Aceitunas?

—Aceitunas.

Sonrió, una sonrisa ancha, con algún diente faltante. —¿Para Lucía?

—Sí.

—Entonces… —Agarró una bolsa, la llenó de aceitunas negras—. Estas son las mejores.

El aroma de las aceitunas —salado, intenso— se mezclaba con el del pan.

—¿Cuánto es?

—Para Lucía, nada. —Sonrió de nuevo—. Las paga después.

Se rió. —Entonces no pago nada.

—No pagas nada.

Volvió a la trattoria. Lucía acomodaba los cubiertos. La mancha de harina seguía ahí.

—Aquí tienes —dijo, dejando el pan y las aceitunas.

Los miró. Asintió. —Bien. Ahora las mesas.

—¿Las mesas?

Señaló la puerta. —Afuera. Las acomodas.

Salió. Las mesas eran pesadas, y la primera vez que agarró una casi se cae para atrás.

—Mierda —murmuró.

Logró moverla. Después otra. Después otra. Las sillas eran más livianas, pero muchas, y después de la décima empezó a sentir la espalda.

—¡Edoardo!

Marcello, parado al lado de una pila de sillas. —¿Necesitas ayuda?

—No. Puedo solo.

—¿Puedes?

—Puedo.

Asintió. —Bien. Entonces… —Agarró una silla y la puso al lado de una mesa—. Ayudo igual.

Soltó una carcajada. —Marcello. Eres un viejo cabezadura.

Sonrió. —Y tú eres un joven cabezadura.

—Entonces estamos a mano.

—A mano.

Terminaron las sillas juntos. Se enderezó, sintió la espalda crujir. Era un dolor distinto al de la primera vez, un dolor que casi le gustaba.

—¿Y ahora? —preguntó Marcello.

Miró la plaza. Las mesas en fila, las sillas en su lugar, los banderines al viento. El escenario casi terminado, y los chicos acomodando las luces.

—Ahora espero.

—¿Y mañana?

Sonrió. —Mañana estoy.

Asintió. —Bien. Estás.

Volvió a la trattoria. Lucía tenía una tacita en la mano.

—¿Café?

—Café.

Se la entregó. Estaba caliente, casi demasiado. Tomó un sorbo.

—Lucía. Todavía tienes la harina.

Se tocó la mejilla. La mancha seguía ahí. Se pasó la mano, pero se agrandó.

—Ah. No importa.

Estiró una mano, y sin preguntar —sin pensarlo— pasó el pulgar por su mejilla. La harina se corrió, pero no desapareció.

—¿Así?

—Así. —Retiró la mano—. Mejor.

Sonrió, una sonrisa más grande. —Bien. Ahora… —Se detuvo. Miró por la ventana. Los banderines se movían con el viento—. Ahora esperamos mañana.

El sol entraba por la ventana, y la luz hacía franjas sobre el piso.

—Mañana —repitió.

Y sonrió.