Capítulo 18 – El gato Hércules
Los días pasaron. Edoardo ya no los contaba.
No es que no supiera cuántos eran —sabía que había pasado casi una semana desde que había llamado a su padre— pero no le importaba.
El tiempo en Oria era distinto. No pasaba como en Florencia.
Se estiraba, se ensanchaba, como si tuviera más espacio para respirar.
Esa mañana se despertó con el sol ya alto. Se vistió, salió, fue a la plaza. La fuente hacía su ruido. Un gato estaba sentado en el banco.
—¿Otra vez tú?
No contestó. Pero Edoardo había empezado a pensar que tal vez siempre era el mismo, y que se sentaba ahí a propósito para verlo pasar.
Fue a la trattoria. Lucía ya estaba en la cocina, el delantal atado, el pelo recogido. Le entregó una tacita.
—Espresso.
La agarró. Estaba caliente, casi demasiado. El aroma —amargo, intenso— le entró a las narices como un puñetazo. Tomó un sorbo, después otro. La tacita era chica, pero el café tan fuerte que por un momento sintió que las papilas se le despertaban.
—¿Otro? —preguntó Lucía.
—Otro.
Preparó otro. El ruido de la máquina —el silbido del vapor, el gorgoteo del café cayendo— llenó el cuarto. Se lo entregó.
—Hoy hay mucho que hacer.
—¿Cómo qué?
Miró la ventana. —Como un gato.
Se dio vuelta a mirar.
Había un gato. Pero no uno de los que veía siempre en la plaza. Chico, chiquitísimo, el pelaje anaranjado, los ojos todavía cerrados. Sentado en el umbral, como si hubiera entrado solo, como si siempre hubiera sabido que esa era su puerta.
—¿Qué es eso?
—Un gato.
—Ya veo. Pero es chico.
—Chico —confirmó ella.
—Es una cría.
—Una cría.
Se agachó. El gato lo miró —o tal vez no, porque tenía los ojos todavía cerrados—. Pero soltó un sonido. Un maullido fino, casi imperceptible, como un hilo de aire que se rompe.
—Tiene hambre —dijo Lucía.
—¿Tiene hambre?
—Y tú eres el único que tiene tiempo.
—¿Yo?
—Hay leche en la cocina. Anda a buscarla.
Miró al gato. Después la cocina. Después de nuevo al gato. El cuerpito temblaba apenas.
—No sé cómo se hace.
Sacudió la cabeza. —Agarras la leche. La calientas un poco. La pones en un platito. —Hizo una pausa—. Y después esperas.
—Está bien. Lo hago.
Fue a la cocina. Abrió la heladera. El aire frío le pegó en la cara, y sintió el aroma de la leche, fresco, limpio.
La sirvió en una ollita: blanca, densa, un ruido suave contra el metal.
La puso al fuego. El gas hizo clic, la llama se encendió, azul, después amarilla.
La leche empezó a calentarse, y el olor —dulce, cálido, como un abrazo— se esparció en el cuarto.
—¿Cuánto?
—Hasta que esté caliente.
—¿Caliente cuánto?
—No hirviendo.
Empezaba a hacer burbujitas, apenas visibles, como si estuviera hablando sola.
—¿Así?
—Así.
Apagó el fuego. Sirvió la leche en un platito de cerámica blanco, borde azul. Lo llevó al umbral. El gato seguía ahí.
Se agachó, dejó el platito frente a él. El gato olfateó el aire, la nariz moviéndose apenas, después se acercó. La lengua salió, chiquita y rosa, y empezó a lamer la leche: un ruido suave, como una pluma tocando el agua.
—Está tomando.
—Está tomando.
—Está vivo.
—Está vivo.
El pelaje anaranjado tenía una mancha blanca en la cabeza, una mancha que parecía una estrella. Las orejas todavía dobladas, como si no hubieran crecido lo suficiente, y la cola una bolita suave que se movía apenas.
—¿De dónde viene?
—No sé. —Lucía se agachó a su lado—. Tal vez perdió a la mamá.
El gato seguía tomando. La leche se terminaba, y él la lamía hasta la última gota, la lengua contra el fondo del platito con un ruido seco.
—Lucía. ¿Me lo puedo quedar?
—Es tu casa. Te lo puedes quedar si quieres.
El gato había terminado de tomar y ahora lo miraba —había abierto los ojos, dos rendijas chiquitas y celestes, como dos gotas de cielo.
—¿Y cómo se llama? —preguntó ella.
Lo miró un buen rato. —Hércules.
—¿Hércules?
—Porque… —Soltó una carcajada—. Porque se me ocurrió.
Sacudió la cabeza. —Hércules.
Lo levantó: era liviano, casi sin peso, y sentía el calor de su cuerpo a través de los dedos. —Hola, Hércules.
El gato maulló. Un sonido chiquito, fino, como diciendo: está bien, me llamo Hércules.
—¿Y ahora qué hago?
Lucía se levantó. —Ahora lo llevas a casa. Y le buscas un lugar donde dormir.
Se había dormido entre sus manos, la cabeza inclinada, el cuerpo enroscado como una pelota.
—Un lugar donde dormir. Está bien.
Lo agarró con cuidado, como si fuera de vidrio, y salió. La plaza estaba desierta, el sol alto. Caminó hacia la casa. El gato era liviano, cálido, y respiraba con un ritmo regular, un soplito contra la palma.
—Hércules —murmuró—. Te llamas Hércules.
Llegó a la casa. Abrió la puerta con una sola mano —la otra sostenía al gato— y la casa lo recibió con su silencio. El gato seguía durmiendo.
—Vamos. Te busco un lugar.
Buscó por ahí. En el ropero encontró un almohadón viejo, la funda descolorida, el borde un poco deshilachado.
Lo dejó en un rincón del cuarto, donde el sol no entraba tan fuerte, y puso al gato encima.
Se acomodó, se enroscó sobre sí mismo, y siguió durmiendo.
La cola se movía apenas, como si estuviera soñando.
Lo miró un momento. Chico, frágil, y dormía como si nada en el mundo pudiera hacerle daño.
Después salió, cerró la puerta, y fue a la trattoria.
Lucía estaba en el mostrador.
—¿Y?
Sonrió. —Y tengo un gato.
Asintió. —Ya sé.
—¿Cómo sabes?
—Porque lo veo.
Soltó una carcajada. —Hércules.
—Hércules.
—Es raro.
—Es raro.
El sol entraba por la ventana, y la luz hacía franjas sobre el piso.
—Lucía. Gracias.
—¿Por qué?
—Por la leche. —Hizo una pausa—. Por Hércules.
Sonrió. —De nada.
Volvió a la casa a la tarde. La calle era más larga que de costumbre —o tal vez era solo que pensaba en Hércules. En el gato encontrado en el umbral. En la leche. En el calor de su cuerpo entre las manos.
Abrió la puerta. El gato seguía en el almohadón, dormido, enroscado sobre sí mismo como una pelotita anaranjada. Se agachó a mirarlo. El cuerpo subía y bajaba apenas, un ritmo regular, como una ola diminuta.
—Hércules. Sigues acá.
No contestó.
Se tiró en la cama, pero no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, pensaba en el gato. En que estaba solo. Que no tenía mamá. Que él era el único que podía cuidarlo.
La cama crujió. Se dio vuelta. Crujió de nuevo.
Y entonces lo escuchó.
Un maullido. Fino. Como un hilo de aire que se rompe.
Se levantó. El gato estaba despierto, parado sobre el almohadón, los ojos abiertos: dos rendijitas celestes que lo miraban.
—Hércules. ¿Qué pasa?
Maulló de nuevo. Después, sin avisar, saltó —o mejor dicho, lo intentó, pero no le salió, y cayó al piso con un golpe sordo.
—¡Che! —Se agachó—. ¿Estás bien?
El gato lo miró. Después maulló de nuevo, un sonido más fuerte, casi exigente.
—¿Qué quieres?
Se acercó a su pierna, restregó la cabeza contra el pie descalzo. Una sensación rara: el pelaje caliente, el movimiento leve.
—¿Quieres comer?
Pero no parecía hambre. Parecía más que nada un pedido de atención. De compañía. De calor.
—Está bien. Ven.
Lo agarró entre las manos —liviano, cálido— y lo llevó a la cama. Se acomodó a su lado, se enroscó, y empezó a ronronear. El sonido era suave, como un motor lejano.
—Ah. Así era la cosa.
El cuerpo vibraba apenas contra su costado.
Miró el techo. Las grietas eran siempre las mismas. Veintitrés. Pero no las contó.
—Hércules. Ahora estás acá.
No contestó.
Cerró los ojos. Sentía el calor del gato contra la pierna. Su respiración leve. El ruido de su ronroneo.
Y por primera vez, no pensó en nada.
Pensó solo en el hecho de que ya no estaba solo.