Capítulo 17 – La llamada
Edoardo no se acordaba la última vez que había prendido el teléfono. Llevaba días ahí, en la mesa de luz, tal vez semanas. Pero esa mañana lo agarró. Lo giró entre las manos. El vidrio estaba frío, y por un momento le pareció sostener un objeto muerto.
Apretó el botón. La pantalla se iluminó. El símbolo de la batería estaba rojo, un hilo, nada más. Pero funcionaba. Las notificaciones llegaron como una ola. La mayoría de amigos de Florencia. Algunas de su madre. Una de su padre.
La abrió. “¿Cómo estás? Llama cuando puedas.”
Se quedó mirando la pantalla. El pulgar le temblaba apenas mientras marcaba el número. El teléfono sonó.
—¿Hola? —La voz de su padre. Cansada.
—Papá, soy yo.
—Edoardo. —Una pausa—. ¿Estás vivo?
Soltó una carcajada. —Sí. Estoy vivo.
—¿Y entonces por qué no llamaste?
—No había señal. O tal vez no quería. —Suspiró—. No sé.
—¿No sabes?
—No sé. —Se rascó la nuca—. Pero te llamo porque…
—¿Porque?
Miró la ventana. Un gato estaba sentado en el murito.
—Porque vi a la señora Erario.
Silencio. Un silencio largo, tan largo que pensó que se había cortado la línea.
—¿Señora Erario? —La voz de su padre había cambiado. Más baja, como tratando de esconder algo.
—Sí. Me mostró una foto. Tuya. De joven.
—Ah. —Solo un sonido.
—Eras feliz, papá.
Silencio.
—Era feliz. —Pausa—. Pero no era mi lugar.
—¡Pero eras feliz!
—Era feliz. Pero no era mi lugar.
Apretó el teléfono. Los dedos le dolían de tanto apretar.
—¿Y yo? ¿Para mí es mi lugar?
—No sé. Pero tal vez lo estás descubriendo.
—¿Puedo quedarme?
Silencio. Tan largo que sentía la sangre latiéndole en los oídos.
—¿Quedarte?
—Quedarme. En Oria.
Silencio. Todavía más largo.
—Si quieres. —La voz de su padre era casi un suspiro—. Es tu decisión.
Sintió un nudo en la garganta. Los dedos blancos alrededor del teléfono.
—Entonces me quedo.
—Está bien.
—¿Está bien?
—Está bien. —Pausa—. Si necesitas algo…
—¿Si necesito algo?
—Llama.
—Voy a llamar.
—Y cuídate.
Sonrió. —Me voy a cuidar.
El teléfono se cortó.
Se quedó ahí, con el teléfono muerto en la mano. Los dedos todavía temblaban. La garganta seca.
—Estás vivo —murmuró—. Estás vivo.
Fue a la trattoria. Lucía estaba en la cocina. Levantó la vista.
—¿Y?
Se detuvo en el umbral. —Llamé a mi papá.
—¿Y?
—Y dice que puedo quedarme.
—¿Y tú? ¿Tú quieres quedarte?
Miró la cocina. Los fuegos. Las ollas. El olor a ajo y aceite. Y a ella.
—No sé. Pero quiero probar.
Agarró un trapo. —Entonces estás bien. —Se lo tiró—. Ahora limpia las ventanas.
—¿Las ventanas?
—Están sucias.
La luz entraba, pero el vidrio estaba opaco. —Está bien. Limpio.
Agarró el trapo, lo mojó, y empezó a limpiar. El vidrio se fue poniendo transparente, y afuera se veía la plaza. Los geranios rojos. La fuente. El gato.
Y mientras limpiaba, pensaba en su padre. En la señora Erario. En Lucía.
—Estás bien —murmuró.
Y siguió limpiando.