Capítulo 16 – La visita
Al día siguiente Edoardo se despertó con la espalda todavía dolorida.
Pero era un dolor distinto: ya no ardía, era un dolor sordo, como si la piel se hubiera achicado y estuviera tratando de escaparse de sus hombros.
En el espejo, el hombro derecho empezaba a pelarse en pedacitos blancos, como papel que se enrosca.
—Mierda —murmuró—. Parece una serpiente.
Se vistió con cuidado —cada movimiento le tironeaba la piel— y salió.
La plaza estaba desierta. La fuente hacía su ruido. Un gato estaba sentado en el banco.
—Hoy voy a lo de la señora Erario.
El gato lo miró. Después se levantó, se estiró, y se fue.
—Ni tú tampoco —murmuró—. Ni tú tampoco.
Fue a la trattoria. Lucía estaba en la cocina. Cuando lo vio, le entregó una bolsa de papel.
—Pan. Para la señora Erario.
Lo agarró. Estaba caliente. —Gracias.
—De nada. —Lo miró—. Y no hagas de pelotudo.
Sonrió. —No lo voy a hacer.
Salió.
Via Roma era angosta, con más plantas y geranios que las otras calles.
Las casas más viejas, las persianas de madera oscura, las puertas gastadas por el tiempo.
La casa de la señora Erario estaba al final.
Blanca, con una cortina de encaje en la ventana.
En el umbral, un gato anaranjado dormía al sol.
Se detuvo. El pan estaba caliente en su mano. Golpeó.
Un ruido. Un paso lento. Después un golpe, como si alguien hubiera chocado contra un mueble. Después una voz.
—¡Ya voy! ¡Ya voy!
La puerta se abrió. La señora Erario, sin aliento. El vestido oscuro, el pelo en el rodete, un poco despeinado, como si se hubiera levantado de golpe o hubiera corrido.
—Ah. Eres tú.
—Buen día, señora Erario.
—Entra, entra. —Se corrió, pero demasiado rápido, y casi tropieza con el felpudo—. No te quedes ahí parado como un poste.
Entró.
La casa era chica, pero cálida. El piso de madera crujía bajo los pies.
El olor era denso: lavanda, cera, y algo más, un aroma dulce que no reconoció.
En el living, un sillón cubierto con una manta de lana.
Un aparador lleno de platos de cerámica, todos con el mismo dibujo de flores azules.
Y un reloj de péndulo que hacía tic-tac, tic-tac, demasiado fuerte, como si quisiera marcar el tiempo para toda la casa.
—Siéntate, siéntate —dijo, señalando el sillón.
Se hundió en el almohadón, demasiado blando.
—Traje pan —dijo, entregándole la bolsa.
Ella lo agarró, lo olió. —¿De Antonio?
—No. De Lucía.
—Ah. —Asintió—. Lucía. Es buena.
—Ya sé.
—Y cocina bien.
—Ya sé.
—Y te gusta.
La cara se le puso caliente. La señora Erario lo miró, y soltó una carcajada. Una risa seca, como un ataque de tos.
—Estás rojo como un langostino. Y no solo por el sol.
Abrió la boca para contestar, pero ella ya había desaparecido en la cocina. La escuchó revolver, abrir un mueble, cerrarlo, abrir otro. Después volvió con dos tazas humeantes.
—Té. Toma —dijo, dejando una frente a él.
El vapor subía, denso. Tomó un sorbo.
Y se quemó.
—¡Ay! —La taza cayó sobre la mesita. El té se volcó, un charquito sobre la madera.
Ella soltó otra carcajada. —Está caliente.
—Ya sé —dijo, la lengua en llamas.
—Caliente. Como el sol. Pero tú ya lo sabes.
Se rieron juntos.
—Señora Erario. ¿Por qué me dijo que viniera?
Se sentó frente a él. Agarró su taza, tomó un sorbo —despacio, sin quemarse—. La dejó.
—Porque… —Se detuvo. Miró por la ventana. El reloj hacía tic-tac. El gato anaranjado, en el umbral, se estiró y se dio vuelta.
—Porque tu padre… —siguió. Se detuvo de nuevo, una mano en la cara.
Edoardo esperó.
—Tu padre —dijo finalmente— era como tú.
—¿Como yo?
—Era joven. Era tonto. Y no sabía qué quería.
—¿Y usted? ¿Sabía qué quería?
Una risa más seca, más corta. —Yo siempre supe qué quería. Pero no siempre lo conseguía.
El reloj hacía tic-tac.
—Usted y mi papá…
—Yo y tu papá… —Lo interrumpió. Se detuvo. Volvió a mirar por la ventana. El gato anaranjado se había dado vuelta y la miraba.
—Éramos amigos.
—¿Amigos?
—Amigos. —Asintió—. Nada más.
Silencio. El reloj hacía tic-tac. El té se enfriaba sobre la mesita.
—Pero si quieres saber…
—¿Si quiero saber qué?
Se levantó. Fue al aparador. Abrió un cajón. Sacó una fotografía, amarillenta, en un marco de madera. Se la entregó.
—Mira.
La agarró.
Era su padre. Joven, mucho más joven, tal vez veinte años. Parado frente a la fuente, una remera blanca, una sonrisa ancha. A su lado, una chica con un vestido liviano y el pelo suelto, que se parecía a la señora Erario, pero joven.
—Esto…
—Es tu padre. En Oria.
Su padre se reía. Tenía una sonrisa que Edoardo nunca le había visto.
—Nunca lo vi así.
—Ya sé. —Se sentó de nuevo—. Era feliz.
El pulgar tocó el borde de la fotografía, y sintió el papel amarillento, casi quebradizo.
—¿Por qué se fue?
Ella miró la ventana. El reloj hacía tic-tac.
—Porque… —Una mano en la cara—. Porque no era su lugar.
—Pero era feliz.
—Sí. Era feliz. Pero no era su lugar.
En la foto, su padre se reía. También la chica a su lado —la joven señora Erario— se reía.
—¿Ella estaba enamorada de él?
Silencio. El reloj hizo tic-tac. El gato anaranjado se levantó y salió.
—No importa.
—¿No importa qué?
No contestó. Agarró la fotografía, la miró un momento. La volvió a guardar en el cajón.
—Vete. Ahora vete.
—Señora Erario…
—Vete. —La voz más firme—. Ya dije todo lo que tenía que decir.
Dudó. Después se levantó. —Gracias.
—De nada.
En la puerta, se dio vuelta. —¿Puedo volver?
—Si quieres… —Se detuvo. Después suspiró—. La puerta siempre está abierta.
Salió. La calle era angosta, el sol alto. El gato anaranjado había vuelto, sentado en el umbral, mirándolo.
Se detuvo. —¿Entonces tú ya lo sabías?
El gato no contestó.
—Ni tú tampoco —murmuró.
Caminó hacia la plaza. La espalda todavía le dolía. La lengua todavía le ardía. Pensaba en su padre. En la sonrisa de la fotografía. En la señora Erario diciendo “no importa”.
—No importa —murmuró—. No importa.
Fue a la trattoria. Lucía estaba en el mostrador. Levantó la vista.
—¿Y?
Se detuvo. —No sé.
—¿No sabes?
—No sé. —Una mano en la cara—. Pero tal vez entendí algo.
—¿Qué cosa?
—Que mi papá era feliz. Acá.
—Ya sé.
—¿Lo sabes?
—Ya sé. —Se secó las manos—. Todos lo saben.
Soltó una carcajada, una risa que le salió sin control. —¿Y yo no?
—Y tú no. Pero ahora ya sabes.
—Ahora ya sé.
Lucía agarró una esponja y se la tiró. La atajó al vuelo.
—¿Qué es esto?
—Una esponja.
—Ya veo.
—Entonces. —Se dio vuelta—. El mostrador está sucio.
Miró la esponja, después el mostrador. La mancha de vino seguía ahí.
—Está bien. Limpio.
Y mientras limpiaba, pensaba en su padre. En la fotografía. En la sonrisa.
—Feliz —murmuró.