Capítulo 14 – El mar
Al día siguiente Edoardo se despertó con el sol ya alto. No sabía qué hora era —el teléfono seguía muerto, y reloj no tenía— pero la luz entraba por las persianas como una cuchilla. Se sentó en la cama. Por un momento no entendió dónde estaba. Después se acordó.
—Hoy —murmuró—. Hoy el mar.
Se levantó. El piso estaba frío, pero no lo sintió. Fue al baño, se miró al espejo. La barba más larga. Los ojos cansados. Pero había algo distinto: un brillo, un asomo.
Se duchó —fría, como siempre— y se vistió. Después se detuvo a mirar la heladera.
—Pan —dijo—. Tengo que comprar pan.
Salió. La plaza estaba desierta, pero el sol estaba alto, y el aire ya caliente. El horno estaba abierto. Entró.
Antonio estaba en el mostrador, las manos enharinadas hasta los codos. Cuando lo vio, sonrió.
—Edoardo. El chico de Florencia.
—Buen día.
—¿Pan?
—Pan.
Agarró un pan, todavía caliente, y lo puso sobre un papel.
—¿Hoy tienes plata?
Edoardo sintió que la cara le ardía. —No. Pero mañana. —Hizo una pausa—. Mañana tengo plata.
Antonio sonrió, una sonrisa más ancha. —Entonces llévatelo. Pagas mañana.
Agarró el pan. Estaba caliente, lo sentía quemarle los dedos.
—Gracias.
—De nada. —Antonio se secó las manos—. ¿Y Chiara?
Edoardo se detuvo. —¿Chiara?
—Mi hija. ¿Ya no viene a traerte el pan?
Sintió que la cara le ardía de nuevo. —No. Ya no viene.
Antonio asintió despacio. —Ah. Entiendo. —Después sonrió de nuevo—. Buen día, Edoardo.
Salió. El pan estaba caliente en su mano. Caminó hacia la plaza. La fuente hacía su ruido. Un gato —distinto a todos los demás— estaba sentado en el banco.
—Hoy —dijo—, voy al mar.
El gato lo miró. Después se levantó, se estiró, y se fue.
—Ni tú tampoco —murmuró.
Lucía ya estaba frente a la trattoria. Un vestido liviano, blanco, con flores estampadas, y el pelo suelto. Cuando lo vio, sonrió.
—Estás acá.
—Estoy acá.
—¿Tienes el pan?
Levantó el pan. —Lo tengo.
—Bien. —Se dio vuelta—. Entonces vamos.
—¿Vamos adónde?
—Al mar. ¿Nunca viste el mar de Oria?
—No.
—Entonces ven.
Caminaron. Más allá de la plaza, más allá de las casas, más allá de los olivos. La calle era angosta, el sol alto. El pan estaba caliente en su mano, y el aroma del horno se mezclaba con el olor a pasto seco y tierra.
—Lucía. ¿Por qué me trajiste acá?
Se detuvo. Se pasó una mano por el pelo. —Porque quise.
—No alcanza.
—Entonces porque no quería estar sola.
—¿Y yo? ¿Yo quería estar solo?
—No sé. ¿Tú querías estar solo?
—No.
—Entonces somos dos.
Sonrió. Siguieron caminando.
El mar apareció de repente. Un pedazo de arena —no grande, pero suficiente— y el agua extendiéndose hasta el horizonte. Azul, intensa, el sol haciéndola brillar como un millón de diamantes hechos pedazos.
Se detuvo. —Es hermoso.
—Ya sé.
—Es más lindo de lo que pensaba.
—Ya sé.
—¿Tú lo sabías?
—Lo sabía. —Se sentó en la arena—. Siéntate.
Se sentó a su lado. La arena estaba caliente bajo las manos, casi demasiado, como si hubiera absorbido el sol durante horas. La sentía deslizarse entre los dedos, fina y seca, y por un momento se olvidó del pan.
—¿Comemos?
—Comemos.
Lucía agarró el pan, lo partió en dos, y le dio una mitad. La corteza se rompió con un sonido seco, y las migas cayeron sobre la arena como pequeñas monedas de oro.
—Toma.
Todavía estaba caliente. —Gracias.
—De nada.
Comieron en silencio. El pan estaba bueno —crocante, con el sabor del horno— y la sal del mar se mezclaba con el aroma del trigo. El aire estaba caliente, y el mar hacía un ruido suave, un susurro, como si estuviera hablando con la arena.
Después, desde arriba, un sonido chillón, agudo, que cortó el silencio como un cuchillo.
—¿Qué…? —empezó Edoardo.
—Gaviotas —dijo Lucía.
Levantó la vista. Dos pájaros blancos volaban sobre ellos, las alas abiertas, inmóviles, como suspendidos en el tiempo. Uno gritó de nuevo, un sonido que parecía una carcajada.
—¿Por qué gritan?
—Porque están vivas —dijo Lucía—. Porque están acá.
—Yo también estoy vivo —dijo Edoardo.
Sonrió. —Ya sé.
El viento se levantó de repente, desde el mar: fresco, salado, cargado del olor del agua y las algas. Cerró los ojos y lo sintió en la piel. Un escalofrío, no de frío, sino de otra cosa. De paz.
—Lucía. Nunca te vi así.
—¿Así cómo?
—Así… tranquila.
Sonrió. —En el mar siempre estoy tranquila.
—¿Por qué?
—Porque acá no hay nada.
Miró el mar. El agua era azul, y el sol la hacía brillar. Las olas rompían en la orilla con un ruido regular, un ritmo, como una respiración.
—¿Y yo? ¿Estoy?
Los ojos de Lucía se pusieron oscuros. —Tú estás acá.
Sonrió. —Entonces me quedo.
Su sonrisa se ensanchó, le llenó toda la cara. —Quédate.
El viento sopló de nuevo, y las manos —todavía cubiertas de migas— se apoyaron sobre la arena. La sentía caliente, casi ardiente.
—La arena está caliente.
—Ya sé.
—Parece que quema.
—Quema. —Miró su propia mano—. Pero es lindo.
—¿Por qué es lindo?
—Porque te hace sentir vivo.
Miró el mar. Las olas eran chicas, el sol alto.
—Lucía. ¿Por qué no me dijiste que podía quedarme?
Se pasó una mano por la cara. —Porque no quería que te quedaras por mí.
—¿Entonces por quién?
—Por ti. —Lo miró—. Por ti.
El pan estaba caliente en su mano. —Lucía, eres rara.
—Ya sé.
—Y no sabes nada.
—Ya sé.
Estiró la mano y se la apoyó en el brazo. —Entonces cállate.
No habló. Se quedó sentado, mirando el mar, con la mano de Lucía en el brazo. Las olas hacían su ruido. Las gaviotas gritaban. El sol estaba alto.
Después sintió algo. Un leve ardor en la espalda, como si la piel se estuviera tensando.
—Lucía. Me está quemando la espalda.
—Estás al sol. Es el sol.
—Pero duele.
—Duele porque no te pusiste crema.
—No tengo crema.
—Entonces te quemas.
Soltó una carcajada. —¿Entonces me estoy quemando?
—Te estás quemando. Y no puedes hacer nada.
Se miró el brazo. La piel ya estaba roja. —No importa.
—¿No importa?
—No. —Miró el mar—. No importa.
El viento sopló de nuevo, y el ardor en la espalda se mezcló con el frescor del aire. Y por un momento —solo un momento— sintió que todo era como debía ser.
El mar. Las gaviotas. La arena caliente. Ella.
No pensó en Florencia. No pensó en su padre. No pensó en el teléfono muerto. Pensó solo en el sonido de las olas, en el viento sobre la piel, en el pan que todavía sabía al horno.
—Lucía. Hoy no quiero volver.
—Entonces no vuelvas.
Abrió los ojos. La miró. —Quédate —dijo ella.
Volvió a cerrar los ojos. El viento sopló otra vez. Sentía la arena deslizándose entre sus dedos, el sol quemándole la espalda, la respiración de ella a su lado.
No sabía qué iba a pasar después.