Capítulo 13 – La mañana siguiente
Edoardo no durmió. No porque no pudiera —ya su cuerpo estaba tan cansado que se hubiera podido dormir parado, apoyado contra el mostrador—.
No durmió porque no quería. Porque cada vez que cerraba los ojos, la veía a ella.
Su sonrisa cuando había estornudado. La forma en que había dicho “no lo hagas”.
La forma en que se había levantado y se había ido, dejándolo ahí con el termo todavía caliente.
El termo estaba sobre la mesa. Lo agarró. Todavía estaba tibio. Lo abrió. Adentro, el vino se había terminado. Pero el olor seguía ahí, y lo olió como un idiota.
—Lucía —murmuró—. Eres un genio.
O tal vez el idiota era él. No lo sabía. Pero no importaba.
Se vistió. Salió.
La plaza estaba desierta, pero el sol ya estaba alto. Demasiado alto. La fuente hacía su ruido. Un gato —distinto, pero siempre un gato— estaba sentado en el banco, mirándolo con esos ojos que parecían decir: “otra vez tú.”
—Ya sé —dijo Edoardo—. No dormí.
El gato no contestó. Pero se levantó, se estiró, y se fue despacio.
—Ni tú tampoco —murmuró.
Fue a la trattoria. Las persianas todavía cerradas. Golpeó. Una vez. Dos veces. Nada.
—¿Lucía? —llamó.
Silencio.
Se sentó en el banco frente a la puerta. El termo todavía en su mano. Metal gris, un rasguño en el costado. Parecía viejo, gastado, como si hubiera visto más noches que él.
Pasó media hora. Después una hora. Después escuchó pasos.
Lucía se acercaba. El pelo suelto —no recogido, como siempre, sino suelto, como si recién se hubiera levantado sin tiempo de arreglárselo. La cara más cansada de lo habitual. Cuando lo vio, se detuvo.
—Estás acá —dijo.
—Estoy acá.
—No dormiste.
—Tú tampoco. —Hizo una pausa—. Se nota.
Se pasó una mano por el pelo. —¿Cómo sabes?
—Porque tienes cara de no haber dormido. —Señaló el termo—. Y porque te olvidaste esto.
Miró el termo. Después a él. —No lo olvidé.
—¿Entonces?
Se acercó a la puerta, agarró las llaves. —Entonces lo dejé.
—¿Por qué?
Se dio vuelta. —Porque no quería olvidar.
—Anoche… —empezó Edoardo.
—No pasó nada, ya sé.
—No pasó nada.
—Pero…
—Pero tal vez sí.
—Tal vez sí —repitió ella.
Soltó una carcajada, una risa que le salió sin avisar. Lucía también se rió.
—Entonces —dijo—, ¿entramos?
—Entramos.
Abrió la puerta. La trattoria en silencio, el aroma a café todavía ausente. Lucía se apoyó con las manos en el mostrador.
—Edoardo. El termo…
—¿Qué?
—…es de mi abuela.
Miró el termo en su mano. —¿De tu abuela?
—Sí. —No se dio vuelta—. Es viejo. Pero funciona.
Lo puso en la repisa, detrás de las botellas. —Entonces lo cuido.
Se dio vuelta. —¿Lo cuidas?
—Lo cuido.
Sonrió, una sonrisa chica, casi imperceptible. —Trabajemos —dijo.
El día pasó más rápido que de costumbre. Edoardo sirvió mesas, limpió, llevó platos. Lucía cocinaba. De vez en cuando se miraban. De vez en cuando ella sonreía. Y él sentía que se derretía.
A media mañana, la puerta se abrió.
Edoardo se dio vuelta, esperando que no fuera Chiara. No lo era.
Era Bellini. El traje oscuro. El maletín de cuero. El pelo peinado con la misma precisión de siempre. Su mirada se posó en Edoardo, después en Lucía, después en el local.
—Señor Edoardo. Buen día.
Edoardo se detuvo, un plato suspendido en la mano.
—Buen día.
—¿Cómo va todo?
—Bien.
—¿Bien? —Bellini se acercó—. Me alegro.
Su mirada se detuvo en la repisa. Detrás de las botellas.
El termo.
—Señor Edoardo, ¿usted toma vino a esta hora?
Edoardo sintió que la cara le ardía. —Es un termo. Vino. Pero de ayer.
—Ah —dijo Bellini—. Entiendo.
Su mirada se desvió hacia Lucía, después de nuevo hacia Edoardo.
—¿Puedo hablarle un momento? Afuera.
Edoardo miró a Lucía. Ella asintió, apenas.
Salieron. La plaza estaba desierta, el sol alto. Bellini se detuvo frente a la fuente.
—Su padre está contento —dijo.
—¿Contento?
—Sí. Dice que está trabajando bien. Que no causó problemas. —Hizo una pausa—. Y que se está acostumbrando.
—¿Y entonces?
—Tal vez su estadía en Oria podría terminar antes de lo previsto.
—¿Antes de lo previsto?
—Sí. Su padre dice que demostró ser responsable.
Edoardo se quedó en silencio. La fuente hacía su ruido. Un perro, distinto al de la noche, lo miraba de lejos.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Qué pienso yo?
—Usted puede elegir —dijo Bellini—. Volver a Florencia, o quedarse. Su padre dice que si quiere quedarse, puede. Pero la casa y el trabajo van a ser solo suyos. Sin su ayuda.
Miró la trattoria. Las persianas abiertas, y la luz entraba.
—Tengo que pensarlo —dijo.
—Claro. —Bellini asintió—. Pero no demasiado.
Se dio vuelta. Después se detuvo.
—Señor Edoardo.
—¿Abogado?
—El termo…
—¿Qué?
No se dio vuelta. —Es un lindo termo. —Hizo una pausa—. Pero tal vez no debería dejarlo a la vista.
Edoardo soltó una carcajada.
Bellini se dio vuelta, lo miró un momento. —Buen día.
Se fue.
—Termo —murmuró Edoardo, viéndolo alejarse—. Notó el termo.
Volvió adentro. Lucía estaba en el mostrador.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo bien.
—¿Y qué quería?
—Quería decirme que puedo volver.
Las manos de Lucía se quedaron quietas sobre el mostrador. —¿Y tú? ¿Tú quieres volver?
Miró la repisa. El termo seguía ahí. —No sé.
Ella estiró una mano, agarró un trapo, y se lo tiró. Lo atajó al vuelo.
—Entonces —dijo—, el mostrador no se limpia solo.
Sonrió. —Está bien. Limpio.
Se acercó al mostrador. Empezó a refregar. La mancha de vino —la vieja, seca— seguía ahí. Pasó el trapo por encima. No salió. Pero no importaba.
Mientras limpiaba, sentía la mirada de Lucía sobre él. No se dio vuelta.
Cuando el mostrador quedó limpio —lo suficiente— se secó las manos.
—Listo —dijo.
Lucía estaba cerca de la puerta. —Bien —dijo.
Después sacó algo del bolsillo y lo dejó sobre el mostrador. Un papel.
—¿Qué es? —preguntó Edoardo.
—Lee.
Lo abrió. Adentro, una escritura —su letra, chica y ordenada, la misma de la nota en la almohada.
“MAÑANA. PLAYA. 8 EN PUNTO. TRAE EL PAN.”
—Esto… —empezó.
—Esto es la nota —dijo ella.
—Pero…
—Pero nada. —Se dio vuelta hacia la puerta—. Ahora vete.
—¿Me voy?
—Vete. —Después se detuvo—. Y mañana…
—¿Mañana?
—Trae el pan.
Salió.
Edoardo se quedó ahí, el papel en la mano, viéndola alejarse.
—Trae el pan —murmuró. Después releyó el papel.
“MAÑANA. PLAYA. 8 EN PUNTO. TRAE EL PAN.”
Lo apretó entre los dedos.
Salió de la trattoria. La plaza estaba desierta. El sol se ponía. Caminó hacia la casa.
Llegó. La puerta estaba abierta. Entró. Se tiró en la cama. El techo era el mismo. Las grietas eran veintitrés. Pero no las contó.
Releyó el papel una vez más.
“MAÑANA. PLAYA. 8 EN PUNTO. TRAE EL PAN.”
—Trae el pan —repitió—. Trae el pan.
Y soltó una carcajada. Una risa que le salió sin control, que le sacudió los hombros, que le echó la cabeza hacia atrás.
Se rió solo, en el silencio de la casa.
Después se levantó. Fue a la cocina. Abrió la heladera. Vacía.
—Pan —murmuró—. Tengo que comprar pan.
Cerró la heladera.
Y sonrió, no una sonrisa de héroe, sino una sonrisa de idiota que acababa de entender algo importante.
Y no durmió.