Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2) Capítulo 12 – El termo
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Capítulo 12 – El termo

Esa noche Edoardo no podía dormir. Pero no era como las otras noches. No era el insomnio de los primeros tiempos, el que lo hacía caminar por las calles como un fantasma. Era un insomnio pleno, como si adentro suyo hubiera demasiado espacio y demasiado poco silencio.

El papel seguía en la mesa de luz. “¿Estás despierto? Yo no. Duerme.” La letra de Chiara. La misma que le había hecho latir el corazón, pensando que era de Lucía. Ahora ya sabía. Y sin embargo el papel seguía ahí, como un recordatorio de algo que no quería olvidar.

Se dio vuelta. La cama crujió. Se dio vuelta hacia el otro lado. La cama volvió a crujir.

—Basta —murmuró—. Basta, basta, basta.

Se levantó. El piso estaba frío, pero ya se había acostumbrado. Fue a la ventana. La calle estaba desierta. Los faroles apagados —o tal vez prendidos, con una luz tan débil que parecía apagada.

La ventana de Lucía estaba oscura.

—Lucía —murmuró—. ¿Duermes?

La ventana no contestó.

Después escuchó un ruido. Un paso, en la calle. Leve. Casi imperceptible.

Se dio vuelta. La puerta seguía abierta —la había dejado abierta, como siempre.

Y ella estaba en el umbral.

Lucía. Llevaba una campera liviana, y tenía en la mano algo: un termo de metal, que brillaba a la luz de la luna. El pelo suelto, el viento moviéndolo apenas.

—No dormías —dijo.

—No dormía.

—Ya sabía.

—¿Cómo sabías?

—Porque la luz estaba prendida. —Dio un paso adelante—. Y porque nunca duermes.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tú duermes?

—No duermo. —Levantó el termo—. Traje vino.

—¿Vino?

—Vino. —Se corrió—. Ven.

La siguió. Salieron a la calle, y ella lo llevó a la parte de atrás de la casa —no la de ella, la de Edoardo. Había una terraza, chica, con dos sillas de plástico y una mesa de madera. Nunca la había notado.

—¿Desde cuándo está esto acá?

—Desde siempre. Pero tú nunca miras.

—¿Nunca miro qué?

—Las cosas que tienes alrededor.

Miró la terraza. Las sillas viejas, gastadas, pero limpias.

—Entonces —dijo—, ¿vino?

Lucía abrió el termo. El aroma del vino tinto se esparció en el aire. Sirvió dos vasos de plástico, livianos, que le temblaban en las manos.

—¿Plástico?

—No quiero romper nada.

Edoardo sonrió. Agarró el vaso. El vino estaba caliente, no frío, como uno esperaría.

—Está caliente —dijo.

—Es tinto. Se toma caliente.

—No se toma caliente.

—Se toma caliente.

Tomó. Estaba bueno.

—Está bueno.

—Ya sé.

Se sentaron. El silencio era distinto al de la noche, un silencio pleno, como si el aire mismo estuviera esperando. Miró el cielo. Las estrellas eran muchas, infinitas.

—Acá se ven las estrellas.

—Acá se ven siempre.

—En Florencia no se ven.

—Ya sé. —Tomó un trago—. Ya me lo dijiste.

—Es verdad. Me había olvidado.

Lucía no contestó. Se quedó sentada, mirando el cielo.

Después, de repente, cayó una estrella. Una franja de luz, breve, que atravesó el cielo y se apagó.

—Una estrella fugaz —dijo Edoardo.

—Sí.

—¿Hay que pedir un deseo?

—Si quieres.

Cerró los ojos un momento. Después los volvió a abrir.

—Listo.

—¿Qué pediste?

—No se dice.

—Ya sé. —Tomó otro trago—. Pero lo sé igual.

—¿Cómo sabes?

—Porque lo sé —dijo, con media sonrisa.

El vino estaba caliente, y lo sentía bajarle por la garganta.

—Lucía —dijo—. ¿Por qué viniste?

Sus ojos se pusieron oscuros. —Porque quise.

—No alcanza.

—Entonces porque no quería estar sola.

—¿Y yo? —preguntó—. ¿Yo quería estar solo?

—No sé. ¿Tú querías estar solo?

—No.

—Entonces somos dos.

Sonrió. El vino estaba caliente, y el silencio era pleno.

Después, del fondo de la calle, llegó un sonido. Un ladrido, fuerte, repentino, que rompió el silencio como un vidrio.

—Un perro.

—Un perro.

—Se despertó.

—O tal vez no dormía.

Lucía sonrió, una sonrisa más grande, que le llenó toda la cara.

—Eres raro —dijo.

—Ya sé.

—Y no sabes nada.

—Ya sé.

Después otra voz, del fondo de la calle. Una mujer, gritando desde una ventana abierta.

—¡Paolo! ¡Son las once y media!

Silencio. Después una respuesta, más débil, desde otra ventana.

—¡Ya sé, amor!

—¿Y entonces?

—Y entonces… ¡no sé!

La mujer gritó de nuevo: —¡No puedes llegar siempre tarde! ¡No puedo vivir sin ti!

Después una risa —de la mujer, o del hombre, no se entendía.

Lucía soltó una carcajada, sin poder controlarse, los hombros sacudiéndose.

Edoardo nunca la había escuchado reír. Así no.

—Te estás riendo —dijo.

—Ya sé.

—Nunca te escuché reír.

Se detuvo. —Nunca me río.

—Ya sé.

—Pero esta noche…

—Esta noche sí.

Tomó un trago de vino. —Paolo debe ser el marido.

—O el novio.

—O el amante.

—¿Amante?

—¿Por qué no? —Se recostó contra el respaldo—. Oria está llena de historias. Todos saben todo. Pero nadie dice nada.

Edoardo soltó una carcajada. —¿Y tú? ¿Tú sabes todo?

—Todo.

—¿Y no dices nada?

—No digo nada.

—Entonces —dijo—, ¿qué sabes de mí?

Sus ojos se pusieron oscuros, fijos. —Que eres de Florencia. Que no sabes hacer nada. Que te comes el salame de los clientes. —Hizo una pausa—. Y que no sabes decir que no.

—¿Y qué más?

—No sé. —Tomó un trago—. Pero tal vez quiero descubrirlo.

El corazón le latió más fuerte. No dijo nada.

Después, un sonidito. Un golpe. Corto. Raro.

Lucía estornudó.

—Salud —dijo Edoardo.

—Gracias. —Se limpió la nariz con el dorso de la mano.

—Es el vino —dijo.

—¿El vino?

—Sí. Me hace estornudar.

Se quedó en silencio un momento. —Lucía. Eres linda.

Ella lo miró, los ojos oscuros. —¿Soy linda?

—Sí. —Hizo una pausa—. Hasta cuando estornudas.

Se rió de nuevo, una risa más chica, más dulce.

—Eres un idiota —dijo.

—Ya sé.

—Un idiota que…

—¿Qué cosa?

Se detuvo. Después lo miró. —Que me gusta.

Silencio.

El vino estaba caliente, y el silencio era pleno.

Después, sin saber por qué, estiró la mano. La apoyó sobre la mesa. Cerca de la de ella.

Ella no se movió.

—Lucía. ¿Puedo…?

—¿Puedes qué?

Miró su propia mano. Después a ella. —No sé.

Sonrió. —Entonces no lo hagas.

Se recostó contra el respaldo. —Está bien. No lo hago.

Tomó otro trago. El silencio volvió. Pero era un silencio distinto, lleno de cosas no dichas.

Después Lucía se levantó.

—Tengo que irme.

—¿Tienes que?

—Sí. —Se secó las manos—. Mañana hay trabajo.

—Ya sé.

—Y tú tienes que dormir.

—Ya sé.

Agarró el termo. —Gracias —dijo Edoardo.

—¿Por qué?

—Por venir. Por el vino. Por las estrellas.

Sonrió, una sonrisa chica, casi imperceptible. —De nada.

Se dio vuelta y se fue.

Edoardo se quedó en la terraza, viéndola alejarse. La noche estaba en silencio, pero el silencio era pleno.

El vino seguía caliente. El vaso seguía en su mano.

—Lucía —murmuró.

El viento entró, y las estrellas brillaban.

Cerró los ojos. El corazón le latía fuerte.

Y sabía que no iba a dormir.

Pero no importaba.