Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2) Capítulo 11 – Noches sin dormir
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Capítulo 11 – Noches sin dormir

La noche había caído sobre Oria como una manta pesada, y Edoardo seguía despierto.

No porque no pudiera dormir —ya se había acostumbrado a eso—.

Estaba despierto porque no quería cerrar los ojos.

Cada vez que los cerraba, la veía a ella.

Lucía. Su mirada. Su voz. La frase que le daba vueltas en la cabeza como un disco rayado: “Porque quiero traértelo yo.”

Se dio vuelta en la cama. El colchón gimió, pero ya ni lo escuchaba. Solo sentía el peso del pensamiento presionándole el pecho.

—Idiota —murmuró—. Eres un idiota.

Pero mientras lo decía, sonreía. Porque sabía que era verdad. Era un idiota. Pero era un idiota que tal vez, por primera vez en su vida, quería algo que no podía comprar.

Se levantó. Los pies descalzos tocaron el piso frío, y un escalofrío le subió por las piernas. Caminó hasta la ventana. La calle estaba desierta, como siempre. Los faroles apagados —o tal vez prendidos, pero con una luz tan débil que parecían apagados.

Miró hacia la casa de Lucía. Dos calles de distancia. Una luz prendida. Su ventana. Como la noche anterior.

—Lucía —murmuró—. ¿Estás despierta?

La luz no contestó. Pero estaba ahí. Quieta, inmóvil, como esperando.

La miró un buen rato. Después se vistió. No porque tuviera un plan. Porque quedarse quieto lo estaba volviendo loco.

Salió. La calle era más angosta de noche, o tal vez era la misma, pero sin la luz del día parecía más angosta. Sus zapatillas hacían un ruido seco, regular, que retumbaba contra las paredes.

Se paró frente a la casa de Lucía. La puerta estaba cerrada. Las ventanas cerradas. Pero la luz estaba prendida. Ella estaba despierta.

Levantó la mano para golpear. Después se detuvo. Ya lo había hecho, la noche anterior. Y el resultado había sido el padre de Lucía.

—¿Y si abro? —murmuró—. ¿Y si no abro?

No hubo respuesta.

Se quedó ahí, en medio de la calle, mirando la puerta cerrada. El silencio pesaba, como si todo el pueblo estuviera esperando.

Después, sin saber por qué, se dio vuelta y volvió a la casa.

Caminó más rápido que antes. Los gatos lo observaban desde los muritos —dos, esta vez, sentados uno al lado del otro.

—Ya sé —dijo—. Eres pelotudo. Son pelotudos.

Pero mientras lo decía, no estaba seguro de ser el pelotudo. O tal vez sí lo era, pero no importaba.

Llegó a la casa. La puerta estaba abierta —la había dejado abierta—. Entró. La casa estaba en silencio, pero no era el silencio de antes. Era el silencio de algo que esperaba.

Se tiró en la cama. El techo era el mismo. Las grietas eran veintitrés.

Y entonces lo vio.

Un papel. Sobre la almohada. Blanco, doblado en dos.

Las manos le temblaban —apenas, casi imperceptible— mientras lo abría. Adentro, una nota escrita a mano, con una letra chica, ordenada.

“¿Estás despierto? Yo no. Duerme.”

Miró el papel. Después la ventana. Después de nuevo el papel.

—Lucía —murmuró.

Era ella. Había estado acá. Mientras él estaba afuera, ella había venido. Había dejado una nota. Y se había ido.

El corazón le latía demasiado fuerte.

—Lucía —repitió—. Lucía.

Se levantó. Corrió a la ventana. La calle estaba desierta. La luz de la ventana de Lucía seguía prendida.

—Lucía —susurró—. Estás despierta.

Pero no lo sabía. Y no podía saberlo.

Volvió a la cama. Releyó el papel. “¿Estás despierto? Yo no. Duerme.”

—Nunca voy a dormir —murmuró.

Pero mientras lo decía, sentía que algo había cambiado. Ya no estaba solo. Ella estaba acá. Ella lo sabía. Ella había dejado una señal.

Cerró los ojos, el papel todavía en la mano. El viento entró por la ventana, y el papel tembló.

Pero Edoardo no lo sintió. Solo sentía el latido de su corazón, y el peso de lo que no sabía.

Se durmió.

Al día siguiente se despertó con el papel todavía en la mano. La letra chica, ordenada.

“¿Estás despierto? Yo no. Duerme.”

—Lucía —murmuró.

Se levantó. Se vistió. Salió.

La plaza estaba desierta. La fuente hacía su ruido. Pero alguien ya estaba ahí.

Chiara. Sentada en el banco cerca de la fuente, un buzo demasiado grande, una sonrisa demasiado ancha.

—Buen día —dijo.

—Buen día —contestó Edoardo, deteniéndose.

—¿No dormiste?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tienes cara de no haber dormido. —Se levantó—. ¿Pan?

—Hoy no.

Chiara lo miró, los ojos celestes entrecerrados. —¿Por qué?

—Porque no tengo hambre.

—¿Entonces por qué estás acá?

Miró la trattoria. Las persianas todavía cerradas. Lucía todavía no había llegado.

—Porque tengo que ver a Lucía —dijo.

La sonrisa de Chiara se apagó. —Lucía.

—Sí.

—¿Y yo?

—Tú —dijo—, eres simpática. Eres buena onda. Me traes el pan. Pero no funciona así.

Chiara se quedó callada un momento. —Entonces ella.

—Sí.

Sonrió, una sonrisa más chica, más fría. —Está bien. Entonces.

Agarró el pan y se fue.

La vio alejarse. Después se dio vuelta hacia la trattoria. Las persianas seguían cerradas.

—Lucía —murmuró.

Y esperó.

La puerta se abrió justo a las ocho. Lucía estaba en el umbral, el delantal atado, el pelo recogido.

—Estás acá —dijo.

—Estoy acá. Vine temprano… recibí tu nota.

Lucía lo miró, los ojos oscuros. —¿Qué nota?

—La que dejaste en mi almohada.

Sacudió la cabeza. —No dejé ninguna nota.

El corazón le latía demasiado fuerte. —¿Qué?

—No dejé ninguna nota.

—Pero…

—¿Pero qué?

—¿No fuiste tú?

—No.

—¿Entonces quién?

—No sé —dijo—. Pero no fui yo.

El papel seguía en su bolsillo. Lo sentía presionarle la pierna.

—¿Y entonces quién fue?

Lucía no contestó. Pero sus ojos se entrecerraron, apenas.

—Chiara —dijo.

—¿Chiara?

—Sí. —Bajó la mirada—. Chiara.

El corazón le latía todavía más fuerte. —¿Pero por qué?

—Porque quiere que sepas que ella está ahí.

Sacudió la cabeza. —Pero yo no quiero que ella esté acá.

—¿Entonces qué quieres?

La miró. —A ti —dijo.

Silencio.

—A ti —repitió Lucía—. Te quiero a ti.

Se acercó, después lo miró de nuevo. —¿Y Chiara?

—Chiara es una amiga. Nada más.

Lucía sonrió, apenas, casi imperceptible. —Entonces entra.

Edoardo entró. La puerta se cerró detrás de él.

Y mientras entraba, sentía que algo había cambiado. No sabía qué. Pero sabía que había pasado.

Y por primera vez, no tuvo miedo.