Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2) Capítulo 10 – Las chicas de Oria
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Capítulo 10 – Las chicas de Oria

Al día siguiente Edoardo llegó cuando el sol todavía estaba bajo. Golpeó la puerta de la trattoria. Silencio. Golpeó de nuevo. Nada.

—¿Lucía? —llamó. Una persiana del primer piso se abrió. La cabeza de Lucía asomó, el pelo revuelto, los ojos entrecerrados.

—Son las siete —dijo.

—Ya sé.

—Más temprano no significa a las siete.

Edoardo abrió la boca para contestar, pero la persiana se cerró de golpe.

—Bien —murmuró—. Espero.

Se sentó en el banco frente a la puerta. Un gato —no el de la noche— lo observaba desde un murito. Lo ignoró.

Una hora después, la puerta se abrió. Lucía estaba en el umbral, el delantal ya atado, el pelo recogido.

—Sigues acá —dijo.

—¿Tenía que irme?

—No. —Se corrió—. Entra.

Entró. El aroma a café ya estaba en el aire. Se sentó a una mesa, sin esperar permiso.

—Entonces —dijo—, ¿hablamos?

Lucía se sentó frente a él, las manos quietas sobre la mesa.

—Chiara —dijo.

Edoardo suspiró. —¿Otra vez?

—Otra vez.

—No hay nada con Chiara.

—No dije que hubiera algo.

—Pero lo piensas.

—Le hablas —dijo Lucía—. Le sonríes. Aceptas el pan.

—Es hambre, Lucía. Hambre. Tengo hambre.

—¿Y ella?

—¿Ella qué?

—¿Ella qué quiere?

Edoardo abrió la boca. Después la cerró.

—No sé —dijo.

—¿No sabes?

—No.

—¿Entonces por qué aceptas el pan?

—Porque… —Sacudió la cabeza—. Porque no sé decir que no.

Ella lo miró fijo un momento.

—No sabes decir que no —repitió.

—No.

—¿Y a mí?

—¿Qué?

—¿Sabes decirme que no a mí?

Edoardo la miró. —No sé —dijo—. Nunca lo intenté.

Lucía se levantó. —Trabajemos —dijo.

Agarró la esponja y la mañana pasó más rápido de lo esperado. Llegaron los clientes. Edoardo sirvió, limpió, llevó platos. Lucía no hablaba. Pero era un silencio distinto, un silencio que esperaba algo.

A media mañana, la puerta se abrió.

Chiara entró, un vestido liviano, una bolsa de papel en la mano. Vio a Edoardo y sonrió.

—¡Buen día! —dijo—. Pensé en traerte el pan…

Se detuvo. Lucía estaba atrás del mostrador, mirándola.

—Lucía. Buen día.

—Buen día.

Silencio. Chiara miró a Lucía, después a Edoardo, después de nuevo a Lucía.

—Traigo el pan —dijo.

—Ya veo.

—Para Edoardo.

—Claro.

Dejó la bolsa en el mostrador. —Entonces no digo nada. Lo dejo y me voy.

—Chiara —dijo Lucía—. ¿Por qué le traes pan a Edoardo?

—Porque tiene hambre.

—¿Y los demás?

—Los demás no son nuevos.

—¿Y los demás no tienen hambre?

Chiara la miró, los ojos celestes entrecerrados. —Lucía, ¿por qué estás enojada conmigo?

—Yo no estoy enojada.

—Estás enojada.

—¿Entonces por qué haces estas preguntas?

Lucía se acercó. —Porque no me gusta —dijo.

—¿Qué cosa?

—No me gusta que le traigas pan a Edoardo.

—¿Por qué?

Lucía se detuvo, se pasó una mano por la cara. —Porque no me gusta.

Chiara la miró. Después sonrió, una sonrisa rara, que Edoardo nunca le había visto.

—Lucía. ¿Estás celosa?

—No estoy celosa.

—Estás celosa.

—¿Entonces por qué te importa?

Silencio. Lucía no contestó.

El corazón de Edoardo latía demasiado fuerte. La esponja seguía suspendida en el aire.

—Chiara —dijo—, no tienes que traer el pan.

Ella se dio vuelta. —¿No tengo que?

—No.

—Pero yo quiero.

—Ya sé. Pero no tienes que.

Chiara lo miró un momento. Después la sonrisa se le hizo más chica, más fría.

—Entonces es así —dijo—. Ella. Tú. Yo.

—No es así.

—¿Entonces cómo es?

Edoardo abrió la boca. Después la cerró. —No sé —dijo.

Chiara agarró el pan. —Cuando lo sepas, me dices. —Se dio vuelta y salió.

Edoardo se quedó ahí, la esponja en la mano. Lucía estaba parada atrás del mostrador.

—Lucía. ¿Estás celosa?

Los ojos oscuros, inmóviles. —No estoy celosa.

—¿Entonces por qué dijiste esas cosas?

—Porque no me gusta que ella te traiga el pan.

—¿Por qué?

Lucía se quedó callada un buen rato, antes de contestar. —Porque quiero traértelo yo.

Silencio.

—¿Qué? —dijo Edoardo.

—Dije que quiero traértelo yo.

El corazón le latía demasiado fuerte.

—Lucía. Estás celosa.

—Yo no…

—Estás celosa.

Ella lo miró. Después soltó una carcajada. —¿Y si lo estuviera?

Edoardo también se rió. —¿Entonces qué hacemos?

—Trabajamos —dijo Lucía.

—¿Trabajamos?

—Trabajamos. —Agarró el delantal—. Y después vemos.

El resto del día pasó más rápido. Cada vez que pasaba cerca de ella, sentía su olor, su silencio, su mirada. No hablaban. Pero no hacía falta.

A la tarde, cuando los clientes se fueron, Lucía se secó las manos.

—Edoardo. Mañana. Ven a las ocho.

—¿A las ocho?

—A las ocho. —Se dio vuelta—. Y no traigas pan.

Sonrió. —No lo voy a traer.

Salió. La plaza estaba vacía, el sol se ponía. Caminó hacia la casa. Entró. Se tiró en la cama.

El techo era el mismo. Las grietas eran veintitrés. Pero no las contó.

—Estás celosa —murmuró. Y se rió.

Pero mientras se reía, sentía que algo había cambiado. No sabía qué. Sabía solo que había pasado.

Cerró los ojos.

Y por primera vez, no pensó en Florencia.

Pensó en ella.