Capítulo 9 – El termo
Había caído la noche sobre Oria, pero Edoardo no se había dado cuenta. Seguía en la trattoria, aunque el trabajo había terminado hacía una hora. Estaba limpiando el mostrador por tercera vez, porque no sabía qué otra cosa hacer. La mancha de vino —la vieja, seca— seguía ahí.
—Lucía —dijo.
Silencio.
—Lucía, ¿puedo hablarte?
—El mostrador está limpio —dijo ella desde la cocina—. Puedes irte.
—No quiero irme.
—Yo sí quiero.
Salió. El delantal desatado, los lazos colgando. Se secó las manos. Lo miró.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque… Chiara vino hoy.
—Ya sé.
—Me trajo pan.
—Ya sé.
—Y yo lo agarré.
—¿Y entonces?
Edoardo abrió la boca. —Entonces… no sé. Solo quería que lo supieras.
—Ya sé. —Lucía lo miró—. ¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—Entonces. —Se dio vuelta—. Mañana.
Salió.
Edoardo se quedó ahí, el trapo en la mano. La mancha de vino seguía ahí.
—Mierda —murmuró.
Salió. Caminó hacia la casa.
La plaza estaba desierta. La fuente hacía su ruido. El gato estaba sentado en el banco —el mismo, u otro.
—Ya sé —dijo Edoardo—. Eres pelotudo.
El gato no contestó. Se levantó, se estiró, y se alejó despacio.
—Ni tú me quieres hablar —dijo Edoardo.
Volvió a la casa.
A la mañana siguiente se despertó temprano. El sol todavía no estaba alto. Se levantó. Se vistió. Salió.
La plaza estaba desierta. La fuente hacía su ruido. Pero alguien ya estaba ahí.
—¡Buen día!
Chiara. Sentada en el mismo banco, con un buzo demasiado grande y una sonrisa demasiado ancha.
—Buen día —dijo Edoardo. La voz todavía pastosa de sueño.
—¿No puedes dormir?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estás acá. —Se levantó. Tenía una bolsa de papel—. ¿Pan?
—¿Otra vez?
—Otra vez. —Se lo entregó—. Caliente.
Lo agarró. Se lo pasó de una mano a la otra.
—Gracias —dijo.
—De nada. —Chiara se sentó—. Siéntate.
Edoardo dudó. Después se sentó.
—Entonces —dijo Chiara—, ¿Lucía?
—¿Lucía qué?
—¿Cómo va?
Edoardo miró el pan. —No sé —dijo—. No habla.
—Lucía nunca habla. Pero cuando no habla, es peor.
—¿Peor?
—Sí. —Se recostó contra el respaldo—. Cuando habla, puedes entender. Cuando no habla, tienes que adivinar.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tú siempre hablas?
—Siempre. Es mi defecto. —Sonrió—. Y mi virtud.
Edoardo soltó una carcajada, corta pero verdadera.
—Entonces —dijo—, ¿qué hago?
—¿Con Lucía?
—Sí.
—Se lo preguntas.
—Se lo pregunté.
—¿Y qué dijo?
Miró el pan. —Nada.
—Entonces está enojada.
—¿Por qué lo haces? —preguntó él.
—¿Qué?
—Me traes pan. Me hablas. —Hizo una pausa—. Ni te conozco.
Chiara lo miró, los ojos celestes fijos en él.
—Porque quiero —dijo—. ¿No alcanza?
—No. Quiero saber.
Se recostó contra el respaldo. —Porque eres distinto —dijo—. Vienes de Florencia. No sabes hacer nada. Y eres simpático.
—¿Simpático?
—Sí. Reírte cuando no sabes qué decir es un talento.
Edoardo soltó otra carcajada.
—Entonces —dijo—, soy un payaso.
—Eres un payaso.
—¿Como Lucía?
—¿Lucía te dijo que eres un payaso?
—No. Un entretenimiento.
Chiara sonrió. —Es lo mismo.
—Para ti sí.
—Para Lucía no. —Se levantó—. Si te dijo que eres un entretenimiento, significa que te presta atención.
—¿Y si no me presta atención?
—No dice nada.
Sonrió de nuevo. —Tengo que irme.
—Ah. Bueno.
—Pero tal vez mañana… —se detuvo—. Mañana.
La vio alejarse. Después miró el pan.
—Raro —murmuró.
Fue a la trattoria.
Lucía estaba en la cocina. El aroma a ajo y aceite llenaba el cuarto.
—Buen día —dijo Edoardo.
Ninguna respuesta.
Dejó el pan sobre el mostrador —el de Chiara.
Lucía lo miró. —¿Qué es eso?
—Pan.
—Ya veo.
—Me lo dio Chiara.
—Ya sé.
—¿Cómo sabes?
—Porque la vi pasar.
—Lucía —dijo.
—¿Qué?
—¿Por qué estás enojada?
—Yo no estoy enojada.
—¿Entonces por qué no hablas?
—Porque no tengo nada que decir.
—Pero ayer…
—Terminado. —Se dio vuelta—. Lava los platos.
Agarró la esponja. Metió las manos en el agua caliente. Pero no empezó a lavar. Se quedó ahí.
—Lucía —dijo.
Ella no contestó.
—Quiero hablar.
Se detuvo, el cuchillo suspendido en el aire. —¿De qué?
Edoardo abrió la boca. Después la cerró. Después la volvió a abrir. —De todo —dijo—. De nada.
Dejó el cuchillo, despacio. Se dio vuelta.
—No entiendes nada —dijo.
—Ya sé.
—No entiendes que… —Se detuvo. Se pasó una mano por la cara.
—¿Qué cosa?
—Nada. —Se dio vuelta—. Lava los platos.
—Lucía…
—Lava los platos, Edoardo.
Se miró las manos, rojas de agua caliente. Después empezó a lavar.
El primer plato. El segundo. El tercero.
Lucía no hablaba. Pero él sentía su silencio. Era distinto a los otros.
Al final, cuando terminó, ella se secó las manos.
—Edoardo —dijo.
—Dime.
—Mañana. —Hizo una pausa—. Ven más temprano.
—¿Más temprano?
—Más temprano. —Se dio vuelta—. Así hablamos.
Salió.
Edoardo se quedó ahí, el trapo en la mano. El mostrador estaba limpio. La mancha de vino seguía ahí.
—Más temprano —murmuró—. Más temprano.
Salió. La plaza estaba vacía. El sol se ponía. Caminó hacia la casa.
Llegó. La puerta estaba abierta. Entró. Se tiró en la cama. El techo era el mismo. Las grietas eran veintitrés.
Pero no las contó.
Se levantó. Fue a la ventana. Miró afuera. La calle estaba desierta. Pero al fondo, a dos calles de distancia, había una luz prendida.
La casa de Lucía.
Miró la luz. No se movía. Estaba quieta, como esperando.
—Más temprano —murmuró.
Volvió a la cama. Cerró los ojos.
Y por primera vez desde que había llegado, no tuvo miedo de la mañana.