Capítulo 8 – Una visita nocturna
Oria de noche no era silenciosa. Era muda. Como si alguien hubiera apretado el botón de pausa del mundo. No había autos, no había voces, ni siquiera perros. Solo el viento, que a veces hacía crujir las hojas de los olivos, y el ruido de su propia respiración, demasiado fuerte.
Edoardo llevaba acostado lo que parecía una eternidad. El techo era el mismo: vigas de madera oscura, una grieta que arrancaba del rincón y se perdía en la oscuridad. La contó tres veces. Veintitrés grietas. Las volvió a contar. Veintitrés. No cambiaban.
Se dio vuelta hacia el lado derecho. La cama soltó un gemido largo, lastimero. Se quedó así cinco minutos. Después se dio vuelta hacia el izquierdo. La cama gimió otra vez, con el mismo tono, como diciendo: ¿otra vez tú?
—Pero qué mierda —murmuró. La voz rebotó contra las paredes y volvió, más vacía que antes.
Se levantó. El piso estaba frío —no fresco, frío— y los pies lo sintieron como una descarga. Caminó hasta la ventana. La calle estaba desierta. Los faroles, pocos, la luz amarilla, enferma, como si también ellos estuvieran cansados de seguir prendidos.
No sabía qué hora era. El teléfono llevaba días muerto. Reloj no tenía. Miró el cielo. Oscuro. Lleno de estrellas. Pero las estrellas no dicen la hora.
—Medianoche —decidió—. O tal vez la una. Qué diferencia hace.
Se vistió. Se puso la remera al revés, se dio cuenta, se la sacó y se la volvió a poner. El pantalón era el correcto, al menos ese. Trató de atarse los cordones, después se acordó de que eran zapatillas sin cordones. Se las puso igual.
Salió.
La calle era más angosta de noche. O tal vez era la misma, pero sin la luz del día parecía más angosta. Las casas todas iguales: blancas, bajas, las ventanas cerradas como ojos que no querían ver. Los geranios en las ventanas eran manchas oscuras, casi negras.
Sus pasos hacían un ruido seco, regular, que retumbaba contra las paredes como si alguien lo estuviera siguiendo. Se detuvo. El ruido se detuvo. Siguió caminando. El ruido siguió.
—Eres tú, idiota —se dijo—. Son tus propios pasos.
El gato estaba ahí. Sentado sobre un murito, los ojos brillando en la oscuridad como dos monedas. Lo miraba con una expresión que no dejaba lugar a dudas.
—Ya sé —dijo Edoardo—. Ya sé.
El gato no contestó.
Llegó a la plaza. La fuente estaba prendida, el agua caía con el mismo ruido de siempre: un tictac leve, como un reloj que no marcaba la hora. Los bancos vacíos. El bar cerrado, las persianas bajas. La trattoria también, el cartel oscuro.
Se detuvo frente a la trattoria. Miró las persianas bajas. Después la calle que llevaba a la casa de Lucía. La había visto una vez —o tal vez dos— cuando Marcello le había mostrado el pueblo. Sabía dónde quedaba. Más o menos.
—¿Qué hago acá? —le preguntó al gato.
El gato no contestó. Pero su mirada parecía decir: “Eso ya lo sabes tú también.”
Edoardo siguió caminando.
La casa de Lucía era blanca, como todas las demás. Pero tenía una puerta distinta —verde, no marrón— y un portero eléctrico que se veía más oxidado que de costumbre. Se paró frente a la puerta. La miró. Después las ventanas. Todas apagadas.
—Es tarde —murmuró—. Es tarde, es tarde, es tarde.
Golpeó.
Un golpe. Seco. El ruido rebotó contra la puerta y se perdió en el silencio.
Silencio.
Golpeó otra vez. Dos golpes. Más fuertes.
Un ruido, desde adentro. Un paso pesado. Después otro. Después una voz —no de Lucía, de un hombre.
—¿Quién es?
El corazón le latía demasiado fuerte.
—Soy Edoardo —dijo. La voz le salió más fina de lo que quería.
La puerta se abrió de golpe. Un hombre —alto, ancho, pelo canoso, ojos como dos rendijas— lo miró. Llevaba una musculosa blanca y pantalón de buzo. Los pies descalzos.
—Edoardo —repitió. La voz grave, no agresiva—. El chico de Florencia.
—Sí.
—¿Qué hora es?
Edoardo se miró la muñeca. Vacía. —No sé.
—Once y media.
—Ah.
—Once y media —repitió el hombre, más despacio—, y estás golpeando mi puerta.
—Ya sé.
—¿Por qué?
Edoardo abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—No puedo dormir —dijo. La voz más fina que antes.
El hombre lo miró fijo. Los ojos inmóviles.
—¿Y viniste a decírmelo a mí?
—No. A Lucía.
—Lucía duerme.
—Ya sé.
—¿Entonces?
Edoardo se miró las manos. Quietas. No temblaban. Pero sentía el sudor acumulándose en la frente.
—No sé —dijo.
—¿No sabes?
—No.
—Entonces, ¿por qué estás acá?
—Porque… porque no sabía adónde más ir.
El hombre se quedó en silencio. Después sacudió la cabeza, despacio, como decidiendo si enojarse o reírse.
—¿Estás borracho? —preguntó.
—No.
—Entonces eres pelotudo.
Edoardo asintió. —Ya sé.
—¿Lo sabes?
—Ya sé.
La expresión del hombre cambió. Las rendijas se ensancharon, apenas, casi imperceptible. No era una sonrisa, pero se le acercaba.
—Eres el primero que viene a golpear porque no puede dormir —dijo—. Normalmente vienen porque tomaron de más.
—No tomé.
—Ya sé. —Hizo una pausa—. Es peor.
Edoardo abrió la boca para contestar, pero el hombre lo interrumpió.
—Anda a tu casa —dijo.
—Pero…
—Anda a tu casa. Y mañana, si quieres hablar con Lucía, la encuentras en la trattoria.
—Pero yo…
—Anda.
Edoardo cerró la boca. Asintió. Se dio vuelta. Dio dos pasos.
—Edoardo.
Se detuvo. Se dio vuelta.
—No golpees más de noche —dijo el hombre—. La próxima vez no abro.
—Perdón —dijo—. Lo siento.
—Está bien.
—No quería despertarte.
—Ya sé.
—Es solo que…
—¿Qué cosa?
Edoardo abrió la boca. Después la cerró. Después la volvió a abrir.
—No sé —dijo.
El hombre sacudió la cabeza. Pero esta vez, casi sonrió.
—Eres raro —dijo.
—Ya sé.
—Y no sabes nada.
—Ya sé.
—Bueno. —Hizo un gesto con la cabeza—. Andate.
La puerta se cerró.
Edoardo se quedó ahí, en medio de la calle. El gato había reaparecido —el mismo, u otro, no había forma de saberlo— y lo miraba con la misma expresión.
—Ya sé —dijo Edoardo—. Soy pelotudo. Pelotudo, pelotudo, pelotudo.
Pero mientras volvía a la casa, sus pasos eran más rápidos. No porque tuviera miedo. Porque no quería detenerse.
Entró a la casa. Cerró la puerta. Se tiró en la cama.
El techo era el mismo. Las grietas seguían siendo veintitrés.
—Veintitrés —murmuró.
Y cerró los ojos.
A la mañana siguiente se despertó con la luz ya alta. Demasiado alta. Las persianas estaban abiertas —¿las había abierto él? No se acordaba. No importaba.
Se levantó. En el baño se miró al espejo. La barba más larga. Los ojos cansados.
—Lindo —se dijo—. Estás bien lindo.
Abrió la canilla. El agua salió con un gorgoteo, primero marrón, después transparente. Se mojó la cara.
Entonces escuchó un golpe en la puerta.
No un golpe firme. Suave, casi tímido. Como si alguien no estuviera seguro de querer estar ahí.
Fue a abrir.
Una chica estaba en el umbral. Joven, veinte años, tal vez menos. Pelo castaño, recogido en una cola. Ojos celestes, demasiado celestes, como si fueran postizos. Sonreía. Una sonrisa ancha, casi demasiado ancha.
—Buen día —dijo—. Eres Edoardo, ¿no?
Edoardo la miró, los ojos todavía nublados de sueño.
—Sí —dijo.
—Soy Chiara. La hija de Antonio, el panadero.
—Ah.
—Mi papá dijo que no tienes plata. Y que te comiste el pan que te dio. —Sonrió más ancho—. Entonces pensé en traerte otro.
Estiró las manos. Tenía un pan, todavía caliente, envuelto en papel marrón. El vapor salía por los bordes.
—Gracias —dijo Edoardo. Lo agarró. Estaba caliente. Demasiado caliente. Se lo pasó de una mano a la otra.
—No hay drama. —Chiara se inclinó apenas—. Eres nuevo acá, ¿no? ¿De Florencia?
—Sí.
—Debe ser raro. Oria es tan chica.
—Es chica.
—Pero tiene su encanto. —Se inclinó un poco más—. Si quieres, te puedo mostrar el pueblo. Cosas que no se ven desde la plaza.
Edoardo la miró. Por un momento no dijo nada. Después sonrió. Automáticamente. Como siempre hacía.
—Tal vez —dijo—. Otro día.
—Entonces nos vemos. —Chiara se dio vuelta. Después se detuvo—. Ah, y si quieres, paso mañana. Con otro pan.
—Dale —dijo Edoardo.
Se fue con pasos livianos, saltarines, como si caminara sobre una nube.
Edoardo cerró la puerta. Miró el pan. Lo dejó sobre la mesa.
—Raro —murmuró.
Pero no sabía qué era lo raro. Solo que algo no cerraba.
Se vistió. Salió. Cerró la puerta —esta vez sí— y fue hacia la trattoria.
Lucía estaba en la cocina. El aroma a ajo y aceite llenaba el cuarto. No se dio vuelta.
—Buen día —dijo Edoardo.
Ninguna respuesta.
—Dije buen día.
—Ya escuché.
Se detuvo. Ella estaba cortando un tomate, movimientos precisos, regulares.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Estás enojada?
—No.
—¿Entonces por qué no hablas?
Lucía se detuvo. El cuchillo quedó suspendido en el aire. Después lo dejó. Se dio vuelta.
—Vi a Chiara esta mañana —dijo.
Parpadeó. —¿Chiara?
—La hija del panadero.
—Ah. Sí. Me trajo pan.
—Ya sé.
—¿Cómo sabes?
—Porque la vi. —Se secó las manos en un repasador—. Pasó frente a la trattoria con el pan en la mano. Y sonreía.
—No es nada —dijo Edoardo—. Solo trajo el pan.
Los ojos oscuros de Lucía se quedaron fijos en él.
—No dije que fuera nada —dijo.
—Pero dijiste…
—No dije nada. —Agarró una esponja, la dejó en el borde de la pileta—. Lava los platos.
—Lucía…
—Lava los platos, Edoardo.
Metió las manos en el agua caliente. Y mientras lavaba, sentía el silencio de Lucía. Un silencio distinto al de la noche. Un silencio que pesaba.
—Lucía —dijo.
—¿Qué?
—¿Por qué estás enojada?
—Yo no estoy enojada.
—¿Entonces por qué no hablas?
Ella no contestó. Se quedó de espaldas.
Edoardo siguió lavando. Los platos eran muchos. Pero él ya no los contaba.