Capítulo 7 – El plato
El miércoles Edoardo entró a la trattoria y vio que la pileta estaba llena. No solo llena: desbordando. Platos apilados hasta el borde, sartenes con costra, cubiertos que asomaban por todos lados como pequeñas banderas de rendición.
—Hoy —dijo Lucía, sin mirarlo—, los platos.
Edoardo miró la pileta. Después sus manos.
—¿Todos?
—Todos.
—¿Y si rompo uno?
Ella se dio vuelta. —Entonces rompes uno.
—¿No me matas?
—No.
—¿No me echas?
—No puedo. No estás contratado.
Edoardo sonrió. Se acercó a la pileta, metió las manos en el agua caliente. El vapor le subió a la cara, y el jabón hacía burbujas que reventaban contra su muñeca.
Agarró el primer plato. Estaba grasoso, con restos de pasta endurecidos.
—¿Con qué se lava? —preguntó.
—Con la esponja.
—Ah.
Refregó. El plato se le movió en la mano, y un chorrito de agua le salpicó la remera.
—Mierda.
—Refregar, no pelear.
—Estoy refregando.
—Estás peleando.
Se detuvo. El plato seguía grasoso.
—Entonces —dijo—, ¿tú cómo haces?
Lucía se acercó. Agarró la esponja, y con un movimiento rápido —un círculo, nada más— el plato quedó limpio.
—Así —dijo.
—¿Y yo?
—Tú también. Solo que no lo sabes.
—Eres rara —dijo Edoardo.
—¿Rara?
—Sí. Enseñarle a alguien que no sabe lavar los platos.
—Tengo que.
—¿Tienes que?
—Mi papá dijo que sí.
Edoardo se rió. Agarró el plato de nuevo, probó el círculo. La pasta se despegó en parte.
—Salió —dijo.
—Salió.
—¿Quedó bien?
—Quedó bien.
Enjuagó el plato, lo puso en el escurridor.
—Uno —dijo.
—Veintidós.
Edoardo miró la pileta. Veintidós platos. Más las sartenes. Más los cubiertos.
—Mierda —murmuró.
—No es mierda. Es trabajo.
—Es lo mismo.
—No. La mierda apesta. El trabajo no.
La miró. Ella ya había vuelto al fuego, la espalda dada vuelta.
—¿Y si no me gusta el trabajo? —preguntó.
—¿No te gusta?
—Todavía no sé.
—Entonces espera.
Agarró el segundo plato. Después el tercero. Después el cuarto. Cada plato un poco más limpio, un poco más rápido. Las manos se movían con un ritmo que nunca antes había tenido.
En un momento la esponja se le resbaló. El plato la siguió, y con un ruido seco se rompió en tres pedazos en el piso.
Se quedó mirando los pedazos, después a Lucía.
Ella se dio vuelta, miró los pedazos, después a él.
—Lo hice yo —dijo Edoardo.
—Lo vi.
—No quise.
—Ya sé.
—Se rompió.
—Ya lo veo.
Uno de los pedazos era grande, casi todo el plato. Los otros dos eran fragmentos, los bordes filosos.
—¿Ahora? —preguntó.
—Lo tiras.
—¿No se tira nada?
—Eso sí.
Se agachó a levantar los pedazos. Un borde le presionó el pulgar.
—Me corté —dijo.
Le miró el pulgar. Una línea fina, roja.
—No es nada —dijo.
—Duele.
—No duele. Es solo un corte.
—Pero duele.
—Entonces no te cortes.
—No es mi culpa —dijo Edoardo.
—No dije que fuera tu culpa.
—¿Entonces?
—Entonces. —Agarró un papel de cocina, se lo entregó—. Límpiate. Y vuelve a lavar.
Se envolvió el pulgar. La sangre era poca, casi nada.
—¿No estás enojada? —preguntó.
—¿Por qué?
—Porque rompí el plato.
—Era un plato.
—Pero era lindo.
Lo miró un momento. —Era un plato normal —dijo—. Como todos los demás.
—Justamente. Era lindo.
Ella sacudió la cabeza y volvió al fuego.
Edoardo se miró el pulgar. El papel, blanco con una mancha roja.
—Dos —dijo.
—¿Qué?
—Dos. Los platos rotos. Uno soy yo, el otro es el salame.
Lucía no contestó.
Volvió a la pileta. El plato número trece era más difícil, con queso seco pegado. La esponja resbalaba, y el plato no se limpiaba.
—¿Cómo se hace? —preguntó.
Lo miró. —Lo dejas en remojo —dijo.
—¿Lo dejo en remojo?
—Sí. Lo pones en agua. Esperas. Después lo lavas.
—Entonces —dijo—, ¿la solución es esperar?
—La solución es esperar.
—¿Y si no tengo tiempo?
—Entonces esperas igual.
Lo puso en agua. —Bueno —dijo—. Espero.
Pasó media hora. Después una hora. Edoardo lavó los platos, uno tras otro. De vez en cuando se equivocaba todavía —una sartén que se caía, un vaso que resbalaba— pero menos seguido.
La pileta quedó vacía. Los platos todos limpios, apilados en el escurridor. Los cubiertos brillaban.
Se secó las manos. El pulgar todavía le dolía, pero era un dolor chico, casi agradable.
—Listo —dijo.
Su mirada pasó de la pileta a él.
—Bien —dijo.
—¿Solo bien?
—Bien.
—¿No excelente?
—No. Para excelente tienes que lavar los platos de ayer.
—Los lavé ayer.
—Entonces ya no son de ayer.
Edoardo sacudió la cabeza. —Eres imposible —dijo.
—Ya sé.
—Y lo sabes.
—Ya sé.
Se rió, una risa que le salió sin avisar.
—Entonces —dijo—, ¿comemos?
—Comemos.
Se sentaron. Dos platos de pasta, otra receta, con aceitunas.
Edoardo comió en silencio. Después, a mitad de la comida, se detuvo.
—¿Te puedo preguntar algo? —dijo.
—No.
—¿No?
—No. Ahora no.
—¿Y cuándo?
—Después.
La miró comer como si nada. —Está bien —dijo—. Después.
Terminaron en silencio. Edoardo agarró los platos, los llevó a la pileta, también el suyo.
—No tienes que —dijo Lucía.
—Ya sé.
—Pero lo haces.
—Lo hago.
Ella no contestó. Pero los ojos se le achicaron, apenas.
Edoardo salió. El sol estaba alto, el aire caliente. Caminó hacia la casa con las manos en los bolsillos.
Se detuvo frente a la puerta. Todavía abierta.
Entró. Se sentó en la mecedora, que crujió.
—Dos meses —murmuró.
Se miró el pulgar. El corte chico, casi invisible.
—Dos —dijo—. Dos platos rotos.
Fue a la cocina, abrió la heladera. Vacía. La volvió a cerrar.
Volvió al cuarto. El teléfono seguía en la mesa de luz. Se tiró en la cama.
—Dos meses —repitió.
Y se rió. No era una risa alegre. No era una risa triste. Era una risa que no sabía bien qué era.
Pero era la suya.