Capítulo 6 – El salame
El martes Edoardo llegó y la trattoria ya estaba abierta. No para los clientes —todavía era temprano— pero Lucía ya estaba en la cocina, y el aroma a ajo y aceite se sentía desde la calle.
Entró. Ella no se dio vuelta.
—Hoy —dijo—, el salame.
Edoardo miró la tabla. El salame estaba ahí, el de ayer, con el corte irregular que había hecho él.
Agarró el cuchillo. La hoja afilada, y cuando la luz de la ventana le pegó, por un momento se quedó quieto, mirando el reflejo.
—Primero —dijo Lucía, sin darse vuelta—, se mira.
Edoardo observó el salame. La grasa, la parte magra, las vetas. Y mientras lo miraba, pensó en cuántas cosas nunca había mirado de verdad. Los mejillones. El pan. El polvo.
—Después se corta.
Cortó. La feta salió gruesa, irregular, pero no deshilachada.
—Mejor —dijo Lucía.
Cortó otra feta. Más fina. La comparó con Lucía.
—¿Cómo sabes que es mejor?
Ella se detuvo. Lo miró.
—Porque lo veo.
—Pero yo no lo veo.
—Entonces mira mejor.
Edoardo comparó la feta con la primera. Más fina. Más regular.
—Bueno —dijo—. Ahora lo veo.
Cortó la tercera. Aún mejor. Y mientras cortaba, no pensaba en Florencia, no pensaba en su padre, no pensaba en el teléfono muerto. Pensaba solo en no equivocarse.
Cuando terminó, la tabla estaba llena de fetas finas. Casi perfectas.
Se acercó, los ojos yendo de la tabla a él.
—Bien.
Agarró el plato, lo llevó al mostrador. Después señaló un balde lleno de mejillones.
—Ahora esos.
Edoardo miró el balde. Había por lo menos dos kilos: negros, cerrados, amontonados como piedritas.
—Los limpias —dijo Lucía.
—¿Cómo se limpian?
—Con las manos. Y con paciencia.
Edoardo agarró uno. Estaba frío, áspero. Cuando lo tocó, la valva se cerró más fuerte.
—Se mueven —dijo.
—Vivos.
—¿Vivos?
—Sí. Están vivos.
Estaba a punto de matar algo vivo, pensó. Lo apretó un poco más fuerte, y la valva se abrió apenas.
—¿Pero cómo se hace? —preguntó.
—Sácale las barbas.
—¿Las barbas?
—Ese hilo. Está pegado a la valva.
Encontró el hilo —chiquito, marrón, casi invisible—. Lo agarró entre los dedos y tiró. El mejillón se cerró de golpe.
—Tiene miedo —dijo.
—Tiene hambre. —Lucía no se dio vuelta—. Como tú.
Edoardo se rió. Una risa corta, pero verdadera.
Probó con otro. Encontró el hilo. Tiró. Esta vez la valva quedó abierta.
—¿Así?
—Así.
Los limpió uno por uno. Los dedos se le mojaron, y el balde se llenó de conchas vacías y barbas. Era aburrido, pero había algo hipnótico en el gesto: agarrar, tirar, tirar a la basura.
—Eres rápido —dijo Lucía.
—No lo hago para ser rápido.
—¿Para qué?
Edoardo se detuvo. Miró un mejillón en su mano, todavía cerrado, todavía vivo.
—No sé —dijo—. Para hacerlo, nada más.
Sus ojos oscuros se quedaron, por un momento, en silencio.
—¿Tú siempre piensas en lo que haces? —preguntó.
—No.
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
Ella asintió. Volvió a la cocina.
En un momento, un mejillón se le resbaló de los dedos. Cayó al piso con un golpe seco. Lo levantó, pero al agacharse el codo le pegó al balde de los mejillones limpios. Uno se cayó también.
—Mierda —dijo.
Se dio vuelta, la mirada yendo del mejillón en el piso a él.
—Agárralo —dijo.
Edoardo lo agarró. La valva estaba levemente rajada.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora te lo comes.
—¿Qué?
—Si está rajada, se abre. Si se abre, se come. —Lucía lo miró—. No se tira nada.
—¿No se tira nada?
—No. Acá no se tira nada.
La miró por un momento. Después lo dejó caer otra vez.
—Mierda —repitió.
Lucía suspiró. Se agachó, lo levantó, y lo tiró en un bol.
—Te lo comes tú —dijo.
—¿Por qué yo?
—Porque lo rompiste tú.
Edoardo sacudió la cabeza. —Está bien —dijo—. Me lo como.
Volvió al trabajo. Los mejillones limpios se terminaron, y Lucía los había puesto a hervir.
Entonces la puerta se abrió.
Un hombre —grande, pelado, con una campera a cuadros— entró y se sentó en la mesa cerca de la ventana.
—¡Lucía! —dijo—. Lo de siempre.
Ella asintió. —Ya viene, siéntese. —Agarró la pizarra con el menú escrito con tiza y se la llevó.
Edoardo miró la escena. El hombre era un cliente normal. Sin embargo, el corazón le latía más fuerte de lo normal.
—¿Y él? —preguntó el hombre, señalando a Edoardo.
—El ayudante —dijo Lucía.
—¿De Florencia?
—Sí.
—¿Y sabe hacer algo?
La mirada de Lucía fue de él al hombre.
—Está aprendiendo —dijo.
Edoardo sintió que la sangre le subía a la cara. Agarró el plato con el salame —el que había cortado él— y lo llevó a la mesa.
—Aquí tiene —dijo.
El hombre lo miró. Las fetas finas, regulares. Olió, agarró una, se la comió.
—Bueno —dijo—. Y bien cortado.
Edoardo no contestó. Volvió a la cocina.
—Dijo bueno —dijo Lucía.
—Ya lo escuché.
—¿Y tú?
—¿Y yo qué?
Lucía se acercó, los ojos oscuros fijos en él.
—¿Cómo te sientes?
Edoardo miró sus manos. Todavía mojadas de mejillones. Las observó como si las viera por primera vez.
—No sé —dijo—. Pero no está mal.
La mañana pasó. Edoardo sirvió mesas, lavó platos, ayudó en la cocina. Cada vez que se equivocaba —un vaso que se caía, un plato movido de más— Lucía lo miraba, pero no decía nada. Y la próxima vez, él lo hacía mejor.
Al mediodía, el cliente se fue. La trattoria quedó vacía.
Lucía se secó las manos. —Ahora comemos —dijo.
Se sentaron. Dos platos de pasta.
Edoardo comió en silencio. Después, a mitad de la comida, se detuvo.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó.
Lucía dejó el tenedor. —¿Qué?
—A enseñarme. A cortar el salame, limpiar los mejillones, barrer. ¿Por qué lo haces?
Ella se quedó callada un momento.
—Porque estás acá —dijo—. Y si estás acá, tienes que estar bien.
—Pero yo no soy de Oria.
—No importa. —Retomó el tenedor—. Estás acá.
—Y además —siguió—, eres divertido.
—¿Divertido?
—Sí. —No sonrió, pero los ojos se le achicaron—. Un idiota, pero divertido.
Edoardo soltó una carcajada.
—Entonces —dijo—, soy el entretenimiento.
—Eres el entretenimiento.
—¿Y por eso me tienes acá?
—Por eso te tengo acá.
Bajó el tenedor. —¿Y tú? —preguntó—. ¿Por qué estás acá?
—Porque es el restaurante de mi papá.
—Pero podrías irte.
—Podría.
—¿Y por qué no lo haces?
Lucía lo miró. Esta vez sus ojos no lo examinaban, como siempre hacían. Simplemente lo miraban.
—Porque todavía no terminé —dijo.
—¿Terminaste qué?
—Acá. —Hizo un gesto vago con la mano—. Todo.
Edoardo no entendió. Pero no preguntó. Había algo, en esos ojos, que no quería tocar.
Terminaron de comer en silencio. Lucía agarró los platos, los puso en la pileta.
—Mañana —dijo—, misma hora.
Edoardo asintió. Salió.
El sol estaba alto. Caminó hacia la casa con las manos en los bolsillos. Se detuvo frente a la puerta. Estaba abierta —la había dejado abierta, por primera vez desde que había llegado.
Entró. La casa en silencio.
En el baño se miró al espejo. La barba más larga. Los ojos cansados. Pero había algo distinto: una luz, un asomo.
Fue a la cocina. Abrió la heladera.
Vacía.
—Dos meses —murmuró.
Después se acordó de que al día siguiente había mejillones para limpiar.
—Mierda —dijo.
Pero la voz, esta vez, no sonaba enojada. Sonaba casi contenta.
Se tiró en la cama, los ojos abiertos, mirando el techo.
Mañana, pensó, había mejillones. Y salame. Y polvo.
Y por primera vez, no le molestaba.
Pero no se lo dijo a nadie.