Capítulo 5 – Un hombre grande y una escoba chica
El lunes llegó y Edoardo no estaba listo. Nunca lo hubiera estado.
Se despertó cuando el sol todavía no estaba alto.
El teléfono seguía muerto en la mesa de luz.
Lo miró con una mezcla de desprecio y resignación, y se levantó.
La espalda todavía le dolía, pero ya empezaba casi a acostumbrarse.
Se puso el mismo pantalón, la misma remera.
El olor a cigarrillo había desaparecido, reemplazado por un aroma a polvo que ya le resultaba familiar.
La plaza estaba desierta. El aire fresco, y la fuente hacía su ruido leve. La trattoria cerrada, las persianas bajas, el cartel tan oscuro como la madera.
Edoardo miró el reloj. Siete y media. Demasiado temprano.
Escuchó pasos. Se dio vuelta.
Lucía.
Llevaba la misma ropa del viernes, el mismo pelo recogido, el mismo delantal. Pero cuando lo vio, sus ojos se detuvieron en él un momento más largo de lo necesario.
—Estás acá —dijo.
—Dije que iba a venir.
—Ya sé. Pero no te creía.
Edoardo abrió la boca para contestar, pero ella ya estaba en la puerta, con las llaves en la mano —grandes, de hierro— que tintineaban en el aire silencioso.
—Entra —dijo—. Hay que hacer.
Edoardo entró. La trattoria era distinta sin clientes. Más silenciosa, más grande. Las sillas apoyadas sobre las mesas, y la luz entraba por las persianas entreabiertas, creando franjas de polvo suspendido en el aire.
Lucía se secó las manos en un repasador y lo miró.
—Mi papá dijo que hagas lo que haga falta —dijo—. Por ahora, limpiar.
—¿Limpiar qué?
—Todo.
Agarró una escoba de un rincón —de ramas, vieja, las cerdas gastadas— y se la entregó.
—Empieza por el piso.
Edoardo la agarró. Era liviana, demasiado. El mango liso, gastado por años de manos.
—¿Por dónde empiezo? —preguntó.
—Por la puerta. Y sigues.
Lucía se dio vuelta y desapareció en la cocina.
Edoardo se quedó en medio del cuarto, la escoba en la mano, mirando el piso de piedra.
—Bueno —se dijo—. ¿Qué tan difícil puede ser?
Levantó la escoba y empezó a barrer.
El polvo se levantó en una nube densa, que se le pegaba a las cerdas y no quería soltarse. Cada movimiento lo levantaba más, y el piso —en vez de quedar más limpio— quedaba más sucio.
Se detuvo. Miró la escoba. La escoba lo miró a él —o al menos así le pareció.
—¿Pero cómo se hace? —murmuró.
Probó barrer más despacio. El polvo se levantaba igual. Probó más fuerte. Voló en todas direcciones, y una parte le terminó en la remera.
—¡Edoardo! —La voz de Lucía llegó desde la cocina—. ¿Qué es ese ruido?
—¡Nada!
—¡Parece que estás peleando!
—¡Es una pelea!
Salió de la cocina, los brazos cruzados, y se quedó en el umbral observándolo. El piso estaba peor que antes, con franjas de polvo que parecían dibujos abstractos.
—Nunca barriste —dijo.
—Nunca fue necesario.
—¿Ni en el colegio?
—Estudié en un colegio que tenía personal de limpieza.
Lucía sacudió la cabeza. Se acercó, le sacó la escoba de las manos, y empezó a barrer. Los movimientos fluidos, precisos. El polvo se juntaba en montoncitos, que ella empujaba hacia una pala.
—¿Ves? —dijo—. No es tan difícil.
—Para ti no es difícil.
—Para ti sí.
—Para mí sí.
Le entregó la escoba. En sus ojos —esos oscuros que nunca habían sonreído— Edoardo captó algo. No era simpatía. Era diversión. La diversión de quien mira a un idiota que trata de hacer algo simple y le sale pésimo.
—Entonces —dijo—, aprende.
Volvió a la cocina.
Edoardo agarró de nuevo la escoba. Esta vez, en lugar de moverla al azar, trató de imitar los movimientos de Lucía. Lentos. Regulares.
El polvo empezó a juntarse. No perfectamente. Pero mejor que antes.
—Listo —dijo después de diez minutos—. Casi.
Pero el polvo levantado se había depositado sobre las mesas, las sillas, las repisas. El piso más limpio, el resto más sucio.
Lucía salió con un balde y un trapo.
—Ahora las mesas —dijo.
Edoardo agarró el trapo. Lo mojó en el balde, lo escurrió —muy poco— y empezó a limpiar la primera mesa. El agua se acumuló en un charco sobre el piso.
—Estás haciendo una pileta —dijo Lucía.
—Es para hidratar la madera.
—La madera no se hidrata así.
La ignoró. Siguió limpiando. La mesa quedó brillante —demasiado brillante— y el agua seguía chorreando.
Lucía suspiró. Agarró un trapo seco y se lo tiró.
—Seca —dijo—. Y la próxima vez, escurre mejor.
Edoardo lo agarró. Miró el piso mojado.
—¿Esto es el lunes? —preguntó.
—Esto es el lunes.
Pasó una hora. Después dos.
Edoardo limpió las mesas, las ventanas, las repisas. Después las sillas. Después el piso, otra vez. Después la cocina. Después el baño, más limpio de lo que esperaba.
A media mañana, mientras llevaba un balde lleno de agua, se enredó con su propio pie. El balde voló. El agua se esparció por el piso como un río desbordado.
Salió de la cocina. Sus ojos pasaron del charco a Edoardo, parado en medio del agua, el balde vacío en la mano.
—¿Por qué haces dos cosas al mismo tiempo? —preguntó.
—Porque soy rápido.
—No. —Se agachó, agarró otro trapo—. Simplemente no puedes hacer una sola cosa a la vez.
Lo observó secar el piso. Los movimientos precisos, sin esfuerzo.
—Entonces —dijo—, ¿cuál es el secreto?
—¿El secreto de qué?
—De hacer las cosas sin hacer un desastre.
Se levantó, y por un momento sus ojos se quedaron fijos en él.
—No hay secreto —dijo—. Simplemente lo haces. Y lo piensas.
—¿Pensar qué?
—Lo que estás haciendo. En vez de pensar en lo que vas a hacer después.
La mirada de él pasó de ella al balde, después al agua.
—Es más difícil de lo que parece —dijo.
—Ya sé.
Se dio vuelta y volvió a la cocina.
Edoardo agarró el balde de nuevo. Lo llenó otra vez. Lo llevó despacio, con cuidado, mirando dónde ponía los pies. Esta vez no lo volcó.
Pasó el resto de la mañana limpiando. De vez en cuando se equivocaba —un balde que se volcaba, un trapo que no escurría bien, una ventana que quedaba más sucia que antes— pero cada vez mejoraba un poco.
Al mediodía, Lucía salió de la cocina con dos platos.
—Come —dijo, poniendo uno sobre la mesa.
Edoardo lo miró. Orecchiette, con grelos. Como el viernes.
—No comiste —dijo Lucía—. Ya sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes cara de no haber comido. Y porque no tienes plata.
Edoardo se sentó. El plato caliente, y el aroma —ajo, aceite, grelos— le dio agua en la boca.
—Gracias —dijo.
—No me agradezcas. —Lucía se sentó frente a él, con su plato—. Es tu almuerzo de trabajo. Y mañana lo pagas.
Edoardo sonrió. Agarró el tenedor.
Comió en silencio. Estaba bueno —como el viernes, tal vez más. O tal vez era el hambre lo que lo hacía mejor.
—¿Y el salame? —preguntó a mitad de la comida—. ¿Dónde está?
Lucía levantó la vista. —¿El salame?
—Sí. El que tienen colgado en la cocina. Lo vi ayer.
—Es para esta noche.
—Ah.
Edoardo volvió a comer. Pero después de un minuto se levantó —sin preguntar— y fue a la cocina. Lucía lo siguió con la mirada, pero no se movió.
Escuchó el ruido de un plato que se movía. Después silencio. Después Edoardo volvió, con un pedazo de salame en la mano.
No lo había cortado. Lo había partido con las manos: un pedazo irregular, el borde deshilachado.
—Edoardo —dijo Lucía.
—Dime.
—Acabas de comerte el salame.
—Sí.
—El que tenemos que servir esta noche.
El pedazo seguía en su mano. Miró a Lucía, después de nuevo el salame.
—Ah —dijo.
—¿Ah?
Edoardo le dio un mordisco. Lo masticó despacio. Después, con la boca todavía llena:
—Estaba bueno.
Los ojos de Lucía se quedaron fijos en él, en silencio, y por un momento —solo un momento— Edoardo pensó que se iba a enojar.
En cambio, sacudió la cabeza.
—Eres un idiota —dijo.
—Ya sé.
—Un idiota que no sabe que el salame se corta con cuchillo.
—Ahora ya sé.
—Y que no se come la comida de los clientes.
—¿Tampoco eso?
—Tampoco eso.
Edoardo se sentó. El salame seguía en su mano. Lo miró, después lo dejó sobre la mesa.
—Entonces —dijo—, ¿ahora qué hacemos?
Agarró el salame, lo llevó a la cocina, y volvió con un cuchillo y una tabla.
—Ahora —dijo—, aprendes a cortarlo.
Lo observó cortar el salame en fetas finas, regulares. Manos rápidas, precisas.
—¿Ves? —dijo—. No es difícil.
—Para ti no es difícil.
—Para ti sí.
—Para mí sí.
Dejó el cuchillo y lo miró.
—Entonces —dijo—, aprende.
Agarró el cuchillo. El mango de madera, gastado. Lo sostuvo entre los dedos, y probó cortar. La feta salió gruesa, irregular, la primera se despegó mal.
—¿Así? —preguntó.
—Así.
—Pero no queda lindo.
—No tiene que quedar lindo. Tiene que ser comestible. Y cuando sepas cortarlo bien, también va a quedar lindo.
Edoardo cortó otra feta. Mejor que la primera. No perfecta, pero mejor.
—Entonces —dijo—, ¿por qué todo en Oria es así?
—¿Así cómo?
—Así… lento. Así… sin apuro.
Se apoyó en el mostrador, los ojos fijos en él.
—Porque acá no hay apuro —dijo—. No hay nada que espere. El pan se hace a la mañana, y si llegas tarde, tienes que esperar al día siguiente. El salame se corta cuando hace falta. Las ventanas se limpian cuando están sucias. —Se detuvo—. No hay emergencias.
La miró en silencio un momento.
—¿Y no te aburres? —preguntó.
—Alguna vez.
—¿Y qué haces?
Los ojos oscuros se quedaron fijos en él.
—Miro a los idiotas que no saben cortar el salame —dijo—. Y me río por dentro.
Edoardo soltó una carcajada. Una risa de verdad, que le sacudió los hombros.
—Entonces —dijo—, soy un entretenimiento.
—Eres un entretenimiento.
—¿Y por eso me tienes acá?
—Por eso te tengo acá. —Lucía agarró el salame cortado y lo llevó de vuelta a la cocina—. Ahora termina de limpiar. Y la próxima vez, pregunta antes de comer.
Edoardo volvió al trabajo. La espalda todavía le dolía, y las manos estaban rojas, pero había algo distinto: una sensación de liviandad que no había sentido antes.
Limpió el piso. Después las ventanas. Después el depósito, en el primer piso. Cada movimiento un poco más preciso que el anterior.
Cuando terminó, bajó las escaleras. Lucía estaba en la puerta, las manos en los bolsillos.
—¿Terminaste? —preguntó.
—Terminé.
—Bien. —Se corrió para dejarlo salir—. Mañana, misma hora.
—¿Mañana?
—Es martes. Y el martes se limpia el depósito de nuevo.
Edoardo la miró. Después sacudió la cabeza, y sonrió.
—Está bien —dijo—. Mañana, misma hora.
Salió. El sol estaba alto, y el aire caliente. Caminó hacia la casa con las manos en los bolsillos, y sentía cada músculo que le dolía.
Se detuvo frente al portón. La llave giró en la cerradura. El portón se abrió.
—Dos meses —murmuró.
La mecedora crujió cuando se sentó.
—Dos meses.
Después pensó en las ventanas del primer piso. Las que había limpiado. Las que tenía que limpiar al día siguiente.
—Mierda.
Cerró los ojos.
Se quedó dormido antes de terminar el pensamiento.