Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2) Capítulo 3 – La chica del delantal #2
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Capítulo 3 – La chica del delantal #2

Sus palabras cayeron como una piedra en un charco. La chica se quedó quieta. La mano, que iba a agarrar un repasador, quedó suspendida en el aire.

—¿Todo?

—Sí. Todo. Tengo hambre. —El estómago le volvió a rugir, como confirmando.

Ella lo miró. Por un momento, los ojos oscuros se quedaron fijos en él, no mirándolo, examinándolo. Después, despacio, insinuó una sonrisa. Chiquita, casi imperceptible, como una grieta en una pared de hielo.

—Está bien —dijo—. Pero no llores cuando llegue la cuenta.

—No voy a llorar.

—Eso dices ahora.

Se dio vuelta y volvió a la cocina. El delantal ondeaba detrás de ella, y el repasador que llevaba en la mano —un trapo manchado de rojo— se agitó como una bandera.

Edoardo la vio desaparecer tras la puerta.

Después notó que todavía tenía el tenedor en la mano, y que los dedos estaban más fríos que el metal.

—¿Cómo te llamas? —gritó.

—¡Lucía! —contestó desde la cocina, sobre el ruido de una sartén golpeando el fuego—. Lucía Bianchi.

—Lucía. Lindo nombre.

—No te hagas el galán, Edoardo. —La voz llegaba clara, a pesar del ruido—. No te va a funcionar.

Edoardo se rió. Una risa genuina, sin el nerviosismo de antes. Se recostó contra el respaldo y miró el techo. Las vigas de madera eran oscuras, y una telaraña se balanceaba suavemente en el aire caliente, movida por su propia respiración. La siguió con la mirada hasta que se detuvo.

La sopa llegó a los diez minutos. En un bol de terracota, humeante, con un hilo de aceite verde flotando en la superficie.

El aroma —ajo, perejil, garbanzos que habían hervido horas— llenó el aire a su alrededor.

Agarró la cuchara. El metal caliente, casi demasiado, y lo sintió contra los labios mientras probaba.

Estaba buena. Muy buena. No sabía a restaurante de Florencia, donde todo estaba calculado y medido. Sabía a casa, pero a una casa donde alguien cocinaba de verdad, con las manos y con tiempo, no con un teléfono.

—Está buena —dijo, alzando la voz—. La sopa está buena.

Lucía salió de la cocina. Se paró cerca del mostrador, los brazos cruzados, mirándolo.

—Ya sé.

—No eres muy modesta que digamos.

—No hay motivo para ser modesta cuando se cocina bien.

La cuchara seguía en su mano, suspendida, mientras hablaba. —¿Y el pulpo? ¿Cómo es?

—Ya llega. Y lo vas a descubrir.

Comió en silencio. La sopa se terminó demasiado rápido, y se dio cuenta de que estaba raspando el fondo del bol con la cuchara, como un chico. Lucía seguía en el mostrador, mirándolo. Pero no como una mesera que espera. Lo miraba como se mira a un animal del que no se sabe si está domesticado.

—¿Por qué me miras? —preguntó Edoardo, dejando la cuchara.

—Estoy chequeando.

—¿Chequeando qué?

—Si de verdad eres así como pareces. O si estás actuando.

Edoardo se recostó contra el respaldo. La silla crujió. La telaraña, sobre él, se había movido, tal vez por el aire de la puerta recién abierta.

—¿Y qué descubriste?

Lucía no contestó enseguida. Se acercó a la mesa —dos pasos, tres— y apoyó las manos en el borde del mantel. Los dedos cortos y fuertes, grasosos de aceite, y la mancha de vino a un centímetro del pulgar.

—Que hablas demasiado —dijo—. Pero tal vez sea solo nervios.

Edoardo abrió la boca para contestar, pero Lucía ya había vuelto a la cocina.

El pulpo llegó a los cinco minutos. Blando, tierno, con un aroma a limón y perejil que le hizo agua la boca antes de probarlo siquiera. Se lo comió todo. Después las orecchiette. Después absolutamente todo lo que había.

Cuando terminó, le dolía la panza. Pero era un dolor bueno, como el que viene después de días de hambre.

—¿Cuánto es? —preguntó.

Lucía salió de la cocina. Se secó las manos en el delantal —un gesto que ya había visto antes, pero que ahora le resultaba familiar— y miró los platos vacíos.

—Veinticuatro.

Edoardo estiró la mano hacia la billetera. La sintió moverse en el bolsillo trasero. Después se detuvo. La billetera vacía. No tenía efectivo. La tarjeta suspendida.

La mano quedó suspendida en el aire.

—Eh —dijo.

—¿Eh?

—Eh. —Edoardo miró la billetera. Después a Lucía. Después la puerta—. No tengo plata.

Los ojos de Lucía no cambiaron de expresión. Pero la mano —la que se acababa de secar en el delantal— se quedó quieta, como esperando.

—No tienes plata.

—No.

—Comiste todo, y no tienes plata.

—No es mi culpa. La tarjeta está suspendida. Mi papá…

—No quiero saber de tu papá. —La voz sonó más seca que antes, más filosa—. Quiero saber qué haces ahora.

Edoardo miró la mesa. La mancha de vino. El mantel áspero bajo los dedos. Las manos, todavía apoyadas en el borde. Sentía el peso del polvo acumulado en la piel, y el sabor del pulpo que todavía le quedaba en la boca.

—Trabajo —dijo—. El lunes. Tu papá me contrató.

—Ya sé.

—Entonces puedo pagar el lunes.

Le dedicó una mirada larga, tal vez demasiado larga. Después, despacio, asintió.

—Está bien —dijo—. Pero el lunes pagas doble.

—¿Doble?

—Por la molestia. —Se dio vuelta—. Y porque te comiste todo y no me dejaste nada.

Edoardo soltó una carcajada. Una risa que le salía de adentro, que le sacudía los hombros.

—Está bien —dijo—. El lunes pago doble. Y propina.

—¿Propina?

—Ya sé que era rico. Al menos antes lo era.

Lucía se detuvo en la puerta de la cocina. Se dio vuelta, y los ojos —esos oscuros que nunca habían sonreído— lo miraron con un brillo que no estaba ahí antes.

—Entonces —dijo—, el lunes, Edoardo. No te olvides.

—No me voy a olvidar.

Salió. La plaza estaba casi a oscuras, el cielo se había puesto violeta. El viejo del banco ya no estaba. La fuente hacía su ruido de agua corriendo, y el aire estaba más fresco, olía a romero y a leña quemándose.

Edoardo caminó hacia la casa. La calle era angosta, y sus pasos rebotaban en las paredes como si alguien lo estuviera siguiendo. Pero no había nadie. Solo el silencio, y el olor de la noche que caía.

Se detuvo frente al portón. Seguía abierto. El polvo lo esperaba adentro. Pero por un momento —solo un momento— sintió que el polvo ya no era un enemigo. Solo era polvo.

Entró. El silencio lo recibió. Se sentó en la mecedora. La silla crujió, y el ruido rebotó contra las paredes. Cerró los ojos. Sentía la comida bajándole por el estómago, y el peso del día presionándole los hombros.

Entonces el teléfono vibró.

Un segundo. Corto, seco.

Lo agarró. La pantalla negra. La batería muerta.

El teléfono volvió a vibrar.

Edoardo lo miró, confundido. Después se dio cuenta de que la vibración venía de su propio estómago. Era la comida, acomodándose.

—Qué asco —dijo.

Y se rió. Una risa que lo agarró de sorpresa, que le sacudió los hombros y le echó la cabeza hacia atrás. Se rió solo, en la oscuridad de la casa, mientras la mecedora crujía despacio.

Afuera, la noche había caído sobre Oria. Y por primera vez, Edoardo no sentía el peso del silencio.

Sentía solo el hambre que ya había pasado, y el eco de su propia risa apagándose despacio entre las paredes de piedra.