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Pero, pensándolo bien, se dijo que probablemente Matt había roto el hielo y había puesto las cosas en marcha.
Más animada, siguió andando hacia casa y, cuando abrió la puerta, le llamó la atención un fuerte olor a cerrado.
«Huele como si aquí se hubiera detenido la vida —pensó—.
Esto no está bien, no está nada bien. Tengo que hacer algo. »
Al pasar por el salón, vio a Allison tumbada en el sofá, con la mirada perdida en la nada, y se fue a la cocina a calentar café.
—Estoy calentando café —le dijo a Allison en la puerta de la sala—. ¿Te apetece una taza?
—Me da igual.
—Pues tómate una, cariño. Me gusta tener compañía.
Llenó las tazas, las llevó y las dejó en la mesita, al lado del sofá. Allison se incorporó y Constance se sentó a su lado.
—Hace frío en la calle —dijo Connie—, y creo que va a nevar. Tengo ganas de que termine este año y Mike pueda dejar de ir a White River . Solo son catorce kilómetros, pero en cuanto llega el invierno, empiezo a preocuparme.
Allison no dijo nada. Connie dio un sorbo al café.
—Hummm, qué rico está. Necesitaba algo caliente. ¿Quieres galletas?
—No, gracias, mamá.
Connie levantó la mirada y vio los primeros copos de nieve posarse en el cristal de la ventana. Su hija siguió esa mirada, vio la nieve y se levantó. Se acercó a la ventana y miró fuera.
Allison había adelgazado. Su rostro había perdido los últimos vestigios de la juventud. Connie, mirándola, pensó: «Ahora eres una mujer, hija mía». Se acercó a la ventana. Se quedaron juntas contemplando la nieve que caía del cielo denso y encapotado de la tarde.
—¿Por qué la nieve siempre es emocionante? —se preguntó Allison, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
—Quizá sea porque nos recuerda a la infancia —dijo Connie—, los días en que el mundo estaba a nuestros pies y la vida era un hermoso sueño infinito.
—Para mí ha terminado —dijo Allison. Abrazó a su madre y empezó a llorar. Constance la abrazó y le acarició el pelo.
—Llora, pequeña —le dijo—, llora.
Abrazada a su hija, pensó: «Llora por el fin de su juventud. Es posible que, después del trauma del nacimiento, el segundo sea el de darse cuenta de que se es adulto, el de aceptar la edad y las responsabilidades y el de rendirse a la idea de la muerte».
—¡Ay, mamá! —sollozó Allison—. Yo lo quería. Lo quería.
Constance la llevó al sofá y le cogió la mano.
Se quedaron mirando el fuego hasta que Allison habló por fin y le contó toda su historia con Lewis.
Cuando terminó, Constance la besó y le secó las lágrimas.
Después le dijo: —Ahora debes vivir, por él, Allison.
Y no pienses que eres la primera mujer que ha tenido que tomar esa decisión.
No tienes una hija por la que vivir, como yo, pero tienes talento.
Hay que empezar a trabajar de nuevo, cariño.
—Lo intentaré, mamá. Voy a intentarlo.
Y, efectivamente, en los días siguientes lo intentó.
Mientras la nieve caía y se acumulaba alrededor de la casa, se sentaba horas y horas a la máquina de escribir, mirando fijamente el papel en blanco.
Pero lo poco que escribía, lo tachaba. «Es tan difícil volver a esto», pensaba.
Normalmente acababa haciendo garabatos en el bloc de notas.
—Pero al menos lo intenta —le dijo Connie a Mike—. Y habla un poco más.
Mike se quedaba todo el día en casa, porque habían empezado las vacaciones de Navidad; su presencia, decididamente alegre, era positiva para Allison. Pasaban mucho tiempo sentados a la mesa de la cocina hablando del trabajo de Allison y de su incapacidad para empezar la segunda novela.
—Puede que esto sea el síndrome del segundo libro —dijo Allison.
—Quizás —admitió Mike—, aunque creo que escribir es como cualquier otro trabajo.
Cuando llevas mucho tiempo sin practicar, te cuesta un poco retomar el ritmo.
No eres tan distinta de un leñador que lleve tres meses sin trabajar.
Él necesita fortalecer los músculos y tú, tonificar la cabeza y el carácter.
—A veces me parece que ya he escrito todo y que no tengo nada más que decir.
Mike se rio.
—Aunque nunca te movieras de Peyton Place —dijo—, tendrías material suficiente para dos vidas.
El día de Navidad, estaban cenando rodeados de restos de envoltorios de regalo, cuando alguien dio un fuerte aldabonazo en la puerta. Mike enarcó las cejas y se levantó.
—¿Quién será? —preguntó Constance.
—Probablemente unos niños pidiendo golosinas —dijo Mike. Se inclinó súbitamente y besó a Constance—. Feliz Halloween, cariño.
—¡Ay, es que no tengo nada que darles! —suspiró Connie, mientras él se dirigía a la puerta. Los golpes continuaron.
—Ya voy, ya voy —gritó Mike.
Abrió la puerta y se hizo el silencio. De pronto oyeron decir a Mike: —O es usted Rita Moore o es la aparición más hermosa que he visto en mi vida.
Allison se puso de pie de un salto al oír la risa cristalina y resonante de Rita.
—Solo puede ser ella —dijo Allison en respuesta a la mirada interrogante de su madre.
Rita entró en la estancia. Llevaba un abrigo negro forrado de piel con un cuello alto y amplio que enmarcaba su hermoso rostro, brillante de frío.
—Me alegro de verla en pie —le dijo a Allison—.
Me enteré en Nueva York de que estaba interpretando el papel de Elizabeth Barret Browning 5 .
—Sin dar tiempo a Allison a replicar, se volvió hacia Mike y le entregó la cesta de mimbre que llevaba—.
Tenga, señor MacKenzie, está llena de champán y no creo que haga falta enfriarlo más.
El taxi que me ha traído desde White River tenía refrigeración.
—¡Un taxi! —exclamó Allison—. ¿Cómo ha conseguido que la trajeran hasta aquí el día de Navidad?
—No solo me ha traído, querida. El taxista va a esperarme en casa de un amigo y después me llevará de vuelta a tiempo para coger el tren a Boston. Y solo me ha costado veinticinco dólares, un autógrafo y mi mejor sonrisa.
—Tenía que habernos llamado por teléfono, señorita Moore —dijo Mike, que estaba a su lado con la cesta de champán en las manos—. Habría ido a buscarla de mil amores.
—¡Ah, es usted muy amable, señor MacKenzie! —respondió Rita.
—Siempre lo es. Parece un boy scout — dijo Constance.
—Rita, ya se habrá dado cuenta de que estos son mis padres —dijo Allison—. Mike y Constance Rossi.
—Rossi —repitió Rita. Se volvió hacia Mike—. Y yo le he llamado MacKenzie. Lo siento.
—¡Ah, no pasa nada! —dijo Mike—. Aunque también es verdad que si no hubiera sido usted quien es, la habría matado —añadió, y se fue a la cocina con la cesta.
Rita se sentó a la mesa como una más.
—Bueno, a ver —dijo Allison—, ¿qué diablos se le ha perdido aquí?
—Pues... estaba en Nueva York, me enteré del accidente y me apeteció disfrutar de un buen banquete navideño a la antigua usanza, por eso he venido. Además, tenía curiosidad por conocer el escenario de la historia.
—Y ¿qué le parece?
—Casi igual que Nueva Inglaterra —dijo Rita—. ¿Así es como tiene que ser? Quiero decir que, cuando una cosa es tal y como espero, siempre creo que será de imitación.