9
Allison sabía que Lewis había muerto. Incluso en las turbias profundidades del sueño narcótico, lo sabía. Lo llamaba cuando la llevaron a la sala de recepción del hospital con el cuerpo destrozado y siguió llamándolo hasta que Matt Swain le inyectó un sedante.
Una semana después, Constance y Mike estaban sentados al lado de su cama.
Seguía sedada. Su madre miraba con lágrimas en los ojos el rostro magullado de su hija.
Según el informe médico de Matt Swain, tenía cuatro costillas rotas, la clavícula aplastada y había sufrido una conmoción cerebral grave.
Pero Constance sabía que esa mirada torturada y angustiada, los sobresaltos repentinos y la forma en que sacudía la cabeza no eran el resultado de las lesiones físicas.
Allison estaba cautiva de las terribles y angustiosas pesadillas de los sedantes.
Constance y Mike pasaban las tardes y las noches a su lado. Matt solo les permitía ir en el horario habitual de visitas del hospital. Constance habría hecho guardia las veinticuatro horas del día, si se lo hubieran permitido.
—Es joven. Se recuperará rápidamente —le dijo Matt.
—No son los huesos rotos lo que me preocupa —respondió Constance.
—¿Y qué te hace pensar que a mí sí, Connie? —replicó Matt—. ¿Me tomas por idiota?
—Lo siento, Matt —se disculpó ella.
—Más te vale, maldita sea —dijo él.
Enfurecido, se marchó por el pasillo del hospital, con la bata blanca ondeando detrás.
Stephanie se quedó con ellos la primera semana y luego tuvo que irse a Nueva York, con la promesa de volver tan pronto como cualquiera de ellas la necesitara.
Se despidieron con lágrimas en los ojos, en tanto Mike, con una expresión de impotencia en el rostro, decía: —Todo va a salir bien, todo va a salir bien.
El segundo día después del accidente, Mike llegó a casa con el informe de los resultados del examen del coche que había hecho la policía estatal.
—El acelerador se atascó —dijo Mike—. Allison no tenía suficiente experiencia para saber que solo hay que meter la punta del zapato por debajo y empujarlo hacia arriba. Sospecho que lo pisó a fondo pensando que así lo liberaría. Pero no funcionó, claro.
Constance lo escuchó sentada en silencio, con las manos en el regazo.
—A juzgar por las marcas de los neumáticos en el firme —continuó Mike—, la policía cree que debió de intentar detener el coche pisando el freno. Perdió el control. Probablemente iba a unos 130 o 140 km|h en ese momento.
—¡Dios mío! —exclamó Connie.
—Saben dónde se salió el coche de la carretera, pero solo pueden suponer cuántas vueltas de campana dio. Creen que cuatro o cinco, hasta que terminó entre los árboles.
El vehículo quedó siniestro total, sin reparación posible; y en el interior se encontraba el cuerpo de Lewis.
Allison había salido despedida, había caído en el terraplén cubierto de hierba y había rodado hasta abajo.
Un coche lleno de adolescentes llegó al lugar minutos después del accidente.
Encontraron a Allison intentando abrir la puerta abollada del coche para llegar hasta Lewis.
Sabía que estaba muerto. Volvió la cabeza de un lado a otro en la almohada, tratando de sacudirse el horror de las pesadillas.
Tan terrible como todo lo demás había sido la sensación de impotencia que la invadió cuando el coche empezó a derrapar por la carretera, con los neumáticos chirriando. No podía hacer nada, nada.
—¡Lewis! —gritó—. Lewis, ¿qué está pasando?
Recordó que él había movido lentamente la mano hacia el volante para ayudarla a controlar el coche.
Entonces empezaron a dar vueltas. Eso era lo único que recordaba, pero la pesadilla de aquellos momentos espantosos se repetía una y otra vez, hora tras hora.
Y en lo más profundo del inconsciente, en el centro mismo de su ser, anidaba la certeza de que él había muerto.
La siguiente semana en el hospital, a primera hora de la mañana, cuando las enfermeras empiezan a apagar las luces, Allison se despertó y encontró a Matt Swain mirándola.
—Buenos días, Allison —le dijo con la mayor delicadeza, como nunca había hablado a nadie en la vida.
Allison empezó a llorar débilmente; las lágrimas brotaban y se derramaban resbalando por la cara.
—Dígamelo, Matt —dijo con la voz quebrada y susurrante—. Dígamelo.
—Ya lo sabes —dijo él.
—¡Dígamelo!
—Ha muerto, Allison —dijo Matt.
Le tomó la mano, pero ella la retiró.
—No quiero oír ninguna de sus palabras de consuelo, doctor —dijo con voz átona y apagada, y cerró los ojos—. No van a ayudarme.
—Allison —dijo Matt—, Allison, voy a curarte, con tu ayuda o sin ella. Así que hazte a la idea.
Constance le llevaba libros y revistas y, cuando volvía al día siguiente, los encontraba intactos, del mismo modo que volvían a la cocina las bandejas de comida que le llevaban las enfermeras.
Matt Swain entró y se quedó a los pies de la cama en silencio, hasta que Allison levantó la vista y lo miró a los ojos.
—Si pretendes suicidarte, Allison —dijo—, hay formas más sencillas y menos dolorosas de hacerlo.
Esperó a que Allison respondiera. Ella cerró los ojos y volvió la cabeza.
—En este hospital, el jefe soy yo —dijo, en un tono tan áspero y violento que hasta él se sorprendió—. Se hace lo que diga yo. Cuando llegues a casa, cuando te dé el alta del hospital, podrás hacer lo que quieras. No es asunto mío. Pero no te vas a ir de aquí hasta que lo diga yo.
Se puso las manos a la espalda y se inclinó, con el estetoscopio como una soga negra alrededor del cuello y la bata blanca abierta como una tienda de campaña.
—Puedes elegir, Allison. O te comes lo que te traen, lo que yo te he recetado, una alimentación nutritiva que te devolverá la salud, o te ato las manos a la cama, te pincho con agujas y te alimento por vía intravenosa. Como prefieras.
Hizo una señal a la enfermera, que esperaba en la puerta con una bandeja de comida.
Entró en la habitación con paso apresurado, dejó la bandeja y accionó la manivela para levantar la cama.
Contra su voluntad, pero inevitablemente, Allison se quedó sentada en la cama.
Matt se acercó a la ventana y abrió las cortinas, la habitación se inundó de luz.
La enfermera colocó la bandeja en la mesita auxiliar y se la acercó a Allison, que miró la comida como si fuera algo peligroso y amenazador.
«Bueno, si esto no funciona, no sé qué narices voy a hacer», pensó Matt.
—Tu madre se va a poner muy contenta con esta noticia —dijo en voz alta.
Allison no lo miró. Cogió la cuchara y empezó a comer el caldo lentamente.
Matt Swain salió de la habitación. En el pasillo, se apoyó contra la pared y se secó la frente. «Si no fuera médico, habría sido un actor excelente», se felicitó.
En diciembre, Mike llegó en el coche nuevo que le había comprado la compañía de seguros y se llevó a Allison a casa.
Las piernas no la sostenían bien, pero llegó al coche por su propio pie, apoyada en el brazo de Mike.
Cuando Mike le abrió la portezuela, escondió la cara en su hombro y se echó a llorar.
—¡Ay, Mike! ¡No puedo, no puedo!
Mike le susurró al oído unas palabras tranquilizadoras y sin sentido, como una madre arrullando a un bebé, y la ayudó a entrar en el coche con delicadeza. A continuación, fue rápidamente al otro lado y se sentó al volante. Luego, conduciendo muy despacio, la llevó a casa.
Constance había preparado el sofá del salón con mantas y almohadas; la chimenea crepitaba alegremente. Allison miró a todas partes, como si fuera la primera vez que veía esa casa y sintiera temor.
«Si al menos me lo dijera —pensó Constance, mirando a su hija con el corazón destrozado—. Si me atreviera a decirle que lo sé.»
Allison, tumbada en el sofá con Constance y Mike revoloteando alrededor, solo tenía pensamientos amargos. Le parecía que el cuerpo la había traicionado al recuperarse. Y que traicionaba a Lewis por seguir viva cuando él estaba muerto.
David y Stephanie le escribieron. Brad Holmes y Arthur Tishman le enviaron mensajes y flores.
Pero ella no respondió a nadie. Leía mucho.
Constance escribió a David y a Brad, y ellos le enviaban constantemente las novelas nuevas que salían al mercado.
Durante el día, deambulaba por la casa, de habitación en habitación, pero siempre volvía al sofá.
El sofá se había convertido en su refugio.
«Como Road’s End cuando era niña», pensó. Y para Lewis había sido realmente el final del camino 4 .
A veces pensaba: «Ahora eres libre. Ahora puedes tener toda la experiencia de la vida que querías. Puedes ir a cualquier parte, verlo todo, hacer cualquier cosa. Eres libre».
Cuando le venía esa idea a la cabeza, la apartaba rápidamente, le repelía. «Es como bailar encima de la tumba de Lewis», se decía, y se odiaba por pensar esas cosas.
Dos semanas antes de Navidad, Constance le preguntó si le apetecía que David y Stephanie pasaran las vacaciones con ellos.
—Todavía no quiero ver a nadie —respondió, negando también con gestos de la cabeza.
Por las noches, Constance y Mike, acostados en la cama, la oían merodear por la casa o tomar café en la cocina. Cuando bajaban por la mañana, siempre había una taza de café en el fregadero y una pila de libros en la mesa. Allison solo dormía cuando tomaba un somnífero.
Constance acudió a Matt Swain , pero lo único que el médico pudo decirle fue lo siguiente: —Confío en Allison .
Hay que armarse de paciencia, Connie, soportarlo y acompañarla hasta que supere este mal momento —dijo.
Connie asintió—. Oye, si quieres, puedes decirme que no meta las narices en tus asuntos —añadió—, pero ¿había algo entre Allison y Lewis Jackman?
—No metas las narices en mis asuntos, Matt —dijo Connie, sonriendo por primera vez en semanas.