8
Jennifer miró fijamente a Roberta por encima del enorme pavo del Día de Acción de Gracias.
«¡Bruja despiadada! —pensó con saña—. Que no se le ocurra a nadie volver a echarme en cara el rollo ese de la indiscreción, ¡maldita sea!
Si no fuera por eso, es muy probable que mañana por la noche a estas horas estuviera muerta. »
Roberta sirvió café, sonrió y comentó quiénes habían estado en la Iglesia Congregacional.
—¿Y has dormido una buena siesta, querida? —le preguntó.
Jennifer, con la excusa de que le dolía la cabeza, se había quedado para echar una siesta mientras el resto de la familia asistía a los servicios del Día de Acción de Gracias.
—No he podido dormir —respondió Jennifer—. Así que me he dedicado a leer.
Esperó a ver si Roberta reaccionaba, pero la suegra ni se inmutó.
Después de cenar, Harmon y Ted fueron a casa de un amigo de Harmon a jugar al ajedrez y tomar cerveza hasta la puesta de sol. Roberta y Jennifer se quedaron solas en casa.
—Creo que voy a echar una cabezadita —dijo Jennifer—. Estas cenas suyas, tan copiosas, siempre me dan sueño.
—Adelante, querida —dijo Roberta—. Yo tengo que escribir unas cartas.
«Seguro», pensó Jennifer sarcásticamente.
Subió las escaleras y, media hora más tarde, cuando Roberta se asomó a la habitación, Jennifer parecía estar profundamente dormida. Cerró la puerta en silencio y se dirigió al armario de la ropa blanca, el que estaba en el pasillo.
«Gracias a Dios que las bisagras están bien engrasadas», pensó Jennifer mientras abría la puerta del dormitorio.
Por la estrecha abertura, vio a Roberta coger la caja de jabón en escamas, sacar el llavero y, a continuación, bajar de puntillas por las escaleras alfombradas.
Jennifer se acercó a la cómoda, sacó el cuaderno y, con el mismo sigilo que su suegra, la siguió por las escaleras.
Se quedó mirándola en la puerta del salón hasta que abrió el escritorio y metió la mano en el cajón inferior; vio que se quedaba rígida de sorpresa, que abría el cajón de un tirón y rebuscaba frenéticamente en él.
Cuando Roberta se volvió, Jennifer estaba inmóvil en la puerta con el cuaderno en la mano.
—¿Es esto lo que busca? —preguntó dulcemente.
Roberta dio un respingo, y se puso tan pálida que, por un instante, Jennifer pensó que iba a desmayarse.
—¿Cómo es que lo tienes tú? —susurró Roberta, horrorizada.
—Pues, abrí el cajón del escritorio, querida madre —respondió Jennifer—. Dígame —preguntó, con una sonrisa desdeñosa en los labios—, ¿en serio creía que se saldría con la suya?
—¡Dame ese cuaderno! —exclamó Roberta.
—Todavía no, madre querida —dijo Jennifer, con una calma exasperante—.
Sabe, me preguntaba por qué se había aficionado a leer novelas policiacas.
Siempre había pensado que usted era una auténtica fanática del Libro del Mes 3 , pero no me imaginaba que se le pudiera ocurrir cometer una estupidez como esta.
Tampoco hace falta que me explique sus motivos, porque los conozco.
—No sé de qué hablas —dijo Roberta, casi sin aire.
—Oh, sí que lo sabe. —Avanzó lentamente hacia ella sin perder la sonrisita—. Me tiene celos —dijo en voz baja—. Cada vez que Ted y yo nos acostamos, se queda usted agazapada en el cuartito de al lado y oye a su hijo cuando me hace el amor, y está tan celosa que no puede soportarlo.
Roberta retrocedió hacia el escritorio tambaleándose como si la hubieran golpeado.
—Está celosa —insistió Jennifer—. Tan celosa que no lo soporta. Le gustaría ser usted la que estuviera en la cama con Ted.
—¡Estás loca! —exclamó Roberta, segura de haber gritado, pero la voz no fue más que un susurro ronco.
Jennifer estalló en carcajadas y dijo: —¿ Yo estoy loca?
Mire, voy a leerle esto, a ver cuál de las dos está loca.
—Abrió el cuaderno y empezó—: «Una y media: Jennifer sube a dormir la siesta.
Dos y media: la despierto con una taza de café en la que he disuelto somníferos.
Tres en punto: le sugiero que visitemos a las jóvenes Page.
Tres y media: Jennifer y yo subimos al coche en el garaje y arranco con los guantes puestos.
Le digo que se me han olvidado las gafas y la dejo allí mientras vuelvo a entrar en la casa.
El coche sigue en marcha. Cuatro en punto: Jennifer se ha quedado dormida, la muevo al asiento del conductor y vuelvo a casa.
Cinco y media: Ted y Harmon vuelven y me encuentran profundamente dormida en la cama.
Descubren a Jennifer muerta en el coche». Jennifer cerró el cuaderno de golpe.
—Yo no habría llegado a saber lo que me había pasado, ¿verdad? —preguntó.
Roberta estaba hundida en la silla del escritorio.
—Eres malvada —repetía una y otra vez—, eres una chica mala, una malvada.
—Al menos no he tenido intenciones de matarla —replicó Jennifer—. Y ahora, ¿sabe lo que voy a hacer?
Roberta la miró con estupor.
—Voy a subir a buscar el abrigo —dijo Jennifer con una sonrisa—, luego cogeré este cuaderno, me meteré en el coche e iré directamente al sheriff.
Empezó a salir de la habitación y Roberta se levantó de un salto para seguirla, tal y como Jennifer sabía que haría. Subió las escaleras corriendo, con Roberta detrás, y cuando llegó arriba, esperó a que la suegra la alcanzara.
—¿En serio creyó que se saldría con la suya? —preguntó Jennifer en tono burlón, sosteniendo el cuaderno casi al alcance de Roberta.
Roberta se inclinó hacia delante para cogerlo y, en ese momento, Jennifer lo dejó caer al suelo, puso las manos a su suegra en los hombros y la empujó con todas sus fuerzas.
La mujer se cayó con un grito y Jennifer observó con frialdad cómo se golpeaba la cabeza un par de veces contra la pared mientras rodaba escaleras abajo.
Le pareció que tardaba una eternidad en llegar al final.
Jennifer se quedó inmóvil en lo alto de las escaleras; lo único que se oía era el eco del grito de sorpresa de la mujer y la tranquila respiración de Jennifer.
Bajó silenciosamente las escaleras y pasó por encima del cuerpo caído.
Se agachó y le tomó el pulso, pero por la postura de la cabeza, supo que su suegra se había roto el cuello y que estaba muerta.
Volvió a subir las escaleras y quemó las páginas del cuaderno en el lavabo del cuarto de baño, luego tiró las cenizas por el desagüe.
El ritmo regular de su corazón no se alteró en ningún momento, porque sabía que no podía fallar.
Si Roberta no hubiera muerto en la caída, sino que solo hubiera resultado herida, Jennifer seguiría a salvo porque tenía el cuaderno con ese plan terrible y Roberta habría sido incapaz de decir que la había empujado.
Cuando las últimas cenizas desaparecieron suavemente por el desagüe, Jennifer sonrió.
Fue al dormitorio y se quitó los zapatos, las medias y la faja, tal como hacía todos los domingos por la tarde cuando se preparaba para la siesta.
La cama estaba deshecha, porque se había acostado para esperar a que Roberta fuera a verla.
Bajó las escaleras en combinación y pasó por encima del cadáver de Roberta sin mirarlo siquiera.
Se dirigió al teléfono y se detuvo un momento antes de descolgar.
Contuvo la respiración el tiempo suficiente para que la voz sonara entrecortada y descolgó.
Pidió el número del amigo de Harmon y, cuando este le respondió, preguntó a gritos por Ted.
—¡Un accidente! —exclamó—. ¡Tu madre! ¡Ven rápido!
Roberta Carter fue enterrada tres días después y todo Peyton Place se compadeció de la afligida familia.
—¡Qué lástima! —decía la gente de la ciudad—. Roberta era una buena persona.
—Y qué disgusto para Jennifer. Roberta y ella se llevaban muy bien. La propia Roberta me dijo lo mucho que apreciaba a la mujer de Ted.
—Ya, ya. Es que Roberta solo vivía esperando el momento en que Jennifer tuviera el primer hijo.
—Es tremendo. No se ve a menudo a una suegra y a una nuera tan bien avenidas como Jennifer y Roberta.
El viernes siguiente, Ted y Jennifer subieron al tren con destino a Boston.
Como dijo Harmon, Ted no podía quedarse para siempre, tenía que pensar en su carrera.
Jennifer llevaba una pamela negra con un velo que ocultaba su sonrisita.
Ted la ayudó a subir los escalones y a entrar en el tren.
Se estremeció al tocarla. Albergaba una terrible sospecha en el corazón.
Pasaría el resto de la vida —de su vida de grandes triunfos—, sumido en una tenebrosa incertidumbre.
3 Referencia al club estadounidense Book of the Month , servicio de suscripción que mandaba a sus miembros una selección de libros cada mes.