Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 7
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En Road’s End, Allison y Lewis, sentados en el asiento delantero del coche, contemplaban Peyton Place , que parecía un pueblecito de juguete en el fondo del valle.

Daba la impresión de que las casas hubieran absorbido la gris monotonía del cielo invernal.

A Allison le recordaron a las lápidas de un cementerio y se estremeció.

—No sé por qué —dijo Lewis, atrayéndola hacia sí—, pero me entristece un poco ver Peyton Place desde aquí. Parece desolada.

—Es por la época del año —dijo Allison—. Yo también la veo así; es la melancolía del otoño. Aunque sepamos que cada estación es un nuevo comienzo, el otoño siempre parece un final. Mueren tantas cosas...

Lewis le tomó el rostro entre las manos y la miró un largo rato; luego, con mucha delicadeza, le besó los párpados y los labios.

—Te quiero, Lewis —dijo Allison.

—Espero que dure para siempre, Allison.

—Sé que nuestro amor durará. Ojalá nosotros también.

Lewis se rio y dijo: —Allison, el otoño no te pone solo melancólica. Te pone francamente macabra.

—Ya. Estoy segura de que cuando vuelva a trabajar todo se colocará en su sitio. Cuando escribo, se me olvida el día, la estación del año y el año.

—Espero que a mí no me olvides.

—Ni aunque lo intente, cariño —respondió Allison. Le abrió el abrigo y se apretó contra él. Después añadió—: Besuqueándonos en un coche... como si fuéramos colegiales; aunque, cuando lo era no hacía estas cosas.

Miró a un lado y al otro del desolado paisaje de Road’s End mientras Lewis le acariciaba el cuerpo.

—Creo que ni siquiera me encapriché nunca con ningún chico —dijo, pensando en voz alta—. Estaba tan ocupada con mis sueños que no tenía tiempo para los chicos. Aquí es donde empezó todo, Lewis, aquí, en Road’s End. A veces pienso que El castillo de Samuel nunca habría existido sin Road’s End.

Sonrió, soñadora, en la cálida envoltura que habían creado en el recogido espacio del coche de Mike. Las manos de Lewis exploraban libremente su cuerpo. Ella acercó la boca a su oreja y le lamió el contorno. Él la sujetó con fuerza un momento; después se calmó y dijo: —Cuéntame más cosas.

—Una vez, un chico llamado Norman me besó aquí.

—Me vuelvo loco de celos —dijo Lewis riéndose. Allison noto su cálido aliento en el cuello.

—Si no hubiera sido por Road’s End —dijo ella—, no habría habido novela, ni Nueva York, ni Lewis Jackman.

—Imposible —dijo él—. Inconcebible. Me niego a considerar tal posibilidad. Si no existieras, te habría inventado.

Se inclinó y le besó el jersey, donde se le marcaban los pe zones. Ella le sujetó la cabeza, apoyó la suya en el respaldo del asiento y cerró los ojos. La mano de Lewis se movía suave y lentamente, ella volvió la cabeza y entreabrió los ojos.

—Cuéntame más cosas —dijo él.

«Toda Peyton Place puede mirar hacia aquí y ver el coche, pero a nosotros no», pensó Allison.

—Cuéntame más —insistió Lewis.

—No puedo —susurró ella—. ¡Ay, Lewis! ¡No puedo!

Lo abrazó y lo besó buscándole la lengua. Él la mordió y la dulzura del dolor la hizo gemir. Cuando la llevó al colmo del placer, lo apartó de sí.

—Te quiero todo entero —dijo ella con los labios secos y la voz temblorosa.

No oyó su propia voz gritando ni las feroces palabras de amor que pronunció. Estaba envuelta en la oscuridad, no reconoció las palabras roncas y salvajes que salieron de su boca.

Cuando abrió los ojos, se encontró en brazos de Lewis. Había anochecido y la diluida luna invernal irradiaba una luz difusa. Las sombras de los árboles, tanto en la ladera como en la carretera, eran negras.

—Dios mío —dijo Allison, incrédula, en voz baja—. Pensaba que lo habíamos hecho todo.

Lewis sonrió y no dijo nada.

—No creía que pudiera haber algo mejor de lo que ya teníamos —añadió.

Apoyó la cara en el pecho de Lewis y notó en los labios los latidos de su corazón—.

¿Seguirá siendo así, Lewis? —preguntó, con voz débil y asustada—.

Me refiero a que cada vez es mejor. ¿Continuará así?

Espero que no, porque me imagino que si sucediera a menudo me moriría.

Lewis le acarició el pelo y, sonriendo, dijo: —No creo que haya motivo de alarma, cariño. Los seres humanos son tan raros que se acostumbran al placer tan rápido como a la desgracia.

—Me alegro de haberte encontrado —dijo ella, abrazándolo con fuerza—. Me cuidarás siempre, ¿verdad?

—Siempre —prometió él.

—Y dentro de unas semanas volveré a Nueva York, cariño, y entonces siempre estaré allí para cuidarte a ti. Voy a alquilar esa maravillosa habitación blanca y dorada un año entero, voy a trabajar todo el día y a hacer el amor toda la noche.

Se incorporó y encendió un cigarrillo.

—Lewis —continuó—, ¿crees que a ese director bajito le molestará que vengas a mi apartamento todas las noches?

A Lewis le dio la risa.

—Eres la mujer más sofisticada y, al mismo tiempo, la más ingenua que he conocido en mi vida —dijo él—. La respuesta es: sí, al director le molestará y no, no dirá nada.

—¿Por qué no dirá nada? —quiso saber Allison.

—Porque pagas un alquiler tan alto que le conviene no quejarse.

Ya ves. Mientras no hagamos ruido y no molestemos a los demás inquilinos, no oirás un solo pero por su parte.

Los directores de esa clase de hoteles de lujo son profesionales de la discreción.

Una de las primeras lecciones que aprenden en la escuela es a mirar a otra parte con elegancia.

Allison soltó una carcajada y dijo: —También hacen un curso para aprender a andar hacia atrás. En el examen final tienen que retirarse andando hacia atrás por una sala llena de gente, inclinando la cabeza todo el tiempo y sin chocar con nada.

—Y luego, un postgrado de chasqueo de dedos —añadió Lewis—. Cuando el nuestro se lo hace a esos fantasmas húngaros, suena como el disparo de una pistola.

—Si no se oye en la otra punta del vestíbulo del hotel, es que no es perfecto. Los directores con dedos flácidos no llegan a ser Conrad Hilton.

Se rieron de sí mismos; todo les parecía encantador.

Ni si quiera el sombrío paisaje de Nueva Inglaterra resultaba deprimente ya y Peyton Place relucía en el valle como una joya.

Allison se imaginó que distinguía su casa y que veía a Mike, a Constance y a Steve alrededor del fuego.

Se preguntó si estarían hablando de Lewis y de ella.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—Me preguntaba si estarían hablando de nosotros.

—Si no volvemos pronto, seguro que sí.

—¡Ay, ya! —se lamentó Allison—. Pero no quiero irme de aquí. Es tan íntimo, cariño. Es la última oportunidad de estar contigo a solas hasta después de Año Nuevo. —Lo besó tiernamente—. Pero veo que, ahora que has conseguido lo que querías de mí, solo te interesa volver a la civilización.

—Así somos los hombres. El plan es cansarme de ti dentro de una o dos semanas y abandonarte como un trapo viejo.

—Pues tiene que ser una noche de nevada, así que, espera —dijo Allison poniendo el motor en marcha—. No sería justo cortar conmigo si hace buen tiempo.

Comenzaron el largo y sinuoso descenso hacia Peyton Place .

Lewis encendió la radio y se inclinó para buscar música cuando Allison se dio cuenta de que algo iba mal.

Había intentado reducir la velocidad para tomar la amplia curva, pero los frenos parecían no responder; el coche se desvió de una manera extraña.

Tomó la curva y, al quitar el pie del freno, comprobó que el coche respondía mejor. Suspiró, aliviada.

—Ya está —dijo Lewis. Se recostó en el asiento para disfrutar de la orquesta sinfónica que había encontrado en una emisora de Boston.

Allison pisó suavemente el acelerador con la punta del pie; quería aumentar un poco la velocidad para la subida.

El coche salió disparado a una velocidad mucho mayor de lo que esperaba.

«¿Qué diablos pasa aquí?», se preguntó. Volvió a pisar el freno y, de nuevo, el coche se desvió.

Lo soltó y, por la reacción del coche, supo lo que fallaba. ¡El acelerador se había atascado!

Iban cuesta bajo a cien kilómetros por hora.

Allison pisó el acelerador con un golpe seco, pensando que así se soltaría.

Pero siguió atascado, solo que ahora estaba más hundido que antes y, entre la velocidad del coche y la impotencia, se puso mala.

Se aferró al volante con fuerza y, con una mirada de angustia, observó la curva que se acercaba cada vez más.

Cuando Lewis dijo: «¿No crees que sería mejor...?», pisó el freno con fuerza, a fondo, y lo mantuvo ahí. Olió que empezaban a quemarse las pastillas de freno.

—¿Qué pasa, Lewis? —gritó, presa del horror.

Vio la mano de él moverse con una terrible lentitud hacia el volante. Y entonces se salieron de la carretera y el coche dio varias vueltas de campana.

Cerró los ojos y pensó: «Dios mío, ¿cuántas vueltas más dará antes de detenerse?».

Estaba en la cocina con Mike y Constance; tomaban café y se reían de una broma de Mike. «Nunca los dejaré, son tan buenos, tan buenos.»

—Allison. Allison —decía Constance—. Allison. Allison. ¡Allison, cariño!

Allison abrió los ojos. Los árboles deshojados oscilaban y se balanceaban en la altura, la luna estaba prisionera entre las ramas como un pájaro en una trampa. Se incorporó y miró a todas partes, desesperada.

—El coche —dijo—, el coche. Tengo que encontrar a Lewis.

Sintió un dolor punzante en el pecho, que la debilitó y la obligó a caer de rodillas.

—¡Lewis! —gritó—. ¡Lewis! Ya voy, querido, voy a ocuparme de ti.

Levantó la cabeza y vio el coche. Empezó a arrastrarse hacia él.