6
La víspera del Día de Acción de Gracias, Allison, Mike, Constance y sus invitados alargaron la noche.
Stephanie estaba tumbada en la alfombra, enfrente de la chimenea, y Lewis, sentado en el sillón.
Allison se dio cuenta de que a Mike le caía muy bien Lewis.
La velada había empezado hablando de política y literatura, pero, cuando llegaba la hora de poner fin a la noche, se pusieron a cotillear sobre Jennifer.
Stephanie les contó la actitud que había tenido en el tren y añadió: —Conozco a unas cuantas chicas como ella. Abundan mucho en Nueva York. Son unas zorritas presumidas y provocadoras, muy prometedoras por fuera, pero vacías por dentro como una taza de hojalata.
—Yo también he conocido a algunas Jennifer —dijo Lewis, sonriendo, porque le hacía gracia el lenguaje colorido de Stephanie—, y todas encajan bastante bien en ese estereotipo.
Tienen la idea de que pueden decir o hacer lo que se les antoje y de que papá siempre está ahí para protegerlas.
Señoras, espero que no se me echen encima, pero debo decir que nunca he conocido a ningún hombre (y en el trabajo he encontrado a algunos bastante egocéntricos) tan arrogante como esas mujeres.
—¿Por qué cree que es así? —preguntó Mike, como buen profesor que era.
—Creo que la explicación es muy sencilla —dijo Lewis—. A los hombres siempre les preocupa un poco la posibilidad de ganarse un puñetazo en la nariz por exceso de arrogancia, pero a las mujeres no les pasa eso.
—Digan lo que quieran de Jennifer Carter —intervino Constance—. No voy a criticarlos. Es rara, sí. Nunca he visto a una chica tan tensa y nerviosa. Sin embargo, al mismo tiempo parece imperturbable. Tengo la sensación de que podría hacer la cosa más monstruosa del mundo sin pestañear.
—Si vuelvo a llenar todas las copas, ¿me prometen cambiar de tema? —terció Mike, levantándose—. No creo que Jennifer Carter sea el mejor tema para la última conversación de la no che. Tendría sueños más agradables si contáramos historias de vampiros.
—Yo lo prometo —dijo Stephanie, levantando la copa.
Poco después, cada cual se fue a su dormitorio. Allison compartía habitación con Stephanie y Lewis dormía en la de al lado, la de invitados. Era un tormento estar tumbada en la cama sabiendo que Lewis se encontraba al otro lado de la delgada pared.
—Tu amigo Lewis es guapo —dijo Stephanie, como si le leyera el pensamiento—. He llegado a la conclusión de que todos los hombres atractivos están casados.
—Algún día encontrarás a alguien que sea apuesto y soltero —le dijo Allison.
—Supongo —dijo Stephanie—, pero entretanto, volviendo al tema, estoy muy sola. Allison, soy una chica buena y me he cansado de la soltería. Si no tuviera un sentido exagerado de mi propia valía, aceptaría al primer productor que me pidiera la mano. Aunque no es la mano lo que piden.
Allison soltó una carcajada y dijo: —No te preocupes. Al final conocerás a un hombre que te verá tal como eres, más allá de tu dura y hermosa coraza, y descubrirá que debajo hay un corazón tierno y cariñoso. Y ese será su fin, y el tuyo.
—Es la primera vez, y probablemente la última, que me halaga que me llamen farsante —dijo Stephanie, riéndose también.
—Oye, no quiero decir que seas una farsante, y lo sabes; solo has levantado defensas, como las demás. Bien sabe Dios que, después de mi experiencia desde que se publicó el libro, no se me ocurriría acusarte de farsante. Sería como lo que le dijo la sartén al cazo: aparta, que me tiznas.
—¿A qué te refieres? —preguntó Stephanie, incorporándose sobre el codo y mirándola.
—Lewis dice que les pasa lo mismo a casi todos los escritores —respondió Allison—, tienen la sensación de mentir, de estafar al público.
Cuando tu novela tiene éxito, cuando la leen un millón de personas, cuando todo el mundo habla de ella, no puedes creerte que todo eso sea el resultado de tu talento y entonces empiezas a pensar que los has engañado a todos y que eres un fraude ambulante.
—¿Todavía tienes esa sensación?
—No lo sé, Stevie. En realidad, no lo sé. Salvo por un par de honrosas excepciones, actualmente toda mi vida me parece irreal y fingida. Necesito volver al trabajo, empezar a escribir de nuevo.
—¿Por qué no lo haces? Estás en el sitio perfecto.
—No es fácil. A veces creo que es porque la vida me presenta muchísimas emociones.
No quiero encerrarme ni aislarme del mundo, porque me da la sensación de que me perdería algo, algo importante —explicó Allison, y se volvió hacia Stephanie—.
Me ha entrado un apetito voraz por la vida, Stevie.
El éxito hace que vivir sea tan delicioso que no quieres perderte ni un momento.
Supongo que por eso la gente de Hollywood tiene tanto miedo a estar sola, ni siquiera una hora.
Supongo que se imaginan que se han sacrificado tanto para triunfar que sería un pecado no disfrutar cada minuto al máximo.
—¿Ya sabes lo que quieres, Allison?
—Sí —respondió—. Lo quiero todo.
Stephanie se quedó callada y, al cabo de un rato, Allison la oyó respirar con regularidad y comprendió que se había dormido. Pensó en Lewis, tan cerca y tan inalcanzable. Se preguntó si se atrevería a colarse en su dormitorio.
«No puedo, en casa de mi madre no», se respondió. Por fin se durmió, agotada de tanto pensar.
Cuando abrió los ojos a la luz del día, pareció que solo ha bían transcurrido unos minutos y oyó, amortiguado, como si llegara desde kilómetros de distancia, el trajín de Constance en la cocina con los preparativos de la cena de Acción de Gracias. Se visitó rápidamente y bajó corriendo a ayudarla.
Mike estaba sentado a la mesa de la cocina con Constance, tomando café y hablando en voz baja. A Allison le pareció que nombraban a Lewis. Constance vio a su hija en la puerta.
—¿Qué haces levantada tan temprano? —preguntó.
—Quería ayudarte con la cena —respondió Allison.
—Tenemos el trabajo perfecto para ti —dijo Mike—. Requiere inteligencia y que el candidato sea una persona responsable.
—No creo que mi hija tenga la edad suficiente —dijo Constance, siguiéndole el juego.
—Creo que habría que darle una oportunidad —replicó Mike. Se dirigió a Allison—. ¿Tienes agallas y determinación? ¿Quieres llegar a ser alguien en la vida? Si no es así, no solicites este trabajo.
—¡Qué chiflados estáis! —exclamó Allison con una sonrisa—. De acuerdo. Tengo agallas y determinación. Quiero salir adelante. Bien, ¿en qué consiste el trabajo?
—¿Ves esa ventanita? —dijo Mike, señalando el horno.
Allison asintió.
—Bien, pues tu tarea consiste en acercar una silla, sentarte y vigilar el pavo. No queremos que se vaya volando, ¿verdad?
—Creo que es demasiado para ella —dijo Connie—. Después de todo, tiene muy poca experiencia en vigilar pavos.
—¡Puedo ponerme a la altura del reto! —replicó Allison con un fervor fingido—. Por favor. Este trabajo podría ser mi oportunidad.
—Es una carrera para toda la vida —dijo Mike, y acercó una silla—. No te precipites. Toma. Siéntate, tómate un café y piénsalo.
—Te guardamos el puesto hasta que te decidas —dijo Constance.
—Chiflados, estáis chiflados —dijo Allison desternillándose de risa.
—¡Holgazana! —dijo Mike—. Vienes aquí a ofrecer tus servicios cuando ya está hecho todo el trabajo.
—¿Por qué no me habéis despertado? —preguntó Allison.
—Porque somos los típicos padres —dijo Constance— a los que les gusta sacrificarse por los hijos y contárselo después.
—Sí, nos parece muy divertido —añadió Mike.
Allison se levantó y le dio un beso a cada uno.
—¿A qué viene esto? —preguntó Mike.
—Viene a que sois los típicos padres que hacen eso —respondió Allison.
En casa de los MacKenzie, el Día de Acción de Gracias empezó con risas y así siguió toda la cena y la sobremesa.
Allison nunca había visto a Lewis tan feliz, con la cara rebosante de alegría de vivir y de estar con gente que le agradaba.
En la cena, se sentó al lado de Allison y, en medio del jolgorio, le apretó la mano por debajo de la mesa.
Fue un gesto rápido y de una intensidad casi dolorosa, con el que expresó su alegría y su gratitud por esos momentos.
En una ocasión le había dicho a Allison que había perdido la esperanza de ser feliz hasta que la conoció. Hubo momentos a lo largo del Día de Acción de Gracias en los que su mirada de amor era tan evidente que Allison pensó que Constance y todos los demás se darían cuenta.
El banquete duró dos horas. Terminaron al final de la tarde. Allison quería llevar a Lewis a dar un paseo, enseñarle Road’s End y las vistas de la ciudad, además de contarle todos sus secretos y recuerdos.
—Quería llevar a Lewis a Road’s End —les dijo a Mike y a Constance—, pero se va a hacer de noche enseguida, me temo.
—Y dirigiéndose a Lewis, añadió—: Creo que no nos dará tiempo.
—Tonterías —dijo Mike—. Coge el coche. Podéis llegar allí en diez minutos y volver antes de que anochezca del todo.
—¡Qué buena idea! —dijo Allison, preguntándose por qué no se le había ocurrido a ella. En el coche también tendrían más intimidad. Sería la única ocasión de estar a solas antes de que Lewis se marchara por la mañana.
En la puerta, con la capucha de alpaca del abrigo viejo en la cabeza, les dijo a Constance y Stephanie: —Esperadme. No empecéis a fregar los platos hasta que vuelva.
—¡Holgazana! —le dijo Mike.
Cuando Allison y Lewis se marcharon, Mike reconoció que estaba lleno hasta los topes y que lo único que quería era echarse una siesta. Se levantó y se dirigió a las escaleras, pero se volvió y sonrió a Constance.
—Oye, cielo —le dijo—, prométeme que no empezarás a fregar los platos hasta que me levante.
Constance arrugó la servilleta y se la tiró. Desde lo alto de las escaleras, él gritó: —¡Fallaste!
—Es un hombre maravilloso —dijo Stephanie.
—Sí —dijo Connie—, pero no le digas que estoy de acuerdo contigo.
Las dos mujeres se pusieron a recoger la mesa y a llevar los platos a la cocina.
Steve se había puesto unos pantalones ajustados con un estampado de leopardo, parecía una gata bien alimentada y satisfecha más que otra cosa.
Mientras fregaban los platos, empezaron a cotillear.
Steve preguntó por Selena en primer lugar.
—Va a casarse con Peter Drake —dijo Connie.
—¿En serio? —preguntó Steve, encantada.
—Sí. En junio, después de que Joey se gradúe.
—Me alegro mucho. Ella es un bombón y lo ha pasado muy mal.
—Peor de lo que piensas. ¿Te encontraste alguna vez en Nueva York con un actor llamado Tim Randlett?
—¿Ese? —exclamó Steve—. ¡Dios, sí! Es uno de los tíos más insoportables que conozco.
—Bueno, estuvo aquí el verano pasado y deslumbró a Selena. Ella llegó a creer que se había enamorado de él.
—¡Ay, no! —exclamó Steve, preocupada—. Oye, voy a decirte una cosa de ese tío: es el mayor embaucador del mundo de la farándula.
—¿A qué te refieres? —preguntó Connie, recordando las palabras de Mike sobre Tim Randlett.
—Bueno, ya sabes: es lo que tiene haber sido una gran estrella.
De pequeño, sabía llorar de una manera convincente y ganó mucho dinero en Hollywood, fue una estrella, pero no lo ha superado.
Sigue creyendo que es el mejor. En serio, se cree Olivier o alguien así.
Una vez trabajé con él en un programa de televisión.
De verdad, es un tipo estrictamente convencional.
Está convencido de que tiene un perfil irresistible.
¿Sabes lo que hace? Actúa las veinticuatro horas del día.
Apuesto a que incluso hace posturitas en la ducha.
Se imaginó que yo era una chica de pueblo perdida en la gran ciudad y me soltó un gran discurso sobre cómo podía salvarme de la superficialidad y el falso oropel.
En fin... un auténtico bicho raro. Selena hizo bien en dejarlo.
Le he visto hacer de padre, de sacerdote, de vil seductor y de hermano mayor con toda clase de chicas.
Todo el repertorio, ya ves. Dime, ¿qué papel interpretó con Selena?
—No lo sé —dijo Connie pensativa—, pero debió de ser algo horrible. Creí que iba a morirse por su culpa.
—Le tocaría hacer de villano —dijo Steve—. ¡Qué farsante!
—Bueno, ya se acabó, gracias a Dios. Ahora que Selena va a casarse con Peter Drake, solo tengo que preocuparme por Allison y por ti.
—Estoy esperando que aparezca un productor rico —dijo Steve—, así que probablemente me moriré soltera. Todos los productores están casados. A veces pienso que las madres los casan a los trece años.
Terminaron de fregar los platos, llevaron la cafetera y las tazas al salón y se sentaron frente a la chimenea. Se quedaron calladas, descansando y contemplando las hermosas y extrañas formas que creaba el fuego, disfrutando de la paz y el silencio de la casa.