Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 5
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El tren volaba a toda velocidad por la larga distancia que separaba a Lewis Jackman de Allison MacKenzie; Lewis se sentó en el vagón restaurante, impaciente con la bebida y con las manecillas del reloj, que se movían tan despacio como si estuvieran pegajosas de melaza.

Las ruedas del tren también parecían avanzar a cámara lenta.

Se quedó mirando cómo se empañaba la copa y volvió a consultar el reloj.

Stephanie iba sentada a su lado en el panorámico vagón.

Allison los había presentado la semana que había pasado en Nueva York al volver de Hollywood.

Llevaban ocho horas viajando juntos desde que salieron de la Estación Central.

«Ese es más o menos el número de palabras que hemos intercambiado, ocho —pensó Stephanie—.

Si no supiera lo que sé, diría que Lewis es un hombre que se dirige a una cita de mucho peso. »

—¡Hola! —exclamó una voz femenina detrás de él.

Lewis se molestó incluso antes de volverse, se habría molestado con cualquiera que interrumpiera sus pensamientos.

—Hola —respondió Stephanie, con indiferencia.

—La conozco —dijo la joven—. Es usted Stephanie, la amiga de Allison.

—Sí.

—Soy Jennifer Carter —se presentó ella, sin dejarse intimidar por el frío recibimiento—. Mi marido está a punto de llegar. ¿Podemos sentarnos con ustedes?

—Por supuesto —dijo Stephanie, aunque tenía muchas ganas de negarse; además le presentó a Lewis.

—¡Aquí está Ted! —dijo Jennifer y se volvió hacia su marido—. Querido, te acuerdas de Stephanie, ¿verdad? Allison nos la presentó las Navidades pasadas.

—Claro —dijo Ted y le estrechó la mano—. ¿Cómo está usted?

—¿También va usted a Peyton Place a ver a Allison, señor Jackman? —preguntó Jennifer.

—Sí —respondió Lewis.

Una expresión de astucia iluminaba la mirada de la joven; a Lewis le recordó a una serpiente, y aunque era muy guapa, había cierta afectación en su actitud.

Tenía los pómulos muy prominentes, la mandíbula, agresiva y miraba a todas partes moviendo los ojos rápidamente, de modo que no solo parecía no perderse nada, sino también tantear por debajo de la superficie de cuanto veía.

—Allison debe de ser una escritora muy importante para arrastrar a un editor tan ocupado como usted tan lejos de la civilización —dijo Jennifer, clavándole una mirada directa a los ojos que exigía una respuesta.

—Así es —dijo Lewis, y la forma de decirlo, sencilla y sin enfatizar, prestó una gran autoridad a sus palabras.

Jennifer soltó una carcajada y continuó: —Es muy difícil pensar en la pequeña Allison MacKenzie de Peyton Place como una escritora importante a la que hay que tomar en serio.

—¡Jennifer! —dijo Ted—. No digas esas cosas.

—No seas ridículo, cariño —replicó Jennifer—. No puedo evitarlo, es lo que pienso, ¿no?

—Vamos a pedir algo —dijo Ted, incómodo, desviando la mirada.

—Buena idea —respondió Jennifer—. Quiero un whisky con agua, por favor. —Y se dirigió de nuevo a Lewis—. ¿Desde cuándo tiene tan buena opinión de Allison? —le preguntó con el mismo apremio que había caracterizado las preguntas anteriores.

Lewis quería levantarse y decirle que no era asunto suyo, pero no lo hizo.

—Desde hace mucho —respondió en un tono que no animaba a seguir con el interrogatorio.

—¿Desde antes de que se hiciera famosa y empezara a ganar montones de dinero? —insistió Jennifer.

—Sí, desde antes, incluso —respondió Lewis. Miró a Stephanie y se levantó—. Stephanie, creo que es mejor volver a nuestros asientos. Si nos disculpan. —Hizo un gesto de despedida con la cabeza.

Cuando se daba la vuelta para irse, Jennifer se rio.

—Eso es lo que se suele decir cuando no quieren seguir hablando con una.

—¡Jennifer! —exclamó Ted.

—¡Ay, deja de decir «Jennifer» en ese tono! —replicó ella, enfadada—. Pareces un disco rayado. —Dio un sorbo a la bebida—. Allison no se lleva el premio gordo con él. Es tan reservado como tú.

—Quizá le haya molestado tu indiscreción —dijo Ted, con más energía de la que solía empelar con su mujer.

—No soy indiscreta —se defendió ella—. Solo que me interesan las personas.

—De todos modos —dijo Ted—, es el editor, no su amante.

—Porque tú lo digas —replicó Jennifer.

—¿A qué viene eso? —preguntó Ted.

—Deje de interrogarme, señor fiscal del distrito. Sencillamente, lo presiento. Los grandes editores de Nueva York no vienen hasta Peyton Place solo para ver un manuscrito.

—Está claro que eres una chismosa —dijo Ted, recostándose en la silla—. Una entrometida.

Era cierto. Jennifer no podía ir a ningún sitio sin echar un vistazo al botiquín del cuarto de baño y revisar la pila de toallas de la ropa blanca.

Siempre que se le presentaba oportunidad, rebuscaba en los escritorios y cajones de las cómodas de otras personas, y le producía una profunda satisfacción saber que su mejor amiga soltera guardaba un surtido de anticonceptivos en el cajón de la mesita de noche, y que otra amiga recibía cartas de aviso de cobro de los almacenes Jordan-Marsh.

Sabía que el mejor amigo de su padre llevaba una ancha faja elástica y, cada vez que lo veía, apenas podía contener la risa, sobre todo porque también sabía que su mujer mantenía una animada correspondencia con un famoso violonchelista francés.

También sabía que su suegra se había aficionado a leer novelas policiacas sensacionalistas en rústica y que su suegro coleccionaba naipes pornográficos.

Y que Roberta y Harmon Carter tenían diecisiete mil dólares depositados en el Citizens National Bank y un seguro por valor de cincuenta mil dólares, y que, cuando Roberta quería tener la noche libre, mezclaba somníferos con el café que tomaba Harmon después de cenar.

Pero lo mejor de todo era un dato tan gratificante que le costaba mucho guardárselo para sí: había descubierto que, cada vez que iba a Peyton Place con Ted, Roberta se colaba por la noche en la pequeña habitación contigua a la de Ted para espiarlos.

—Debe de ser este aire —le dijo Ted a su mujer—. Cuando venimos a Peyton Place, te pones más cachonda que una puta francesa que disfruta del oficio.

Jennifer estuvo a punto de reírse en sus narices.

—Tú me pones así —dijo.

Y pensó en nuevas formas de excitarlo y provocar que le hiciera cosas inauditas. Saber que Roberta oía cada palabra y cada ruido la excitaba tanto que se desconcentraba. Se retorció entre las manos de Ted, gimiendo y gritando.

—¡Me haces daño! ¡Me haces daño! ¡No pares, cariño! ¡Más adentro! ¡Más hondo! —Y después, un grito ahogado y, al mismo tiempo que gemía, creía oír jadeos al otro lado de la pared—. ¡Otra vez, querido! ¡Otra vez!

Ted puso las manos encima del estremecido cuerpo de su mujer y preguntó: —Dios mío, ¿qué te hace ponerte así?

Jennifer pensó en que Roberta estaba escuchando y sonrió a oscuras.

—Te amo —dijo—. En cuanto me miras, solo puedo pensar en esto.

«Sería una delicia compartir ese secreto —pensó Jennifer—. Aunque Ted no lo entendería nunca.» Se volvería distante y se negaría a tocarla en casa de su madre. Así que tuvo que conformarse con ver la expresión de Roberta a la mañana siguiente.

—¿Qué ocurre, madre? —le preguntó con una sonrisita pícara—. ¿No ha dormido bien?

—La verdad es que no —respondió Roberta—. Supongo que no tenía que haber repetido de café.

—Bueno, yo he dormido como un niño de pecho —dijo Harmon.

«Eso seguro», pensó Jennifer, recordando los somníferos que Roberta guardaba bajo llave en el tocador.

Roberta escondía todos sus secretos bajo llave, pero no lo hacía con inteligencia, pues guardaba un llavero con todas las llaves de la casa debajo de la almohada, y Jennifer no tardó mucho en encontrarlo.

Mientras el tren corría hacia Peyton Place, Jennifer se llevó el vaso de whisky a la boca con una sonrisa, preguntándose qué novedades encontraría en casa de sus suegros. No había vuelto allí desde agosto; seguro que descubriría una auténtica cosecha de secretos nuevos.

Empezó a quejarse de dolor de cabeza desde que el tren salió de Concord y, cuando llegaron a casa de los Carter en Peyton Place , había convencido a su marido de que lo único que quería era irse a la cama con una aspirina y una taza de té caliente.

—Qué lástima —dijo Roberta en tono comprensivo—. Esta noche íbamos a ir todos a la cena de la iglesia.

—Por mí no se la pierdan, ni hablar. Váyanse los tres enseguida —dijo Jennifer.

—Nada de eso —dijo Ted—. No quiero dejarte sola si no te encuentras bien.

—No seas tonto —respondió ella—. Y por favor, no te empeñes, querido. Si no vas con papá y mamá me consideraré una idiota y tendré que acompañaros a la fuerza. Por favor, no me obligues.

Al final, Ted capituló y se fue con Roberta y Harmon.

Jennifer esperó a que se desvaneciera el ruido del coche, luego se levantó silenciosamente de la cama y fue al dormitorio de Roberta.

Rebuscó en los cajones de Harmon sin descubrir nada nuevo y, cuando en el tocador de Roberta no encontró nada más que otro pedido de somníferos, se enfurruñó como una niña pequeña.

Palpó debajo de la almohada de su suegra y se enderezó, sorprendida. El llavero no estaba en su sitio.

La irritación la aceleró más y se puso a registrar la estancia.

Se le daba muy bien descubrir escondites, así que descartó los rincones y recovecos más evidentes que podía elegir Roberta.

Rebuscó con dedos diestros en los bolsillos de todas las prendas del armario ropero, pero sin resultado.

Examinó minuciosamente el cuarto de baño y, cuando terminó, se quedó un momento en el pasillo de arriba, concentrada con toda su alma en lo que estaría pensando su suegra cuando cambió las llaves de sitio.

En otro momento, se dirigió directamente al armario de la ropa blanca que había al lado del cuarto de baño.

Palpó con los dedos una caja de jabón en escamas, que Roberta guardaba para lavar medias y ropa interior de nailon, y al instante tocó el llavero con la mano inquisitiva.

Lo sacó con cuidado de la caja de jabón, poniendo la otra mano debajo para no dejar ningún rastro revelador en el estante, y se echó a reír.

Abrió el baúl de cedro del vestíbulo, pero no encontró nada más que mantas de invierno, una botella de brandy y sesenta y ocho dólares en billetes de dos.

Lo dejó todo tal y como lo había encontrado y cerró la tapa del baúl de golpe.

Así que su suegra bebía brandy importado a escondidas y guardaba billetes de dos dólares. «¡Qué sosa!», se dijo, decepcionada.

Bajó las escaleras y abrió el escritorio del salón.

Allí solo vio la habitual colección de facturas, cheques cancelados y cartas pendientes.

Lo examinó todo con indiferencia y miró el reloj.

La familia no tardaría ni media hora en volver.

Abrió el cajón inferior del escritorio esperando otra decepción, pero se le despertó el interés cuando se fijó en un cuaderno de hojas sueltas que no estaba allí en la última visita.

Lo cogió, empezó a hojearlo y palideció al leerlo.

Roberta había ideado un plan para cometer un asesinato.

Un plan tan simple y estúpido que podía funcionar, precisamente por esas razones.

Mientras leía, se le aceleró el corazón como si se le fuera a salir del pecho y no levantó la cabeza de la lectura hasta que oyó un coche que se detenía fuera. Habían vuelto.

Rápidamente, cerró el escritorio con llave y corrió escaleras arriba.

Enterró el llavero en el fondo de la caja de jabón en escamas y corrió a su habitación.

Antes de volver a la cama, miró por la ventana justo a tiempo para ver a Roberta subiendo por el camino.

«Vieja zorra taimada y celosa. ¡Menuda sorpresa te espera! », pensó.

Tumbada en la cama, mientras escuchaba los pasos de Ted subiendo las escaleras, se dijo: «Va a ser un Día de Acción de Gracias memorable».

Roberta había programado el asesinato para el día siguiente.