4
Los hombres de Chestnut Street se reunieron para jugar la habitual partida de póquer de los viernes por la noche. Seth puso una botella de licor en el aparador y llenó de hielo cuatro copas, mientras Leslie Harrington procedía a barajar las cartas para echar la primera mano.
—Ya ha llegado otro invierno —dijo Matthew Swain al tiempo que se sentaba.
—Sí —dijo Seth—. Ephraim Tuttle ya ha instalado la salamandra y ha guardado los rollos de tela.
—¿Dónde se ha ido el año? —preguntó Charles Partridge—. Parece que hace solo unas semanas estábamos aquí hablando del libro de Allison MacKenzie, pero fue en abril.
—Es porque nos hacemos viejos —dijo Matthew—. Ahora el tiempo pasa volando para nosotros. Aunque recuerdo que, de joven, me parecía que pasaba muy lento.
—Matt, no tienes tan buena memoria para acordarte de una cosa de hace tantos años —apostilló Leslie Harrington .
—Tú tampoco, abuelo —respondió Matt—. Aunque reconozco que este último año estás mejor que nunca.
—Tengo que mantenerme sano para seguirle el ritmo a mi nieto —dijo Leslie—. Es un auténtico terremoto.
—¿Qué tal está Betty? —preguntó Seth.
—Bien —respondió Leslie—. Creo que por fin ha decidido quedarse aquí, en Peyton Place .
—Estupendo —dijeron Matthew y Seth casi al unísono.
Charles Partridge no dijo nada. Aparte del propio Leslie, Charles era el único habitante de la ciudad que sabía la tortura que Leslie había sufrido a manos de Betty Anderson .
—Cinco bonitas picas negras —dijo Seth Buswell animado, recogiendo las monedas del centro de la mesa.
«Picas —pensó Charles Partridge—. Con eso le ha pagado Betty Anderson a Leslie . Con picas.»
Charles sabía que, con Rodney Harrington , hijo, las cosas habían salido bien.
El niño se había encariñado con el abuelo como si lo conociera de toda la vida y Leslie, por supuesto, rebosaba ternura por los poros.
El pequeño Roddy era la viva imagen de su padre y, cada vez que Leslie lo miraba, las arrugas de la edad y de preocupación le desaparecían del rostro.
Sus amigos no eran los únicos en Peyton Place que advertían que Leslie estaba mucho mejor.
Betty Anderson también lo notó, y sonrió forzadamente al hombre que nunca había sido su suegro.
Llevaba dos semanas en Peyton Place , tiempo suficiente para que Leslie se hiciera ilusiones de que se quedarían para siempre, cuando empezó a hacer las maletas para marcharse.
—Tengo que volver al trabajo —le dijo a Leslie, cuando este protestó.
—No tienes por qué trabajar. Aquí hay dinero más que suficiente.
Betty se encaró diciendo: —Oiga, Leslie, me las he arreglado muy bien sin su dinero cuando estaba embarazada, cuando nació Roddy y desde entonces. No lo necesitamos a usted.
—Ya lo sé —respondió Leslie, rebajándose—. Soy yo quien te necesita a ti.
—Lo siento mucho —dijo Betty—, pero tendría que haberlo sabido cuando me echó de la oficina con doscientos cincuenta míseros dólares y un hijo en camino.
—Betty —suplicó él—, te compensaré, lo juro.
—No necesitamos nada de usted —dijo Betty y siguió haciendo las maletas.
Al final, prometió que se quedaría una semana más y Leslie respiró de nuevo. Pero al final de esos siete días volvió a preparar el equipaje.
—¡Por el amor de Dios, Charlie! —rogó Leslie, desesperado—. ¡Haz algo!
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Charles Partridge—. No tienes ningún derecho legal sobre el niño.
—¡Es mi nieto, maldita sea!
—Betty y Rodney no estaban casados —alegó Charles—. Y no puedes demostrar que ella haya sido una madre incapaz. No hay nada que hacer, salvo esperar a que cambie de opinión y se quede voluntariamente.
—Pues habla con ella —replicó Leslie con exigencia—. Hazle entender que lo mejor para el niño es que se quede aquí. Me da igual lo que haga, siempre y cuando me deje a Roddy.
—Nunca te lo dejará —dijo Charlie—. Si quieres al niño, más te vale pensar en querer a la madre también. De todos modos, hablaré con ella.
—¿Qué gano yo con eso? —preguntó Betty Anderson cuando Charles fue a verla.
—Aquí podría estar muy a gusto —dijo Charles—. Podría vivir en su casa, no tendría que trabajar y tanto usted como Rody estarían bien atendidos.
—Puedo cuidar de mí misma —dijo Betty—. Siempre lo he hecho. Y de Roddy también. No me importa trabajar para ganarme la vida. Y en cuanto a la casa, me da escalofríos. Es como un puñetero museo.
—Estoy seguro de que Leslie estaría dispuesto a permitir que la reformara —dijo Charles, preocupado por si se había metido en un lío—. No veo qué objeciones podría ponerle.
—No quiero reformar la casa de Leslie —dijo Betty—. Quiero una casa propia.
—Pero Leslie quiere que vivan con él —insistió Charles, boquiabierto de sorpresa—, usted y el pequeño Roddy.
—Como diría el padre del pequeño Roddy —dijo Betty, encogiéndose de hombros—: ¡Mala suerte, encanto!
—¿Se quedará al menos hasta Navidad? —preguntó Charles.
—No.
—¿Hasta fin de mes?
—No.
Charles fue a ver a Leslie y le contó lo que quería Betty si se quedaba en Peyton Place .
—¡Una casa! —rugió—. ¿Qué demonios le pasa a la mía? ¡Aquí cabe un ejército entero!
Charlie abrió las manos en señal de derrota y dijo: —No puedo hacer nada, Leslie. Eso es lo que quiere.
—¡Que se vaya al infierno! —gritó Leslie.
Pero al día siguiente, Betty volvió a hacer las maletas y Leslie fue volando a ver a Charles.
—Búscale una casa —dijo con hastío—. La que quiera ella.
Y así, Betty Anderson se convirtió en propietaria de una casita al final de Laurel Street .
—Es un sitio agradable para pasar las vacaciones —le dijo a Charles.
—¿Cómo que las vacaciones? —preguntó Charles—. ¿No piensa vivir aquí?
—¿De qué voy a vivir? —preguntó Betty—. ¿Leslie se cree que soy tan rica como él y que puedo permitirme estar todo el día de brazos cruzados, sin trabajar?
—Leslie está totalmente dispuesto a mantener al niño —objetó Charles—. Aquí podría usted buscar un trabajo para cubrir sus necesidades.
—¿Dónde? —se burló Betty—. ¿En la fábrica? ¿Como mi padre? No, gracias.
—Pero, pensábamos... —quiso alegar Charles.
—Me importa un rábano lo que pensaran —lo interrumpió Betty, tozuda—. No voy a aceptar un trabajo de tres al cuarto en la fábrica de Leslie Harrington . Si tengo que trabajar para mantenerme, puedo hacerlo mucho mejor en Nueva York. Y allí es adonde iré en cuanto acabe de hacer las maletas.
Al final, Leslie Harrington acordó una suma de veinticinco mil dólares para Betty Anderson y depositó otros diez mil en una cuenta para el nieto. Además, accedió a darle a ella una asignación semanal de cien dólares para los gastos domésticos y a comprarle un coche nuevo cada año.
—Por escrito —dijo Betty Anderson .
Charles Partridge redactó los documentos y Leslie Harrington los firmó.
—Una cosa más —dijo ella antes de firmar—. Tengo una amiga en Nueva York que me cuidaba a Roddy. Quiero que venga aquí a vivir conmigo y me ayude con la casa y con mi hijo. Leslie deberá pagarle cincuenta a la semana.
De manera que Agnes Carlisle se trasladó a Peyton Place con Betty Anderson, y Leslie Harrington accedió a pagarle un sueldo.
A cambio de lo que le daba, Leslie tendría privilegios ilimitados para visitarlas y derecho a quedarse con el nieto un día entero a la semana.
En caso de que Betty se casara, se quedaría con todo el dinero acordado para ella y para Roddy, pero dejaría de recibir la asignación semanal y Leslie conservaría los mismos privilegios.
Betty Anderson se recostó cómodamente en la sala de estar nueva y Agnes le sirvió una bebida. Se quitaron las dos los zapatos y se tomaron un Martini.
—Ahora lo tengo todo —dijo Betty—. ¿Quién quiere casarse?
—¿Qué te dije? —preguntó Agnes, con aires de suficiencia—. Que te pusieras en contacto con él, ¿verdad?
—Sí, sí, me lo dijiste —admitió Betty—. En tu vida me has aconsejado mejor.
—Por todos los santos, Charlie —dijo Leslie Harrington enfadado—, ¿vas a jugar a las cartas o qué? Llevamos un rato esperando a que nos digas si puedes abrir o no.
—Paso —dijo Charles Partridge, después de echar un vistazo a las cartas.
—Dame una —dijo Leslie a Seth, que estaba repartiendo.
«El viejo Leslie quiere hacer una escalera —pensó Charles—. Probablemente lo conseguirá. Siempre consigue lo que quiere, aunque tenga que pagar por ello.»
A las once, Leslie Harrington y Charles Partridge se despidieron de Matthew Swain y de Seth Buswell.
—Vamos a dar un paseo —dijo Leslie, cuando salieron a la calle.
—¿Adónde? —preguntó Charles—. Es tarde y estoy cansado.
—Solo quiero pasar por delante de casa de Betty. Me gusta asegurarme de que todo está bien antes de retirarme por la noche.
—¿Vas allí todas las noches? —preguntó Charles.
Leslie hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Nunca se sabe. Algún día podría pillar a esa zorra en una situación comprometedora.
—¡Leslie! —exclamó Charles, horrorizado.
—¡Ah, basta! Me conoces desde hace mucho tiempo, no vas a escandalizarte ahora por una tontería. ¡Vamos!
Siguieron andando lentamente por Chestnut Street y doblaron la esquina hacia Laurel.
La casa de Betty Anderson estaba a oscuras y en silencio.
Leslie se detuvo y la observó fijamente, como si pudiera atravesar los muros con la mirada y ver directamente el corazón amargo e implacable de Betty Anderson , la madre de su nieto.
No solo era el cariño de Roddy lo que hacía que Leslie pareciera más joven últimamente, sino también el olor de la batalla.
Estaba enzarzado con Betty en un choque de voluntades.
Nada lo rejuvenecía más que un buen enfrentamiento.
Miró la casa y pensó: «Has ganado la primera batalla, Betty, pero la guerra aún no ha terminado. Antes de que me muera, el pequeño Roddy vivirá conmigo en la mansión».