Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 3
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La llegada del otoño, con su atmósfera cargada de electricidad, siempre llenaba de energía a Roberta Carter.

Era como si barriera la pereza y la indecisión del año anterior junto con las hojas secas de los árboles del jardín delantero.

Se frotó las manos, mentalmente, y pensó: «Ahora que han terminado todas las frivolidades estivales, manos a la obra».

Echó un vistazo general al impecable salón y, aunque podía estar totalmente satisfecha de sus logros como ama de casa, algo empañaba ese placer.

Ted y Jennifer habían regresado a Cambridge a principios de septiembre, pero ella percibía todavía la presencia de esa horrible jovencita en la casa.

«Tengo que deshacerme de ella», pensó, negándose a renunciar.

Hacía más de un año que lo intentaba, pero había sido inútil. Ted hacía oídos sordos a cualquier comentario sobre su mujer y Harmon, tan diabólicamente inteligente cuando el problema de Roberta con el viejo Doc Quimby, era un incapaz en lo referente a Jennifer.

—Parece bastante agradable —decía Harmon.

—También lo era el doctor Quimby —replicaba Roberta—, pero te encargaste de que desapareciera enseguida de nuestra vida.

—Eso fue una cosa completamente distinta —respondía Harmon.

El doctor Quimby, que había sido el único médico de Peyton Place hasta que Matthew Swain volvió a casa para ejercer, era viejo y rico cuando Roberta empezó a trabajar con él de ama de llaves, secretaria y acompañante.

Roberta y Harmon, hijos de obreros de una fábrica, estaban comprometidos y querían casarse, pero era imposible, Harmon no ganaba lo suficiente trabajando de contable de Leslie Harrington . Hasta que Harmon Carter ideó un plan.

Era un plan ingenioso y sencillo que, si funcionaba, les aseguraría el futuro.

Roberta se dejó convencer fácilmente para poner en práctica la idea de Harmon.

Se casó con el doctor Quimby, este modificó el testamento a favor de su mujer y después Harmon y ella esperaron tranquilamente a que el viejo se muriera.

No tuvieron que aguardar mucho. Peyton Place le hizo la vida insoportable al Dr. Quimby.

La ciudad se tronchaba de risa y los pacientes que siempre habían acudido a él para sus dolencias, dieron por sentado que estaba senil y dejaron de ir a la consulta.

Roberta le ponía los cuernos abiertamente con Harmon y, al final, el viejo se metió la pistola en la boca y se voló los sesos.

En menos de un año, Roberta y Harmon se casaron y empezaron una larga lucha por ser aceptados en Peyton Place .

Con el tiempo y la nueva respetabilidad adquirida, lo consiguieron hasta cierto punto.

Naturalmente, siempre había quien se acordaba y lo comentaba, pero la historia perdía interés con el paso del tiempo y siempre había gente nueva en situaciones nuevas sobre las que cotillear.

También contribuyó mucho que Ted, el hijo de ambos, resultara ser un joven muy agradable.

De esta forma, el escándalo murió, quedó casi enterrado, y la gente lo olvidó.

Pero Roberta Carter no. Ella recordaba muy vívidamente lo mucho que había luchado para convertirse en una persona digna de admiración en la ciudad como buena esposa y madre y como un activo para la comunidad.

Pero en esos momentos, Jennifer amenazaba con apartar a su hijo del camino recto, con esa sexualidad desquiciada y anormal.

«Tengo que deshacerme de ella», se dijo de nuevo.

Llevaba un año ideando y descartando planes.

Ninguno había funcionado. Ted era tan prisionero de Jennifer como si estuviera en una celda de máxima seguridad en Alcatraz.

Jennifer estaba loca y volvería loco a Ted y, a los ojos de Peyton Place , estar loco era un delito mucho mayor que ser un ladrón o un violador.

«Tengo que deshacerme de ella», pensó una vez más.

Pero hasta el final del verano no se decidió a poner en marcha un plan que había descartado anteriormente por conside rarlo temerario y peligroso. Quemó la hojarasca, aspiró las alfombras y empezó a planear la estrategia.

Jennifer volvería a Peyton Place para las vacaciones del Día de Acción de Gracias. «Tengo que matarla —pensó—, y de una manera que no levante sospechas de ninguna clase.»

Se puso a leer novelas policiacas, pero no las tomó prestadas de la biblioteca pública de Peyton Place ni las compró en la librería local.

Se fue a otra ciudad, a cien kilómetros de distancia, y se hizo con unas cuantas novelas en rústica en un gran autoservicio en el que no la conocían.

Las leyó en secreto, encerrada en el cuarto de baño.

Durante el día, mientras Harmon estaba en el trabajo, tomaba nota de la trama de cada una y hacía una lista de las pistas que finalmente habían llevado a cada asesino a caer en las redes de la policía.

Así descartó el asesinato por disparo, por apuñalamiento, por estrangulamiento y por envenenamiento; y como Jennifer no respondía al tipo de suicida, Roberta dedujo que la muerte de su nuera tenía que ser «accidental».

Aunque su nuera conducía, Roberta no podía plantearse manipular un automóvil hasta el punto de provocar un accidente mortal.

Los accidentes domésticos también quedaron descartados porque, cuando Jennifer iba de visita a Peyton Place o Roberta iba a Cambridge, Harmon siempre estaba presente, o Ted, o ambos.

No. Tenía que ser algo que le sucediera sin estar ella presente...

Es decir, ni ella ni Ted, para que no recayera ninguna sospecha sobre su hijo.

Cerró otra novela policiaca y suspiró profundamente.

No iba a ser fácil, pero tampoco esperaba que lo fuera.

Entretanto, había muchas cosas que hacer.

Tenía que empezar a inventarse un cuento sobre su relación con Jennifer .

Tenía que impresionar a Peyton Place con su magnanimidad, de manera que, cuando todo hubiera terminado y Jennifer hubiera muerto, la gente tuviera motivos para decir: «¡Qué lástima!

Y que esto le haya pa sado precisamente a Roberta Carter.

¡A ella, que es el colmo de la bondad, y se llevaba tan bien con Jennifer ... ».

Roberta tenía desde siempre una gran facilidad para tantear a la gente y en septiembre, dos semanas después de la reapertura del instituto, cuando se dio cuenta de que la ciudad estaba más que descontenta con el nuevo director, empezó a intrigar para que Mike Rossi volviera a su legítimo puesto.

A espaldas de Marion Partridge, su mejor amiga, hizo saber a Charles que, cuando la junta escolar considerara los contratos para el curso siguiente, ella, Roberta, apoyaría a Charles al cien por cien en su campaña para volver a contratar a Mike.

—Todo este asunto ha dado muy mala imagen a la ciudad —le confió a Charles—. Me refiero a despedir a Mike solo por la novela de Allison. En primer lugar, confieso que nunca estuve realmente de acuerdo.

Charles Partridge , el pacifista de la ciudad, no se acordaba de que Roberta había sido una de las enemigas acérrimas de Mike y aceptó esa nueva actitud con agradecimiento.

—La gente tardará un tiempo en superar lo que le hicimos a Mike —dijo Roberta—. Nos hemos convertido en el hazmerreír de los círculos educativos, pero ¡todo tiene arreglo!

—Y cuanto antes, mejor —añadió Charles Partridge.

Roberta comenzó a frecuentar Thrifty Corner, y no solo para comprar; también se ocupó de entablar una gran amistad con Connie y con Selena.

—Me alegro mucho por usted y por Peter —le dijo a Selena—. Es un hombre afortunado, sin duda.

—¿Qué mosca le ha picado a esta mujer? —dijo Selena cuando Roberta se fue—. Nunca la había visto tan encantadora. Está casi empalagosa.

—A lo mejor se está ablandando —dijo Connie, la optimista incurable—. Al fin y al cabo, ya no es una jovencita. Se está haciendo mayor.

—Pues dudo mucho que el lobo deje de ser lobo, por mucho que se ponga una piel de cordero —dijo Selena.

No obstante, a medida que pasaban las semanas, hasta Selena tuvo que reconocer que Roberta Carter había cambiado.

En octubre ofrecieron a Mike Rossi su antiguo puesto de director del instituto de Peyton Place en las condiciones que había dejado claras al consejo escolar, y él aceptó.

Toda la ciudad, con algunas excepciones acérrimas, había estado siempre abrumadoramente a favor de Mike.

Una de estas excepciones era Marion Partridge y, a partir de entonces, Roberta Carter rompió con su amiga de toda la vida porque era lo que tenía que hacer, según decía ella misma.

—Lamento que Marion se lo haya tomado así, pero considero que es lo mejor para el instituto —se justificó Roberta ante varias mujeres de la ciudad.

Ellas lo comentaron, cada cual en su casa, y prácticamente todas coincidieron en que Roberta Carter era un alma generosa. También la compadecían, pues les había dado a entender con toda claridad que lo que más deseaba era tener un nieto, pero que Jennifer no había concebido hasta el momento.

—Es una pena —decían las mujeres de Peyton Place— . La verdad es que Ted y Jennifer no tienen necesidad de preocuparse por el dinero ni nada por el estilo. Bien sabe Dios que Roberta y Harmon son más que generosos.

A continuación, pregonó que su hijo Ted quería volver a Peyton Place para ejercer la abogacía cuando se graduara en Harvard y con esto se disiparon todas las dudas, si es que algún habitante de la ciudad todavía albergaba alguna.

A Peyton Place le encantaba que los jóvenes de la ciudad se educaran en las mejores universidades que se pudieran permitir y volvieran a casa para poner en práctica lo aprendido.

—Ted siempre ha tenido muy buena cabeza —opinaban unos y otras—. Es muy buen chico. Y muy inteligente.

—El viejo Charlie Partridge no va a durar para siempre. Necesitaremos a alguien como el joven Carter para que tome el relevo cuando Charlie se retire.

Roberta tenía plena confianza en una cualidad concreta de su hijo: era incapaz de herir a nadie si podía evitarlo.

Cuando alguien de Peyton Place le hacía un comentario a propósito de su deseo de ejercer en la ciudad, él, en lugar de responder rotundamente que no tenía la menor intención de volver a casa y abrir un despacho allí, se limitaba a sonreír y respondía con modestia: «Primero tengo que terminar la universidad, y eso no va a ser fácil para un chico tan torpe como yo».

A finales de verano, Roberta supo que había llegado el momento de actuar. Los padres de Jennifer habían empezado a hablar de un viaje a Europa para «los niños», y Ted estaba claramente entusiasmado con la idea.

«Tengo que encontrar la manera de hacerlo», pensó Roberta, empezando a sentir pánico.

Se quedaba en casa un día tras otro con las novelas policiacas y el cuaderno.

Analizó todos los inconvenientes del plan, los riesgos y las pistas que no podía dejar sueltas, y planificó meticulosamente el horario del día en que ocurriría.

Por fin guardó el cuaderno bajo llave en el escritorio y respiró aliviada.

Ahora solo faltaba llevarlo a cabo. Había encontrado una forma sencilla, segura e infalible de deshacerse de Jennifer.

Se sentó un momento al escritorio con los puños apretados en señal de venganza y la boca tensa, en una fina línea de determinación.

Todavía le resonaban en la cabeza las terribles palabras de Jennifer, las cosas espantosas que le había dicho a Ted la última noche en Peyton Place .

Las había escuchado por el conducto de ventilación, tumbada encima de su propio sudor en el catre del trastero.

Los había oído hacer el amor, había oído a Jennifer torturar a Ted y provocarlo para que hiciera todo tipo de cosas perversas y malvadas.

Se había retorcido de angustia por el pobre Ted.

Luego había oído susurrar lascivamente a Jennifer.

—Eres insaciable, cariño —oyó decir a Ted.

—Más —reclamó Jennifer—. Quiero más. ¡Malditos hombres!

—Estamos mal diseñados —replicó él riéndose—. Tendrás que esperar a los modelos del año que viene.

Roberta oyó el crujido del lecho cuando Jennifer se incorporó y se apoyó en el cabecero.

—Creo que voy a buscarme un chico de diecisiete años —dijo ella.

Ted volvió a reírse. Consideraba que esa forma de hablar de su mujer demostraba su inteligencia y su sofisticación. Le parecía que haber nacido en una familia rica y de alta posición social le daba derecho a decir esas cosas.

Pero Roberta estaba tan conmocionada que se quedó paralizada.

No podía soportar la idea de que su Ted fuera un marido cornudo, objeto de las risas y las burlas de sus amigos.

Se acordó del doctor Quimby y, por un instante, creyó en el castigo divino y en que sus pecados recaían sobre su descendiente.

—O tal vez me busque dos o tres chicos jóvenes —continuó la voz fría de Jennifer—. Sí, eso sería aún mejor.

—¿Dónde se compran chicos jóvenes hoy en día? —preguntó Ted.

—¡Bah! Los hay baratos en cualquier parte —respondió ella con un matiz de autoridad en la voz—.

Por ejemplo, ese joven tan guapo de pelo rizado que nos trae la compra.

Por cómo me mira, sé que no tendría que pagarle.

Estar sola en el piso todo el día es aburrido, Ted.

Sería genial pasar una hora o dos con él por la mañana, ¿verdad?

Ted no respondió.

—Sería genial, Ted, muy divertido. La idea de corromper a un chico inocente es lo más emocionante del mundo.

Y luego, por la tarde, podría llegar a un acuerdo diario con ese apuesto joven italiano que maneja el ascensor.

Acaba el turno a las dos en punto. ¿Qué te parecería que un hombre uniformado viniera todas las tardes a prestarme sus servicios?

Ted se rio, pero fue una risa forzada e incómoda.

—Los adolescentes son pura energía —dijo ella—.

Hay que enseñarles a usarla, eso sí. Leí en Kinsey que pueden hacerlo cuatro o cinco veces en una hora.

Y algunos incluso más. ¿No es fantástico, Ted?

No creo que vaya a esperar a los nuevos modelos, cielo —continuó, sin esperar respuesta—.

Creo que voy a comprar un par de esos chicos jóvenes sin experiencia. No te molesta, ¿verdad?

—¡Ay, Jennifer! ¡Duérmete! —dijo Ted.

—No, Ted, te daría completamente igual. Bueno, a lo mejor sí, porque te heriría en el orgullo masculino, que no sé ni lo que es.

Pero no harías nada por evitarlo, ¿a que no?

Tú no. Mientras puedas poner tu nombre en la puerta, mientras triunfes, aguantarás cualquier cosa. Y me refiero a cualquier cosa, Ted.

—Duérmete de una vez, Jennifer. Pareces una cría.

Entonces se quedaron en silencio. Al cabo de un rato, se durmieron. Todo el mundo dormía en Peyton Place , menos Roberta Carter. Estaba tumbada en la cama, tapándose la boca con las manos y la mirada fija en el techo oscuro.

«Tengo que matarla —pensaba—. Tengo que matarla.» Y no lo decía por decir. Va a hacer lo necesario. Tal vez haya empezado ya. «Tengo que matarla.»