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—¡No se va a arreglar nada! —dijo Selena levantando la voz—. ¡Nada está bien ni nunca se va a arreglar!
—Baja la voz —dijo Connie—. No querrás que te oigan los hombres.
—No —dijo Selena, más calmada—, no quiero que me oigan.
Después apoyó la cabeza entre los brazos y sollozó como si se le rompiera el corazón. Allison se acercó al instante y le ro deó los encorvados hombros con el brazo. Miró a Connie y las dos comprendieron que no había nada que hacer.
Esa misma noche, más tarde, Joey se fue al cine con unos amigos y Peter Drake llevó a Selena a casa. El viento soplaba con más fuerza; notó que el coche daba bandazos y apretó las manos en el volante.
—Enciende la chimenea, Peter —dijo Selena cuando entraron en la sala—. Un fuego grande, bonito y brillante, que ilumine la oscuridad de todos los rincones. Voy a preparar unos tragos —dijo. Dejó caer el abrigo descuidadamente en el respaldo de una silla.
Peter estuvo a punto de decir: «¿No crees que ya has bebido bastante?» pero se contuvo y se puso a encender el fuego.
—No, no he bebido bastante —dijo Selena, rompiendo el silencio—. No hay bastante bebida en todo el ancho mundo.
El fuego ardía alegremente y Peter se sentó. Cogió la copa que le ofreció Selena.
—Si no puedes vencer al enemigo —dijo Peter—, únete a él.
—¿Nunca vas a dejar de hacerte el duro? —preguntó ella—. Si no te apetece beber conmigo, no bebas. Ponte el abrigo. Ya sabes dónde está la puerta.
—No intentes pelear conmigo, Selena. No te lo consiento.
—¿Quién quiere pelear? —preguntó Selena—. Estoy hasta la coronilla de peleas. Ya he tenido suficientes para toda la vida.
—¿Quieres hablar? —preguntó Peter.
Selena sonrió sin alegría y dijo: —Me recuerdas a una persona que conocí.
Siempre estaba fisgando, metiendo las narices donde no le importaba.
—Bebió un trago con avidez—. «Cuéntame, Selena.
¿Qué te preocupa, Selena? Cuéntamelo, Selena.
Te encontrarás mejor.» —Volvió a llenar la copa—. Estoy harta de hablar —concluyó.
—No pretendía meter las narices en nada —dijo Peter.
—¡Sí, eso es lo que pretendes! —replicó ella, enfadada—.
Todo el mundo se cree con derecho a entrometerse ¡maldita sea!
Bien, ¿qué quieres de mí, Peter? ¿Quieres saber si me acosté con él?
Sí, lo hice. ¿Te preguntas si lo quería?
Pues, sí, lo quería. —Levantó la voz—. ¿Te preguntas si lo he olvidado? ¡No, no lo he olvidado!
Horrorizado, Peter se dio cuenta de que Selena lloraba a lágrima viva y que cada vez levantaba más la voz.
—¿Te preguntas por qué lo dejé? —gritó—. ¿Te preguntas qué salió mal, y por qué y cómo?
En ese momento, la puerta de la casa se abrió de golpe. Al parecer, Peter no la había cerrado bien cuando llegaron y el viento la había abierto, estrellándola con estruendo contra la pared.
Selena se levantó de un brinco, la bebida se le derramó en el vestido y la copa se rompió a sus pies.
En un solo movimiento, dio media vuelta y cogió con fuerza las tenazas de la chimenea.
—¡No! —chilló—. ¡No te acerques más! ¡Te mataré!
Peter la sujetó por detrás y, por un largo momento, Selena se quedó mirando el vacío rectángulo negro de la puerta, la misma que una vez, una noche como esa misma, había enmarcado la oscura silueta de Lucas Cross.
—Ahí no hay nadie, cariño —dijo Peter—. No hay nadie.
Selena, con los dedos entumecidos, dejó caer las tenazas y rompió a llorar de nuevo. Peter la volvió hacia sí y ella apoyó la cara en su hombro.
—Intenté matarlo —dijo ella, sollozando—. Fue como con Lucas, se abalanzó sobre mí e intenté matarlo.
Peter la abrazaba estrechamente mientras lloraba.
—Quiso arrancarme la ropa —continuó ella, llorando—. Dijo que yo quería que me violaran y que él era igual que Lucas, así que cogí las tenazas y quise matarlo.
—No es nada, cariño —la tranquilizó Peter—. No llores más. No es nada.
—¿Qué me pasa, Peter? —gimió—. ¿Por qué tuvo que ser así? ¿Qué hago yo para que los hombres reaccionen de esa forma?
Peter le besó el suave cabello y dijo: —No eres tú, cielo. Solo has tenido mala suerte, nada más. No es culpa tuya.
—He bebido sin parar —dijo ella, jadeando, temblando de los pies a la cabeza—, y no ha servido de nada. No he podido olvidar que intenté matarlo.
—Pero no lo mataste, cielo —dijo él, sacudiéndola con suavidad—. Ya ha pasado todo. No lo mataste.
La llevó con delicadeza hasta el sofá y la acunó entre los brazos.
—Peter, tengo mucho miedo. Hay algo malo en mí. Sé que me pasa algo malo —gimió.
—No te pasa nada malo, cielo —dijo él. Empezó a enjugarle las lágrimas tiernamente con un pañuelo—. No tienes nada malo. Vamos, vamos, deja de llorar.
Apoyó la cabeza en el hombro de Peter, sacudida por unos sollozos secos y profundos.
—Reaccionas a la violencia con violencia —dijo Peter—. Algunas personas son así, ya sabes. —Le levantó la cabeza y la miró—. Lo tendré muy presente cada vez que me equivoque pensando erróneamente que puedo ser brusco contigo —dijo, sonriendo.
—¡Qué bueno eres, Peter! —dijo y, con un suspiro que le conmocionó todo el cuerpo, se tranquilizó apoyada en él—. No te merezco.
Peter sonrió con la boca pegada al pelo de Selena.
—Te mereces todo lo mejor —dijo, y empezó a acariciarla.
«Esto es lo que necesito, lo que siempre he necesitado, la amable fortaleza de Peter. Me protegerá de todo mal», pensó.
Él siguió acariciándole el cabello y la espalda, como si le sacara con los dedos el dolor del pasado y la agonía del recuerdo.
—Cuando nos casemos —susurró Peter—, será el verdadero comienzo de nuestra vida. Ya verás, Selena: lo que ha sucedido hasta ahora no tiene nada que ver con nosotros. Habremos sido otras personas y todo habrá ocurrido en otro mundo y habrá terminado.
Comprendía perfectamente la necesidad de Selena.
Ella quería desprenderse del pasado tan limpiamente como arranca un granjero el maíz de la mazorca.
Quería renacer y limpiarse de la mancha del pasado con Peter.
Lo rodeó con los brazos y lo estrechó con fuerza.
Levantó la cabeza y él se inclinó para besarle el rostro, húmedo de lágrimas todavía.
«Será la primera vez —pensó Selena—. Ahora será la primera vez.»
Abrazada a Peter, se reclinó en el sofá hasta que quedaron tumbados uno al lado del otro; se movió y acomodó el cuerpo al suyo.
Él le acarició el muslo con indecisión, y subió la mano hasta tocarle levemente el pecho.
Ella entreabrió los labios, él la besó; Selena exhaló un leve gemido cuando le subió el jersey y, tomándole la cabeza entre las manos, lo abrazó.
—¡Ah, Selena, mi amor! —susurró él con una contención que ella percibió claramente.
Comenzó a desvestirla. Selena tenía una sensación de mareo, como si el mundo se alejara de ella. Se tapó la cara con las manos y, en esa oscuridad, el mundo se detuvo.
—¡Ah! —dijo ella—. ¡Ah! Te deseo. —Levantó las manos hacia él como implorando, y lo atrajo hacia sí.